B.
INCULTURACION
Al esfuerzo de actualización, que permite a la Biblia
continuar siendo fecunda a través de la diversidad de
los tiempos, corresponde el esfuerzo de inculturación,
para la diversidad de lugares, que asegura el enraizamiento
del mensaje bíblico en los más diversos terrenos.
Esta diversidad no es, por lo demás, jamás completa.
Toda cultura auténtica, en efecto, es portadora, a su
modo, de valores universales establecidos por Dios.
El fundamento teológico
de la inculturación es la convicción de fe, que
la palabra de Dios trasciende las culturas en las cuales se
expresa, y tiene la capacidad de propagarse en otras culturas,
de modo que pueda llegar a todas las personas humanas en el
contexto cultural donde viven. Esta convicción emana
de la Biblia misma, que desde el libro del Génesis toma
una orientación universal (Gén 1, 27-28), la mantiene
luego en la bendición prometida a todos los pueblos gracias
a Abraham ya su descendencia (Gén 12, 3; 18,18) Y la
confirma definitivamente extendiendo a "todas las naciones"
la evangelización cristiana (Mt 28,18-20; Rm 4,16-17
Ef 3,6).
La primera etapa
de la inculturación consiste en traducir en otra lengua
la Escritura inspirada. Esta etapa ha sido franqueada ya en
tiempos del Antiguo Testamento, cuando se tradujo oralmente
el texto hebreo de la Biblia en arameo (Neh 8,8.12) y más
tarde, por escrito, en griego. Una traducción, en efecto,
es siempre más que una simple trascripción del
texto original. El paso de una lengua a otra comporta necesariamente
un cambio de contexto cultural: los conceptos no son idénticos
y el alcance de los símbolos es diferente, ya que ellos
ponen en relación otras tradiciones de pensamiento y
otras maneras de vivir.
Escrito en griego,
el Nuevo Testamento está marcado todo él por un
dinamismo de inculturación, ya que traspone en la cultura
judío-helenística el mensaje palestino de Jesús,
manifestando por ello mismo una clara voluntad de superar los
límites de un medio cultural único.
Aunque es una etapa
fundamental, la traducción de los textos bíblicos
no basta, sin embargo, para asegurar una verdadera inculturación.
Esta se debe continuar, gracias a una interpretación
que ponga el mensaje bíblico en relación más
explícita con los modos de sentir, de pensar, de vivir
y de expresarse, propios de la cultura local. De la interpretación
se pasa enseguida a otras etapas de inculturación, que
llegan a la formación de una cultura local cristiana,
extendiéndose a todas las dimensiones de la existencia
(oración, trabajo, vida social, costumbres, legislación,
ciencias y artes, reflexión filosófica y teológica).
La palabra de Dios es, en efecto, una semilla, que saca de la
tierra donde se encuentra los elementos útiles para su
crecimiento y fecundidad (Cfr Ad gentes, 22). En consecuencia,
los cristianos deben procurar discernir "qué riquezas,
Dios, en su generosidad, ha dispensado a las naciones; deben
al mismo tiempo esforzarse por iluminar estas riquezas con la
luz evangélica, por liberarlas, y conducirlas bajo la
autoridad de Dios Salvador" (Ad gentes, 11).
No se trata, ya se
ve, de un proceso en un sentido único, sino de una "mutua
fecundación". Por una parte las riquezas contenidas
en las diversas culturas permiten a la palabra de Dios producir
nuevos frutos; y por otra, la luz de la palabra de Dios permite
operar una selección en lo que aportan las culturas,
para rechazar los elementos dañosos y favorecer el desarrollo
de los elementos válidos. La completa fidelidad a la
persona de Cristo, al dinamismo de su misterio pascual, y a
su amor por la Iglesia, permite evitar dos soluciones falsas:
la de la "adaptación" superficial del mensaje,
y la de la confusión sincretista (Cfr Ad gentes, 22).
En el Oriente y el
Occidente cristianos, la inculturación de la Biblia se
ha efectuado desde los primeros siglos y ha manifestado una
gran fecundidad. Pero no se la puede considerar, sin embargo,
concluida. Hay que reanudarla , constantemente, en relación
con la continua evolución de las culturas. En los países
de evangelización más reciente, el problema se
presenta en términos diferentes. Los misioneros en efecto,
aportan inevitablemente la palabra de Dios bajo la forma en
la cual se ha inculturado en sus países de origen. Las
nuevas Iglesias locales deben realizar grandes esfuerzos para
pasar de esta forma extranjera de inculturación de la
Biblia a otra forma, que corresponda a la cultura del propio
país.

