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1. ASISTENCIA A LOS DEBILES
46. Angustiosos llamamientos ya han resonado, solicitando auxilios. El de Juan XXIII fue calurosamente acogido[50]. Nos mismo lo reiteramos en Nuestro radiomensaje navideño de 1963[51], y luego de nuevo, en favor de la India, en 1966[52]. La campaña contra el hambre, emprendida por la Organización Internacional para la Alimentación y la Agricultura (FAO), y alentada por la Santa Sede, ha sido secundada con generosidad. Nuestra Caritas Internationalis actúa en todas partes y numerosos católicos, bajo el impulso de Nuestros hermanos en el Episcopado, dan y se entregan sin reserva, aun personalmente, para ayudar a los necesitados, ensanchando progresivamente el círculo de cuantos reconocen como prójimos suyos. 47. Mas todo ello no puede bastar, como no bastan las inversiones privadas y públicas ya realizadas, las ayudas y los préstamos otorgados. No se trata tan sólo de vencer el hambre, y ni siquiera de hacer que retroceda la pobreza. La lucha contra la miseria, aunque es urgente y necesaria, es insuficiente. Se trata de construir un mundo en el que cada hombre, sin exclusión alguna por raza, religión o nacionalidad, pueda vivir una vida plenamente humana, liberada de las servidumbres debidas a los hombres o a una naturaleza insuficientemente dominada; un mundo, en el que la libertad no sea palabra vana y en donde el pobre Lázaro pueda sentarse a la mesa misma del rico[53]. Ello exige a este último mucha generosidad, numerosos sufrimientos espontáneamente tolerados y un esfuerzo siempre continuado. Cada uno examine su conciencia, que tiene una voz nueva para nuestra época. ¿Está cada uno dispuesto a ayudar, con su propio dinero, a sostener las obras y empresas debidamente constituidas en favor de los más pobres? ¿A soportar mayores impuestos, para que los poderes públicos puedan intensificar su esfuerzo en pro del desarrollo? ¿A pagar más caros los productos importados, para así otorgar una remuneración más justa al productor? ¿A emigrar de su patria, si así conviniere y se hallare en edad juvenil, para ayudar a este crecimiento de las naciones jóvenes? 48. El deber de solidaridad, que está vigente entre las personas, vale también para los pueblos: "Deber gravísimo de los pueblos ya desarrollados es el ayudar a los pueblos que aún se desarrollan"[54]. Hay, pues, que llevar a la práctica esta enseñanza del Concilio. Si es normal que una población sea la primera en beneficiarse con los dones que le ha hecho la Providencia como frutos de su trabajo, ningún pueblo puede, sin embargo, pretender la reserva, para exclusivo uso suyo, de sus riquezas. Cada pueblo debe producir más y mejor a fin de, por un lado, poder ofrecer a sus conciudadanos un nivel de vida verdaderamente humano, y, por otro, contribuir también, al mismo tiempo, al desarrollo solidario de la humanidad. Frente a la creciente indigencia de los países en vías de desarrollo, debe considerarse como normal que un país ya desarrollado consagre una parte de su producción a satisfacer las necesidades de aquéllos; igualmente es normal que se preocupe de formar educadores, ingenieros, técnicos, sabios que pongan su ciencia y su competencia al servicio de aquéllos. 49. Una cosa se ha de repetir con firmeza: lo superfluo de los países ricos debe servir a los países pobres. La regla, valedera en un tiempo, en favor de los más próximos, ahora debe aplicarse a la totalidad de los necesitados del mundo. Por lo demás, los ricos serán los primeros en beneficiarse de ello. Mas si, por lo contrario, se obstinaren en su avaricia, no podrán menos de suscitar el juicio de Dios y la cólera de los pobres, con consecuencias difíciles de prever. Replegadas dentro de su coraza, las civilizaciones actualmente florecientes terminarían atentando a sus valores más altos, sacrificando la voluntad de ser más al deseo de tener más. Y se les habría de aplicar aquella parábola del hombre rico, cuyas tierras habían producido tanto que no sabía dónde almacenar su cosecha: Dios le dijo: "Insensato, esta misma noche te pedirán el alma"[55]. 50. Para obtener su plena eficacia, estos esfuerzos no deberían permanecer dispersos o aislados, menos aún opuestos los unos a los otros por motivos de prestigio o de poderío: la situación exige programas concertados. En realidad, un programa es algo más y mejor que una ayuda ocasional dejada a la buena voluntad de cada uno. Supone, Nos ya lo hemos dicho antes, estudios profundos, precisión de objetivos, determinación de medios, unión de esfuerzos con que responder a las necesidades presentes y a las previsibles exigencias futuras. Pero es aún mucho más, porque sobrepasa las perspectivas del simple crecimiento económico y del progreso social y confiere sentido y valor a la obra que ha de realizarse. Al trabajar por el mejor ordenamiento del mundo, valoriza al hombre mismo. 51. Pero ha de irse más lejos. En Bombay, Nos pedíamos la constitución de un gran Fondo mundial, alimentado con una parte de los gastos militares, a fin de venir en ayuda de los desheredados[56]. Lo que vale para la lucha inmediata contra la miseria vale también para el nivel en escala de desarrollo. Sólo una colaboración mundial, de la cual un fondo común sería a la par señal e instrumento, permitiría superar rivalidades estériles y suscitar un diálogo fecundo y pacífico entre todos los pueblos. 52. No hay duda de que acuerdos bilaterales o multilaterales pueden útilmente mantenerse, puesto que permiten sustituir aquellas relaciones de dependencia y los rencores, herencia de la época colonial, por provechosas relaciones de amistad, desarrolladas sobre el plano de igualdad jurídica y política. Pero, al estar incorporados en un programa de colaboración mundial, se mantendrían libres de toda sospecha. Las desconfianzas de los beneficiarios también se atenuarían, porque habrían de temer mucho menos el que, encubiertas por la ayuda financiera o la asistencia técnica, se ocultasen ciertas manifestaciones de lo que se ha dado en llamar neocolonialismo; fenómeno que se caracteriza por la disminución de la libertad política o por la imposición de carga económicas: todo ello para defender o conquistar una hegemonía dominadora. 53. ¿Y quién, por otra parte, no ve que tal fondo facilitaría la reducción de ciertos despilfarros, fruto del temor o del orgullo? Cuando tantos pueblos tienen hambre, cuando tantas familias son víctimas de la más absoluta miseria, cuando viven tantos hombres sumergidos en la ignorancia, cuando quedan por construir tantas escuelas, tantos hospitales, tantas viviendas dignas de tal nombre, todos los despilfarros privados o públicos, todos los gastos hechos, privada o nacionalmente, en plan de ostentación, y finalmente toda -aniquiladora- carrera de armamentos, todo esto, decimos, resulta un escándalo intolerable. Nuestro gravísimo deber Nos obliga a denunciarlo. ¡Ojalá Nos escuchen los que en sus manos tienen el poder antes de que sea demasiado tarde! 54. Todo ello significa que es indispensable establecer, entre todos, un diálogo, por el que formábamos los más intensos deseos ya en Nuestra primera Encíclica, Ecclesiam Suam[57]. Semejante diálogo, entre los que aporten los medios y los que hayan de beneficiarse con ellos, fácilmente logrará que las aportaciones se midan justamente no sólo según la generosidad y disponibilidad de los unos, sino también según el criterio de las necesidades reales y de las posibilidades de empleo de los otros. Entonces los países en vías de desarrollo ya no correrán en adelante el peligro de verse ahogados por las deudas, cuya satisfacción absorbe la mayor parte de sus beneficios. Una y otra parte podrán estipular tanto los intereses como el tiempo de duración de los préstamos, todo ello en condiciones soportables para los unos y los otros, logrando el equilibrio por las ayudas gratuitas, los préstamos sin interés alguno o bien con un interés mínimo, así como por la duración de las amortizaciones. A quienes proporcionen medios financieros se les habrán de dar garantías sobre el empleo del dinero, de suerte que todo se cumpla según el plan convenido y con razonable preocupación de eficacia, puesto que no se trata de favorecer ni a perezosos ni a parásitos. Los beneficiarios, a su vez, podrán exigir que no haya injerencia alguna en su política y que no se perturben sus estructuras sociales. Por ser Estados soberanos, sólo a ellos les corresponde dirigir con autonomía sus asuntos, precisar su política, orientarse libremente hacia el tipo de sociedad que prefirieren. Es, por lo tanto, una colaboración lo que se desea instaurar, una eficaz coparticipación de los unos con los otros, en un clima de igual dignidad, para construir un mundo más humano. 55. Semejante plan podría aparecer como irrealizable en las regiones donde las familias se ven limitadas a la única preocupación de prepararse la diaria subsistencia y que, por lo tanto, difícilmente pueden concebir un trabajo que les prepare para un porvenir de vida, que pudiera parecer menos miserable. Mas precisamente a estos hombres y mujeres es a los que se ha de ayudar, convenciéndoles primero de la necesidad de que ellos mismos pongan mano al trabajo y adquieran gradualmente los medios necesarios para ello. Ciertamente esta obra común sería imposible sin un esfuerzo concertado, constante y animoso. Pero, sobre todo, quede bien claro para todos y cada uno que se trata del peligro en que se hallan la vida misma de los pueblos pobres, la paz civil en los países en desarrollo y aun la misma paz mundial.
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