PRIMERA PARTE

NATURALEZA, EXCELENCIA Y VENTAJAS,
DEL ESTADO DE VIRGINIDAD

 

CASTIDAD PERPETUA

En primer lugar, debemos advertir que lo esencial de su doctrina sobre la virginidad lo ha recibido la Iglesia de los mismos labios de su Divino Esposo.

Pareciendo a los discípulos muy pesados los vínculos y las obligaciones del matrimonio, que el Divino Maestro les manifestara, le dijeron: Si, tal es tal es la condición del hombre con respecto a su mujer, no tiene cuenta el casarse (12). Y Jesús les respondió que no todos eran capaces de comprender está palabra, sino solo aquéllos a quienes se les ha concedido; porque algunos son inhábiles para el matrimonio por defecto físico de nacimiento, otros por violencia y malicia de los hombres; otros, en cambio, se abstienen de él espontáneamente y de propia voluntad, y eso por amor del reino cielos. Y concluyó Nuestro Señor diciendo: Quien sea capaz de tal doctrina, que la siga (13).

Con estas palabras el Divino Maestro no trata de los físicos del matrimonio, sino de la resolución libre y voluntaria de abstenerse para siempre de él y de los placeres de la carne. Al comparar a los que renuncian espontáneamente al matrimonio con los que se ven obligados a tal renuncia o por la naturaleza o por la violencia de, los hombres, ¿no es verdad que el Divino Redentor nos enseña que la castidad, para ser perfecta, tiene que ser perpetua?

Por otra parte como los Santos Padres y los Doctores de la Iglesia enseñan, la virginidad no es virtud cristiana sino cuando se guarda por amor del reino de los cielos (14), es decir, cuando abrazamos este estado de vida para poder más fácilmente entregarnos a las cosas divinas, alcanzar con mayor seguridad la eterna bienaventuranza y, finalmente, dedicarnos con más libertad a la obra de conducir a otros al reino de los cielos.

No pueden, por tanto, reivindicar para sí, el honorífico título de la virginidad cristiana los que se abstienen del matrimonio o por puro egoísmo o, como advierte San Agustín, (15), para eludir las cargas que él impone, o tal vez para jactarse farisaicamente de la propia, integridad corporal. Por lo cual, ya el Concilio de Gangres reprobaba que la virgen o el continente se apartasen del matrimonio por reputarlo cosa abominable y, no por la belleza y santidad de la virginidad (16).

Además, el Apóstol de las gentes, inspirado por él Espíritu Santo, advierte: El que no tiene mujer, anda solícito, de las cosas del Señor, y en que ha de agradar a Dios... Y la mujer no casada y la virgen piensan en las cosas del Señor para ser santas en cuerpo y alma (17). Éste es, por lo tanto, Este es por tanto el fin primordial y la razón principal de la virginidad cristiana: el tender únicamente hacia las cosas divinas, empleando en ellas alma y corazón; el querer agradar a Dios en todas las cosas, pensar solo en El, consagrarle totalmente cuerpo y alma.

CUERPO Y ALMA CONSAGRADOS A DIOS

De este modo interpretaron siempre los Santos Padres las palabras de Jesucristo y la doctrina del Apóstol de las gentes: desde los primitivos tiempos de la Iglesia entendieron ellos la virginidad como una consagración del cuerpo y del alma a Dios. Así, San Cipriano exige de las vírgenes el que ya no quieran adornarse ni agradar a nadie sino al Señor, puesto que se han consagrado a Cristo y, apartándose, de las concupiscencias de la carne, se han entregado a Dios en cuerpo y alma (18). El Obispo de Hipona va más adelante cuando afirma: No es que se honre a la virginidad por ella misma, sino por estar consagrada a Dios... y no alabamos a las vírgenes :porque lo son, sino por ser vírgenes consagradas a Dios por medio de una piadosa continencia (19). Los príncipes de la sagrada teología, Santo Tomás de Aquino (20) y San Buenaventura (21), apoyados en la autoridad de San Agustín, enseñan que la virginidad no goza de la firmeza propia de la virtud, si no nace del voto de conservarla siempre intacta. Y sin duda los que más plena y perfectamente ponen en práctica la enseñanza de Cristo sobre la perpetua renuncia al matrimonio son los que se obligan con voto perpetuo a guardar continencia; ni se puede afirmar con fundamento que es mejor y más perfecta la resolución de los que quieren dejar una puerta abierta para poder volver atrás.

UNA SUERTE DE MATRIMONIO ESPIRITUAL

Este vínculo de perfecta castidad lo consideraron los Santos Padres como una especie de matrimonio espiritual, mediante el cual el alma se une con Cristo; y por eso algunos llegaron hasta comparar con el adulterio la violación de esta promesa de fidelidad (22). San Atanasio escribe que la Iglesia católica acostumbra llamar esposas de Cristo a quienes poseen la virtud de la virginidad (23). Y San Ambrosio, escribiendo sobre la santa virginidad, se expresa con esta concisa frase: Virgen es quien se desposa con Dios (24). Más aun, según aparece en los escritos del mismo doctor de Milán (25), el rito de la consagración de las vírgenes ya en el siglo IV era muy semejante al que usa hoy la Iglesia en la bendición nupcial (26).

Por esa misma razón, los Santos Padres exhortan a las vírgenes a amar a su Divino Esposo con más afecto que el que tendrían a su propio marido, si estuviesen, unidas en matrimonio, y a conformar sus pensamientos y actos a la voluntad de El (27). San, Agustín, dirigiéndose a ellas, escribe: Amad con todo vuestro corazón al más hermoso entre los hijos de los hombres: libre está para ello vuestro corazón; desligado se halla de todo lazo conyugal... Si, pues, caso de estar casadas, hubierais debido tener grande amor a vuestros maridos, ¿cuánto más no deberéis amar a Aquel por quien habéis renunciado a tener marido? Quede clavado por entero en vuestro corazón el que por vosotras quiso estar clavado en una cruz (28). Tales son, por lo demás, los sentimientos propósitos que la Iglesia misma exige a las vírgenes en el día de su consagración a Dios, invitándolas a pronunciar estas palabras rituales: He despreciado el reino del mundo y todo el ornato de este siglo por amor de Nuestro Señor Jesucristo, a quien vi, de quien, me enamoré, en quien puse mí confianza, a quien quise, con ternura (29). Lo que mueve, pues, suavemente a la virgen a consagrar totalmente su cuerpo y su alma al Divino Redentor no es otra cosa sino, el amor a El, como San Metodio, Obispo de Olimpo, lo hace expresar hermosamente a una de ellas: Tú, oh Cristo, eres para mi todas las cosas. Para Ti me conservo, oh Esposo (30). Sí, el amor de Cristo es el que persuade a la virgen a encerrarse para siempre entre los muros de un monasterio para contemplar y amar más libre y fácilmente a su celestial Esposo, El es el que la incita fuertemente a practicar con todas sus fuerzas hasta su muerte las obras de misericordia en servicio del prójimo.

SEMEJANTES A CRISTO

De aquellos hombres que no se mancillaron con mujeres, porque son vírgenes (31), afirma el Apóstol, San Juan: Estos siguen al Cordero dondequiera que va (32). Pensemos en la exhortación que a todos estos dirige San Agustín: Seguid al Cordero, porque es también virginal la carne del Cordero... Con razón lo seguís dondequiera que va con la virginidad de vuestro corazón y de vuestra carne. Pues, ¿qué significa seguir sino imitar? Porque Cristo padeció por nosotros dándonos ejemplo, como dice el Apóstol San Pedro, "para que sigamos sus pisadas" (33). Realmente, todos estos discípulos y esposas de Cristo se han abrazado con la virginidad, según San Buenaventura, para conformarse con su Esposo Jesucristo, al cual hace asemejarse la virginidad (34). A su encendido amor a Cristo no podía bastar la unión de afecto; era di todo punto necesario que ese amor se echase también de ver en la imitación de sus virtudes, y de manera particular, conformándose con su vida, que toda ella se empleó en el bien y salvación del género humano. Si, pues, los sacerdotes, si los religiosos, si, en una palabra, todos los que de alguna manera se han consagrado al servicio, guardan castidad perfecta, es, en definitiva, porque su Divino Maestro fue virgen hasta el fin de su vida. Por eso exclama San Fulgencio: Este es el Unigénito Hijo de Dios, Hijo Unigénito también de la Virgen, único Esposo de todas las vírgenes consagradas, fruto, gloria y premio de la santa virginidad, a quien la santa virginidad dio un cuerpo, con quien espiritualmente se une en desposorio la santa virginidad, de quien la santa virginidad recibe su fecundidad permaneciendo intacta, quien la adorna para que siempre hermosa, quien la corona para que reine en la gloria eternamente (35).

LA VIRGINIDAD NO DIVIDE EL CORAZON LO ENTREGA ENTERAMENTE A DIOS

Juzgamos oportuno, Venerables Hermanos, exponer más detenidamente por qué el amor de Cristo mueve las almas generosas a renunciar al matrimonio, que secreto vínculo une la virginidad con la perfección de la caridad cristiana. Ya en, las palabras de Jesucristo que hemos citado más arriba se indica que el abstenerse completamente del matrimonio desembaraza al hombre de pesadas cargas y graves obligaciones. Inspirado por el Divino Espíritu, el Apóstol de las gentes expone la causa de esta liberación con las siguientes palabras: Yo deseo que viváis sin cuidados ni inquietudes... Mas el que, tiene mujer anda afanado en las cosas del mundo y en cómo ha de agradar a la mujer, y se halla dividido (36). En las cuales palabras hay que advertir que el Apóstol no condena el que los maridos se preocupen de sus esposas ni reprende a las esposas porque procuren agradar a sus maridos, sino que más bien afirma que su corazón se halla dividido entre el amor del cónyuge y el amor de Dios, y, que, sin fuerza de las obligaciones del matrimonio, se ven atormentados por cuidados que difícilmente les permiten darse a la meditación de las cosas de Dios. Pues el deber conyugal a que están sometidos es claro e imperioso: Serán dos en una sola carne (37). Tanto en las circunstancias tristes como en las alegres, los esposos están mutuamente ligados (38). Fácilmente, se, comprende por qué los que desean consagrarse al divino servicio abrazan la vida de virginidad como una liberación para más plenamente servir a Dios y contribuir con todas sus fuerzas al bien de los prójimos. Para poner algunos ejemplos, ¿de qué manera hubiera podido aquel admirable heraldo de la verdad evangélica, San Francisco Javier, o el misericordioso padre de los pobres, San Vicente de Paúl, o San Juan Bosco, educador asiduo de la juventud, o aquella incansable "madre de los emigrados", Santa Francisca Javier Cabrini, sobrellevar tan grandes molestias y trabajos, si hubiesen tenido que aten a las necesidades corporales y espirituales de su cónyuge y de sus hijos?

FACILITA LA ELEVACION ESPIRITUAL

Pero hay una razón más por la que abrazan la virginidad todos los que desean consagrarse enteramente a Dios y a la salvación del prójimo, y es la que traen los Santos Padres cuando tratan de los provechos que pueden alcanzar los que renuncian a estos deleites del cuerpo para poder gozar más cumplidamente de las elevaciones de la vida espiritual. No hay duda como ellos claramente también lo dicen que el tal placer, legítimo en el matrimonio, no es en sí mismo reprobable; más aun, el uso casto del matrimonio ha sido ennoblecido y consagrado con un sacramento especial. Con todo, hay que reconocer igualmente que las facultades inferiores de la naturaleza humana, después de la desdichada caída de Adán, resisten a la recta razón y a veces también impelen al hombre a lo que no es honesto. Porque, como afirma el Doctor Angélico, el uso del matrimonio impide que el alma se emplee totalmente en el servicio de Dios (39).

Para que los ministros sagrados adquieran esta espiritual libertad de cuerpo y de alma y se desentiendan de negocios temporales la Iglesia latina, les exige que voluntariamente se obliguen a la castidad perfecta (40). Y aunque esta ley -como lo afirmó Nuestro Predecesor, de inmortal memoria, Pío XI -no obliga de la misma: manera a los sacerdotes de la Iglesia oriental, también entre ellos es alabado el celibato eclesiástico y en ciertos casos sobre todo en los supremos grados de la jerarquía está prescrito como requisito indispensable (41).

MOTIVO SACERDOTAL

Pero hay que advertir que los ministros sagrados se abstienen enteramente del matrimonio no solo porque se dedican al apostolado, sino también porque sirven al altar. Porque si ya los sacerdotes del Antiguo Testamento, durante el tiempo en que se ocupaban en el servicio del Templo, se abstenían del uso del matrimonio para no contraer como los demás una impureza legal (42), ¿cuánto más puesto en razón es que los ministros de Jesucristo, que diariamente ofrecen el sacrificio eucarístico, posean la perpetua castidad? Refiriéndose a esta perfecta continencia, amonesta San Pedro Damián a los sacerdotes con esta pregunta: Si, pues, Nuestro Redentor de tal manera amó la flor de un pudor intacto, que no solo quiso nacer de entrañas virginales, sino también estar encomendado a los cuidados de un padre putativo virgen, y esto cuando, párvulo aun, lloraba en la cuna, ¿por quiénes, dime, deseará que sea tratado su cuerpo ahora que reina en la inmensidad de los cielos? (43).
Es preciso, por tanto, afirmar como claramente enseña la Iglesia que la santa virginidad es más excelente que el matrimonio. Ya nuestro Divino Redentor la había aconsejado a sus discípulos como instituto de vida más, perfecta (44); y el Apóstol San Pablo, al hablar del padre que da en matrimonio a su hija, dice: Hace bien; pero en seguida añade: Mas el que no la da en matrimonio obra mejor (45). Y este mismo Apóstol, comparando, el matrimonio con, la virginidad, expresa su pensamiento más de una vez y especialmente con estas palabras: Me alegraría que fueseis todos tales como yo mismo... Y digo a las personas no casadas y a las viudas: bueno les es, si así permanecen, como también permanezco yo (46). Pues si, como llevamos dicho, la virginidad aventaja al matrimonio, esto se debe principalmente a que tiene por mira la consecución de : un fin más excelente (47) y también a que de manera eficacísima ayuda a consagrarse enteramente al servicio divino, mientras que el que está impedido por los vínculos y los cuidados del matrimonio en mayor o menor grado se encuentra dividido (48).

FRUTOS DE LA VIRGINIDAD

Y si miramos los abundantes, frutos que de la virginidad provienen, brilla, sin duda, con mayor luz yo excelencia: Ya que por el fruto se conoce, el árbol (49).

a) Las obras exteriores

Cuando pensamos en la innumerable falange de vírgenes y apóstoles que desde los primeros tiempos de la Iglesia hasta nuestros días han renunciado al matrimonio para dedicarse con, más facilidad y más enteramente a la salvación del prójimo por amor a Cristo, y de esta suerte, llevan adelante empresas admirables, de religión y caridad, no podemos menos de sentir un intenso y suavísimo consuelo. Pues sin querer, como es razón, quitar nada al mérito y a los frutos apostólicos de los que, militando en las filas de la Acción Católica, pueden con su actividad salvadora llegar a donde no raras veces no pueden los sacerdotes y los religiosos, no hay duda que a estos últimos se debe la mayor parte, de tales obras de caridad. Porque los sacerdotes y religiosos con ánimo generoso acompañan y guían la vida de los hombres sin distinción de edad o de condición, y cuando caen fatigados o enfermos legan como en herencia el encargo a otros para que lo continúen. Así no raras veces sucede que el niño apenas nacido es acogido por unas manos virginales, sin que nada le falte de los cuidados que ni una madre pudiera prodigarle con mayor amor, y si es mayor y ha alcanzado el uso de la razón, se entrega a la educación de quienes lo instruyan en las enseñanzas de la doctrina cristiana, y le den la conveniente formación mental, y forjen debidamente su ingenio y su carácter; si uno cae enfermo, en seguida tiene quienes, impulsados por el amor de Cristo, se esfuerzan con solícitos cuidados y convenientes remedios por restablecer su salud; si pierde a sus padres, si se ve abatido por falta de bienes temporales o por miserias espirituales, si es encarcelado, no le falta el consuelo ni el socorro, porque los ministros sagrados, los religiosos, y las vírgenes consagradas lo miran, compadecidos como, a un miembro enfermo del cuerpo místico de Jesucristo recordando las palabras de su Divino Redentor: Porque yo tuve hambre, y me disteis, de comer; tuve sed, y me disteis de beber, era peregrino, y me hospedasteis; estaba desnudo y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; encarcelado y me vinisteis a ver... En verdad os digo, siempre que lo hicisteis con alguno de estos, mis más pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis (50). ¿Y qué diremos en alabanza de los heraldos de la palabra divina qué, lejos de su patria y soportando duros trabajos, convierten a la fe cristiana gran multitud de infieles? ¿Y qué decir de las sagradas esposas de Cristo, que colaboran con ellos, prestándoles una ayuda valiosísima? A todos y cada: uno de estos, gustosos les repetimos aquellas palabras que escribimos en nuestra apostólica exhortación "Menti Nostrae": El sacerdote, por la ley del celibato, lejos de perder la prerrogativa de la paternidad, la aumenta inmensamente, como quiera que in engendra hijos para esta vida perecedera, sino para que ha de durar eternamente (51).

b) Oración y penitencia

Por lo demás, la virginidad es fecunda no solo por las empresas y obras exteriores a que pueden dedicará más completamente y con mayor facilidad los que abrazan, sino también por la forma, de caridad perfecta que ejercen para con el prójimo, es decir, por las encendidas súplicas que en, favor de ellos elevan y por la, graves privaciones que espontánea y gustosamente abrazan con el mismo fin, ya que a eso han dedicado toda su vida los siervos de Dios y las esposas de Jesucristo principalmente los que viven en los claustros.

e) Testimonio de fe y de amor

Finalmente, la virginidad consagrada a Cristo es por sí misma un testimonio tal de fe en el reino de fe en el reino de los cielos, y demuestra un amor tal a nuestro Divino Redentor, que no es de maravillar que produzca abundantes frutos de santidad. Las vírgenes y todos los que se dedican al apostolado y abrazan una castidad perfecta, que son en número casi incontable, hermosean la Iglesia con la excelsa santidad de su vida. Porque la virginidad infunde en el ánimo una tal energía espiritual que lo impulsa aun hasta el martirio, si es necesario. Lo muestra abundantemente la Historia que propone a la admiración de todos tantas legiones de vírgenes de Roma hasta María Goretti.

d) Virtud angélica

Y no sin motivo la virginidad es llamada virtud angélica, como con toda razón afirma S. Cipriano dirigiéndose a las vírgenes: Lo que hemos de ser todos, ya vosotras lo habéis empezado a ser. Tenéis ya en este mundo la gloria de la resurrección, y pasáis por el mundo sin contaminaros con su corrupción. Mientras os conserváis vírgenes y castas, sois iguales a los ángeles de Dios (52). Al Alma que tiene sed de vida purísima y arde en deseos de alcanzar el reino de los cielos, la virginidad se le presenta como la perla preciosa por la que uno vendió cuanto tenía para comprarla (53). Los mismos casados y aun los que están sumergidos en el cieno de los vicios, cuando vuelven su mirada a las vírgenes, admiran no raras veces el esplendor de su cándida pureza y sienten deseos de conseguir lo que supera el deleite de los sentidos. El motivo por qué las vírgenes atraen a todos con su ejemplo es el que indica Santo Tomás de Aquino cuando escribe: A la virginidad se atribuye una excelentísima hermosura (54). Por otra parte, todos esos hombres y mujeres que guardan castidad perfecta, ¿acaso no muestran con ello que este señorío que tienen sobre los movimientos del cuerpo es un efecto del divino auxilio y señal de una virtud sólida?

e) El fruto más bello

Es muy grato considerar particularmente el fruto más dulce de la virginidad, a saber, que las vírgenes consagradas manifiestan a los ojos de su madre la Iglesia y la santidad de la íntima unión de ellas mismas con Cristo. Las palabras que usa el Pontífice en el sagrado rito de la consagración de las vírgenes y las oraciones que eleva a Dios, eso es lo que sabiamente indican: A fin de que existan almas excelsas, que en la unión del varón y de la mujer desdeñen la realidad y amen su virtud escondida, y no quieran imitar lo que se realiza en le matrimonio, sino amar lo que el matrimonio significa (55).

Grande gloria de las vírgenes es, sin duda alguna, el ser imágenes vivientes de aquella perfecta integridad que une a la Iglesia con su Divino Esposo; y el ser ellas una muestra admirable de la floreciente santidad y de la fecundidad por Jesucristo, es motivo del mayor gozo para esta misma sociedad. A este propósito dice muy bien San Cipriano: Son, en efecto, flor que brota de los gérmenes de la Iglesia; son ornato y esplendor de la gracia espiritual, alegría de la naturaleza, obra perfecta e incorrupta de loor y gloria, imagen divina en que reverbera la santidad del Señor, porción la más ilustre del rebaño de Cristo. Gózase la Iglesia y en ellas florece exuberante su gloriosa fecundidad; de modo que cuanto más numeroso se hace el coro de las vírgenes, tanto más crece la alegría de la madre (56).

 

(12) Mt 19, 10
(13) Ibid., 19, 11-12
(14) Mt. 19, 12
(15) S. Agustín: De sancta virginitate, c. 2, P.L. XL, 407
(16) Cfr. Can. 9; Mansi: Coll., II, 1.096
(17) 1 Cor 7, 32-34
(18) S. Cypr.: De habitu virginum, 4; P.L. IV, 443.
(19) S. Agustín : De sancta virginitate, cc. 8,11; P.L. XL, 400, 401
(20) S. Tomás, Suma Teológica, II-II, q. 152, a. 3, ad. 4
(21) S. Bonav.: De perfectione evangelica, q. 3, a. 3, sol. 5
(22) Cfr. San Cipriano: De habitu virginum, c. 20; P.L. IV 459
(23) Cfr. San Atanasio: Apol. Ad Constant., 33; P.G. XXV, 640
(24) S. Ambrosio: De virginibus, lib. I. C. 8; n. 52; P.L. XVI, 202
(25) Cfr. Ibid., lib. III, cc. 1-3, nn 1-14; De institutione virginis, c. 17 nn. 104-114; P.L. XVI, 219-224, 333-336
(26) Cfr. Sacramentarium Leonianum, XXX; P.L. LV, 129; Pontificale Romanum: De benediotione et consecratione virginum.
(27) Cfr. S. Cipriano: de habitu virginum, 4 et 22 ; P.L. IV, 443-444 et 462 ; S. Ambrosio: De virginibus, lib. I e 7, n. 37 ; P.L. XVI, 199.
(28) S. Agustín: De sancta virginitate, cc. 54-55; P.L. XL, 428
(29) Pontificale Romanum: De benedictione et consecratione virginum
(30) S. Metodio Olympi: Convivium decem virginum orat. XI c. 2; P.G. XVIII, 209
(31) Apoc 14,4
(32) Obid.
(33) I Pert., 2, 21; S. Agustín: De sancta virginitate, c. 27; P.L. XI, 411
(34) S. Bonav.: De perfectione evangelica q. 3, a. 3
(35) S. Fulgencio: Epist. 3, c. 4, n. 6; P.L. LXV, 326
(36) 1 Cor 7, 32-33
(37) Gen., 2,24; Cfr. Mt 19,5
(38) Cfr. 1 Cor 7, 39
(39) S. Tomás: Suma Teológica, II-II, q. 186, a. 4
(40) Cfr. C.I.C., can. 132 § 1
(41) Cfr. Litt. Enc. Ad catholici sacerdotii fastiium, A.A.S. XXVIII, 1936, pp. 24-25
(42) Cfr. Lev 15,16-17; 22,4; 1Sam 21,5-7, Cfr. S. Siric. Papa: Esp. ad Himer.,7; P.L. LVI, 558-559
(43) S. Pedro Dam.: De coelibatu sacerdotum, c.3; P.L. CXLV, 384
(44) Cfr. Mt 19, 10-11
(45) 1 Cor 7,38
(46) Ibid., 7,7-8; Cfr. 1 et 26
(47) Cfr. S. Tomás: Suma Teológica I-II q. 152, aa. 3-4
(48) Cfr. 1 Cor 7,33
(49) Mt 12, 33
(50) Mt 25, 35-36.40
(51) A.A.S. XLII, 1950, p. 663
(52) S. Cipriano: De habitu virginum, 22; P.L. IV, 462; cfr. S. Ambrosio: De virginibus, lib. I, c. 8, n. 52; P.L. XVI, 202
(53) Mt 13, 46
(54) S. Tomás: Summa Teológica, II-II, q. 152, a. 5
(55) Pontificale Romanum: De benedictione et consecratione virginum
(56) S. Cipriano: De habitu virginum, 3 ; P.L. IV, 443