SOLUCION DEFINITIVA: CARIDAD


48. Ved, Venerables Hermanos, quiénes y de qué modo han de trabajar en esta cuestión tan difícil. -Que cada uno cumpla en la parte que le corresponde; y ello muy pronto, porque la tardanza haría más difícil la cura de un mal ya tan grave. Cooperen los gobiernos plenamente con buenas leyes y previsoras ordenanzas; ricos y patronos tengan siempre muy presentes sus deberes; hagan cuanto puedan, dentro de lo justo, los obreros, porque ellos son los interesados: y puesto que, según hemos dicho ya desde el principio, el verdadero y radical remedio tan sólo puede venir de la religión, todos deben persuadirse de cuán necesario es volver plenamente a la vida cristiana, sin la cual aun los medios más prudentes y que se consideren los más idóneos en la materia, de muy poco servirán para lo que se desea.

La Iglesia nunca dejará que falte en modo alguno su acción, tanto más eficaz cuanto más libre sea; y, sobre todo, deben persuadirse de esto quienes tienen por misión proveer al bien común de los pueblos. Pongan en ello todo su entusiasmo y generosidad de celo los Ministros del Santuario; y, guiados por vuestra autoridad y con vuestro ejemplo, Venerables Hermanos, nunca se cansen de inculcar a todas las clases de la sociedad las máximas vitales del Evangelio; hagan cuanto puedan en trabajar por la salvación de los pueblos y sobre todo procuren defender en sí y encender en los demás, grandes y humildes, la caridad, que es señora y reina de todas las virtudes. Porque la deseada salvación debe ser principalmente fruto de una gran efusión de la caridad; queremos decir, de la caridad cristiana que es la ley en que se compendia todo el Evangelio y que, pronta siempre a sacrificarse por el prójimo, es el más seguro antídoto contra el orgullo y el egoísmo del mundo; virtud, cuyos rasgos y perfiles plenamente divinos trazó San Pablo con estas palabras: La caridad es paciente, es benigna; no busca sus provechos; todo lo sufre; todo lo sobrelleva[39].

En prenda de los divinos favores y en testimonio de Nuestro amor, a cada uno de vosotros, Venerables Hermanos, y a vuestro Clero y a vuestro pueblo, con gran afecto en el Señor, os damos la Bendición Apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 15 de mayo de 1891, año decimocuarto de Nuestro Pontificado.

 


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[1] Deut. 5, 21.
[2] Gen. 1, 28.
[3] S. Th. 2. 2ae., 10, 12.
[4] Gen. 3, 17.
[5] Iac. 5, 4.
[6] 2 Tim. 2, 12.
[7] 2 Cor. 4, 17.
[8] Cf. Mat. 19, 23-24.
[9] Cf. Luc. 6, 24-25.
[10] 2. 2ae., 66, 2.
[11] Ibid.
[12] 2. 2 ae., 32, 6.
[13] Luc. 11, 41.
[14] Act. 20, 25.
[15] Cf. Mat. 25, 40.
[16] S. Greg. M. In Evang. Hom. 9, n. 7.
[17] 2 Cor. 8, 9.
[18] Marc. 6, 3.
[19] Cf. Mat. 5, 3.
[20] Cf. Mat. 11, 28.
[21] Rom. 8, 17.
[22] Cf. 1 Tim. 6, 10.
[23] Act. 4, 34.
[24] Apolog. 2, 39.
[25] 2. 2 ae., 61, 1 ad 2.
[26] S. Th. De regimine princ. 1, 15.
[27] Gen. 1, 28.
[28] Rom. 10, 12.
[29] Ex. 20, 8.
[30] Gen. 2, 2.
[31] Gen. 3, 19.
[32] Eccl. 4, 9-12.
[33] Prov. 18, 19.
[34] S. Th. Contra impugn. Dei cultum et relig. c. 2.
[35] Ibid.
[36] Cf. S. Th. 1. 2 ae., 13, 3.
[37] Cf. Mat. 16, 26.
[38] Cf. Mat. 6, 32-33.
[39] 1 Cor. 13, 4-7.