CUARTA PARTE

LLAMAMIENTO A PADRES Y EDUCADORES

En las graves dificultades con que la Iglesia debe hoy luchar es un grande consuelo para nuestro corazón de Pastor Supremo, Venerables Hermanos, el ver cómo la virginidad, la cual florece en estos tiempos como en tiempos antiguos en todos los ámbitos de la tierra es tenida en grande estima y honor, no obstante los errores contrarios, que decíamos y que esperamos serán pasajeros y desaparecerán pronto.

No ocultamos, sin embargo, que este nuestro gozo está mezclado de cierta tristeza al ver que en no pocos países disminuye cada día más el número de los que, llamados por la voz divina, abrazan el estado de virginidad. Las principales causas las hemos apuntado más arriba y no hay por qué repetirlas. Confiamos que los educadores de la juventud que hubieren caído en estos errores los reconocerán pronto, los repudiarán y se esforzarán por ponerles remedio, haciendo lo posible para que cuantos se sientan llamados por Dios al ministerio sacerdotal o al estado religioso, si están bajo su dirección espiritual, sean ayudados por todos los medios a alcanzar esa meta sublime. ¡Ojalá suceda que nuevas y más numerosas falanges de sacerdotes y de religiosos, cuantos y cuales exigen las necesidades actuales de la Iglesia, salgan pronto a cultivar la viña del Señor!

Además como pide la responsabilidad de nuestro ministerio apostólico, exhortamos a los padres y madres de familia a ofrendar gustosos para el servicio divino aquellos de sus hijos que sientan esa vocación. Y si esto les resultare duro, triste y penoso, mediten atentamente las, palabras con que San Ambrosio amonestaba a las madres de Milán: sé de muchos jóvenes que quieren ser vírgenes, y sus madres les prohíben aun venir a escucharme... Si vuestras hijas quisieran amar, a un hombre, podrían elegir a quien quisieran según las leyes. Y a quienes se les concede escoger a cualquier hombre, ¿no se les permite escoger a Dios? (124).

Consideren los padres qué honor es para ellos tener un hijo sacerdote o una hija que ha consagrado su virginidad al Divino Esposo. Por lo que se refiere a las vírgenes, nos dice el mismo Obispo de Milán: Ya habéis oído, padres. . ., la virgen es un don de Dios, un regalo del padre, sacerdocio de la castidad. La virgen es una hostia ofrecida por la madre, hostia que se sacrifica diariamente y aplaca la ira divina (125).

Y ahora, antes, de dar fin a esta carta Encíclica deseamos, Venerables Hermanos, volver el pensamiento y el corazón a aquellos que, consagrados al servicio divino, en no pocas regiones padecen severa persecución. Imiten el ejemplo de las vírgenes de la primitiva Iglesia, que con la valentía invencible sufrieron el martirio por su virginidad (126).

Perseveren hasta la muerte (127) con ánimo constante en el santo propósito de servir a Cristo y tengan presente que sus angustias, sus padecimiento y sus oraciones son de gran valor ante Dios para la implantación del reino de Cristo en sus naciones y en la Iglesia entera; tengan por cierto que los que siguen al Cordero dondequiera que va (128) cantarán por toda la eternidad un cántico nuevo (129), que ningún otro, puede cantar.

Nuestro corazón paterno se llena de compasión hacia esos sacerdotes, religiosos y vírgenes consagrados que confiesan valerosamente su fe hasta el mismo martirio. Rogamos a Dios por ellos y por los que en todos los ámbitos de la tierra se dedican al servicio divino, a fin de que el Señor los confirme, los fortifique y los consuele. Y a vosotros todos, Venerables Hermanos, y a fieles exhortamos insistentemente a orar en unión con Nos para obtener a todas esas almas consagradas las consolaciones, dones y auxilios divinos.

Prenda de estos divinos dones y testimonio de nuestra especial benevolencia sea la bendición apostólica que con todo afecto en el Señor impartimos a vosotros, Venerables Hermanos, y a los demás ministros del altar vírgenes sagradas, a aquellos principalmente que padecen persecución por la justicia (130) y a todos nuestros fieles.

Dado en Roma, junto a San Pedro, en la fiesta de la Anunciación de la Santísima Virgen María, el 25 de marzo de 1954, año XV de Nuestro Pontificado.

 

(124) S. Ambrosio: De virginibus, lib. I, c.10, n. 58; P.L. XVI, 205
(125) Ibid, c. 7, n. 32; P.L. XVI, 198
(126) Cfr. S. Ambrosio: De virginibus, lib. II, c. 4, n. 32, P.L. XVI, 215-216.
(127) Fil 2,8
(128) Apoc 14,4
(129) Ibid, 3
(130) Mt 5,10