Discurso
de S.S. el Papa Juan Pablo II y Documento de la Pontificia Comisión
Bíblica
Este
discurso fue pronunciado la mañana del viernes 23 de
abril de 1993, durante una audiencia conmemorativa de los cien
años de la encíclica "Providentissimus Deus"
de León XIII y de los años de la encíclica
"Divino affante Spiritu" de Pío XII, ambas
dedicadas a los estudios bíblicos.
La
audiencia tuvo lugar en la sala Clementina del Vaticano. Participaron
en ella los miembros del Colegio Cardenalicio, del Cuerpo Diplomático
acreditado ante la Santa Sede, los de la Pontificia Comisión
Bíblica y el profesorado del Pontificio Instituto de
la Biblia en la Iglesia.
Señores
cardenales;
señores jefes de las misiones diplomáticas;
señores miembros de la Pontificia Comisión Bíblica;
señores profesores del Pontificio Instituto Bíblico:
1.-
Agradezco de todo corazón al cardenal Ratzinger los sentimientos
que acaba de expresar al presentarme el documento elaborado
pro la Pontificia Comisión Bíblica sobre la interpretación
de la Biblia en al Iglesia. Con alegría recibo este documento,
fruto de un trabajo colegial emprendido por su iniciativa, señor
cardenal, y proseguido con perseverancia durante muchos años.
Responde a una gran preocupación mía, porque la
interpretación de la Sagrada Escritura es de importancia
capital para fe cristiana y la vida de la Iglesia. "En
los Libros Sagrados -como nos ha recordado muy bien el Concilio-
, el Padre, que está en el cielo, sale amorosamente al
encuentro de sus hijos para conversar con ellos. Y es tan grande
el poder y la fuerza de la palabra de Dios, que constituye sustento
del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual"
(Dei Verbum), 21). El modo de interpretar los textos bíblicos
para los hombres y las mujeres de nuestro tiempo tiene consecuencias
directas para su relación personal y comunitaria con
Dios, y también está ligado estrechamente a la
misión de la Iglesia. Se trata de un problema vital,
que merecía vuestra atención.
2.-
Vuestro trabajo ha terminado en un momento muy oportuno, pues
me brinda la ocasión de celebrar con vosotros, dos aniversarios
ricos de significado: el centenario de la encíclica Providentissimus
Deus y el cincuentenario de la encíclica Divino Afflante
Spiritu, ambas dedicadas a cuestiones bíblicas. El 18
de noviembre de 1893, el papa León XIII, muy atento a
los problemas intelectuales, publicó su encíclica
sobre los estudios relacionados con la Sagrada Escritura con
el fin -escribió- "de estimularlos y recomendarlos",
y también de "orientarlos de una manera que corresponda
mejor a las necesidades de la época" (Enquiridión
Biblicum, 82). Cincuenta años después, el papa
Pío XII, con su encíclica Divino Afflante Spiritu,
dio a los exegetas católicos nuevo aliento y nuevas directrices.
Entre tanto, el magisterio pontificio manifestaba su atención
constante a los problemas escriturísticos mediante numerosas
intervenciones. En 1902, León XIII creó la comisión
Bíblica; en 1909, Pío X fundó el Instituto
Bíblico. En 1920, Benedicto XV celebró el 1500
aniversario de la muerte de san Jerónimo mediante una
encíclica sobre la interpretación de la Biblia.
Así, el gran impulso dado a los estudios bíblicos
se confirmó en el Concilio Vaticano II, de modo que la
Iglesia entera se benefició de ellos. La constitución
Dogmática Dei Verbum ilumina el trabajo de los exegetas
católicos e invita a los pastores y a los fieles a alimentarse
más asiduamente de la palabra de Dios contenida en las
Escrituras.
I.
De la "Providentissimus Deus" a la "Divino Afflante
Spiritu"
3.-
En primer lugar, entre estos dos documentos se nota una diferencia
importante. Se trata de la parte polémica -o, más
exactamente, apologética- de las dos encíclicas.
En efecto, ambas manifiestan la preocupación católica
de la Biblia, pero estos ataques no iban en la misma dirección.
Por una parte, la Providentissimus Deus quiere proteger la interpretación
católica de la Biblia contra los ataques de la ciencia
racionalista; por otra, la divino Afflante Spiritu se preocupa
más por defender la interpretación católica
contra los ataques de quienes se oponen al empleo de la ciencia
por parte de los exegetas y quieren imponer una interpretación
no científica, llamada espiritual, de la Sagrada Escritura.
Este
cambio radical de perspectiva se debía, evidentemente,
a las circunstancias. La Providentissimus Deus fue publicada
en una época marcada por duras polémicas contra
la fe de la Iglesia. La exégesis liberal alimentaba en
gran medida estas polémicas, porque utilizaba todos los
recursos de la ciencia, desde la crítica textual hasta
la geología, pasando por la filosofía, la crítica
literaria, la historia de las religiones, la arqueología
y otras disciplinas más. Por el contrario, la Divino
Afflante Spiritu se publicó poco tiempo después
de una polémica muy diferente suscitada, sobre todo,
en Italia contra el estudio científico de la Biblia.
Un opúsculo anónimo muy difundido ponía
en guardia contra lo que describía como "un peligro
grave para la Iglesia y las almas: el sistema crítico-científico
en el estudio y la interpretación de la Sagrada Escritura,
sus desviaciones funestas y sus aberraciones".
4.-
En los dos casos, la reacción del Magisterio fue significativa,
pues, en lugar de limitarse a una respuesta puramente defensiva,
fue al fondo del problema y manifestó así -observémoslo
en seguida- la fe de la Iglesia en el misterio de la encarnación.
Contra
la ofensiva de la exégesis liberal, que presentaba sus
afirmaciones como conclusiones fundadas en los logros de la
ciencia, se podría haber reaccionado lanzando un anatema
contra el uso de las ciencias en la interpretación de
la Biblia y ordenado a los exegetas católicos que se
limitaran a una explicación espiritual de los textos.
La
Providentissimus Deus no siguió ese camino. Al contrario,
la encíclica exhorta a los exegetas católicos
a adquirir una verdadera competencia científica, para
que aventajen a sus adversarios en su mismo terreno. El primer
medio de defensa -sostiene- "se encuentra en el estudio
de las lenguas orientales antiguas, así como en el ejercicio
de la crítica científica" (Enchiridion Biblicum,
118). La Iglesia no tiene miedo de la crítica científica.
Sólo desconfía de las opiniones preconcebidas
que pretenden fundarse en la ciencia, pero que, en realidad,
hacen salir subrepticiamente a la ciencia de su campo propio.
Cincuenta
años después, en la Divino Afflante Spiritu, el
papa Pío XII pudo constatar la fecundidad de las directivas
impartidas por la Providentissimus Deus: "Gracias a un
mejor conocimiento de las lenguas bíblicas y de todo
lo que concierne a Oriente..., un buen numero de cuestiones
planteadas en la época de León XIII contra la
autenticidad, la antigüedad, la integridad y el valor histórico
de los libros sagrados... hoy se han aclarado y solucionado"
(Enchiridion Biblicum, 546). El trabajo de los exegetas católicos,
"que han hecho un uso correcto de las armas intelectuales
utilizadas por sus adversarios" (n. 562), había
dado su fruto. Y precisamente por esta razón, la Divino
Afflante Spiritu se muestra menos preocupada que la Providentissimus
Deus por combatir las posiciones de la exégesis racionalista.
5.-
Pero resultaba necesario responder a los ataques que provenían
de los partidarios de la exégesis así llamada
"mística" (n. 552), que pretendían que
el Magisterio condenara los esfuerzos de la exégesis
científica. ¿Cómo responde la encíclica?
Podría haberse limitado a señalar la utilidad
e, incluso, la necesidad de estos esfuerzos encaminados a defender
la fe, lo cual habría favorecido una especie de dicotomía
entre la exégesis científica, destinada a un uso
externo, y la interpretación espiritual, reservada a
un uso interno. En la Divino Afflante Spiritu, Pío XII
evitó deliberadamente avanzar en este sentido. Por el
contrario, reivindicó la unión estrecha de esos
dos procedimientos, indicando, por un lado, el alcance "teológico"
del sentido literal, definido metódicamente (Enchiridion
Biblicum, 251); por otro, afirmando que, para que pueda ser
reconocido como sentido de un texto bíblico, el sentido
espiritual debe presentar garantías de autenticidad.
La simple inspiración subjetiva no basta. Es preciso
poder mostrar que se trataba de un sentido "querido por
Dios mismo", de un significado espiritual"dado por
Dios" al texto inspirado (Enchirion Biblicum, 552-553).
La determinación del sentido espiritual entra también,
de este modo, en el dominio de la ciencia exegética.
Comprobamos,
pues, que a pesar de la gran diversidad de dificultades que
tenían que afrontar, las dos encíclicas coinciden
perfectamente en su nivel más profundo. Ambas rechazan
la ruptura entre lo humano y lo divino, entre la investigación
científica y la mirada de la fe, y entre el sentido literal
y el sentido espiritual. Aparecen, por tanto, plenamente en
armonía con el misterio de la encarnación.
II.
Armonía entre la exégesis católica y el
misterio de la encarnación
6.-
La encíclica Divino Afflante Spiritu ha expresado el
vínculo estrecho que une a los textos bíblicos
inspirados con el misterio de la encarnación, con las
siguientes palabras: "Al igual que la palabra sustancial
de Dios se hizo semejante a los hombres en todo, excepto en
el pecado, así las palabras de Dios expresadas e lenguas
humanas, se ha hecho en todo semejante al lenguaje humano excepto
en el error" (Enchiridion Biblicum, 559). Recogida casi
al pie de la letra por la constitución conciliar Dei
Verbum (13), esta afirmación pone de relieve un paralelismo
rico de significado.
Es
verdad que la puesta por escrito de las palabras de Dios, gracias
al carisma de la inspiración escriturística, fue
un primer paso hacia la encarnación del Verbo de Dios.
En efecto, estas palabras escritas representaban un medio estable
de comunicación y comunión entre el pueblo elegido
y su único Señor. Por otro lado, gracias al aspecto
profético de estas palabras, fue posible reconocer el
cumplimiento del designio de Dios, cuando "el Verbo se
hizo carne, y puso su morada entre nosotros" (Jn 1,14).
Después de la glorificación celestial de la humanidad
del Verbo hecho carne, también su paso entre nosotros
queda testimoniado de manera estable gracias a las palabras
escritas. Junto con los escritos inspirados de la primera alianza,
los escritos inspirados de la nueva alianza constituyen un medio
verificable de comunicación y comunión entre le
pueblo creyente y Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Este medio no puede, ciertamente, separarse del manantial de
vida espiritual que brota del corazón de Jesús
crucificado y se propaga gracias a los sacramentos de la Iglesia.
Sin embargo, tiene su consistencia: la consistencia de un texto
escrito, que merece crédito.
7.-
En consecuencia, las dos encíclicas exigen que los exegetas
católicos en plena armonía con el misterio de
la encarnación, misterio de unión de lo divino
y lo humano en una existencia histórica completamente
determinada. La existencia terrena de Jesús no se define
sólo a través de lugares y datos de comienzos
del siglo I en Judea y en Galilea, sino también a través
de sus raíces en la larga historia de un pequeño
pueblo de la antigüedad en Oriente próximo, con
sus debilidades y su grandeza, con sus hombre de Dios y sus
pecadores, con su lenta evolución cultural y sus avatares
políticos, con sus derrotas y sus victorias, y con sus
aspiraciones a la paz y al reino de Dios. La Iglesia de Cristo
toma en serio el realismo de la encarnación, y por eso
atribuye gran importancia al estudio histórico-crítico
de la Biblia. Lejos de condenarlo, como querían los partidarios
de la exégesis mística, mis predecesores lo aprobaron
decididamente. "Artiscriticae disciplinam-escribió
León XIII-, quippe percipiendae penirus hagiographorum
sententiae perutilem, Nobis vehementer probantibus, nostri (esegetae,
scilicet, ctholici) excolant" (carta apostólica
Vigilantiae, par la fundación de la comisión Bíblica,
30 de octubre de 1902, Enchiridion Biblicum, 142). La misma
vehemencia en la aprobación y el mismo adverbio (vehementer)
se encuentran en la Divino Afflante Spiritu a propósito
de las investigaciones de crítica textual (Cfr. Enchidion
Biblicum, 548).
8.-
La Divino Afflante Spiritu, como es sabido, recomendó
especialmente a los exegetas el estudio de los géneros
literarios utilizados en los libros sagrados, llegando a decir
que el exegeta católico debe "convencerse de que
no puede descuidar esta parte de su misión sin gran menoscabo
de la exégesis católica" (Enchiridion Biblicum,
560). Esta recomendación nace de la preocupación
por comprender el sentido de los textos con la máxima
exactitud y precisión y, por tanto, en su contexto cultural
e histórico. Una idea falsa de Dios y de la encarnación
lleva a algunos cristianos a tomar una orientación contraria.
Tienden a creer que, siendo Dios el ser absoluto, cada una de
sus palabras tiene un valor absoluto, independiente de todos
los condicionamientos del lenguaje humano. No conviene, según
ellos, estudiar estos condicionamientos para hacer distinciones
que relativizarían el alcance de las palabras. Pero eso
equivale a engañarse y, rechazar, en realidad, los misterios
de la inspiración escriturística y de la encarnación,
ateniéndose a una noción falsa del ser absoluto.
El Dios de la Biblia no es un ser absoluto que, aplastando todo
lo que toca, anula todas las diferencias y todos los matices.
Es, más bien, el Dios creador, que ha creado la maravillosa
variedad de los seres de cada especie, como dice y repite el
relato del Génesis (Cfr. Gén 1). Lejos de anular
las diferencias, Dios las respeta y valora (Cfr. ICor 12,18.24.28).
Cuando se expresa en lenguaje humano, no da a cada expresión
un valor uniforme, sino que emplea todos los matices posibles
con una gran flexibilidad, aceptando también sus limitaciones.
Esto hace que la tarea de los exegetas sea tan compleja, necesaria
y apasionante. No puede descuidarse ningún aspecto del
lenguaje. El progreso reciente de las investigaciones lingüísticas,
literarias y hermenéuticas ha llevado a la exégesis
bíblica a añadir al estudio de los géneros
literarios otros puntos de vista (retórico, narrativo
y estructuralista). Otras ciencias humanas, como la psicología
y la sociología, también han dado su contribución.
A todo esto puede aplicarse la consigna que León XIII
dio a los miembros de la Comisión Bíblica: "No
consideren extraño a su campo de trabajo ninguno de los
hallazgos de la investigación diligente de los modernos;
por el contrario, estén atentos para poder adoptar sin
demora todo lo útil que cada momento aporta a la exégesis
bíblica" (Vigilantiae, Enchiridion Biblicum, 140).
El estudio de los condicionamientos humanos de la palabra de
Dios debe proseguir con interés renovado incesantemente.
9.-
Este estudio, sin embargo, no basta. Para respetar la coherencia
de la fe de la Iglesia y de la inspiración de la Escritura,
la exégesis católica debe estar atenta a no limitarse
a los aspectos humanos de los textos bíblicos. Es necesario,
sobre todo, ayudar al pueblo cristiano a captar más nítidamente
la palabra de Dios en estos textos, de forma que los reciba
mejor, para vivir plenamente en comunión con Dios. Para
ello es preciso, desde luego, que el exegeta mismo capte la
palabra de Dios en los, textos, lo cual sólo es posible
si su trabajo intelectual está sostenido por un impulso
de vida espiritual.
Si
carece de este apoyo, la investigación exegética
queda incompleta, pierde de vista su finalidad principal y se
limita a tareas secundarias. Puede, incluso, transformarse en
una especie de evasión. El estudio científico
de los meros aspectos humanos de los textos puede hacer olvidar
que la palabra de Dios invita a cada uno a salir de sí
mismo para vivir en la fe y en la caridad.
La
encíclica Providentissimus Deus recuerda, a este respecto,
el carácter particular de los libros sagrados y la exigencia
que de ello deriva para su interpretación: "Los
libros sagrados-afirma-no pueden equipararse a los escritos
ordinarios, sino que, al haber sido dictados por el mismo Espíritu
Santo y tener un contenido de suma importancia, misterioso y
difícil en muchos aspectos, para comprenderlos y explicarlos,
tenemos siempre necesidad de la venida del mismo Espíritu
Santo, es decir, de su luz y su gracia, que es preciso pedir
ciertamente con una oración humilde y conservar con una
vida santa" (Enchiridion Biblicum, 89). Con una fórmula
más breve, tomada de san Agustín, la Divino Afflante
Spiritu expresa esa misma exigencia: "Orent ut intellegant"
(Enchiridion Biblicum, 569).
Sí,
para llegar a una interpretación plenamente válida
de las palabras inspiradas por el, Espíritu Santo, es
necesario que el Espíritu Santo nos guíe; y para
esto, es necesario orar, orar mucho, pedir en la oración
la luz interior del Espíritu y aceptar dócilmente
esta luz, pedir el amor, única realidad que nos hace
capaces de comprender el lenguaje de Dios, que "es amor"
(l Jn 4,8.16). Incluso durante el trabajo de interpretación,
es imprescindible que nos mantengamos, lo más posible,
en presencia de Dios.
10.-
La docilidad al Espíritu Santo produce y refuerza otra
disposición, necesaria para la orientación correcta
de la exégesis: la fidelidad a la Iglesia. El exegeta
católico no alimenta el equívoco individualista
de creer que, fuera de la comunidad de los creyentes, se pueden
comprender mejor los textos bíblicos. Lo que es verdad
es todo lo contrario, pues esos textos no han sido dados a investigadores
individuales
"para satisfacer su curiosidad o proporcionarles temas
de estudio y de investigación" (Divino Afflante
Spiritu; Enchiridion Biblicum, 566); han sido confiados a la
comunidad de los creyentes, a la Iglesia de Cristo, para alimentar
su fe y guiar su vida de caridad. Respetar esta finalidad es
condición para la validez de la interpretación.
La Providentissimus Deus recordó esta verdad fundamental
y observó que, lejos de estorbar la investigación
bíblica, respetar este dato favorece su progreso auténtico
(Cfr. Enchiridion Biblicum, 108-109). Es consolador comprobar
que los estudios recientes de filosofía hermenéutica
han confirmado esta manera de ver y que exegetas de diversas
confesiones han trabajado en una perspectiva análoga,
subrayando, por ejemplo, la necesidad de interpretar cada texto
bíblico como parte del canon de las escrituras reconocido
por la Iglesia, o estando mucho más atentos a los aportes
de la exégesis patrística.
En
efecto, ser fiel a la Iglesia significa situarse resueltamente
en la corriente de la gran Tradición que, con la guía
del, Magisterio, que cuenta con la garantía de la asistencia
especial del Espíritu Santo, ha reconocido los escritos
canónicos como palabra dirigida por Dios a su pueblo,
y jamás ha dejado de meditarlas y de descubrir su riqueza
inagotable. También el Concilio Vaticano II lo ha afirmado:
"Todo lo dicho sobre la interpretación de la Escritura
queda sometido al juicio definitivo de la Iglesia, que recibió
de Dios el encargo y el oficio de conservar e interpretar la
palabra de Dios" (Dei Verbum, 12).
Asimismo
es verdad -como dice también el Concilio, que cita una
afirmación de la Providentissimus Deus-"a los exegetas
toca... ir penetrando y exponiendo el sentido de la Sagrada
Escritura, de modo que con dicho estudio pueda madurar el juicio
de la Iglesia" (Dei Verbum, 12; Cfr. Providentissimus Deus,
Enchiridion Biblicum 109: "Ut, quasi praeparato studio,
judicium Ecclesiae maturetur").
11.- Para realizar mejor esta tarea eclesial tan importante,
" los exegetas se deben mantener cerca de la predicación
de la palabra de Dios, ya sea dedicando una parte de su tiempo
a este ministerio, ya sea relacionándose con quienes
lo ejercen y ayudándoles con publicaciones de exégesis
pastoral (Cfr Divino Afflante Spiritu, Enchiridion, Biblicum,
551). Evitarán, así, perderse en los caminos de
una investigación científica abstracta, que los
alejaría del sentido verdadero de las Escrituras pues
este sentido no puede separarse de su finalidad, que consiste
en poner a los creyentes en relación personal con Dios.
III.
El nuevo documento de la Pontificia Comisión Bíblica
12.-
En esta perspectiva -según la Providentissimus Deus-
"se abre para el trabajo personal de cada exegeta un campo
vasto de investigación" (Enchiridion Biblicum, 109).
Cincuenta años después, la Divino Afflante Spiritu
renovaba, con términos diferentes, la misma comprobación
estimulante: "Quedan, pues, muchos puntos, y algunos muy
importantes, en cuya discusión y explicación la
penetración de espíritu y los talentos de los
exegetas católicos pueden y deben ejercerse
libremente" (Enchiridion Biblicum, 565).
Lo
que era verdad en 1943 sigue siéndolo en nuestros días,
porque el progreso de las investigaciones ha aportado soluciones
a ciertos problemas y, al mismo tiempo, ha planteado nuevas
cuestiones, que es preciso estudiar. En la exégesis,
como en las demás ciencias, cuanto más se desplaza
la frontera de lo desconocido, tanto más se ensancha
el campo de exploración. No habían transcurrido
cinco años de la publicación de la Divino Afflante
Spiritu, cuando el descubrimiento de los manuscritos de Qumrâm
arrojaron nueva luz sobre un gran número de problemas
bíblicos y abrieron otros campos de investigación.
A continuación, se hicieron muchos descubrimientos, y
se crearon nuevos métodos de investigación y de
análisis.
13.-
Este cambio de situación ha hecho necesario un nuevo
examen de los problemas: La Pontificia Comisión Bíblica
se ha aplicado a este cometido, y hoy presenta el fruto de su
trabajo, titulado La interpretación de la Biblia en la
Iglesia.
Lo
que impresiona a simple vista en este documento es la apertura
de espíritu con que ha sido concebido. Se pasa revista
a los métodos, los enfoques y las lecturas realizadas
hoy en la exégesis y, a pesar de algunas reservas a veces
graves que hay que expresar, se admite en casi todos ellos la
presencia de elementos válidos para una interpretación
integral del texto.
En
efecto, la exégesis católica no tiene un método
de interpretación propio y exclusivo sino que, partiendo
de la base histórico-crítica, sin presupuestos
filosóficos u otros contrarios a la verdad de nuestra
fe, aprovecha todos los métodos actuales, buscando en
cada uno de ellos la semilla del Verbo.
14. Otro rasgo característico de esta síntesis
es su equilibrio y su moderación. En su interpretación
de la Biblia, sabe armonizar la diacronía y la sincronía,
reconociendo que las dos se completan y son indispensables para
que surja toda la verdad del texto y satisfaga las exigencias
legítimas del lector moderno.
Más
importante aún es el hecho de que la exégesis
católica no centra su atención únicamente
en los aspectos humanos de la revelación bíblica,
error en que a veces cae el método histórico-crítico,
ni en los aspectos divinos, como pretende el fundamentalismo.
Al contrario, se esfuerza por poner de relieve todos esos aspectos,
unidos en la "condescendencia" divina (Dei Verbum,
13), que está en la base de toda la Escritura.
15. Por último, es posible descubrir el énfasis
que este documento pone en el hecho de que la palabra bíblica
operante se dirige universalmente, en el tiempo y en el espacio,
a toda la humanidad. Si "la palabra de Dios... se hace
semejante al lenguaje humano" (Dei Verbum, 13), es para
que todos la entiendan. No debe permanecer lejana, "porque...
no es superior a tus fuerzas, ni está fuera de tu alcance...
Sino que está bien cerca de ti, está en tu boca
y en tu corazón para que la pongas en práctica"
(Cfr Deut 30,11. 14).
Este
es el objetivo de la interpretación de la Biblia. Si
la tarea primordial de la exégesis estriba en alcanzar
el sentido auténtico del texto sagrado o sus diferentes
sentidos, es necesario que luego comunique ese sentido al destinatario
de la Sagrada Escritura que es, en la medida de lo posible,
toda persona humana.
La
Biblia ejerce su influencia a lo largo de los siglos. Un proceso
constante de actualización adapta la interpretación
a la mentalidad y al lenguaje contemporáneo. El carácter
concreto e inmediato del lenguaje bíblico facilita en
gran medida esa adaptación, pero su arraigo en una cultura
antigua suscita algunas dificultades. Por tanto, es preciso
volver a traducir constantemente el pensamiento bíblico
al lenguaje contemporáneo, para que se exprese de una
manera adaptada a sus oyentes. En cualquier caso, esta traducción
debe ser fiel al original, y no puede forzar los textos para
acomodarlos a una lectura o a un enfoque que esté de
moda en un momento determinado. Hay que mostrar todo el resplandor
de la palabra de Dios, aun cuando esté "expresada
en palabras humanas" (Dei Verbum, 13).
La
Biblia está difundida hoy en todos los continentes y
en todas las naciones. Pero, para que su acción sea profunda,
es necesario que se dé una inculturación según
el espíritu propio de cada pueblo, Las naciones menos
influenciadas por las desviaciones de la civilización
occidental moderna comprenderán, tal vez, con mayor facilidad
el mensaje bíblico que aquellas que ya son casi insensibles
a la acción de la palabra de Dios a causa de la secularización
y de los excesos de la desmitologización.
En
nuestro tiempo se requiere un gran esfuerzo, no sólo
por parte de los estudiosos y los predicadores, sino también
de los divulgadores del pensamiento bíblico: deben utilizar
todos los medios posibles -y hoy disponen de muchos-, a fin
de que el alcance universal del mensaje bíblico se reconozca
ampliamente y su eficacia salvífica se manifieste por
doquier.
Gracias a este documento, la interpretación de la Biblia
en la Iglesia puede hallar un impulso nuevo para bien del mundo
entero, para hacer resplandecer la verdad y exaltar la caridad
en el umbral del tercer milenio.
Conclusión
16.- Al terminar, tengo la alegría de poder dar las gracias
y alentar, como mis predecesores León XIII y Pío
XII, a los exegetas católicos y, en particular, a vosotros,
los miembros de la Pontificia Comisión Bíblica.
Os agradezco cordialmente el trabajo excelente que lleváis
a cabo al servicio de la palabra de Dios y del pueblo de Dios:
trabajo de investigación, de enseñanza y de publicación;
ayuda prestada a la teología, a la liturgia de la Palabra
y al ministerio de la predicación; iniciativas que favorecen
el ecumenismo y las buenas relaciones entre cristianos y judíos;
y participación en los esfuerzos de la Iglesia por responder
a las aspiraciones y a las dificultades del mundo moderno.
A
esto añado mi aliento afectuoso para la nueva etapa que
es preciso recorrer. La complejidad creciente de esta tarea
requiere los esfuerzos de todos y una amplia colaboración
interdisciplinar. En un mundo en que la investigación
científica se vuelve cada vez más importante en
muchos campos, es indispensable que la ciencia exegética
se sitúe en un nivel adecuado. Es uno de los aspectos
de la inculturación de la fe, que forma parte de la misión
de la Iglesia, en unión con la aceptación del
misterio de la encarnación.
Que
Cristo Jesús, Verbo de Dios encarnado, que abrió
la inteligencia de sus discípulos a la comprensión
de la Escritura (Lc 24,45), os guíe en vuestras investigaciones.
Que la virgen María os sirva de modelo no sólo
por su docilidad generosa a la palabra de Dios, sino también,
en primer lugar, por su modo de recibir todo lo que se le dijo.
San Lucas nos refiere que María meditaba en su corazón
las palabras divinas y los acontecimientos que se producían,
"symbaIlousa en tê kardia autês" (Lc 2,19).
Por su aceptación de la palabra, es modelo y madre de
los discípulos (Cfr Jn 19,27). Así pues, que ella
os enseñe a aceptar plenamente la palabra de Dios en
la investigación intelectual y en toda vuestra vida.
Os
imparto de todo corazón mi bendición apostólica,
para que vuestro trabajo y vuestra acción contribuyan
cada vez más a hacer resplandecer la luz de la Sagrada
Escritura.

