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99.
La Iglesia potosina quiere tomar conciencia de que formamos parte
de una nueva etapa en la historia de la humanidad (cf. GS 54),
y ante una realidad que nos interpela y reta, piensa al igual
que toda la Iglesia de América, que es un tiempo favorable
para la Nueva Evangelización dentro de un renovado Plan
de Pastoral. Esto es lo que Cristo quiere iluminar y transformar,
caminando y dialogando con nosotros, nunca reprochando, ni condenando,
pero sí denunciando los antivalores. Entremos en ese camino
y diálogo liberador al que Jesús resucitado nos
invita.
100.
¡Ha resucitado! Expresión de fe de la Iglesia primitiva,
para comunicar con grande gozo el cumplimiento de lo anunciado
por Jesús, hecho que en la conciencia de los discípulos
se fue desarrollando y les fue dando certeza de que Jesús
vivía en medio de ellos, ya no como lo habían conocido,
sino, de una forma distinta e inexplicable.
101.
Esta expresión de la Iglesia, hoy necesita tener el mismo
significado que para los primeros discípulos, así
producirá el mismo efecto de transformación en nosotros,
sus palabras deben hacerse comprensibles, por ello necesitamos
del encuentro personal y comunitario con Cristo vivo que ¡ha
resucitado!
JESUCRISTO
SE PONE A CAMINAR JUNTO A NOSOTROS
"Se
les acercó y se puso a caminar a su lado" (Lc 24,15)
102.
El relato de Emaús nos presenta el proceso por el cual
la comunidad cristiana descubre al Señor presente en ella:
"Aquel
mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús,
que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban
entre sí sobre todo lo que había pasado. Mientras
ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se
acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban
retenidos para que no le conocieran. El les dijo: "¿De
qué discuten entre ustedes mientras van andando?"
Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de Ellos llamado Cleofás
le respondió: "¿Eres tú el único
residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos
días han pasado en ella?" Él les dijo: "¿Qué
cosas?" Ellos le dijeron: "Lo de Jesús de Nazaret,
que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios
y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados
le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos
que sería él el que iba a librar a Israel; pero,
con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que
esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras
nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro,
y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta hablan
visto una aparición de ángeles, que decían
que él vivía. Fueron también algunos de los
nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían
dicho, pero a él no le vieron" (Lc 24, 13-24).
103.
Ante la muerte de Jesús los discípulos se alejan
derrotados y desilusionados, pues no era el Mesías que
esperaban, sin embargo Cristo, el hijo de Dios, una vez resucitado
quiere fortalecer su fe, por esto Él toma la iniciativa
de buscarlos y acompañarlos por el camino.
104.
La iniciativa en el encuentro es siempre de Dios, Él es,
como en todo momento de nuestra historia, quien enviando a su
Hijo primogénito, sale en busca del amigo que se le ha
escondido. Cristo es el "¿Dónde estas?"
(Gn 3,9) de Dios que viene, que se encarna siendo "el Dios-con-nosotros"
y caminando en nuestra historia, naciendo y viviendo en el seno
de la familia de Nazaret, así iluminando a todo hombre,
busca a la humanidad que se siente frustrada.
105.
Hoy, mientras nosotros caminamos, el mismo Jesús se nos
acerca propiciando el encuentro transformador de hombres y mujeres,
y de las estructuras sociales y eclesiales. Como producto de esta
transformación queremos responder adecuando nuestro Plan
Diocesano de Pastoral, para que favorezca el Encuentro personal
y comunitario con Cristo vivo.
106.
La pregunta de Jesús: "¿de qué van hablando
por el camino?"(Lc 24, 17) es la forma en que Cristo se acerca
e interesa hoy por la Iglesia que peregrina en San Luis Potosí.
Jesús es el Dios encarnado, compasivo y misericordioso,
atento a nuestras necesidades, a lo que nos ilusiona y desilusiona.
Jesucristo es quien nos conoce y sabe lo que necesitamos, por
ello al caminar con nosotros nos anima y participa también
de nuestras carencias "haciéndose semejante a nosotros
en todo menos en el pecado" (Heb 4,15).
¿No
era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así
en su gloria? Lc 24,26.
107.
Los caminantes de Emaús regresan llenos de tristeza y salen
de Jerusalén. Sabían que Jesús era un profeta
poderoso en obras y palabras, habían estado presentes en
los acontecimientos más importantes de la vida de Cristo,
ilusionándose con un nuevo Reino. Ahora parecía,
que sólo les interesaba su batalla perdida, su orgullo
herido, su ilusión desvanecida y hasta recelando de que
pudieran ser las mujeres las primeras en verlo. Encerrados en
su yo, no le prestan atención al viajero, solo hablan y
hablan porque son ellos mismos el centro de su charla, no la persona
de Jesús; están más tristes por sus planes
fracasados que por la muerte del Maestro.
108.
Existe una condición para "ver a Jesús"
con otros ojos; y es "aprender a ver el hombre, al hermano
caminante, al prójimo desconocido", Jesús sigue
encarnado en el hombre, ocultando su divinidad y su mesianismo
en el rostro de los demás, especialmente del pobre (cf.
IA 12). Así en la medida que nos vaciamos de una óptica
egoísta de la vida, nos vamos disponiendo para que Jesús,
el Hombre Nuevo, penetre en nuestra existencia, no ya por los
ojos, sino por el corazón; no ya presenciando sus actos
sino, comunicándonos íntimamente con los demás
hombres; no huyendo de nuestras desgracias y de nuestra condición
humana, sino volviendo a nuestros problemas enfrentándolos
con valentía; no alejándonos de nuestros hermanos
en crisis sino acercándonos para compartir su dolor como
Iglesia solidaria.
109.
A Jesús no lo vamos a entender como a cualquier personaje
de la historia, Él responde al proyecto y punto de vista
de Dios; tiene los criterios de Dios. Por eso es por lo que a
veces sus palabras nos pueden resultar incomprensibles, Jesús
se introduce al fondo del corazón humano y saca lo más
íntimo que hay en él, lo que el hombre en su despreocupación
no llega a captar.
110.
Jesús es el enviado por el Padre para anunciar "que
el Reino de Dios está cerca" (Mc 1,15), su anuncio
es predicado de modo claro, directo y sencillo, mirando siempre
a su destinatario, ofreciendo una respuesta a sus interrogantes
e inquietudes. Este anuncio del Reino de Dios y las características
con las que Jesús lo realiza, está destinado a reproducirse
en la predicación y el ministerio de cada sacerdote primordialmente,
que representa a Cristo Cabeza de la Iglesia, y también
en la misión de cada bautizado, como expresión de
la Iglesia Ministerial.
111.
Pero más que con las palabras, Jesús lleva a cabo
este anuncio con su propia vida, hasta el extremo de morir por
nosotros en la cruz. "Por eso Dios lo exaltó y le
otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para
que al Nombre de Jesús toda rodilla se doble..." (Fil
2,9). Es con su muerte y resurrección como muestra a los
discípulos y a los judíos la señal que esperaban
para poder creer (Jn 2,18-22) que el Reino de Dios ha llegado,
pues habían sido testigos de que los muertos resucitan,
los cojos andan, los ciegos recobran la vista y a los pobres se
le anuncia el Reino (cf. Mt 11,4).
112.
Los discípulos, abriendo su duro corazón, recibieron
de Jesús la manifestación de su persona; necesitaban
comprender que Él es la Palabra eterna del Padre, que puso
su morada entre nosotros (cf. Jn 1,14). Muchas veces y de muchos
modos se había anunciado por medio de los profetas pero
ellos no lo habían comprendido todavía (cf. Heb
1,1-2), Jesús, Palabra de Dios, les hace descubrir todo
el misterio de la existencia humana, destruye sus mitos y los
sitúa en el camino hacia la "gloria" que no es
otra cosa que la consumación plena del proyecto humano:
el Hombre Nuevo, Jesús el Cristo.
113.
Ahora Jesús, caminando con nosotros, se nos sigue revelando
y se nos da a conocer en los diferentes lugares de encuentro personal
y comunitario: En la Sagrada Escritura leída a la luz de
Tradición, de los Padres y del Magisterio, profundizada
en la meditación y la oración (Lectio Divina). En
la Liturgia, los sacramentos en los que actúa con fuerza
y eficacia, especialmente en el Sacramento de la Reconciliación,
encuentro personal con la misericordia y la omnipotencia divina;
en el ministro de los sacramentos; en la predicación de
la Palabra. En la Comunidad en virtud de la promesa: "Donde
están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy
yo en medio de ellos" (Mt 18,20); presente sobre todo en
las especies eucarísticas; y en "las personas, especialmente
los pobres, con los que Cristo se identifica"; "en el
rostro de cada hombre, especialmente si se ha hecho transparente
por sus lágrimas y por sus dolores, podemos y debemos reconocer
el rostro de Cristo (cf. Mt 25,40), el Hijo del hombre" (cf.
IA 12; Cap. II, 2-7).
114.
Jesús, linaje de la mujer que pisa la cabeza de la serpiente
(Gn 3,15), es el Hijo de Abraham por quien son bendecidas todas
las naciones (cf. Gn 12,3); es el verdadero Cordero Pascual inmolado
para la liberación de Israel; es el profeta anunciado por
Dios a Moisés, en quien Dios ha puesto sus palabras (Dt
18,18); es el Hijo de David, heredero de la promesa; Rey, cuyo
reino no tendrá fin (2 Sam 7,16); Jesucristo es el Siervo
Humilde que nos anuncia Isaías (Is 49,1ss); es el Hijo
de Dios, el Cordero que quita los pecados del mundo, señalado
por el Bautista (Jn 1,29).
115.
Es necesario poner de relieve el papel que la Virgen María
tiene en el encuentro con el Señor, pues ella es un camino
seguro para el encuentro con Él ya que "la Madre de
Dios se presenta ante los hombres como portavoz de la voluntad
del Hijo; indicadora de aquellas exigencias que deben cumplirse
para que pueda manifestarse el poder salvífico del Mesías.'
(
). En efecto, la Santísima Virgen, 'de manera especial,
está ligada al nacimiento de la Iglesia en la historia
de (. . .) los pueblos de América, que por María
llegaron al encuentro con el Señor" (cf. IA 11).
116.
Esto es lo que queremos escuchar también hoy de labios
de Jesús. Necesitamos entrar constantemente en lo secreto
para que, a través de la lectura orante de la Escritura
(Lectio Divina), podamos encontrarnos con el Cristo anunciado
y revelado en la Biblia. Que este encuentro constante con Jesús
en la Sagrada Escritura haga arder siempre el corazón de
cada hombre y cada mujer de nuestra Arquidiócesis.
117.
"Cuando venga el Espíritu de la verdad, los guiará
hasta la verdad completa..." (Jn 16,13). En el camino, la
Iglesia se ve siempre asistida por este Espíritu que nos
sigue revelando y conduciendo a la Verdad. El encuentro con Cristo
necesita hacerse en nosotros una forma de vida, es decir una espiritualidad
que sea "vida en Cristo" y "vida en el Espíritu",
que se acepta por la fe, se expresa por el amor, y en esperanza,
es conducida a la vida de la comunidad eclesial (cf. IA 29).
118.
Siguiendo el proceso de Emaús constatamos no sólo
un anuncio evangelizador por parte de Jesús, sino un momento
culminante y reconfortante para la vida de los discípulos:
la comunión. Este gesto colma los anhelos de la primitiva
comunidad y a su vez, está cargado de un alto significado:
Tras el explicarles las Escrituras suscita en ellos el deseo de
permanecer junto a Él, entra en su casa para quedarse,
se sienta a la mesa, y parte el pan (cf. PDP 219; DP 352. 216).
LO
RECONOCEMOS AL PARTIR EL PAN
"Quédate
con nosotros... y entró a quedarse con ellos" (Lc
24,29).
119.
La expresión "quédate con nosotros" manifiesta
el anhelo de tantos hombres y mujeres de hoy que quieren estar
con Jesús, el mismo que, con la palabra de vida, que dirigió
por el camino a los discípulos de Emaús, hizo arder
su corazón. Hoy sigue llenando el corazón con su
Palabra que entusiasma y alimenta, cuando es proclamada en la
asamblea litúrgica, en particular dentro de la Eucaristía
y en otras múltiples expresiones: Liturgia de las horas,
lectura orante (Lectio Divina), el Santo Rosario, etc., que llevan
a una conversión continua y a un consecuente testimonio
de apostolicidad.
120.
No podemos dejar de admirar, que los signos por Él realizados,
son signos nuevos, en medio de una sociedad envejecida en su espíritu
y en sus estructuras. Se trata de una sociedad opresora del auténtico
sentido religioso por su forma de concebir la ley, sociedad egoísta
donde el "partir el pan" no tiene cabida. Hoy también
constatamos en nuestra sociedad potosina divisiones entre las
clases sociales, que hace que el compartir el pan con el necesitado
aparezca como un signo poco digno de ser tomado en cuenta (Cap.
II, 8.13.14). Los signos y los gestos que Jesús realizó
en presencia de los discípulos, son manifestación
de la llegada del Reino de Dios (cf. Mt 12,28; Lc 7,18-23).
121.
El signo de la comunión es la manera concreta como el Señor
entra en contacto con la vida de cada cristiano y de la Iglesia
Comunidad; es la forma como la dimensión del encuentro
alcanza su mayor expresión y significado. En este gesto,
es también donde los discípulos encuentran la razón
más importante de su llamado, y la motivación más
convincente para realizar la gran misión: ser Iglesia misionera,
inculturando el Evangelio.
122.
Al comenzar el tercer milenio, y de camino por nuestra Iglesia
Potosina, descubrimos muchas personas ilusionadas y deseosas de
una profunda conversión y comunión con Cristo y
con su Iglesia, entre otras, el testimonio de hombres y mujeres
consagrados a Dios, movimientos apostólicos, laicos comprometidos
en sus parroquias y en las diversas realidades del mundo, el compromiso
y generosidad de jóvenes que buscan el bienestar de sus
hermanos y la fe mantenida a través de la riqueza de la
religiosidad popular, como expresión de Iglesia solidaria.
(cf. Cap. II, 83).
123.
Lamentablemente también encontramos muchos rostros vacíos
de esperanza y de ilusión; divorcio entre la fe y la vida
de muchos bautizados (cf. Cap. II, 94), manipulación de
los medios de comunicación (cf. Cap. II, 37), formación
cristiana deficiente, desintegración familiar (cf. Cap.
II, 45.46), falta de testimonio cristiano de algunos ministros
(cf. Cap. II, 87.88), la creciente marginación, confusión
de los roles en la familia y de la sociedad, falta de conciencia
ecológica y sanitaria (cf. Cap. II, 32.58.59), deficiencia
en la educación integral (cf. Cap. II, 63.66.67.69); siendo
nuestra falta de testimonio evangélico el culpable en muchas
ocasiones. Tal vez nos hemos constituido como centro de referencia
junto con nuestros intereses y hemos usurpado el lugar que a Cristo
le pertenece.
124.
El Peregrino de Emaús toma la determinación de "entrar
en su casa", como la única manera de poder propiciar
en ellos el espíritu de comunión, que los conduzca
a tomar la firme determinación de comprometerse en una
misión fraterna y solidaria, mediante la cual ellos "entren
también a la casa" de muchos hombres y mujeres colmados
de ilusiones y desilusiones. Este gesto de Jesús, de quedarse
con sus discípulos y entrar en su casa, en su intimidad
y en su comunidad, nos recuerda el pensamiento de San Ireneo:
"El, que de nadie necesitaba, hacía entrar en su comunión
a los que de Él necesitan. Dios llamaba al pueblo, por
las cosas temporales lo conducía a las eternas, por las
terrenales lo conducía a las celestiales" (Oficio
de Lectura del miércoles II de Cuaresma). Los encuentros
que Jesús realiza en el Evangelio ofrecen realmente una
fuerza transformadora y abren un auténtico proceso de conversión,
comunión y solidaridad (cf. Jn 4,5-42; IA 8).
"Y
sucedió que, cuando se sentó a la mesa con ellos,
tomó el pan, lo partió y lo dio a ellos" (Lc
24,30)
125.
El sentarse a la mesa, escucharlos, dialogar con ellos y partir
el pan (Lc 24,30-32) son signos que concretizan aún más
la comunión. Estos gestos de Cristo, nos llevan a concluir
que, sólo en el acercamiento explícito, que se realiza
a través del diálogo, es posible expresar a la sociedad
actual el verdadero rostro de Jesucristo y de su Misterio Trinitario.
126.
La Fracción del Pan, gesto que, por un lado nos evoca y
nos hace vibrar con la Eucaristía como el lugar privilegiado
del encuentro con Cristo, constituye el signo pleno, la fuente
y el culmen de nuestra vida cristiana, así como la expresión
máxima de la unidad de todo el pueblo de Dios (cf. LG 11).
La Eucaristía como memorial, sacrificio y banquete ofrece
una identidad a nuestras celebraciones cristianas. Gesto que no
se puede desarticular de la primera evangelización y signo
que por sí mismo da testimonio de la eclesialidad.
127.
Cristo Sacerdote, sigue ofreciendo su vida al Padre por la salvación
de todos en cada Eucaristía, "alianza nueva y definitiva",
bajo las especies sacramentales del pan y del vino: cuerpo entregado
y sangre derramada, y ha sido su voluntad participar de su sacerdocio
a todos los bautizados para que, juntamente con Él, ofrezcan
sus cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios.
"Entonces
se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero Él desapareció
de su lado" (Lc 24,31).
128.
Los discípulos reconocen a Jesús al momento en que
deciden alojar al caminante en su casa, ahora quieren compartir
con Él su pan. Desean que "se quede con ellos",
necesitan su presencia viva. Es en la fracción del pan
compartido donde descubren una nueva forma de presencia de Jesús
en medio de ellos. Al momento Jesús desaparece de su vista;
ya no lo ven bajo la forma de un hombre, sino como signo de la
mesa compartida fraternalmente, símbolo para expresar la
presencia del Reino de Dios en Jesús resucitado, presente
en su pueblo.
129.
La experiencia de los discípulos de Emaús se puede
contemplar así: Jesús resucitado está en
la Eucaristía. Verdaderamente está escondido, pues
cuando quieren fijar sus ojos y retenerle (asegurarse de su presencia)
Él ya se ha ido. Pero Él está ahí,
como vida de los suyos que ilumina la desilusión de la
comunidad y de todo el caminar de la Iglesia.
DESPUÉS
DEL ENCUENTRO, NOS ENVÍA
130.
De la experiencia del encuentro con Jesucristo vivo, nace la necesidad
de ser testigos ante los hombres para compartirles el hecho vivificante
del encuentro con su persona, pues la Iglesia tiene como centro
de su misión "llevar a todos los hombres al encuentro
con Jesucristo" (IA 68).
131.
Con la vida y la acción se llega a ser testigo de Cristo,
desde la consagración bautismal (cf. VS 89-94; 137-138;
181-182). Dios se ha comunicado a los hombres en Jesucristo, ahora
el hombre debe dar testimonio de Dios, ya que en Jesucristo ha
tenido lugar, de una vez por todas, la Revelación. La historia
viva de ese encuentro con Dios, por Jesucristo, se realiza en
el caminar de la iglesia, en su praxis eclesial y en el compromiso
evangelizador, ya que la misma persona de Cristo se encuentra
al centro de la vida de cada creyente.
"Y
levantándose al momento se volvieron a Jerusalén"
(Lc 24,33)
132.
Todos los fieles, por los sacramentos de iniciación cristiana
y por los dones del Espíritu Santo, tenemos la vocación
y misión de ser anunciadores del Evangelio, pues hemos
sido hechos partícipes de la función sacerdotal,
profética y real de Cristo (cf. EN 13). Las exigencias
modernas hacen que la misión evangelizadora requiera hoy
un programa nuevo que puede definirse en su conjunto como "nueva
evangelización", nueva en su ardor, nueva en sus métodos
y nueva en su expresión. Al aceptar esta misión
todos necesitamos recordar que el eje vital de la nueva evangelización
ha de ser el anuncio claro de la persona de Jesucristo, es decir,
el anuncio de su nombre, de su doctrina, de su vida, de sus promesas
y del Reino que Él nos ha conquistado a través de
su Misterio Pascual (cf. IA 66).
133.
Al evangelizar, Cristo manifestó coherencia en la propia
forma de vida, a diferencia de los fariseos, que dicen una cosa
y hacen otra (cf. Mt 23). Nosotros tenemos que manifestar nuestra
coherencia entre la fe y la vida: en la sociedad, en la economía,
en la política, en la cultura, etc. (cf. DP 216. 352).
Con humildad y confianza absoluta en la acción salvadora
de Dios y la fuerza de su gracia (cf. PDP 250). Perseverando con
ánimo alegre aunque sea difícil cumplir la misión,
ya que algunas veces el mensaje no será aceptado ni creído,
incluso por aquellos con quienes compartimos la misma fe, como
sucede a los discípulos de Emaús cuando regresaban
fortalecidos, ilusionados, llenos de alegría y entusiasmo
a Jerusalén, contando lo que les acababa de suceder (Mc
16,12- 13). La Buena Nueva autentifica su mensaje en la comunidad.
134.
Nosotros, los cristianos, estamos llamados a ser servidores de
los demás por amor, como expresión de una Iglesia
servidora: "El que quiera ser grande y el primero entre ustedes
sea su servidor, de la misma manera que el hijo del hombre no
ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida como rescate
por muchos" (cf. Mt 20, 26-28). Cristo es el camino de la
entrega sacrificada del amor, camino que abre nuevos horizontes
a la convivencia humana y al trazo en la ruta de una nueva historia
(cf. PDP 217).
135.
"Los presbíteros tienen por deber primero el de anunciar
a todos el Evangelio de Dios" (PO 4). Un momento clave de
la proclamación del Evangelio es la predicación,
de manera clara y sencilla, caracterizada por "la proclamación
de las maravillas obradas por Dios en la historia de la salvación
o Misterio de Cristo que está siempre presente y obra en
nosotros particularmente en la celebración de la Liturgia"
(cf. SC 35,2).
136.
Centro de nuestra predicación será el anuncio del
Reino de Dios. El sentido mismo de la vida toda de Jesús
está en función del Reino de Dios, pues es el objetivo
de la vida y misión de Jesús (cf. Lc 4,43; 8,1).
La acción evangelizadora de Jesús es anuncio de
la liberación de los pobres y realización de su
esperanza (Mt 11,5; Lc 4,18; 7,22). Esa misma misión es
la que recibe todo aquel que pretenda ser discípulo suyo.
137.
Como Iglesia hoy queremos dejarnos encontrar por Jesucristo, que
Él llegue a cada familia potosina, queremos que establezca
el Reino del Padre entre nosotros, "que el Evangelio sea
anunciado en el lenguaje y la cultura de aquellos que lo oyen"
(IA 70). Queremos que el Caminante de Emaús vaya con nosotros
y sea Él quien nos anuncie la Buena Nueva, que nos mueva
a convertirnos, a salir de nuestras individualidades y construir
en Él la verdadera comunidad que se manifieste como Iglesia
convertida e inculturada y testimonie con su vida que el Reino
de los cielos ha llegado.
138.
Al igual que los discípulos de Emaús necesitamos
que Cristo camine hoy con nosotros para conocerlo, y conociéndolo
nos lleve a una permanente conversión. Jesús no
pertenece solamente al pasado histórico ni sólo
podemos esperarlo para el futuro, sino que ahora vive, actúa,
libera y perdona. Es necesario, "renovar constantemente el
encuentro personal y comunitario con Cristo vivo, camino que nos
conduce a la conversión permanente" (IA 82).
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