CAPITULO
II
TRANSMISION
DE LA REVELACION DIVINA
Los Apóstoles
y sus sucesores, heraldos del Evangelio
7.
Dispuso Dios benignamente que todo lo que había revelado para
la salvación de los hombres permaneciera íntegro para
siempre y se fuera transmitiendo a todas las generaciones. Por ello
Cristo Señor, en quien se consuma la revelación total
del Dios sumo, mandó a los Apóstoles que predicaran
a todos los hombres el Evangelio, comunicándoles los dones
divinos. Este Evangelio, prometido antes por los Profetas, lo completó
El y lo promulgó con su propia boca, como fuente de toda la
verdad salvadora y de la ordenación de las costumbres. Lo cual
fue realizado fielmente, tanto por los Apóstoles, que en la
predicación oral comunicaron con ejemplos e instituciones lo
que habían recibido por la palabra, por la convivencia y por
las obras de Cristo, o habían aprendido por la inspiración
del Espíritu Santo, como por aquellos Apóstoles y varones
apostólicos que, bajo la inspiración del mismo Espíritu,
escribieron el mensaje de la salvación.
Mas
para que el Evangelio se conservara constantemente íntegro
y vivo en la Iglesia, los Apóstoles dejaron como sucesores
suyos a los Obispos, "entregándoles su propio cargo del
magisterio". Por consiguiente, esta sagrada tradición
y la Sagrada Escritura de ambos Testamentos son como un espejo en
que la Iglesia peregrina en la tierra contempla a Dios, de quien todo
lo recibe, hasta que le sea concedido el verbo cara a cara, tal como
es (cf. 1 Jn., 3,2).
La
Sagrada Tradición
8.
Así, pues, la predicación apostólica, que está
expuesta de un modo especial en los libros inspirados, debía
conservarse hasta el fin de los tiempos por una sucesión continua.
De ahí que los Apóstoles, comunicando lo que de ellos
mismos han recibido, amonestan a los fieles que conserven las tradiciones
que han aprendido o de palabra o por escrito, y que sigan combatiendo
por la fe que se les ha dado una vez para siempre. Ahora bien, lo
que enseñaron los Apóstoles encierra todo lo necesario
para que el Pueblo de Dios viva santamente y aumente su fe, y de esta
forma la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto perpetúa
y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo
que cree.
Esta
Tradición, que deriva de los Apóstoles, progresa en
la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo: puesto que
va creciendo en la comprensión de las cosas y de las palabras
transmitidas, ya por la contemplación y el estudio de los creyentes,
que las meditan en su corazón y, ya por la percepción
íntima que experimentan de las cosas espirituales, ya por el
anuncio de aquellos que con la sucesión del episcopado recibieron
el carisma cierto de la verdad. Es decir, la Iglesia, en el decurso
de los siglos, tiende constantemente a la plenitud de la verdad divina,
hasta que en ella se cumplan las palabras de Dios.
Las
enseñanzas de los Santos Padres testifican la presencia viva
de esta tradición, cuyos tesoros se comunican a la práctica
y a la vida de la Iglesia creyente y orante. Por esta Tradición
conoce la Iglesia el Canon íntegro de los libros sagrados,
y la misma Sagrada Escritura se va conociendo en ella más a
fondo y se hace incesantemente operativa, y de esta forma, Dios, que
habló en otro tiempo, habla sin intermisión con la Esposa
de su amado Hijo; y el Espíritu Santo, por quien la voz del
Evangelio resuena viva en la Iglesia, y por ella en el mundo, va induciendo
a los creyentes en la verdad entera, y hace que la palabra de Cristo
habite en ellos abundantemente (cf. Col., 3,16).
Mutua
relación entre la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura
9.
Así, pues, la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura
están íntimamente unidas y compenetradas. Porque surgiendo
ambas de la misma divina fuente, se funden en cierto modo y tienden
a un mismo fin. Ya que la Sagrada Escritura es la palabra de Dios
en cuanto se consigna por escrito bajo la inspiración del Espíritu
Santo, y la Sagrada Tradición transmite íntegramente
a los sucesores de los Apóstoles la palabra de Dios, a ellos
confiada por Cristo Señor y por el Espíritu Santo para
que, con la luz del Espíritu de la verdad la guarden fielmente,
la expongan y la difundan con su predicación; de donde se sigue
que la Iglesia no deriva solamente de la Sagrada Escritura su certeza
acerca de todas las verdades reveladas. Por eso se han de recibir
y venerar ambas con un mismo espíritu de piedad.
Relación
de una y otra con toda la Iglesia y con el Magisterio
10.
La Sagrada Tradición, pues, y la Sagrada Escritura constituyen
un solo depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a
la Iglesia; fiel a este depósito todo el pueblo santo, unido
con sus pastores en la doctrina de los Apóstoles y en la comunión,
persevera constantemente en la fracción del pan y en la oración
(cf. Act., 8,42), de suerte que prelados y fieles colaboran estrechamente
en la conservación, en el ejercicio y en la profesión
de la fe recibida.
Pero
el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios
escrita o transmitida ha sido confiado únicamente al Magisterio
vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo.
Este Magisterio, evidentemente, no está sobre la palabra de
Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido
confiado, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu
Santo la oye con piedad, la guarda con exactitud y la expone con fidelidad,
y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone
como verdad revelada por Dios que se ha de creer.
Es
evidente, por tanto, que la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura
y el Magisterio de la Iglesia, según el designio sapientísimo
de Dios, están entrelazados y unidos de tal forma que no tiene
consistencia el uno sin el otro, y que, juntos, cada uno a su modo,
bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente
a la salvación de las almas.

