CAPITULO III:
VIVE EL ENCUENTRO CON CRISTO




















 

 

99. La Iglesia potosina quiere tomar conciencia de que formamos parte de una nueva etapa en la historia de la humanidad (cf. GS 54), y ante una realidad que nos interpela y reta, piensa al igual que toda la Iglesia de América, que es un tiempo favorable para la Nueva Evangelización dentro de un renovado Plan de Pastoral. Esto es lo que Cristo quiere iluminar y transformar, caminando y dialogando con nosotros, nunca reprochando, ni condenando, pero sí denunciando los antivalores. Entremos en ese camino y diálogo liberador al que Jesús resucitado nos invita.

100. ¡Ha resucitado! Expresión de fe de la Iglesia primitiva, para comunicar con grande gozo el cumplimiento de lo anunciado por Jesús, hecho que en la conciencia de los discípulos se fue desarrollando y les fue dando certeza de que Jesús vivía en medio de ellos, ya no como lo habían conocido, sino, de una forma distinta e inexplicable.

101. Esta expresión de la Iglesia, hoy necesita tener el mismo significado que para los primeros discípulos, así producirá el mismo efecto de transformación en nosotros, sus palabras deben hacerse comprensibles, por ello necesitamos del encuentro personal y comunitario con Cristo vivo que ¡ha resucitado!

JESUCRISTO SE PONE A CAMINAR JUNTO A NOSOTROS

"Se les acercó y se puso a caminar a su lado" (Lc 24,15)

102. El relato de Emaús nos presenta el proceso por el cual la comunidad cristiana descubre al Señor presente en ella:

"Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran. El les dijo: "¿De qué discuten entre ustedes mientras van andando?" Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de Ellos llamado Cleofás le respondió: "¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?" Él les dijo: "¿Qué cosas?" Ellos le dijeron: "Lo de Jesús de Nazaret, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta hablan visto una aparición de ángeles, que decían que él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron" (Lc 24, 13-24).

103. Ante la muerte de Jesús los discípulos se alejan derrotados y desilusionados, pues no era el Mesías que esperaban, sin embargo Cristo, el hijo de Dios, una vez resucitado quiere fortalecer su fe, por esto Él toma la iniciativa de buscarlos y acompañarlos por el camino.

104. La iniciativa en el encuentro es siempre de Dios, Él es, como en todo momento de nuestra historia, quien enviando a su Hijo primogénito, sale en busca del amigo que se le ha escondido. Cristo es el "¿Dónde estas?" (Gn 3,9) de Dios que viene, que se encarna siendo "el Dios-con-nosotros" y caminando en nuestra historia, naciendo y viviendo en el seno de la familia de Nazaret, así iluminando a todo hombre, busca a la humanidad que se siente frustrada.

105. Hoy, mientras nosotros caminamos, el mismo Jesús se nos acerca propiciando el encuentro transformador de hombres y mujeres, y de las estructuras sociales y eclesiales. Como producto de esta transformación queremos responder adecuando nuestro Plan Diocesano de Pastoral, para que favorezca el Encuentro personal y comunitario con Cristo vivo.

106. La pregunta de Jesús: "¿de qué van hablando por el camino?"(Lc 24, 17) es la forma en que Cristo se acerca e interesa hoy por la Iglesia que peregrina en San Luis Potosí. Jesús es el Dios encarnado, compasivo y misericordioso, atento a nuestras necesidades, a lo que nos ilusiona y desilusiona. Jesucristo es quien nos conoce y sabe lo que necesitamos, por ello al caminar con nosotros nos anima y participa también de nuestras carencias "haciéndose semejante a nosotros en todo menos en el pecado" (Heb 4,15).

¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria? Lc 24,26.

107. Los caminantes de Emaús regresan llenos de tristeza y salen de Jerusalén. Sabían que Jesús era un profeta poderoso en obras y palabras, habían estado presentes en los acontecimientos más importantes de la vida de Cristo, ilusionándose con un nuevo Reino. Ahora parecía, que sólo les interesaba su batalla perdida, su orgullo herido, su ilusión desvanecida y hasta recelando de que pudieran ser las mujeres las primeras en verlo. Encerrados en su yo, no le prestan atención al viajero, solo hablan y hablan porque son ellos mismos el centro de su charla, no la persona de Jesús; están más tristes por sus planes fracasados que por la muerte del Maestro.

108. Existe una condición para "ver a Jesús" con otros ojos; y es "aprender a ver el hombre, al hermano caminante, al prójimo desconocido", Jesús sigue encarnado en el hombre, ocultando su divinidad y su mesianismo en el rostro de los demás, especialmente del pobre (cf. IA 12). Así en la medida que nos vaciamos de una óptica egoísta de la vida, nos vamos disponiendo para que Jesús, el Hombre Nuevo, penetre en nuestra existencia, no ya por los ojos, sino por el corazón; no ya presenciando sus actos sino, comunicándonos íntimamente con los demás hombres; no huyendo de nuestras desgracias y de nuestra condición humana, sino volviendo a nuestros problemas enfrentándolos con valentía; no alejándonos de nuestros hermanos en crisis sino acercándonos para compartir su dolor como Iglesia solidaria.

109. A Jesús no lo vamos a entender como a cualquier personaje de la historia, Él responde al proyecto y punto de vista de Dios; tiene los criterios de Dios. Por eso es por lo que a veces sus palabras nos pueden resultar incomprensibles, Jesús se introduce al fondo del corazón humano y saca lo más íntimo que hay en él, lo que el hombre en su despreocupación no llega a captar.

110. Jesús es el enviado por el Padre para anunciar "que el Reino de Dios está cerca" (Mc 1,15), su anuncio es predicado de modo claro, directo y sencillo, mirando siempre a su destinatario, ofreciendo una respuesta a sus interrogantes e inquietudes. Este anuncio del Reino de Dios y las características con las que Jesús lo realiza, está destinado a reproducirse en la predicación y el ministerio de cada sacerdote primordialmente, que representa a Cristo Cabeza de la Iglesia, y también en la misión de cada bautizado, como expresión de la Iglesia Ministerial.

111. Pero más que con las palabras, Jesús lleva a cabo este anuncio con su propia vida, hasta el extremo de morir por nosotros en la cruz. "Por eso Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al Nombre de Jesús toda rodilla se doble..." (Fil 2,9). Es con su muerte y resurrección como muestra a los discípulos y a los judíos la señal que esperaban para poder creer (Jn 2,18-22) que el Reino de Dios ha llegado, pues habían sido testigos de que los muertos resucitan, los cojos andan, los ciegos recobran la vista y a los pobres se le anuncia el Reino (cf. Mt 11,4).

112. Los discípulos, abriendo su duro corazón, recibieron de Jesús la manifestación de su persona; necesitaban comprender que Él es la Palabra eterna del Padre, que puso su morada entre nosotros (cf. Jn 1,14). Muchas veces y de muchos modos se había anunciado por medio de los profetas pero ellos no lo habían comprendido todavía (cf. Heb 1,1-2), Jesús, Palabra de Dios, les hace descubrir todo el misterio de la existencia humana, destruye sus mitos y los sitúa en el camino hacia la "gloria" que no es otra cosa que la consumación plena del proyecto humano: el Hombre Nuevo, Jesús el Cristo.

113. Ahora Jesús, caminando con nosotros, se nos sigue revelando y se nos da a conocer en los diferentes lugares de encuentro personal y comunitario: En la Sagrada Escritura leída a la luz de Tradición, de los Padres y del Magisterio, profundizada en la meditación y la oración (Lectio Divina). En la Liturgia, los sacramentos en los que actúa con fuerza y eficacia, especialmente en el Sacramento de la Reconciliación, encuentro personal con la misericordia y la omnipotencia divina; en el ministro de los sacramentos; en la predicación de la Palabra. En la Comunidad en virtud de la promesa: "Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18,20); presente sobre todo en las especies eucarísticas; y en "las personas, especialmente los pobres, con los que Cristo se identifica"; "en el rostro de cada hombre, especialmente si se ha hecho transparente por sus lágrimas y por sus dolores, podemos y debemos reconocer el rostro de Cristo (cf. Mt 25,40), el Hijo del hombre" (cf. IA 12; Cap. II, 2-7).

114. Jesús, linaje de la mujer que pisa la cabeza de la serpiente (Gn 3,15), es el Hijo de Abraham por quien son bendecidas todas las naciones (cf. Gn 12,3); es el verdadero Cordero Pascual inmolado para la liberación de Israel; es el profeta anunciado por Dios a Moisés, en quien Dios ha puesto sus palabras (Dt 18,18); es el Hijo de David, heredero de la promesa; Rey, cuyo reino no tendrá fin (2 Sam 7,16); Jesucristo es el Siervo Humilde que nos anuncia Isaías (Is 49,1ss); es el Hijo de Dios, el Cordero que quita los pecados del mundo, señalado por el Bautista (Jn 1,29).

115. Es necesario poner de relieve el papel que la Virgen María tiene en el encuentro con el Señor, pues ella es un camino seguro para el encuentro con Él ya que "la Madre de Dios se presenta ante los hombres como portavoz de la voluntad del Hijo; indicadora de aquellas exigencias que deben cumplirse para que pueda manifestarse el poder salvífico del Mesías.' (…). En efecto, la Santísima Virgen, 'de manera especial, está ligada al nacimiento de la Iglesia en la historia de (. . .) los pueblos de América, que por María llegaron al encuentro con el Señor" (cf. IA 11).

116. Esto es lo que queremos escuchar también hoy de labios de Jesús. Necesitamos entrar constantemente en lo secreto para que, a través de la lectura orante de la Escritura (Lectio Divina), podamos encontrarnos con el Cristo anunciado y revelado en la Biblia. Que este encuentro constante con Jesús en la Sagrada Escritura haga arder siempre el corazón de cada hombre y cada mujer de nuestra Arquidiócesis.

117. "Cuando venga el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad completa..." (Jn 16,13). En el camino, la Iglesia se ve siempre asistida por este Espíritu que nos sigue revelando y conduciendo a la Verdad. El encuentro con Cristo necesita hacerse en nosotros una forma de vida, es decir una espiritualidad que sea "vida en Cristo" y "vida en el Espíritu", que se acepta por la fe, se expresa por el amor, y en esperanza, es conducida a la vida de la comunidad eclesial (cf. IA 29).

118. Siguiendo el proceso de Emaús constatamos no sólo un anuncio evangelizador por parte de Jesús, sino un momento culminante y reconfortante para la vida de los discípulos: la comunión. Este gesto colma los anhelos de la primitiva comunidad y a su vez, está cargado de un alto significado: Tras el explicarles las Escrituras suscita en ellos el deseo de permanecer junto a Él, entra en su casa para quedarse, se sienta a la mesa, y parte el pan (cf. PDP 219; DP 352. 216).

LO RECONOCEMOS AL PARTIR EL PAN

"Quédate con nosotros... y entró a quedarse con ellos" (Lc 24,29).

119. La expresión "quédate con nosotros" manifiesta el anhelo de tantos hombres y mujeres de hoy que quieren estar con Jesús, el mismo que, con la palabra de vida, que dirigió por el camino a los discípulos de Emaús, hizo arder su corazón. Hoy sigue llenando el corazón con su Palabra que entusiasma y alimenta, cuando es proclamada en la asamblea litúrgica, en particular dentro de la Eucaristía y en otras múltiples expresiones: Liturgia de las horas, lectura orante (Lectio Divina), el Santo Rosario, etc., que llevan a una conversión continua y a un consecuente testimonio de apostolicidad.

120. No podemos dejar de admirar, que los signos por Él realizados, son signos nuevos, en medio de una sociedad envejecida en su espíritu y en sus estructuras. Se trata de una sociedad opresora del auténtico sentido religioso por su forma de concebir la ley, sociedad egoísta donde el "partir el pan" no tiene cabida. Hoy también constatamos en nuestra sociedad potosina divisiones entre las clases sociales, que hace que el compartir el pan con el necesitado aparezca como un signo poco digno de ser tomado en cuenta (Cap. II, 8.13.14). Los signos y los gestos que Jesús realizó en presencia de los discípulos, son manifestación de la llegada del Reino de Dios (cf. Mt 12,28; Lc 7,18-23).

121. El signo de la comunión es la manera concreta como el Señor entra en contacto con la vida de cada cristiano y de la Iglesia Comunidad; es la forma como la dimensión del encuentro alcanza su mayor expresión y significado. En este gesto, es también donde los discípulos encuentran la razón más importante de su llamado, y la motivación más convincente para realizar la gran misión: ser Iglesia misionera, inculturando el Evangelio.

122. Al comenzar el tercer milenio, y de camino por nuestra Iglesia Potosina, descubrimos muchas personas ilusionadas y deseosas de una profunda conversión y comunión con Cristo y con su Iglesia, entre otras, el testimonio de hombres y mujeres consagrados a Dios, movimientos apostólicos, laicos comprometidos en sus parroquias y en las diversas realidades del mundo, el compromiso y generosidad de jóvenes que buscan el bienestar de sus hermanos y la fe mantenida a través de la riqueza de la religiosidad popular, como expresión de Iglesia solidaria. (cf. Cap. II, 83).

123. Lamentablemente también encontramos muchos rostros vacíos de esperanza y de ilusión; divorcio entre la fe y la vida de muchos bautizados (cf. Cap. II, 94), manipulación de los medios de comunicación (cf. Cap. II, 37), formación cristiana deficiente, desintegración familiar (cf. Cap. II, 45.46), falta de testimonio cristiano de algunos ministros (cf. Cap. II, 87.88), la creciente marginación, confusión de los roles en la familia y de la sociedad, falta de conciencia ecológica y sanitaria (cf. Cap. II, 32.58.59), deficiencia en la educación integral (cf. Cap. II, 63.66.67.69); siendo nuestra falta de testimonio evangélico el culpable en muchas ocasiones. Tal vez nos hemos constituido como centro de referencia junto con nuestros intereses y hemos usurpado el lugar que a Cristo le pertenece.

124. El Peregrino de Emaús toma la determinación de "entrar en su casa", como la única manera de poder propiciar en ellos el espíritu de comunión, que los conduzca a tomar la firme determinación de comprometerse en una misión fraterna y solidaria, mediante la cual ellos "entren también a la casa" de muchos hombres y mujeres colmados de ilusiones y desilusiones. Este gesto de Jesús, de quedarse con sus discípulos y entrar en su casa, en su intimidad y en su comunidad, nos recuerda el pensamiento de San Ireneo: "El, que de nadie necesitaba, hacía entrar en su comunión a los que de Él necesitan. Dios llamaba al pueblo, por las cosas temporales lo conducía a las eternas, por las terrenales lo conducía a las celestiales" (Oficio de Lectura del miércoles II de Cuaresma). Los encuentros que Jesús realiza en el Evangelio ofrecen realmente una fuerza transformadora y abren un auténtico proceso de conversión, comunión y solidaridad (cf. Jn 4,5-42; IA 8).

"Y sucedió que, cuando se sentó a la mesa con ellos, tomó el pan, lo partió y lo dio a ellos" (Lc 24,30)

125. El sentarse a la mesa, escucharlos, dialogar con ellos y partir el pan (Lc 24,30-32) son signos que concretizan aún más la comunión. Estos gestos de Cristo, nos llevan a concluir que, sólo en el acercamiento explícito, que se realiza a través del diálogo, es posible expresar a la sociedad actual el verdadero rostro de Jesucristo y de su Misterio Trinitario.

126. La Fracción del Pan, gesto que, por un lado nos evoca y nos hace vibrar con la Eucaristía como el lugar privilegiado del encuentro con Cristo, constituye el signo pleno, la fuente y el culmen de nuestra vida cristiana, así como la expresión máxima de la unidad de todo el pueblo de Dios (cf. LG 11). La Eucaristía como memorial, sacrificio y banquete ofrece una identidad a nuestras celebraciones cristianas. Gesto que no se puede desarticular de la primera evangelización y signo que por sí mismo da testimonio de la eclesialidad.

127. Cristo Sacerdote, sigue ofreciendo su vida al Padre por la salvación de todos en cada Eucaristía, "alianza nueva y definitiva", bajo las especies sacramentales del pan y del vino: cuerpo entregado y sangre derramada, y ha sido su voluntad participar de su sacerdocio a todos los bautizados para que, juntamente con Él, ofrezcan sus cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios.

"Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero Él desapareció de su lado" (Lc 24,31).

128. Los discípulos reconocen a Jesús al momento en que deciden alojar al caminante en su casa, ahora quieren compartir con Él su pan. Desean que "se quede con ellos", necesitan su presencia viva. Es en la fracción del pan compartido donde descubren una nueva forma de presencia de Jesús en medio de ellos. Al momento Jesús desaparece de su vista; ya no lo ven bajo la forma de un hombre, sino como signo de la mesa compartida fraternalmente, símbolo para expresar la presencia del Reino de Dios en Jesús resucitado, presente en su pueblo.

129. La experiencia de los discípulos de Emaús se puede contemplar así: Jesús resucitado está en la Eucaristía. Verdaderamente está escondido, pues cuando quieren fijar sus ojos y retenerle (asegurarse de su presencia) Él ya se ha ido. Pero Él está ahí, como vida de los suyos que ilumina la desilusión de la comunidad y de todo el caminar de la Iglesia.

DESPUÉS DEL ENCUENTRO, NOS ENVÍA

130. De la experiencia del encuentro con Jesucristo vivo, nace la necesidad de ser testigos ante los hombres para compartirles el hecho vivificante del encuentro con su persona, pues la Iglesia tiene como centro de su misión "llevar a todos los hombres al encuentro con Jesucristo" (IA 68).

131. Con la vida y la acción se llega a ser testigo de Cristo, desde la consagración bautismal (cf. VS 89-94; 137-138; 181-182). Dios se ha comunicado a los hombres en Jesucristo, ahora el hombre debe dar testimonio de Dios, ya que en Jesucristo ha tenido lugar, de una vez por todas, la Revelación. La historia viva de ese encuentro con Dios, por Jesucristo, se realiza en el caminar de la iglesia, en su praxis eclesial y en el compromiso evangelizador, ya que la misma persona de Cristo se encuentra al centro de la vida de cada creyente.

"Y levantándose al momento se volvieron a Jerusalén" (Lc 24,33)

132. Todos los fieles, por los sacramentos de iniciación cristiana y por los dones del Espíritu Santo, tenemos la vocación y misión de ser anunciadores del Evangelio, pues hemos sido hechos partícipes de la función sacerdotal, profética y real de Cristo (cf. EN 13). Las exigencias modernas hacen que la misión evangelizadora requiera hoy un programa nuevo que puede definirse en su conjunto como "nueva evangelización", nueva en su ardor, nueva en sus métodos y nueva en su expresión. Al aceptar esta misión todos necesitamos recordar que el eje vital de la nueva evangelización ha de ser el anuncio claro de la persona de Jesucristo, es decir, el anuncio de su nombre, de su doctrina, de su vida, de sus promesas y del Reino que Él nos ha conquistado a través de su Misterio Pascual (cf. IA 66).

133. Al evangelizar, Cristo manifestó coherencia en la propia forma de vida, a diferencia de los fariseos, que dicen una cosa y hacen otra (cf. Mt 23). Nosotros tenemos que manifestar nuestra coherencia entre la fe y la vida: en la sociedad, en la economía, en la política, en la cultura, etc. (cf. DP 216. 352). Con humildad y confianza absoluta en la acción salvadora de Dios y la fuerza de su gracia (cf. PDP 250). Perseverando con ánimo alegre aunque sea difícil cumplir la misión, ya que algunas veces el mensaje no será aceptado ni creído, incluso por aquellos con quienes compartimos la misma fe, como sucede a los discípulos de Emaús cuando regresaban fortalecidos, ilusionados, llenos de alegría y entusiasmo a Jerusalén, contando lo que les acababa de suceder (Mc 16,12- 13). La Buena Nueva autentifica su mensaje en la comunidad.

134. Nosotros, los cristianos, estamos llamados a ser servidores de los demás por amor, como expresión de una Iglesia servidora: "El que quiera ser grande y el primero entre ustedes sea su servidor, de la misma manera que el hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos" (cf. Mt 20, 26-28). Cristo es el camino de la entrega sacrificada del amor, camino que abre nuevos horizontes a la convivencia humana y al trazo en la ruta de una nueva historia (cf. PDP 217).

135. "Los presbíteros tienen por deber primero el de anunciar a todos el Evangelio de Dios" (PO 4). Un momento clave de la proclamación del Evangelio es la predicación, de manera clara y sencilla, caracterizada por "la proclamación de las maravillas obradas por Dios en la historia de la salvación o Misterio de Cristo que está siempre presente y obra en nosotros particularmente en la celebración de la Liturgia" (cf. SC 35,2).

136. Centro de nuestra predicación será el anuncio del Reino de Dios. El sentido mismo de la vida toda de Jesús está en función del Reino de Dios, pues es el objetivo de la vida y misión de Jesús (cf. Lc 4,43; 8,1). La acción evangelizadora de Jesús es anuncio de la liberación de los pobres y realización de su esperanza (Mt 11,5; Lc 4,18; 7,22). Esa misma misión es la que recibe todo aquel que pretenda ser discípulo suyo.

137. Como Iglesia hoy queremos dejarnos encontrar por Jesucristo, que Él llegue a cada familia potosina, queremos que establezca el Reino del Padre entre nosotros, "que el Evangelio sea anunciado en el lenguaje y la cultura de aquellos que lo oyen" (IA 70). Queremos que el Caminante de Emaús vaya con nosotros y sea Él quien nos anuncie la Buena Nueva, que nos mueva a convertirnos, a salir de nuestras individualidades y construir en Él la verdadera comunidad que se manifieste como Iglesia convertida e inculturada y testimonie con su vida que el Reino de los cielos ha llegado.

138. Al igual que los discípulos de Emaús necesitamos que Cristo camine hoy con nosotros para conocerlo, y conociéndolo nos lleve a una permanente conversión. Jesús no pertenece solamente al pasado histórico ni sólo podemos esperarlo para el futuro, sino que ahora vive, actúa, libera y perdona. Es necesario, "renovar constantemente el encuentro personal y comunitario con Cristo vivo, camino que nos conduce a la conversión permanente" (IA 82).