III.
DIMENSIONES CARACTERISTICAS DE LA INTERPRETACION CATOLICA
La exégesis católica no procura distinguirse por
un método científico particular. Ella reconoce
que uno de los aspectos de los textos bíblicos es ser
obra de autores humanos, que se han servido de sus propias capacidades
de expresión y de medios que su tiempo y su medio social
ponían a su disposición. En consecuencia, ella
utiliza sin segundas intenciones, todos los métodos y
acercamientos científicos que permiten captar mejor el
sentido de los textos en su contexto lingüístico,
literario, socio-cultural, religioso e histórico, iluminándolos
también por el estudio que sus fuentes y teniendo en
cuenta la personalidad de cada autor (Cfr Divino afflante Spiritu,
Enchiridion Biblicum, 557). La exégesis católica
contribuye así activamente al desarrollo de los métodos
y al progreso de la investigación.
Lo que la caracteriza
es que se sitúa conscientemente en la tradición
viva de la Iglesia, cuya primera preocupación es la fidelidad
a la revelación testimoniada por la Biblia. Las hermenéuticas
modernas han puesto en evidencia, como hemos recordado, la imposibilidad
de interpretar un texto sin partir de una "precomprensión"
de uno u otro género. El exegeta católico aborda
los escritos bíblicos con una precomprensión,
que une estrechamente la cultura moderna científica y
la tradición religiosa proveniente de Israel y de la
comunidad cristiana primitiva. Su interpretación se encuentra
así en continuidad con el dinamismo de interpretación
que se manifiesta en el interior mismo de la Biblia, y que se
prolonga luego en la vida de la Iglesia. Ella corresponde a
la exigencia de afinidad vital entre el intérprete y
su objeto, afinidad que constituye una de las condiciones de
posibilidad de la empresa exegética.
Toda precomprensión
comporta sin embargo peligros. En el caso de la exégesis
católica, existe el riesgo de atribuir a los textos bíblicos
un sentido que no expresan, sino que es el fruto de un desarrollo
ulterior de la tradición. El exegeta debe prevenir este
riesgo.
A. LA INTERPRETACION EN LA TRADICION BIBLICA
Los textos de la Biblia son la expresión de tradiciones
religiosas que existían antes de ellos. El modo como
se relacionan con las tradiciones es diferente en cada caso,
ya que la creatividad de los autores se manifiesta en diversos
grados. En el curso del tiempo, múltiples tradiciones
han confluido poco a poco para formar una gran tradición
común. La Biblia es una manifestación privilegiada
de este proceso
que ella ha contribuido a realizar y del cual continúa
siendo norma reguladora.
"La interpretación
en la tradición bíblica" comporta una gran
variedad de aspectos. Se puede entender como el modo con el
cual la Biblia interpreta las experiencias humanas fundamentales
o los acontecimientos particulares de la historia de Israel,
o como el modo en el cual los textos bíblicos utilizan
las fuentes, escritas u orales -de las cuales algunas pueden
provenir de otras religiones o culturas-, reinterpretándolas.
Siendo nuestro tema la interpretación de la Biblia, no
queremos tratar aquí estas amplias cuestiones, sino simplemente
proponer algunas observaciones sobre la interpretación
de los textos bíblicos en el interior de la Biblia misma.
1. Relecturas
Lo que contribuye
a dar a la Biblia su unidad interna, única en su género,
es que los escritos bíblicos posteriores se apoyan con
frecuencia sobre los escritos anteriores. Aluden a ellos, proponen
"relecturas" que desarrollan nuevos aspectos del sentido,
a veces muy diferentes del sentido primitivo, o inclusive se
refieren a ellos explícitamente, sea para profundizar
el significado, sea para afirmar su realización.
Así, la herencia
de una tierra, prometida por Dios a Abraham para su descendencia
(Gén 15,7.18), se convierte en la entrada en el santuario
de Dios (Ex 15,17), en una participación en el reposo
de Dios (Sal 132,7-8), reservada a los verdaderos creyentes
(Sal 95,8-11; Hch 3,7-4,11), y, finalmente, en la entrada en
el santuario celestial (Heb 6, 12. 18-20), "herencia eterna"
(Heb 9,15).
El oráculo
de Natán, que promete a David una "casa", es
decir, una sucesión dinástica "estable para
siempre" (2Sam 7,12-16), es recordado en numerosas oportunidades
(2Sam23,5; 1Re 2,4; 3,6; 1Crón 17,11-14), especialmente
en el tiempo de la angustia (Sal 89,20-38), no sin variaciones
significativas, y es prolongada por otros oráculos (Sal
2,7-9; 110,1-4; Am 9,11; Is 7,13-14; Jr 23,5-6; etc.), de los
cuales algunos anuncian el retorno del reino de David mismo
(Os. 3,5; Jr 30,8; Ez 34,24; 37,24-25; Cfr Mc 11,10). El reino
prometido se vuelve así universal (Sal 2,8; Dan 2, 35.
44; 7,14; Cfr Mt 28,18). Él realiza en plenitud la vocación
del hombre (Gén 1,28; Sal 8,6-9; Sab 9,2-3; 10,2).
El oráculo
de Jeremías sobre los setenta años de castigo
merecidos por Jerusalén y Judá (Jr 25,11-12; 29,10)
es recordado en 2Crón 25,20-23, que constata la realización;
pero es meditado de un modo nuevo, mucho después, por
el autor de Daniel, en la convicción de que esta palabra
de Dios contiene aun un sentido oculto, que debe irradiar su
luz sobre la situación presente (Dan 9,24-27).
La afirmación
fundamental de la justicia retributiva de Dios, que recompensa
a los buenos y castiga a los malvados (Sal 1,1-6; 112,1-10;
Lv 26,3-33; etc.), choca con la experiencia inmediata que frecuentemente
no corresponde a aquella. La Escritura expresa entonces con
vigor el desacuerdo y la protesta (Sal 44; Job 10,1-7; 13,3-28;
23-24) y profundiza progresivamente el misterio (Sal 37; Job
38-42; 1s 53; Sab
3-5).
2. Relaciones entre el Antiguo y el Nuevo Testamento
Las relaciones intertextuales
toman una extrema densidad en los escritos del Nuevo Testamento,
todos ellos tapizados de alusiones al Antiguo Testamento y de
citas explícitas. Los autores del Nuevo Testamento reconocen
al Antiguo Testamento valor de revelación divina. Proclaman
que la revelación ha encontrado su cumplimiento en la
vida, la enseñanza y sobre todo en la muerte y resurrección
de Jesús, fuente de perdón y vida eterna. "Cristo
murió por nuestros pecados según las Escrituras
y fue sepultado; resucitó al tercer día según
las Escrituras y se apareció..." (ICor 15,3-5).
Este es el núcleo central de la predicación apostólica
(ICor 15,11).
Como siempre, entre
las Escrituras y los acontecimientos que las llevan a cumplimiento,
las relaciones no son de simple correspondencia material, sino
de iluminación recíproca y de progreso dialéctico:
se constata a la vez, que las Escrituras revelan el sentido
de los acontecimientos y que los acontecimientos revelan el
sentido de las Escrituras; es decir, que obligan a renunciar
a ciertos aspectos de la interpretación recibida, para
adoptar una interpretación nueva.
Desde el tiempo de
su actividad pública, Jesús había tomado
una posición personal original, diferente de la interpretación
tradicional de su tiempo, la "de los escribas y fariseos"
(Mt 5,20). Numerosos son los testimonios: las antítesis
del Sermón de la montaña (Mt 5,21-48), la libertad
soberana de Jesús en la observancia del sábado
(Mc 2,27-28 y par.), su modo de relativizar los preceptos de
pureza ritual (Mc 7,1-23, y par. ), su exigencia radical, al
contrario en otros campos (Mt 10,2-12 y par.; 10,17-27 y par.)
y sobre todo su actitud de acogida hacia los "publicanos
y pecadores" (Mc 2,15-17 y par.). Esto no era un capricho
contestatario sino, al contrario fidelidad profunda a la voluntad
de Dios expresada en la Escritura (Cfr Mt 5,17; 9,13; Mc 7,8-13
y par.; 10,59 y par.).
La muerte y la resurrección
de Jesús han llevado al extremo la evolución comenzada,
provocando, en algunos puntos, una ruptura completa, al mismo
tiempo que una apertura inesperada. La muerte del Mesías,
"rey de los judíos" (Mc 15,26 y par.), ha provocado
una transformación de la interpretación histórica
de los salmos reales y de los oráculos mesiánicos.
Su resurrección y su glorificación celestial como
Hijo de Dios han dado a esos mismos textos una plenitud de sentido,
antes inconcebible. Expresiones que parecían hiperbólicas
deben, a partir de ese momento, ser tomadas literalmente. Ellas
aparecen como preparadas por Dios para expresar la gloria de
Cristo Jesús, ya que Jesús es verdaderamente "Señor"
(Sal 110,1 ), en el sentido más fuerte del término
(Hch 2,36; Flp 2,10-11; Heb 1,10-12). Él es el Hijo de
Dios (Sal 2,7; Mc 14,62; Rm 1,3-4), Dios con Dios (Sal 45,7;
.Heb 1,8; Jn 1,1; 20,28). "Su reino no tendrá fin"
(Lc 1,32-33; Cfr 1Crón 17,11-14; Sal 45,7; Heb-1,8),
y él es al mismo tiempo "sacerdote eterno"
(Sal 110,4; Heb 5,6-10; 7,23-24).
A la luz del acontecimiento
de la pascua, los autores del Nuevo Testamento han releído
el Antiguo Testamento. El Espíritu Santo enviado por
el Cristo glorificado (Cfr Jn 15,26; 16,7) les ha hecho descubrir
el sentido espiritual. Han sido así llevados a afirmar,
más que nunca, el valor profético del Antiguo
Testamento; pero, por otra parte, a relativizar fuertemente
su valor como institución salvífica. Este segundo
punto de vista, que aparece ya en los evangelios (Cfr Mt 11,11-
13 Y par.; 12,41-42 y par.; Jn 4,12-14; 5,37; 6,32), se manifiesta
con todo su vigor en algunas cartas paulinas, así como
en la carta a los Hebreos. Pablo y el autor de la carta a los
Hebreos demuestran que la Torah, como revelación, anuncia
ella misma su propio fin como sistema legislativo (Gál
2,15;5,1; Rm 3,20-21; 6,14; Heb 7,11-19; 10,8-9). Por ello,
los paganos que se adhieren a la fe en Cristo no deben ser sometidos
a todos los preceptos de la legislación bíblica,
reducida ahora, como conjunto, a la institución legal
de un pueblo particular. Pero ellos deben, sí, nutrirse
del Antiguo Testamento como palabra de Dios, que les permite
descubrir mejor todas las dimensiones del misterio pascual del
cual viven (Cfr Lc 24,25-27. 44-45;,Rm 1,1-2).
Las relaciones entre
el Nuevo y el Antiguo Testamento en la Biblia cristiana no son,
pues, simples. Cuando se trata de utilizar textos particulares,
los autores del Nuevo Testamento han recurrido naturalmente
a los conocimientos y procedimientos de interpretación
de su época. Sería un anacronismo exigir de ellos
que estuvieran conformes a los métodos científicos
modernos. El exegeta debe más bien adquirir el conocimiento
de los procedimientos antiguos, para poder interpretar correctamente
el uso que se hace de ellos. Es verdad, por otra parte, que
no se puede otorgar un valor absoluto a lo que es conocimiento
humano limitado.
Conviene finalmente
añadir que en el Nuevo Testamento, como ya en el Antiguo
Testamento, se observa la yuxtaposición de perspectivas
diferentes, a veces en tensión unas con otras; por ejemplo
sobre la situación de Jesús (Jn 8,29; 16, 32 y
Mc 15,34), o sobre el valor de la Ley mosaica (Mt 17-19 Y Rm
6,14), o sobre la necesidad de las obras para la justificación
(Sant 2,24 y Rm 3,28, Ef 2,8-9). Una de las características
de la Biblia es precisamente la ausencia de un sistema, y por
el contrario, la presencia de tensiones dinámicas. La
Biblia ha acogido varios modos de interpretar los mismos acontecimientos
o de pensar los mismos problemas. Ella invita así a rechazar
el simplismo y la estrechez de espíritu.
3. Algunas conclusiones
De cuando se acaba
de decir, se puede concluir que laBiblia contiene numerosas
indicaciones y sugestiones sobre el arte de interpretarla. La
Biblia es, ella misma, desde los comienzos, interpretación.
Sus textos han sido reconocidos por las comunidades de la Antigua
Alianza y del tiempo apostólico como expresiones válidas
de su fe. Según la interpretación de las comunidades
y en unión con ellas, han, sido reconocidos como Sagrada
Escritura (así, por ejemplo, el Cantar de los cantares
ha sido reconocido como Sagrada Escritura en cuanto se aplica
a la relación entre Dios e Israel). En el curso de la
formación de la Biblia, los escritos que la componen
han sido, en numerosos casos, reelaborados y reinterpretados
para responder a situaciones nuevas, antes desconocidas.
El modo de interpretar
los textos, que se manifiesta en la Sagrada Escritura, sugiere
las siguientes observaciones:
Puesto que la Sagrada
Escritura se ha constituido sobre la base del consenso de las
comunidades creyentes, que han reconocido en su texto la expresión
de la fe revelada, su interpretación misma debe ser,
para la fe viviente de las comunidades eclesiales, fuente de
consenso sobre los puntos esenciales.
Puesto que la expresión
de la fe, tal como se encuentra en la Sagrada Escritura reconocida
por todos, se ha renovado continuamente para enfrentar situaciones
nuevas -lo cual explica las "relecturas" de numerosos
textos bíblicos-, la interpretación de la Biblia
debe tener igualmente un aspecto de creatividad y afrontar las
cuestiones nuevas, para responder a ellas a partir de la Biblia.
Puesto que los textos
de la Sagrada Escritura tienen a veces tensiones entre ellos,
la interpretación debe necesariamente ser plural. Ninguna
interpretación particular puede agotar el sentido del
conjunto, que es una sinfonía a varias voces. La interpretación
de un texto particular debe, pues, evitar la exclusividad.
La Sagrada Escritura
está en diálogo con las comunidades creyentes,
porque ha surgido de sus tradiciones de fe. Sus textos se han
desarrollado en relación con esas tradiciones y han contribuido,
recíprocamente, a su desarrollo. La interpretación
de la Escritura se debe hacer, pues, en el seno de la Iglesia
en su pluralidad y su unidad, y en la tradición de fe.
Las tradiciones de
fe forman el medio vital en el cual se ha insertado la actividad
literaria de los autores de la Sagrada Escritura. Esta inserción
comprendía también la participación en
la vida litúrgica y en la actividad exterior de las comunidades,
en su mundo espiritual, su cultura, y en las peripecias de su
destino histórico. La interpretación de la Sagrada
Escritura exige, pues, de manera semejante, la participación
de los exegetas en toda la vida y la fe de la comunidad creyente
de su tiempo.
El diálogo
con la Sagrada Escritura en su conjunto, y por tanto con la
comprensión de la fe propia de épocas anteriores,
se acompaña necesariamente con un diálogo con
la generación presente. Esto implica establecer una relación
de continuidad, pero también constatar las diferencias.
La interpretación de la Escritura comporta, por tanto,
un trabajo de verificación y de selección: está
en continuidad con las tradiciones exegéticas anteriores,
de las cuales conserva y vuelve a emplear muchos elementos,
pero sobre otros puntos se distancia de ellas para poder progresar.

