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SEGUNDA PARTE CONDENACION DE ERRORES
Esta doctrina, que establece las ventajas y excelencias de la virginidad y del celibato sobre el matrimonio, fue puesta de manifiesto, como lo llevamos dicho, por nuestro Divino Redentor y por el Apóstol de las Gentes; y asimismo en el santo Concilio Tridentino (57) fue solemnemente definida como dogma de fe divina y declarada siempre por unánime sentir de los Santos Padres y doctores de la Iglesia. Además, así nuestros Antecesores, como también Nos, siempre que se ha ofrecido la ocasión, una y otra vez la hemos explicado y con gran empeño recomendado. Sin embargo, puesto que no han faltado recientemente algunos que han atacado, no sin grave peligro y detrimento de los fieles, esta misma doctrina tradicional en la Iglesia, Nos, por deber de conciencia, hemos creído oportuno volver sobre el asunto en esta Encíclica y desenmascarar y condenar los errores, que con frecuencia se presentan encubiertos bajo apariencias de verdad. a) Sobre el instinto sexual En
Primer lugar, sin duda alguna se separan del común sentir de las
personas honradas, sentir que la Iglesia siempre ha tenido en gran estima,
a quienes consideran el instinto sexual como la tendencia principal y
mayor del organismo humano, para deducir de ahí el hombre, no puede
cohibir durante toda su vida éste apetito sin exponerse al grave
peligro de perturbar las energías vitales de su cuerpo y principalmente
los nervios y de dañar el equilibrio de su personalidad. Desgraciadamente es verdad que nuestras potencias corporales y nuestras pasiones perturbadas por el primer pecado de Adán, no solo intentan dominar los sentidos, sino también el alma, entenebreciendo la inteligencia y debilitando la voluntad. Pero la gracia de Jesucristo se nos da en los sacramentos principalmente para que, viviendo la vida del espíritu, reduzcamos el cuerpo a servidumbre (59). La virtud de la castidad nos exige que no sintamos el aguijón de la concupiscencia sino más bien que la sujetemos a la recta razón y a la ley de la gracia, tendiendo denodadamente a lo que es más noble en la vida humana y cristiana. Para lograr con perfección este imperio del espíritu sobre los sentidos del cuerpo, no basta abstenerse tan solo de los actos directamente contrarios a la castidad sino que es necesario en absoluto renunciar gustosa y generosamente a todo lo que pueda ser más o menos remotamente adverso a esta virtud; porque así el alma podrá reinar de lleno en el cuerpo y desarrollar su vida espiritual con paz y libertad. ¿Quién hay, pues, entre los que admiten los principios de la religión católica, que no vea que la castidad perfecta y la virginidad, lejos de oponerse al crecimiento natural del hombre o de la mujer lo acrecienta y ennoblece en sumo grado? b) Sobre el matrimonio Recientemente condenarnos con tristeza la opinión de los que llegan a aseverar que solo el matrimonio es capaz de dar a la personalidad humana su natural desarrollo y su debida perfección (60). Afirman algunos que la divina gracia dada ex opere operato, en el sacramento, de tal manera santifica el uso del matrimonio que lo convierte en un instrumento para unir a las almas con Dios más eficazmente que la misma virginidad, ya que el matrimonio cristiano es un sacramento y la virginidad no lo es. Esta doctrina la denunciamos como falsa y dañosa. Sí, el sacramento del matrimonio da a los esposos gracia divina para cumplir santamente sus deberes conyugales, y estrecha los lazos del amor mutuo con que ambos están unidos, pero no ha sido establecido para convertir el uso matrimonial en el medio de suyo más apto para unir las almas de los esposos con el mismo Dios mediante, el vínculo de la caridad (61): ¿No reconoce más bien el Apóstol San Pablo a los esposos el derecho de abstenerse temporalmente del uso del matrimonio para darse a la oración (62), precisamente porque esta abstención hace que el alma se sienta más libre para entregarse a las cosas celestiales y para orar? c) "La ayuda mutua" y "La soledad de corazón" Finalmente, no se puede asegurar -como algunos lo hacen- que la ayuda mutua (63) que los esposos buscan en le matrimonio cristiano, es un medio de santidad más perfecto que la soledad del corazón de las vírgenes y los célibes. Si bien cuantos profesan la perfecta castidad han renunciado a este amor humano, no por eso se puede afirmar que por efecto de esa renuncia hayan rebajado y despojado en alguna manera su personalidad humana, porque del mismo Dador de dones celestiales reciben un auxilio espiritual que sobrepuja con creces la ayuda mutua que los esposos recíprocamente se procuran. Consagrándose totalmente al que es su principio y les comunica su vida divina, no se empequeñecen, sino que sumamente se engrandecen. ¿Quién puede con más verdad que cuantos son vírgenes apropiarse de aquel dicho del Apóstol San Pablo: Y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí? (64). Por esta razón sabiamente piensa la Iglesia que hay que conservar el celibato de los sacerdotes; pues sabe que es y será fuente de gracias espirituales, que los unirá cada vez más estrechamente con Dios. d) Sobre el apostolado Nos parece también conveniente mencionar aquí brevemente el error de quienes, para apartar a los jóvenes de los seminarios y a las jóvenes de los institutos religiosos, se esfuerzan por grabar en sus inteligencias la idea deque hoy la Iglesia tiene más necesidad de la ayuda y del testimonio de vida cristiana de los casados que viven en el siglo mezclados, con los demás, que de sacerdotes y de vírgenes consagradas, que por el voto de castidad se han apartado en cierto modo, de la sociedad humana. Semejante opinión, venerables Hermanos, es a todas luces falsísima y muy perniciosa. Ciertamente, no es nuestro propósito decir que los esposos católicos, dando ejemplo de vida cristiana, donde quiera que vivan y en cualquiera circunstancias en que se hallen, no puedan producir abundantes y saludables, frutos con el ejemplo de su virtud. Pero el que por esta razón aconseja preferir el matrimonio a la vida consagrada totalmente a Dios, sin duda invierte y trastorna él recto orden de las cosas. A la verdad, Venerables Hermanos, grandemente deseamos que se enseñe convenientemente a quienes han contraído matrimonio o piensen contraerlo, el grave deber que les incumbe, no solo de educar bien y diligentemente a los hijos que tienen o tendrán, sino también de ayudar a los demás, según su posibilidad, con el testimonio de su fe y el ejemplo, de su virtud. Pero, como, lo exige la conciencia de nuestro deber, no podemos menos de condenar en absoluto a todos los que trabajen por apartar a los, jóvenes del ingreso en el seminario o en las órdenes y congregaciones religiosas y de la emisión de los santos votos, y les den a entender que, siendo padres o madres de familia y profesando públicamente a la vista de todos una vida cristiana, podrán lograr un fruto espiritual mayor. Mejor y más cuerdamente obrarían tales personas exhortando a los casados con el mayor empeño posible que cooperasen con sus talentos en las obras del apostolado seglar, que no trabajando por alejar de la virginidad a los jóvenes, desgraciadamente hoy día no muy numerosos, que deseen consagrarse al divino servicio. A este propósito escribe muy bien San Ambrosio: Siempre ha sido propio de la gracia sacerdotal echar la simiente de la castidad y excitar el amor a la virginidad (65). e) Sobre la colaboración de los religiosos con la sociedad humana También creemos que hay que advertir que es completamente falsa la afirmación de que, los que profesan la castidad perfecta, dejan en cierto modo de pertenecer a la comunidad humana. Las vírgenes consagradas que consumen su vida sirviendo a los pobres y enfermos, si distinción de raza, posición o religión, ¿por ventura no se asocian íntimamente a sus desgracias y dolores y se afectan tiernamente como si fuesen sus madres? Y así mismo el sacerdote, movido por el ejemplo de su divino Maestro, ¿no desempeña el oficio del buen pastor, que conoce a sus ovejas y las llama por sus nombres? (66). Pues bien, precisamente gracias a la castidad perfecta que guardan éstos sacerdotes y religiosos, pueden dedicarse a todos y amar a todos por amor de Cristo. Y aun a los que llevan vida contemplativa, dado que ofrecen a Dios por la salvación del prójimo, no sólo sus oraciones de y súplicas, sino su propia inmolación, ciertamente contribuyen poderosamente al bien de la Iglesia; es más, puesto que, conforme a las normas que en la carta apostólica "Sponsa Christi"(67) dimos, en las actuales circunstancias trabajan en obras de apostolado y caridad, aun por esta razón deben ser en gran manera dignos de alabanza, y no pueden ser considerados como extraños a la sociedad humana quienes colaboran de esta doble manera al bien espiritual de la misma.
(57) Sess. XXIV, can.
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