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3. LA CARIDAD UNIVERSAL
67. Por ello, nunca dejaremos de aconsejar bastante sobre el deber de la hospitalidad -deber de solidaridad humana y de caridad cristiana-, que corresponde tanto a las familias como a las organizaciones culturales de los países que acogen a extranjeros. Sobre todo, para acoger a los jóvenes, deben multiplicarse hogares y residencias. Ante todo, para protegerles contra la soledad, el sentimiento de abandono y la angustia que destruyen todo resorte moral; pero también para defenderlos contra la situación malsana en que se encuentran, por la que se ven forzados a comparar la pobreza de su patria con el lujo y derroche que a menudo les rodea. Más todavía: para ponerlos a buen recaudo de doctrinas subversivas y de las tentaciones agresivas, a las que les expone el recuerdo de tanta miseria inmerecida[59]. Sobre todo, en fin, para ofrecerles, con el calor de una acogida fraternal, el ejemplo de una vida sana, el goce de una caridad cristiana, auténtica y eficaz, el estímulo para apreciar los valores espirituales. 68. Gran dolor Nos causa el pensamiento de que numerosos jóvenes, venidos a países más avanzados para aprender la ciencia, la preparación y la cultura que les hagan aptos para servir a su patria, en no pocos casos terminan perdiendo el sentido de los valores espirituales que con frecuencia estaban presentes, cual precioso patrimonio, en las civilizaciones que les habían visto nacer. 69. La misma acogida debe dispensarse a los trabajadores emigrados, que viven en condiciones frecuentemente inhumanas, obligados a ahorrar su propio salario, para poder remitirlo a fin de aliviar un poco a las familias que quedaron entre miserias en su tierra natal. 70. También dirigimos Nuestra exhortación a todos aquellos que, en virtud de su actividad económica, acuden a países entrados recientemente en industrialización: industriales, comerciantes, jefes y representantes de las grandes empresas. Y tratándose de hombres que en su propio país no están desprovistos de sentido social, ¿por qué retroceden a los principios inhumanos del individualismo cuando trabajan en países menos desarrollados? Precisamente su propia condición de superioridad en la fortuna, debe, por lo contrario, moverles a hacerse iniciadores del progreso social y de la promoción humana, también allí donde sus negocios les conducen. Su mismo sentido de la organización deberá sugerirles la mejor manera para valorizar el trabajo indígena, para formar operarios cualificados, para preparar ingenieros y dirigentes, dejar espacio a su iniciativa, introducirlos gradualmente en los puestos más elevados, preparándolos así a condividir, en un tiempo no lejano, las responsabilidades en la dirección. Que por lo menos la justicia regule siempre las relaciones entre jefes y subordinados, que han de sujetarse a contratos regulares con obligaciones recíprocas. Finalmente, que nadie, cualquiera que sea su condición, quede injustamente sometido a merced de la arbitrariedad. 71. Cada vez son más numerosos, y Nos alegramos de ello, los técnicos enviados en misión de desarrollo por instituciones internacionales o bilaterales o por organismos privados: "Han de portarse no como dominadores, sino como auxiliares y cooperadores"[60]. Toda población percibe en seguida si los que vienen en su ayuda lo hacen con o sin benevolencia, si se hallan allí tan sólo para aplicar métodos técnicos o también para dar al hombre todo su valor. Su mensaje peligra con no ser acogido, si no va acompañado por un espíritu de amor fraternal. 72. A la competencia técnica indispensable han de juntar, pues, señales auténticas de un amor desinteresado. Libres tanto de todo orgullo nacionalista como de cualquier apariencia de racismo, los técnicos han de aprender a trabajar en colaboración con todos. Sepan bien que su competencia no les confiere superioridad en todos los campos. La civilización en que se han formado contiene indudablemente elementos de humanismo universal, pero no es única ni exclusiva y no puede ser importada sin conveniente adaptación. Los responsables de estas misiones deben preocuparse por descubrir, junto con su historia, las características y riquezas culturales del país que los acoge. Surgirá así una aproximación que resultará fecunda para ambas civilizaciones. 73. Entre las civilizaciones, como entre las personas, un diálogo sincero de hecho es creador de fraternidad. La empresa del desarrollo acercará a los pueblos en las realizaciones proseguidas mancomunadamente si todos, comenzando por los gobiernos y sus representantes, hasta el más humilde técnico, se hallaren animados por un espíritu de amor fraterno y movidos por el sincero deseo de construir una civilización fundada en la solidaridad mundial. Un diálogo, centrado sobre el hombre y no sobre los productos y las técnicas, podrá abrirse entonces, siendo fecundo cuando traiga a los pueblos que de él se benefician los medios de elevarse y de alcanzar un más alto grado de vida espiritual; si los técnicos supieren también hacerse educadores y si la enseñanza transmitida llevare la señal de una cualidad espiritual y moral tan elevada que garantice un desarrollo, no tan sólo económico, sino también humano. Pasada ya la fase de asistencia, las relaciones así establecidas perdurarán, y nadie deja de ver la importancia que tales relaciones tendrán para la paz del mundo. 74. Nos consta que muchos jóvenes han respondido ya con ardorosa solicitud al llamamiento de Pío XII para un laicado misionero[61]. También son numerosos los jóvenes que espontáneamente se han incorporado a organismos, oficiales o privados, de colaboración con los pueblos en vías de desarrollo. También Nos alegra grandemente saber que en algunas naciones el "servicio militar" puede cambiarse en parte con un "servicio civil", un "servicio puro y simple"; bendecimos tales iniciativas y las buenas voluntades que a ellas responden. ¡Ojalá que todos cuantos se dicen "de Cristo" obedezcan a su ruego! Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era extranjero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; preso, y vinisteis a verme[62]. Porque a nadie le es lícito permanecer indiferente ante la suerte de sus hermanos que todavía yacen en la miseria, son presa de la ignorancia o víctimas de la inseguridad. Que el corazón de todo cristiano, imitando al Corazón de Cristo, ante miserias tantas se mueva a compasión y exclame con el Señor: Siento compasión por esta muchedumbre[63]. 75. Que la oración suplicante de todos ascienda a Dios Padre omnipotente para que la humanidad, consciente de tan grandes males, con inteligencia y con corazón se dedique a abolirlos. Mas con la oración constante de todos ha de corresponder la firme resolución de cada uno, en la medida de sus fuerzas, en la lucha contra el subdesarrollo. ¡Ojalá que los hombres, los grupos sociales, las naciones todas se den fraternalmente las manos, ayudando los fuertes a los débiles, poniendo en esto toda su competencia, su entusiasmo y su amor desinteresado! El animado por la verdadera caridad es más ingenioso que todo otro en descubrir las causas de la miseria, en encontrar los medios para combatirla, en vencerla resueltamente. Siendo colaborador de la paz, él recorrerá su camino, encendiendo la antorcha de la alegría e infundiendo luz y gracia en los corazones de todos los hombres por toda la superficie de la tierra, ayudándoles a descubrir, una vez pasadas todas las fronteras, y sin cesar, rostros de hermanos y rostros de amigos[64].
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