B.
LA INTERPRETACION EN LA TRADICION DE LA IGLESIA
La Iglesia, pueblo de Dios, tiene conciencia de ser ayudada
por el Espíritu Santo en su comprensión e interpretación
de las Escrituras. Los primeros discípulos de Jesús
sabían que no estaban en grado de comprender inmediatamente,
en todos sus aspectos, la plenitud que habían recibido.
Experimentaban, en su vida de comunidad vivida con perseverancia,
una profundización y una explicitación progresiva
de la revelación recibida. Reconocían en esto
la influencia y la acción del "Espíritu de
verdad" que el Cristo les había prometido para guiarlos
hacia la plenitud de la verdad Jn 16, 12-13). La Iglesia continúa
su camino del mismo modo, sostenida por la promesa de Cristo:
"el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre
enviará en mi nombre, os enseñará todas
las cosas y os hará recordar todo lo que yo os había
dicho" (Jn 14,26).
1. Formación del canon
Guiada por
el Espíritu Santo y a la luz de la Tradición viviente
que ha recibido, la Iglesia ha discernido los escritos que deben
ser conservados como Sagrada Escritura en el sentido que "habiendo
sido escritos bajo la inspiración del Espíritu
Santo, tienen a Dios por autor, han sido trasmitidos como tales
a la Iglesia" (Dei Verbum, 11) y contienen "la verdad
que Dios ha querido consignar en las sagradas letras para nuestra
salvación" (ibíd.).
El discernimiento
del "canon" de la Sagrada Escritura ha sido el punto
de llegada de un largo proceso. Las comunidades de la Antigua
Alianza (a partir de grupos particulares como los círculos
proféticos o el ambiente sacerdotal, hasta el conjunto
del pueblo) han reconocido en un cierto número de textos
la palabra de Dios que suscitaba su fe y los guiaba en la vida.
Ellas han recibido esos textos como un patrimonio que debía
ser conservado y trasmitido. Así los textos han dejado
de ser simplemente la expresión de la inspiración
de autores particulares; se han convertido en propiedad común
del pueblo de Dios. El Nuevo Testamento testimonia su veneración
por esos textos sagrados, que él, recibe como una preciosa
herencia trasmitida por el pueblo judío. Los considera
"Sagradas Escrituras" (Rm 1,2), "inspiradas"
por el Espíritu de Dios (2Tim 3,16; Cfr 2Pe 1, 20-21),
que "no pueden ser abolidas" (Jn10,35).
A estos
textos que forman "el Antiguo Testamento" (Cfr 1 2Cor
3,14), la Iglesia ha unido estrechamente los escritos donde
ella ha reconocido, por una parte, el testimonio auténtico,
proveniente de los apóstoles (Cfr Lc 1,2; 1Jn 1,13) y
garantizados por el Espíritu Santo (Cfr 1Pe 1,12), sobre
"todo lo que Jesús comenzó a hacer y enseñar"
(Hch 1,1) y, por otra parte, las instrucciones dadas por los
mismos apóstoles y por otros discípulos para constituir
la comunidad de los creyentes. Esta doble serie de escritos
ha recibido, seguidamente, el nombre de "Nuevo Testamento".
En este
proceso, numerosos factores han jugado un papel: la certeza
de que Jesús -y los apóstoles con él- habían
reconocido el Antiguo Testamento como Escritura inspirada, y
de que el misterio pascual constituía su cumplimiento;
la convicción de que los escritos del Nuevo Testamento
provienen auténticamente de la predicación apostólica
(lo cual no implica que hayan sido todos ellos compuestos por
los apóstoles mismos); la constatación de su conformidad
con la regla de fe, y de su uso en la liturgia cristiana; en
fin, la de su acuerdo con la vida eclesial de las comunidades
y de su capacidad de nutrir esa vida.
Discerniendo
el canon de las Escrituras, la Iglesia discernía también
y definía su propia identidad, de modo que las Escrituras
son, a partir de ese momento, un espejo en el cual la Iglesia
puede redescubrir constantemente su identidad, y verificar,
siglo tras siglo, el modo como ella responde sin cesar al evangelio,
del cual se dispone a ser el medio de trasmisión (Dei
Verbum, 7). Esto confiere a los escritos canónicos un
valor salvífico y teológico completamente diferente
del de otros textos antiguos. Si estos últimos pueden
arrojar mucha luz sobre los orígenes de la fe, no pueden
nunca sustituir la autoridad de los escritos considerados como
canónicos, y por tanto fundamentales para la comprensión
de la fe cristiana.
2. Exégesis patrística
Desde los
primeros tiempos, se ha comprendido que el mismo Espíritu
Santo, que ha impulsado a los autores del Nuevo Testamento a
poner por escrito el mensaje de salvación (Dei Verbum,
7; 18), asiste a la Iglesia continuamente para interpretar los
escritos inspirados (Cfr Ireneo; Adv. Haer., 3.24. 1;4. 33.
8; Orígenes, De princ., 2. 7. 2; Tertuliano, De Praescr.,22).
Los Padres
de la Iglesia, que tienen un papel particular en el proceso
de formación del canon, tienen, de modo semejante, un
papel fundador en relación a la tradición viva,
que sin cesar acompaña y guía la lectura y la
interpretación que la Iglesia hace de las Escrituras
(cfr 1:: Providentissimus Deus, Enchiridion Biblicum, 110-111;
Divino afflante Spiritu, 28-30, Enchiridion Biblicum, 554, Dei
Verbum, 23; PCB, Instr. de Evang. histor., 1). En el curso de
la gran Tradición, la contribución particular
de la exégesis patrística consiste en esto: ella
ha sacado del conjunto de la Escritura las orientaciones de
base que han dado forma a la tradición doctrinal de la
Iglesia, y ha proporcionado una rica enseñanza teológica
para la instrucción y la alimentación espiritual
de los fieles.
En los Padres
de la Iglesia, la lectura de la Escritura y su interpretación
ocupan un lugar considerable. Lo testimonian primeramente las
obras directamente ligadas a la comprensión de las Escrituras,
es decir, las homilías y los comentarios, pero también
las obras de controversia y teología, donde la referencia
a la Escritura sirve como argumento principal.
El lugar
Habitual de la lectura bíblica es la Iglesia, durante
la liturgia. Por eso, la interpretación propuesta es
siempre de naturaleza teológica, pastoral y teologal,
al servicio de las comunidades y de cada uno de los fieles.
Los Padres
consideran la Biblia ante todo como el libro de Dios, obra única
de un único autor. No reducen, sin embargo, a los autores
humanos a meros instrumentos pasivos, y saben asignar a talo
cual libro, tomado individualmente, una finalidad particular.
Pero su tipo de acercamiento no concede sino ligera atención
al desarrollo histórico de la revelación. Numerosos
Padres de la Iglesia presentan el Logos, Verbo de Dios, como
autor del Antiguo Testamento y afirman así que toda la
Escritura tiene un alcance cristológico.
Salvo algunos
exegetas de la Escuela Antioquena (Teodoro de Mopsuestia en
particular), los Padres se sienten autorizados a tomar una frase
fuera de su contexto para reconocer allí una verdad revelada
por Dios. En la apologética, frente a los judíos,
o en la controversia dogmática con otras teologías
no dudan en apoyarse sobre interpretaciones de este tipo.
Preocupados
sobre todo por vivir de la Biblia en comunión con sus
hermanos, los Padres se contentan frecuentemente con utilizar
los textos bíblicos corrientes en su ambiente. Orígenes
se interesa metódicamente por la Biblia hebrea, sobre
todo animado por la preocupación de argumentar frente
a los judíos a partir de textos aceptables para ellos.
San Jerónimo resulta una excepción cuando exalta
la hebraica veritas.
Los Padres
practican de modo más o menos frecuente el método
alegórico para disipar el escándalo que podrían
sentir algunos cristianos y los adversarios paganos del cristianismo,
frente a tal o cual pasaje de la Biblia. Perola literalidad
y la historicidad de los textos son raramente anuladas. El recurso
de los Padres a la alegoría supera generalmente el fenómeno
de una adaptación al método alegórico de
los autores paganos.
El recurso
a la alegoría deriva también de la convicción
de que la Biblia, libro de Dios, ha sido dado por él
a su pueblo, la Iglesia. En principio nada se debe dejar de
lado, como fuera de uso o definitivamente caduco. Dios dirige
a su pueblo cristiano un mensaje siempre actual. En sus explicaciones
de la Biblia, los Padres mezclan y entrecruzan las interpretaciones
tipológicas y alegóricas de un modo difícilmente
discernible, siempre con una finalidad pastoral y pedagógica.Cuanto
ha sido escrito 10 ha sido para nuestra instrucción (Cir
1Cor 10,11).
Persuadidos
de que se trata del libro de Dios, el cual es, por tanto, inagotable,
los Padres creen poder interpretar tal pasaje según tal
esquema alegórico, pero consideran que cada uno queda
libre de proponer otra cosa, mientras respete la analogía
de la fe.
La interpretación
alegórica de las Escrituras que caracteriza la exégesis
patrística, puede desorientar al hombre moderno. Pero
la experiencia de Iglesia que refleja esta exégesis,
ofrece una contribución siempre útil (Cfr Divino
affiante Spiritu, 31-32; Dei Verbum, 23). Los Padres enseñan
a leer teológicamente la Biblia en el seno de una tradición
viva, con un auténtico espíritu cristiano.
3. Papel de los diferentes miembros de la Iglesia en la interpretación
Las Escrituras
dadas a la Iglesia son el tesoro común del cuerpo completo
de los creyentes: "La Sagrada Tradición y la Sagrada
Escritura constituyen un sólo depósito sagrado
de la palabra de Dios, encomendado a la Iglesia al que se adhiere
todo el pueblo santo unido a sus pastores, y así persevera
constantemente en la doctrina de los apóstoles..."
(DeiVerbum, 10; cfr también 21). La familiaridad de los
fieles con el texto de las Escrituras ha sido más notable
en unas épocas de la historia de la Iglesia que en otras.
Pero las Escrituras han ocupado una posición de primer
plano en todos los momentos importantes de renovación
en la vida de la Iglesia, desde el movimiento monástico
de los primeros siglos hasta la época reciente del Concilio
Vaticano II.
Este mismo
Concilio enseña que todos los bautizados, cuando participan,
en la fe de Cristo, en la celebración de la eucaristía,
reconocen la presencia de Cristo también en su palabra,
"pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura,
es él quien habla" (Sacrosanctum Concilium, 7).
A este escuchar
la palabra
ellos aportan "el sentido sobrenatural de la fe de todo
el pueblo. (...) Con ese sentido de la fe, que el Espíritu
de verdad suscita y sostiene, el pueblo de Dios, bajo la dirección
del sagrado magisterio, al que sigue fielmente, recibe, no ya
la palabra de los hombres, sino la verdadera palabra de Dios
(Cfr 1 Tes 2J3);se adhiere indefectiblemente a la fe dada de
una vez para siempre a los santos (Cfr Jds 3), penetra más
profundamente en ella con rectitud de juicio y la aplica con
mayor plenitud en la vida" (Lumen gentium, 12).
Así pues, todos los miembros de la Iglesia tienen un
papel en la interpretación de las escrituras. En el ejercicio
de su ministerio pastoraL los obispos, en cuanto sucesores de
los apóstoles, son los primeros testigos y garantes de
la tradición viva en la cual las Escrituras son interpretadas
en cada época. "Iluminados por el Espíritu
de verdad, deben conservar fielmente la palabra de Dios, explicarla,
y difundirla por su predicación" (Dei Verbum, 9;
Cfr Lumen gentium, 25). En tanto que colaboradores de los obispos,
los sacerdotes tienen como primera obligación la proclamación
de la Palabra (Pres- byterorum ordinis, 4).. Están dotados
de un carisma particular para la interpretación de la
Escritura, cuando trasmitiendo, no sus ideas personales, sino
la palabra de Dios, aplican la verdad eterna del evangelio a
las circunstancias concretas de la vida (ibíd). Corresponde
a los sacerdotes y a los diáconos, sobre todo cuando
administran los sacramentos, poner de relieve la unidad que
forman Palabra y Sacramento en el ministerio de la Iglesia.
'
Como presidentes de la comunidad eucarística y educadores
de la fe, los ministros de la Palabra tienen como tarea principaL
no simplemente enseñar, sino ayudar a los fieles a comprender
y discernir lo que la palabra de Dios les dice al corazón
cuando escuchan y meditan las Escrituras. AsL el conjunto de
la iglesia locaL según el modelo de Israel, pueblo de
Dios (Ex 9,5-6), se converte en una comunidad que sabe que Dios
le habla (Cfr Jn 6,45), y se apresura a escuchar la Palabra
con fe, amor y docilidad (Deut 6, 4-6). Tales comunidades, que
escuchan verdaderamente, se convierten en vigorosos núcleos
de evangelización y diálogo, así como de
transformación social, a condicicón de estar siempre
unidos en la fe y en el amor de la totalidad de la Iglesia (Evangelii
nuntiandi, 57-58; CDF, Instrucción sobre la libertad
cristiana y la liberación, 69-70).
El espíritu
también ha sido dado, ciertamente a los cristianos individualmente,
de modo que pueden arder sus corazones dentro de ellos (Cfr
Lc 24,32), cuando oran y estudian en la oración las Escrituras,
en el contexto de su vida personal. Por ello, el Concilio Vaticano
II ha pedido con insistencia que el acceso a las Escrituras
sea facilitado de todos modos posibles (Dei Verbum, 22;25).
Este tipo de lectura, hay que notarlo, no es nunca completamente
privado, ya que el creyente lee e interpreta siempre la Escritura
en la fe de la Iglesia y aporta a ala comunidad el fruto de
su lectura, para enriquecer la fe común.
Toda la
tradición bíblica, y de un modo más particular,
la enseñanza de Jesús en los evangelios, indican
como oyentes privilegiados de la palabra de Dios a aquéllos
que el mundo considera como gente de humilde condición.
Jesús ha reconocido que las cosas ocultas a los sabios
y prudentes han sido reveladas a los simples (Mt 11,25; Lc 10,21)
y que el reino de Dios pertenece a aquellos que se asemejan
a los niños (Mc 10,4 y par.)
En la misma
línea, Jesús ha proclamado: "Bienaventurados
vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios"
(Lc 6, 20; Cfr Mt 5,3). Entre los signos de los tiempos mesiánicos
se encuentra la proclamación de la buena noticia a los
pobres (Lc 4, 18; 7,22; Mt 11,5; Cfr CDF, instrucción
sobre la libertad cristiana y la liberación, 47-48).
Aquellos que, en su desamparo y privación de recursos
humanos, son llevados a poner su única esperanza en Dios
y su justicia, tienen una capacidad de escuchar y de interpretar
la palabra de Dios, que debe ser tomada en cuenta por el conjunto
de la Iglesia y exige también una respuesta a nivel social.
Reconociendo
la diversidad de dones y de funciones que el Espíritu
pone al servicio de la comunidad, en particular el don de enseñar
(ICor 12, 28-30; Rm 12,6-7; Ef 4,11-16), la Iglesia estima a
aquellos que manifiestan una capacidad particular de contribuir
a la construcción del cuerpo de Cristo por su competencia
en la interpretación de la Escritura (Divino afflante
Spiritu, 46-48; Enchiridion Biblicum, 564-565; Dei Verbum, 23;
PCB, Instrucción sobre la historicidad de los evangelios,
Intr.). Aunque sus trabajos no siempre hayan obtenido el apoyo
que se les da hoy, los exegetas que ponen su saber al servicio
de la Iglesia, se encuentran situados en una rica tradición
que se extiende desde los primeros siglos, con Orígenes
y Jerónimo, hasta los tiempos más recientes, con
el padre Lagrange y otros, y se prolonga hasta nuestros días.
En particular, la búsqueda del sentido literal de la
Escritura, sobre el cual se insiste tanto hoy, requiere los
esfuerzo conjuntos de aquellos que tienen competencia en lenguas
antiguas, en historia y cultura, crítica textual y análisis
de formas literarias, y que saben utilizar los métodos
de la crítica científica. Además de esta
atención al texto en su contexto histórico original,
la Iglesia cuenta con exegetas, animados por el mismo Espíritu
que ha inspirado la Escritura, para asegurar que "un número
tan grande como sea posible de servidores de la palabra de Dios,
esté en grado de procurar efectivamente al pueblo de
Dios el alimento de las Escrituras" (Divino afflante Spiritu,
24; 53-55; Enchiridion Biblicum, 55;1, 567; Dei Verbum, 23;
Pablo VI, Sedula Cura [1971]). Es motivo de satisfacción
ver el número creciente de mujeres exegetas, que contribuyen
a la interpretación de la Escritura, con puntos de vista
penetrantes y nuevos, y ponen de relieve aspectos que habían
caído en el olvido.
Si las Escrituras,
como se ha recordado antes son el bien de la Iglesia entera,
y forman parte de la "herencia de la fe", que todos,
pastores y fieles, "conservan, profesan y ponen en práctica
con un esfuerzo común", continúa siendo verdad
que "la función de interpretar auténticamente
la palabra de Dios, trasmitida por la Escritura o por la Tradición,
sólo ha sido confiada al Magisterio vivo de la Iglesia,
cuya autoridad se ejerce en nombre de Jesucristo" (Dei
Verbum, 10). Así, pues, en último término,
es el Magisterio quien tiene la misión de garantizar
la auténtica interpretación, y de indicar, cuando
sea necesario, que tal o cual interpretación particular
es incompatible con el evangelio auténtico. Esta misión
se ejerce en el interior de la Koinanía del Cuerpo, expresando
oficialmente de fe de la Iglesia para servir a la Iglesia. El
Magisterio consulta para ello a los teólogos, los exegetas
y otros expertos, de los cuales reconoce la legítima
libertad y con quienes queda ligado por una recíproca
relación en la finalidad de "conservar al pueblo
de Dios en la verdad que hace libres" (CDF, Instrucción
sobre la vocación eclesial del teólogo, 21).

