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TERCERA PARTE CONSECUENCIAS PARA LA VIDA PRACTICA Venerables Hermanos, a las consecuencias de esta doctrina de la Iglesia acerca de la excelencia de la virginidad se deducen para la vida práctica. a) La virginidad es necesaria para alcanzar la perfección cristiana Ante todo, se debe declarar abiertamente que, de que la virginidad sea más perfecta que el matrimonio, no se sigue que sea más perfecta para alcanzar la perfección cristiana. Puede haber ciertamente santidad de vida sin consagrar su castidad a Dios, como lo atestiguan los numerosos santos y santas que la Iglesia honra con culto público y que fueron fieles esposos y brillaron ejemplarmente como excelentes padres o madres de familia; más aun, no es raro hallar personas casadas que buscan ardientemente la perfección cristiana. También se ha de advertir que Dios no impone a todos los cristianos la virginidad, según enseña el Apóstol San Pablo en estas palabras: En orden a las vírgenes, precepto del Señor, yo no tengo sino que, doy consejo (68). Por lo tanto, un consejo es lo que nos mueve a abrazar la castidad perfecta, por ser un medio capaz de conducir con mayor seguridad y facilidad a quienes les ha sido concedido (69) alcanzar el término, de sus anhelos, la perfección evangélica y el reino de los cielos, por lo cual, como bien nota San Ambrosio: la castidad se propone, no se impone (70). Por ésta razón, la castidad perfecta exige, por una parte, que el cristiano, antes de ofrecerse y consagrarse totalmente a Dios, la desee libremente, y por otra parte que Dios le comunique desde arriba su don y su gracia (71). El mismo Divino Redentor nos previno en esta materia con las siguientes palabras: No todos son capaces de esta resolución, si no aquellos a quienes se ha concedido... El que sea capaz de tal doctrina, que la siga (72). San Jerónimo, considerando atentamente esta sentencia de Jesucristo, exhorta a cada uno a examinar sus fuerzas para ver si podrá cumplir los preceptos tocantes a la virginidad y a la pureza. Pues la castidad, por su naturaleza, es agradable y a todos atrae. Pero hay que medir las fuerzas para que el que pueda comprender, comprenda. Es como la voz del Señor que exhorta e invita a sus soldados, al premio de la castidad. Quien pueda comprender, comprenda; el que pueda combatir, que combata, venza y triunfe (73). b) La virginidad, virtud difícil, no debe abrazarse temerariamente La virginidad es una virtud difícil: para alcanzarla no basta un firme y expreso propósito de renunciar absoluta y perpetuamente a los deleites legítimos del matrimonio, es también necesario refrenar y moderar los rebeldes movimientos del cuerpo y del corazón con una continua y vigilante lucha, huir de los atractivos del mundo y superar los asaltos del demonio. ¡Cuán verdaderas son las palabras del Crisóstomo: La raíz y los frutos de la virginidad es una vida crucificada! (74). La virginidad, según San Ambrosio, es como un sacrificio, y la virgen es hostia de pureza y víctima de castidad (75) Más aun, San Metodio, Obispo de Olimpo, compara a quienes son vírgenes con los mártires (76), y San Gregorio Magno enseña que la castidad perfecta sustituye al martirio: Aunque falta la persecución, nuestra paz tiene su martirio; parque si no ofrecemos nuestro cuello al hierro, damos muerte con la espada del espíritu a los deseos carnales de nuestra alma (77). Por tanto, la castidad consagrada a Dios exige almas fuertes y noble preparadas a luchar y vencer por el reino de los cielos (78). Por consiguiente, todo el que emprenda este camino difícil, si por experiencia se siente demasiado débil en este punto, oiga con humildad el consejo del Apóstol San Pablo : Si no tienen el don dé Ia continencia, cásese. Pues, más vale casarse que abrasarse (79). Para muchos, efectivamente, la continencia perpetua sería un peso demasiado grave y no se les puede aconsejar. Lo sacerdotes que tienen el cargo importante de ayudar con sus consejos a aquellos jóvenes que sienten inclinación hacia el sacerdocio o la vida religiosa, deben exhortarlo a pensarlo con madura consideración y no meterse por un camino que no tengan fundada experiencia de poder recorrer hasta el fin con seguridad y éxito feliz. Examinen prudentemente la capacidad del joven y oigan, cuando lo estimen oportuno, el parecer de los peritos. Y si todavía queda alguna duda seria, sobre todo por la experiencia de la vida pasada, interpongan su autoridad para que desistan de abrazar el, estado de castidad perfecta o para que no sean admitidos a las órdenes sagradas o a la profesión religiosa. c) No es virtud imposible Con todo, aunque la castidad consagrada a Dios sea una virtud ardua, podrán observarla fiel y perfectamente todos los que, siguiendo la invitación de Jesucristo y después de diligente consideración, respondan con ánimo generoso y hagan cuanto esté en su mano por seguirla. Porque una vez que hayan abrazado, el de estado de virginidad o el celibato, recibirán gracia del Señor, y con: su ayuda, podrán poner; en práctica su propósito. Por tanto, si se hallaren quienes no sienten si este don de la castidad (aunque de ella hayan hecho voto) (80), no traten de hacer ver la imposibilidad de satisfacer a sus obligaciones en esta materia. Porque "Dios no manda cos as imposibles sino que al ponerlas, te enseña a hacer lo que puedas y pedir lo que no puedas" (81) y da su ayuda para que puedas (82). Recordamos esta consoladora verdad a aquellos cuya voluntad se halla debilitada por enfermedades nerviosas, y a quienes algunos médicos, aun católicos, persuaden con excesiva facilidad a hacerse, dispensar de su obligación, bajo el especioso pretexto, de que no pueden observar la castidad sin detrimento del equilibrio mental. ¡Cuánto más útil y oportuno sería ayudar a tales enfermos a robustecer su voluntad y convencerlos de que aun a ellos es imposible la castidad, según la sentencia del Apóstol: Fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas, sino que de la misma tentación os hará sacar provecho para que podáis sostenernos (83). VIGILANCIA Y ORACION Los medios que el Divino Redentor nos recomendó para salvaguarda eficaz de nuestra virtud son la asidua, vigilancia para hacer con diligencia cuanto esté en nuestra mano, y la oración constante para pedir a Dios lo que, por nuestra debilidad no podemos alcanzar: Velad y orad para que no caigáis en la tentación. El espíritu está pronto, pero la carne es flaca (84). Esta vigilancia en todos los momentos y en todas las circunstancias de nuestra vida nos es absolutamente necesaria: Porque la carne tiene tendencias contrarias a las del espíritu, y el espíritu las tiene contrarias a las de la carne (85). Si alguno fuere indulgente, aun en cosas mínimas, con las seducciones del cuerpo, fácilmente se sentirá arrastrado hacia aquellas obras de la carne que el Apóstol enumera (86) y que son los vicios más torpes y repugnantes de los hombres. Por esta razón es menester ante todo velar sobre los movimientos de las pasiones de los sentidos, refrenarlos con una vida voluntariamente austera y con las penitencias corporales, para someterlos a la recta razón y a la ley de Dios. Los que son de Cristo tienen crucificada su carne con los vicios y pasiones (87). El mismo Apóstol de las gentes confiesa de sí mismo: Castigo mi cuerpo y lo esclavizo no sea que predicando a los demás venga yo a ser reprobado (88). Todos los santos velaron con empeño sobre los movimientos de sus sentidos y sus pasiones, y los refrenaron, a veces, con violencia, según la palabra del Divino Maestro: Yo os digo: cualquiera que mirare a una mujer con mal deseo hacia ella, ya adulteró en su corazón. Que sí tu ojo derecho es para ti , ocasión de pecar, sácalo y arrójalo fuera de ti; pues mejor te está el perder uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno (89). Con esta advertencia, como es claro, nuestro Redentor pide ante todo de nosotros que no consintamos jamás en pecado, ni aun mentalmente, y que alejemos de nosotros con energía todo lo que puede manchar, aun levemente, esta hermosísima virtud. En esta materia toda diligencia es poca, ninguna severidad es excesiva. Si la salud débil u otras causas no permiten a alguien realizar grandes austeridades corporales, en ninguna manera le dispensan de la vigilancia y de la mortificación interna. En este punto conviene, además, recordar lo que enseñan los Santos Padres (90) y los Doctores de la Iglesia (91): que más fácilmente podremos superarlos atractivos del pecado y las seducciones de la pasión huyendo de ellos con todas nuestras fuerzas que combatiéndolos de frente. Para defender la castidad, según la expresión de San Jerónimo, es preferible la huida a la batalla en campo abierto: "Huyo para no ser vencido" (92). Consiste ésta huida en evitar diligentemente la ocasión de pecar, y principalmente en elevar nuevamente y nuestra alma a las cosas divinas durante las tentaciones, fijando la vista en Aquel a quien hemos consagrado nuestra virginidad. Contemplad la belleza de vuestro amante Esposo, nos aconseja San Agustín (93). AL CLERO EN PARTICULAR Esta huida y esta continua vigilancia para alejar de nosotros las ocasiones de pecar las han considerado siempre los santos como el mejor medio de luchar en esta materia; hoy día, sin embargo, no todos aceptan esta doctrina. piensan algunos que todos los cristianos, y principalmente los ministros sagrados, no deben ser segregados del mundo, como en tiempos pasados, sino ,que deben estar presentes en el mundo, y por, tanto tienen que afrontar el riesgo y poner a prueba su castidad, para que se manifieste si son o no capaces de resistir: véanlo todo los Jóvenes clérigos, para que se acostumbren a contemplar todo con ánimo sereno y se inmunicen contra cualquier género de turbaciones. Les conceden fácilmente que puedan sin sonrojo mirar todo lo que a sus ojos se ofrece, frecuentar espectáculos cinematográficos, aun los prohibidos por la censura eclesiástica; hojear cualesquiera revistas, aun obscenas, y leer las novelas puestas en el índice o prohibidas por el mismo derecho natural. Y esto lo permiten con el pretexto que hoy día son muchos los que se sacian de tales espectáculos y lecturas, y es necesario entender su manera de pensar y sentir para poderlos ayudar. Es fácil, ver lo falso y desastroso de ese modo de educar al clero y prepararlo a conseguir la santidad propia de su misión. El que ama el peligro, perecerá en él (94); y viene aquí muy oportuno el consejo de San Agustín: No me digáis que tenéis el alma pura, si tenéis ojos impuros; porque el ojo impuro es mensajero de un corazón impuro (95). Sin duda, este funesto método se funda en una grave confusión. Porque Jesucristo Nuestro Señor afirmó, sí, de sus Apóstoles: Yo los he enviado al mundo (96); Pero antes había dicho de ellos mismos: No son del mundo, como ni yo tampoco soy del mundo (97), y a su Divino Padre había orado con estas palabras: No te pido que los saques del mundo sino que los preserves del mal (98). La Iglesia, que se apoya en tales principios ha dado sabias y oportunas normas para alejar de los sacerdotes los peligrosos atractivos que fácilmente pueden influir en cuantos se hallan en medio del mundo (99), y procura por medio de ellas poner la santidad de la vida sacerdotal al abrigo de los cuidados y diversiones propias de los seglares. GRADUAL PREPARACION DEL CLERO JOVEN PARA LA LUCHA Con mayor razón conviene apartar del tumulto mundano al clero joven, para formarlo en la vida espiritual y prepararlos a alcanzar la perfección sacerdotal o religiosa, antes que entre en el combate. Manténgaselo en los seminarios o estudiantados largo espacio de tiempo, y reciba una formación, diligente poco a poco y con prudencia se le vaya iniciando en los problemas de nuestros tiempos, según las normas que Nos hemos prescrito en la exhortación apostólica "Menti Nostrae" (100). ¿Qué jardinero expondrá jamás a las tempestades una planta de valor, pero aun tierna para una robustez que todavía no posee? Los seminaristas y los jóvenes religiosos deben ser tratados como plantas tiernas y delicadas, que aun hay que proteger y preparar gradualmente para la resistencia y la lucha. EL PUDOR Los educadores de la juventud clerical harían obra mejor y más útil inculcando en las, almas de los jóvenes los principios del pudor cristiano, que tanto ayuda para conservar incólume la virginidad y que bien puede llamarse la prudencia de la castidad. El pudor adivina, el peligro, impide ponerse en él y hace evitar las ocasiones a que algunos menos prudentes se exponen. El pudor no gusta de palabras torpes o menos honestas, y aborrece aun la más leve inmodestia; evita la familiaridad sospechosa con personas de otro sexo, infundiendo en el ánimo la debida reverencia al cuerpo que es miembro de Cristo (101) y templo del Espíritu Santo (102). Quien posee el pudor cristiano tiene horror a cualquier pecado de impureza y se retira apenas siente despertarse la seducción. Además, el pudor sugiere y suministra a los padres y educadores expresiones aptas para instruir las conciencias de los jóvenes en la castidad. Por lo cual -como lo advertimos no hace mucho en una alocución tal recato no se ha de entender de manera que equivale a un absoluto silencio, hasta excluir en la formación moral aun el modo reservado y prudente de hablar (103). Sin embargo, en nuestros tiempos algunos maestros y educadores, más veces de lo que fuera menester, han creído ser oficio suyo iniciar a niños inocentes en los secretos de la procreación de un modo que ofende su pudor. En este asunto conviene usar la justa medida y moderación que exige el pudor cristiano. El pudor se alimenta del temor de Dios, ese temor filial basado en una profunda humildad cristiana, que nos hace huir con suma diligencia de todo pecado. Ya lo afirmaba Nuestro Predecesor San Clemente I con estas palabras: El que es casto en el cuerpo no se vanaglorie, porque otro es quien le da el don de la continencia (104). Cuán importante sea la humildad cristiana para conservar, la virginidad, nadie lo ha expresado más claramente que San Agustín: Ya que la continencia perpetua, y sobre todo la virginidad es un don excelentísimo en los santos de Dios, ha de vigilarse atentamente para que no se corrompa con la soberbia... Por eso., Cuanto mayor me parece este don, más temo no venga a desaparecer en lo futuro por causa de la soberbia. Solo Dios es el verdadero custodio de la gracia virginal, que El mismo concedió, y "Dios es caridad" (105). La guardiana, por tanto de la virginidad, es la caridad y la morada de esta guardiana es la humildad (106). RECURSO A LOS MEDIOS SOBRENATURALES Otra cosa hay que tener presente: que para conservar intacta la castidad no bastan la vigilancia y el pudor hay que recurrir también a los medios sobrenaturales: a la oración a Dios, a los sacramentos de la penitencia y de, la Eucaristía y a una viva devoción a la Santísima Madre de Dios. No perdamos de vista que la castidad perfecta es un don de Dios. A este propósito, advierte profundamente San Jerónimo: Les fue concedido (107) a los que lo pidieron, a los que lo quisieron, a los que trabajaron por recibirlo. Porque todo aquel que pide, recibe, y el que busca, halla, y al que llama, se le abrirá (108). De la oración, añade San Ambrosio, depende la fidelidad constante de las vírgenes al Divino Esposo (109). Y San Alfonso María de Ligorio, con aquella ardentísima piedad que lo distinguía, enseña que no hay medio tan necesario para vencer las tentaciones contra esta hermosa virtud de la castidad como el recurso inmediato a Dios por la oración (110). Sin embargo, a la oración es menester que se añada el sacramento de la penitencia, el cual, si se recibe con frecuencia y preparación, es una medicina espiritual que purifica y sana, y el alimento eucarístico, que, en frase de Nuestro Predecesor de Inmortal memoria León XIII, es el mayor remedio contra la sensualidad (111). Cuanto más pura y casta sea el alma, más hambre tendrá de este pan, del que saca la fortaleza para resistir a todas las seducciones del pecado impuro y con el que se une más estrechamente al Divino Esposo: Quien come mi carne y bebe mi sangre en Mi mora y ya en él (112). DEVOCION A MARIA Un medio excelente para conservar intacta y sostener la castidad Perfecta, media comprobado continuamente por la experiencia de los siglos es el de una sólida y ardiente devoción a la Virgen madre de Dios. En cierta manera, esta devoción contiene en si todos los demás medios, pues quien sincera y profundamente la vive, se tiene, que sentir impulsado a velar, a orar, a acercarse al tribunal de la penitencia y al banquete eucarístico. Por tanto, exhortamos con afecto paterno a todos los sacerdotes, religiosos y vírgenes consagrados a que se pongan bajo la especial protección de la Santa Madre de Dios, que es Virgen de vírgenes y maestra de la virginidad, como afirma San Ambrosio (113), y es Madre poderosísima de aquellos, sobre todo, que se han dedicado al divino servicio. Por ella, dice San Atanasio, comenzó a existir la virginidad (114), y lo enseña claramente, San Agustín con estas palabras: La dignidad virginal comenzó con la Madre de Dios ( 115). Siguiendo las huellas del mismo San Atanasio (116), San Ambrosio propone a las vírgenes como modelo la vida de la Virgen María: Imitadla, hijas... (117). Sírvaos la vida de María de imagen y modelo de virginidad, cual imagen que se hubiese trasladado a un lienzo; en ella, como en un espejo, brilla la hermosura de la castidad y la belleza de toda virtud. De aquí podéis sacar ejemplos de vida, ya que en ella, como en un dechado, se muestra, con las enseñanzas manifiestas de su santidad qué es lo que habéis de corregir, qué es lo que habéis de reformar, qué es lo que habéis de retener... He aquí la imagen de la verdadera virginidad. Esta fue María, cuya vida pasó a ser norma para todas las vírgenes... (118). Sea, pues, la Santísima Virgen maestra de nuestro modo de proceder (119), Tan grande, fue su gracia, que no solo conservó en sí misma la virginidad, sino que concedía este don insigne a los que visitaba (120). ¡Cuán verdadero es pues el dicho del mismo San Ambrosio: Oh riquezas de la virginidad de María! (121). En vista de tales riquezas aprovecha grandemente, también hoy a las vírgenes consagradas, a los religiosos y a los sacerdotes el contemplar la virginidad de María para observar con más fidelidad y perfección la castidad de su propio estado. Pero no os contentéis, amadísimos hijos, con meditar las virtudes de la Santísima Virgen María; acudid a ella con absoluta confianza, siguiendo el consejo de San Bernardo: Busquemos la gracia, y busquémosla por María (122). Y en este Año Mariano de una manera especial poned en ella el cuidado de vuestra vida espiritual y de la perfección, imitando el ejemplo de San Jerónimo, que aseguraba: Para mí la virginidad es una consagración en María y en Cristo (123).
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1 Cor 7,25
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