CONCLUSION
De cuanto ha sido
dicho en el curso de esta larga exposición -breve, sin
embargo, sobre numerosos puntos- , la primera conclusión
que se sigue es la que la exégesis bíblica cumple,
en la Iglesia y en el mundo una tarea indispensable. Querer
prescindir de ella para comprender la Biblia supondría
una ilusión y manifestaría una falta de respeto
por la Escritura inspirada.
Pretendiendo reducir
los exegetas al papel de traductores (o ignorando que traducir
la Biblia es ya hacer obra de exégesis) y rehusando seguirlos
más lejos en sus estudios, los fundamentalistas no se
dan cuenta de que, por una muy loable preocupación de
completa fidelidad a la palabra de Dios, se lanzan en realidad
por caminos que los alejan del sentido exacto de los textos
bíblicos, así como de la plena aceptación
de las consecuencias de la encarnación. La Palabra eterna
se ha encarnado en una época precisa de la historia,
en un medio social y cultural bien determinados. Quien desea
comprenderla, debe buscarla humildemente allí donde se
ha hecho perceptible, aceptando la ayuda necesaria del saber
humano. Para hablar a hombres y mujeres, desde el tiempo del
Antiguo Testamento, Dios utilizó todas las posibilidades
del lenguaje humano; pero al mismo tiempo, debió someter
su palabra a todos los condicionamientos de este lenguaje. El
verdadero respeto por la Escritura inspirada exige que se cumplan
los esfuerzos necesarios para que se pueda captar bien su sentido.
No es posible, ciertamente, que cada cristiano haga personalmente
las investigaciones de todo género que permiten comprender
mejor los textos bíblicos. Esta tarea es confiada a los
exegetas, responsables, en ese sector, del bien de todos.
Una segunda conclusión
es que la naturaleza misma de los textos bíblicos exige
que, para interpretarlos, se continúe empleando el método
histórico-crítico, al menos en sus operaciones
principales. La Biblia, en efecto, no se presenta como una revelación
directa de verdades atemporales, sino como el testimonio escrito
de una serie de intervenciones por las cuales Dios se revela
en la historia humana. A diferencia de doctrinas sagradas de
otras religiones, el mensaje bíblico está sólidamente
enraizado en la historia. Los escritos bíblicos no pueden,
por tanto, ser correctamente comprendidos sin un examen de sus
condicionamientos históricos. Las investigaciones "diacrónicas"
serán siempre indispensables a la exégesis. Cualquiera
que sea su interés, los acercamientos "sincrónicos"
no están en grado de reemplazarlas. Para funcionar de
modo fecundo, deben aceptar las conclusiones de aquellas, al
menos en sus grandes líneas.
Pero, una vez cumplida
esta condición, los acercamientos sincrónicos
(retórico, narrativo, semiótico y otros) son susceptibles
de renovar en parte la exégesis y de aportar una contribución
muy útil. El método histórico-crítico,
en efecto, no puede pretender el monopolio. Debe tomar conciencia
de sus límites y de los peligros que lo amenazan. El
desarrollo reciente de hermenéuticas filosóficas,
y por otra parte, las observaciones que hemos podido hacer sobre
la interpretación, en la tradición bíblica
y en la tradición de la Iglesia, han arrojado luces sobre
diversos aspectos del problema de la interpretación que
el método histórico-crítico tenía
tendencia a ignorar. Preocupados en efecto, de fijar exactamente
el sentido de los textos situándolos en su contexto histórico
de origen, este método se manifiesta a veces insuficientemente
atento al aspecto dinámico del significado y a los posibles
desarrollos del sentido. Cuando no llega hasta el estudio de
la redacción sino que se absorbe completamente en los
problemas de fuentes y de estratificación de los textos,
no cumple completamente 'la tarea exegética.
Por fidelidad a la
gran tradición, de la cual la Biblia misma es un testigo,
la exégesis católica debe evitar, en cuanto sea
posible, ese género de deformación profesional
y mantener su identidad de disciplina teológica, cuya
finalidad principal es la profundización de la fe. Esto
no significa un menor compromiso en la más rigurosa investigación
científica, ni la manipulación de los métodos
por preocupaciones apologéticas. Cada sector de la investigación
(crítica textual, estudios lingüísticos,
análisis literarios, etc.) tiene sus reglas propias,
que es necesario seguir con toda autonomía. Pero ninguna
de esas especialidades es el fin en sí misma. En la organización
de la tarea exegética, la orientación hacia el
fin principal debe ser siempre efectiva; evitando pérdidas
de energía. La exégesis católica no tiene
el derecho de asemejarse a una corriente de agua que se pierde
en la arena de un análisis hipercrítico. Tiene
que cumplir, en la Iglesia y en el mundo, una función
vital, la de contribuir a una trasmisión más auténtica
del contenido de la Escritura inspirada.
A esta finalidad
se dirigen sus esfuerzos, en unión con la renovación
de las otras disciplinas teológicas y con el trabajo
pastoral de actualización y de inculturación de
la palabra de Dios. Examinando la problemática actual,
y expresando algunas reflexiones sobre este tema, la presente
exposición espera facilitar, una más clara toma
de conciencia de todos, acerca de la tarea de los exegetas católicos.
Roma,
15 de abril de 1993.
