LA PRACTICA DE LA LECTIO DIVINA

La Lectio Divina un camino de oración


En el transcurrir de la historia del ser humano se ha constatado, desde sus inicios, el deseo y la búsqueda permanente de Dios por medio de diversos comportamientos religiosos, para encontrar el sentido a su existencia.

La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión de Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; y no vive plenamente según la verdad sino reconoce libremente aquel amor y se entrega a su creador.

Para tal fin, es necesario recurrir a los diversos medios espirituales, en primer lugar, al que es fundamento de toda la vida cristina: la Sagrada Escritura. En ella encontramos la obra redentora de Dios por amor a los hombres y la invitación a hacer de ella alimento cotidiano, para que luego nutra la fe de todos los individuos y las comunidades.

No basta que leamos la Biblia es necesario formarnos para que podamos entenderla y asimilarla en nuestras vidas, por eso, desde los primeros siglos de la vida cristiana la Iglesia asumió como método para la formación de dicha oración lo que la cultura judaica había realizado durante varios años para la meditación de la Palabra de Dios: la Lectio Divina o Lectura Divina.

Esta oración presupone una actitud de fe. La Sagrada Escritura es aceptada por el creyente como la Palabra que el Señor ha dirigido y continúa dirigiendo a su pueblo, para comunicarle su vida y para indicarle el camino que lleva a la vida; no puede ser asumida por el interés o la curiosidad meramente intelectual.

Por consiguiente, esta lectura se realiza, de comienzo a fin en una actitud de oración, siempre bajo la acción del Espíritu Santo, el cual hace sentir su acción suscitando o profundizando la adhesión a la Palabra.

Como primer elemento, es importante abrir el corazón, los oídos, propiciar un ambiente que permita la ESCUCHA. No podemos olvidar que la Palabra de Dios es para nosotros como la zarza de Moisés, un misterio atrayente. Hay una voz que nos invita a descalzarnos de todo lo que nos impide escuchar a Dios, los miedos, las prisas, las preocupaciones. Esto no nos deja ser discípulos de la Palabra. Por ello, hay que dedicar unos instantes antes de comenzar al silencio interior y exterior, colocarnos bajo el influjo el Espíritu Santo y dirigir una invocación al Padre para que haga su obra en nosotros.

En un segundo momento hay que tener en cuenta que la Lectio requiere una profunda armonía entre la forma de orar y la forma de vivir, es decir que por el encuentro personal con Jesús debemos concluir en su compromiso radical por la vida cristiana.

Y como tercer elemento la Lectio Divina supone dedicación y perseverancia para acostumbrarnos poco a poco a la pedagogía de Dios. Requiere que le dediquemos un tiempo exclusivo y justo cada día.

Al asumir seria y comprometidamente este estilo de oración se producirá en nuestras vidas un cambio total porque nuestras palabras y obras estarán arraigadas a Jesucristo Palabra de Vida eterna, trayendo consigo: una verdadera mentalidad evangélica, renovación interior profunda, centralidad de nuestra vida en Cristo y en el misterio de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, alegría, paz y discernimiento para enfrentar la cultura urbana, de tal modo, que viviendo en ella no seamos del mundo, sino hombres de Dios al servicio de los hombres de hoy.