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CAPITULO
VIII
LA BIENAVENTURADA
VIRGEN MARIA, MADRE DE DIOS,
EN EL MISTERIO DE CRISTO
Y DE LA IGLESIA
I. "PROEMIO"
52. LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARIA EN EL MISTERIO DE CRISTO
El
benignísimo y sapientísimo Dios, queriendo llevar a término
la redención del mundo, "cuando llegó el fin de los
tiempos, envió a su Hijo hecho de Mujer... para que recibiésemos
la adopción de hijos" (Gál., 4, 4-5). "El cual
por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación descendió
de los cielos, y se encarnó por obra del Espíritu Santo
de María Virgen"[172]. Este misterio divino de salvación
se nos revela y continúa en la Iglesia, a la que el Señor
constituyó como su Cuerpo y en ella los fieles, unidos a Cristo,
su Cabeza, en comunión con todos sus Santos, deben también
venerar la memoria "en primer lugar, de la gloriosa siempre Virgen
María, Madre de nuestro Dios y Señor Jesucristo"[173].
53. LA BIENAVENTURADA VIRGEN Y LA IGLESIA
En
efecto, la Virgen María, que según el anuncio del ángel
recibió al Verbo de Dios en su corazón y en su cuerpo y
trajo la Vida al mundo, es reconocida y honrada como verdadera Madre de
Dios Redentor. Redimida de un modo eminente, en atención a los
futuros méritos de su Hijo y a El unida con estrecho e indisoluble
vínculo, está enriquecida con la suma prerrogativa y dignidad
de ser la Madre de Dios Hijo y, por tanto, la hija predilecta del Padre
y el sagrario del Espíritu Santo; con un don de gracia tan eximia,
antecede, con mucho, a todas las criaturas celestiales y terrenas. Al
mismo tiempo está unida en la estirpe de Adán con todos
los hombres que necesitan ser salvados; más aún: es verdaderamente
madre de los miembros (de Cristo)... por haber cooperado con su amor a
que naciesen en la Iglesia los fieles, que son miembros de aquella Cabeza"[174].
Por eso también es saludada como miembro sobreeminente y del todo
singular de la Iglesia, su prototipo y modelo eminentísimos en
la fe y caridad y a quien la Iglesia Católica, enseñada
por el Espíritu Santo, honra con filial afecto de piedad como a
Madre amantísima.
54. INTENCION DEL CONCILIO
Por
eso, el Sacrosanto Sínodo, al exponer la doctrina de la Iglesia,
en la cual el Divino Redentor realiza la salvación, quiere explicar
cuidadosamente tanto la función de la Bienaventurada Virgen María
en el misterio del Verbo Encarnado y del Cuerpo Místico, como los
deberes de los hombres redimidos hacia la Madre de Dios, Madre de Cristo
y Madre de los hombres, en especial de los fieles, sin que tenga la intención
de proponer una completa doctrina de María, ni tampoco dirimir
las cuestiones no aclaradas totalmente por el estudio de los teólogos.
Conservan, pues, su derecho las sentencias que se proponen libremente
en las escuelas católicas sobre Aquella que en la Santa Iglesia
ocupa después de Cristo, el lugar más alto y el más
cercano a nosotros[175].
II.
OFICIO DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN
EN LA ECONOMIA DE LA SALVACION
55. LA MADRE DEL MESIAS EN EL ANTIGUO TESTAMENTO
La
Sagrada Escritura del Antiguo y del Nuevo Testamento y la venerable Tradición,
muestran en forma cada vez más clara el oficio de la Madre del
Salvador en la economía de la salvación y, por así
decirlo, lo muestran ante los ojos. Los libros del Antiguo Testamento
describen la historia de la salvación, en la cual se prepara, paso
a paso, el advenimiento de Cristo al mundo. Estos primeros documentos,
tal como son leídos en la Iglesia y son entendidos a la luz de
una ulterior y más plena revelación, cada vez con mayor
claridad iluminan la figura de la mujer Madre del Redentor. Ella misma,
es esbozada bajo esta luz profeticamente en la promesa de victoria sobre
la serpiente, dada a nuestros primeros padres, caídos en pecado
(cf. Gén., 3, 15). Así también, ella es la Virgen
que concebirá y dará a luz un Hijo cuyo nombre será
Emanuel (Cf. Is., 7, 14; Miq., 5, 2-3; Mt., 1, 22-23). Ella misma sobresale
entre los humildes y pobres del Señor, que de El con confianza
esperan y reciben la salvación. En fin, con ella, excelsa Hija
de Sión, tras larga espera de la promesa, se cumple la plenitud
de los tiempos y se inaugura la nueva Economía, cuando el Hijo
de Dios asumió de ella la naturaleza humana para librar al hombre
del pecado mediante los misterios de su carne.
56. MARIA EN LA ANUNCIACION
El
Padre de las misericordias quiso que precediera a la encarnación
la aceptación de parte de la madre predestinada, para que así
como la mujer contribuyó a la muerte, así también
contribuyera a la vida. Lo cual vale en forma eminente de la Madre de
Jesús, que dio al mundo la Vida misma que renueva todas las cosas,
y que fue enriquecida por Dios con dones correspondientes a tan gran oficio.
Por eso no es extraño que entre los Santos Padres fuera común
llamar a la Madre de Dios la toda santa e inmune de toda mancha de pecado
y como plasmada por el Espíritu Santo y hecha una nueva criatura[176].
Enriquecida desde el primer instante de su concepción con esplendores
de santidad del todo singular, la Virgen Nazarena es saludada por el ángel
por mandato de Dios como "llena de gracia" (cf. Lc., 1, 28),
y ella responde al enviado celestial: "He aquí la esclava
del Señor, hágase en mí según tu palabra"
(Lc., 1, 38). Así María, hija de Adán, aceptando
la palabra divina, fue hecha Madre de Jesús y abrazando la voluntad
salvífica de Dios, con generoso corazón y sin el impedimento
de pecado alguno, se consagró totalmente a sí misma, cual
esclava del Señor, a la Persona y a la obra de su Hijo, sirviendo
bajo El y con El, por la gracia de Dios omnipotente, al misterio de la
Redención. Con razón, pues, los Santos Padres consideran
a María, no como un mero instrumento pasivo en las manos de Dios,
sino como cooperadora a la salvación humana por la libre fe y obediencia.
Porque ella, como dice San Ireneo, "obedeciendo fue causa de su salvación
propia y de la de todo el género humano"[177]. Por eso no
pocos Padres antiguos en su predicación, gustosamente afirman con
él: "El nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la
obediencia de María: lo que ató la virgen Eva por la incredulidad,
la Virgen María lo desató por la fe"[178]; y comparándola
con Eva, llaman a María "Madre de los vivientes"[179],
y afirman con mucha frecuencia: "la muerte vino por Eva, por María
la vida"[180].
57. LA BIENAVENTURADA VIRGEN Y EL NIÑO JESUS
La
unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación
se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo
hasta su muerte; en primer término, cuando María se dirige
presurosa a visitar a Isabel, es saludada por ella como bienaventurada
a causa de su fe en la salvación prometida y el precursor saltó
de gozo (cf. Lc., 1, 41-43) en el seno de su madre; y en la Natividad,
cuando la Madre de Dios, llena de alegría muestra a los pastores
y a los Magos a su Hijo primogénito, que lejos de disminuir consagró
su integridad virginal[181]. Y cuando, ofrecido el rescate de los pobres,
lo presentó al Señor, oyó al mismo tiempo a Simeón
que anunciaba que el Hijo sería signo de contradicción y
que una espada atravesaría el alma de la Madre, para que se manifestasen
los pensamientos de muchos corazones (cf. Lc., 2, 34-35). Al Niño
Jesús perdido y buscado con dolor, sus padres lo hallaron en el
templo, ocupado en las cosas que pertenecían a su Padre, y no entendieron
su respuesta. Pero su Madre conservaba en su corazón, meditándolas,
todas estas cosas (cf. Lc., 2, 41-51).
58. LA BIENAVENTURADA VIRGEN EN EL MINISTERIO PUBLICO DE JESUS
En la vida pública de Jesús, su Madre aparece significativamente:
ya al principio durante las bodas de Caná de Galilea, movida a
misericordia, consiguió por su intercesión el comienzo de
los milagros de Jesús Mesías (cf. Jn., 2, 1-11). En el decurso
de la predicación de su Hijo acogió las palabras con las
que (cf. Lc., 2, 19 y 51), elevando el Reino de Dios sobre los motivos
y vínculos de la carne y de la sangre, proclamó bienaventurados
a los que oían y observaban la palabra de Dios, como ella lo hacía
fielmente (cf. Mc., 3, 35 par.; Lc., 11, 27-28). Así también
la Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la
fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la Cruz, en donde,
no sin designio divino, se mantuvo de pie (cf. Jn., 19, 25), sufrió
profundamente con su Unigénito y se asoció con corazón
maternal a su sacrificio, consintiendo con amor en la inmolación
de la víctima concebida por Ella misma, y finalmente, fue dada
como Madre al discípulo por el mismo Cristo Jesús moribundo
en la Cruz, con estas palabras: "[exclamdown]Mujer, he ahí
a tu hijo!" (cf. Jn., 19, 26-27)[182].
59. LA BIENAVENTURADA VIRGEN DESPUES DE LA ASCENSION
Queriendo
Dios no manifestar solemnemente el sacramento de la salvación humana
antes de derramar el Espíritu prometido por Cristo, vemos a los
Apóstoles antes del día de Pentecostés "perseverar
unánimemente en la oración, con las mujeres y María,
la Madre de Jesús, y los hermanos de El" (Hech., 1, 14), y
a María implorando con sus ruegos el don del Espíritu Santo,
el cual ya la había cubierto con su sombra en la Anunciación.
Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de
culpa original[183], terminado el curso de su vida terrena, en alma y
en cuerpo fue asunta a la gloria celestial[184] y enaltecida por el Señor
como Reina del Universo, para que se asemejara más plenamente a
su Hijo, Señor de los que dominan (Apoc., 19, 16) y vencedor del
pecado y de la muerte[185].
III. LA BIENAVENTURADA VIRGEN
Y LA IGLESIA
60. MARIA, ESCLAVA DEL SEÑOR, EN LA OBRA DE LA REDENCION Y DE LA
SANTIFICACION
Uno
solo es nuestro Mediador según la palabra del Apóstol: "Porque
uno es Dios y uno el Mediador de Dios y de los hombres, un hombre, Cristo
Jesús, que se entregó a Sí mismo como precio de rescate
por todos" (I Tim., 2, 5-6). Pero la función maternal de María
hacia los hombres de ninguna manera oscurece ni disminuye esta única
mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia.
Porque todo el influjo salvífico de la Bienaventurada Virgen en
favor de los hombres, no nace de ninguna necesidad, sino del divino beneplácito
y brota de la superabundancia de los méritos de Cristo, se apoya
en su mediación, de ella depende totalmente y de la misma saca
toda su eficacia, y lejos de impedirla, fomenta la unión inmediata
de los creyentes con Cristo.
61. MATERNIDAD ESPIRITUAL
La
Bienaventurada Virgen, predestinada desde toda la eternidad como Madre
de Dios junto con la Encarnación del Verbo divino por designio
de la Divina Providencia, fue en la tierra la benéfica Madre del
Divino Redentor y en forma singular la generosa colaboradora entre todas
las criaturas y la humilde esclava del Señor.
Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo
en el templo al Padre, padeciendo con su Hijo mientras El moría
en la Cruz, cooperó en forma del todo singular, por la obediencia,
la fe, la esperanza y la encendida caridad, en la restauración
de la vida sobrenatural de las almas. Por tal motivo es nuestra Madre
en el orden de la gracia.
62. MEDIADORA
Y
esta maternidad de María perdura si cesar en la economía
de la gracia, desde el momento en que prestó fiel asentimiento
en la Anunciación, y lo mantuvo sin vacilación al pie de
la Cruz, hasta la consumación perfecta de todos los elegidos. Pues
una vez asunta a los cielos, no dejó su oficio salvador, sino que
continúa alcanzándonos por su múltiple intercesión
los dones de la eterna salvación[186]. Por su amor materno cuida
de los hermanos de su Hijo que peregrinan y se debaten entre peligros
y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria
feliz. Por eso, la Bienaventurada Virgen en la Iglesia es invocada con
los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora[187]. Lo
cual, sin embargo, se entiende de manera que nada quite ni agregue a la
dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador[188].
Porque
ninguna criatura puede compararse jamás con el Verbo Encarnado,
nuestro Redentor; pero así como del sacerdocio de Cristo participan
de varias maneras, tanto los ministros como el pueblo fiel, y así
como la única bondad de Dios se difunde realmente en formas distintas
en las criaturas, así también la única mediación
del Redentor no excluye, sino que suscita en sus criaturas una múltiple
cooperación que participa de la fuente única.
La Iglesia no duda en atribuir a María un tal oficio subordinado,
lo experimenta continuamente y lo recomienda al amor de los fieles, para
que, apoyados en esta protección maternal, se unan más íntimamente
al Mediador y Salvador.
63. MARIA, COMO VIRGEN Y MADRE, TIPO DE LA IGLESIA
La
Bienaventurada Virgen, por el don y el oficio de la maternidad divina,
con que está unida al Hijo Redentor, y por sus singulares gracias
y dones, está unida también íntimamente a la Iglesia.
La Madre de Dios es tipo de la Iglesia, como ya enseñaba San Ambrosio;
a saber: en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión
con Cristo[189]. Porque en el misterio de la Iglesia, que con razón
también es llamada madre y virgen, la Bienaventurada Virgen María
la precedió, mostrando en forma eminente y singular el modelo de
la virgen y de la madre[190]; pues creyendo y obedeciendo engendró
en la tierra al mismo Hijo del Padre, y esto sin conocer varón,
por obra del Espíritu Santo, como una nueva Eva, prestando fe sin
sombra de duda, no a la antigua serpiente, sino al mensaje de Dios. Dio
a luz al Hijo, a quien Dios constituyó como primogénito
entre muchos hermanos (Rom., 8, 29); a saber: los fieles, a cuya generación
y educación coopera con materno amor.
64. FECUNDIDAD DE LA VIRGEN Y DE LA IGLESIA
Ahora
bien: la Iglesia, contemplando su arcana santidad e imitando su caridad,
y cumpliendo fielmente la voluntad del Padre, también ella es madre,
por la palabra de Dios fielmente recibida; en efecto, por la predicación
y el bautismo engendra para la vida nueva e inmortal a los hijos concebidos
por el Espíritu Santo y nacidos de Dios. Y también ella
es virgen que custodia pura e íntegramente la fidelidad prometida
al Esposo e imitando a la Madre de su Señor, por la virtud del
Espíritu Santo, conserva virginalmente la fe íntegra, la
sólida esperanza, la sincera caridad[191].
65. VIRTUDES DE MARIA QUE HAN DE SER IMITADAS POR LA IGLESIA
Mientras
que la Iglesia en la Beatísima Virgen ya llegó a la perfección,
por la que se presenta sin mancha ni arruga, (cf. Ef., 5, 27), los fieles,
en cambio, aún se esfuerzan en crecer en la santidad venciendo
el pecado: y por eso levantan sus ojos hacia María, que brilla
ante toda la comunidad de los elegidos como modelo de virtudes. La Iglesia,
reflexionando piadosamente sobre ella y contemplándola a la luz
del Verbo hecho hombre, llena de veneración entra más profundamente
en el altísimo misterio de la Encarnación y se asemeja más
y más a su Esposo. Porque María, que habiendo participado
íntimamente en la historia de la Salvación, en cierta manera
une en sí y refleja las más grandes verdades de la fe, al
ser predicada y honrada, atrae a los creyentes hacia su Hijo, hacia su
sacrificio y hacia el amor del Padre. La Iglesia, a su vez, buscando la
gloria de Cristo, se hace más semejante a su excelso Modelo, progresando
continuamente en la fe, la esperanza y la caridad, buscando y siguiendo
en todas las cosas la divina voluntad. Por lo cual, también en
su obra apostólica con razón la Iglesia mira hacia aquella
que engendró a Cristo, concebido por el Espíritu Santo y
nacido de la Virgen precisamente, para que por la Iglesia nazca y crezca
también en los corazones de los fieles. La Virgen en su vida fue
ejemplo de aquel afecto materno, con el que es necesario estén
animados todos los que en la misión apostólica de la Iglesia
cooperan para regenerar a los hombres.
IV. CULTO DE LA BIENAVENTURADA
VIRGEN EN LA IGLESIA
66. NATURALEZA Y FUNDAMENTO DEL CULTO
María,
que por la gracia de Dios, después de su Hijo, fue exaltada por
encima de todos los ángeles y los hombres, en cuanto que es la
Santísima Madre de Dios, que tomó parte en los misterios
de Cristo, con razón es honrada con especial culto por la Iglesia.
Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos la Bienaventurada
Virgen es honrada con el título de "Madre de Dios", a
cuyo amparo los fieles en todos sus peligros y necesidades acuden con
sus súplicas[192]. Especialmente desde el Concilio de Efeso, el
culto del pueblo de Dios hacia María creció admirablemente
en la veneración y el amor, en la invocación e imitación,
según las palabras proféticas de ella misma: "Me llamarán
bienaventurada todas las generaciones, porque hizo en mí cosas
grandes el Poderoso" (Lc., 1, 48). Este culto, tal como existió
siempre en la Iglesia aunque es del todo singular, difiere esencialmente
del culto de adoración, que se da al Verbo Encarnado lo mismo que
al Padre y al Espíritu Santo, y lo promueve poderosamente. Pues
las diversas formas de la piedad hacia la Madre de Dios, que la Iglesia
ha aprobado dentro de los límites de la doctrina sana y ortodoxa,
según las condiciones de los tiempos y lugares y según la
índole y modo de ser de los fieles, hacen que mientras se honra
a la Madre, el Hijo, en quien fueron creadas todas las cosas (cf. Col.,
1, 15-16) y en quien "tuvo a bien el Padre que morase toda la plenitud"
(Col., 1, 19), sea debidamente conocido, amado, glorificado y sean cumplidos
sus mandamientos.
67. ESPIRITU DE LA PREDICACION Y DEL CULTO
El
Sacrosanto Sínodo enseña deliberadamente esta doctrina católica
y exhorta al mismo tiempo a todos los hijos de la Iglesia a que cultiven
generosamente el culto, sobre todo litúrgico, hacia la Bienaventurada
Virgen, como también estimen mucho las prácticas y ejercicios
de piedad hacia Ella, recomendados en el curso de los siglos por el Magisterio,
y que observen religiosamente aquellas cosas que en los tiempos pasados
fueron decretadas acerca del culto de las imágenes de Cristo, de
la Bienaventurada Virgen y de los santos[193]. Asimismo exhorta encarecidamente
a los teólogos y a los predicadores de la divina palabra que se
abstengan con cuidado tanto de toda falsa exageración como también
de una excesiva estrechez de espíritu, al considerar la singular
dignidad de la Madre de Dios[194]. Cultivando el estudio de la Sagrada
Escritura, de los Santos Padres y doctores y de las liturgias de la Iglesia,
bajo la dirección del Magisterio, ilustren rectamente los dones
y privilegios de la Bienaventurada Virgen, que siempre están referidos
a Cristo, origen de toda verdad, santidad y piedad. Aparten con diligencia
todo aquello que, sea de palabra, sea de obra, pueda inducir a error a
los hermanos separados o a cualesquiera otros acerca de la verdadera doctrina
de la Iglesia. Recuerden, por su parte, los fieles que la verdadera devoción
no consiste ni en un afecto estéril y transitorio, ni en vana credulidad,
sino que procede de la fe verdadera, que nos lleva a reconocer la excelencia
de la Madre de Dios y nos excita a un amor filial hacia nuestra Madre
y a la imitación de sus virtudes.
V. MARIA, SIGNO DE ESPERANZA
CIERTA
Y CONSUELO PARA EL
PUEBLO DE DIOS PEREGRINANTE
68. Entre tanto, la Madre de Jesús, de la misma manera que ya glorificada
en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y principio de la Iglesia
que ha de ser consumada en el futuro siglo, así en esta tierra,
hasta que llegue el día del Señor (cf. 2 Pe., 3, 10), brilla
ante el pueblo de Dios peregrinante, como signo de esperanza segura y
de consuelo.
69.
Ofrece gran gozo y consuelo a este Sacrosanto Sínodo el hecho de
que tampoco falten entre los hermanos separados quienes tributan debido
honor a la Madre del Señor y Salvador, especialmente entre los
Orientales, que van a una con nosotros por su impulso fervoroso y ánimo
devoto en el culto de la siempre Virgen Madre de Dios[195]. Ofrezcan todos
los fieles súplicas insistentes a la Madre de Dios y Madre de los
hombres, para que Ella, que estuvo presente a las primeras oraciones de
la Iglesia, ensalzada ahora en el cielo sobre todos los bienaventurados
y los ángeles, en la comunión de todos los santos, interceda
también ante su Hijo para que las familias de todos los pueblos,
tanto los que se honran con el nombre cristiano, como los que aún
ignoran al Salvador, sean felizmente congregados con paz y concordia en
un solo Pueblo de Dios, para gloria de la Santísima e individua
Trinidad.
Todas
y cada una de las cosas establecidas en esta Constitución dogmática
fueron del agrado de los Padres. Y Nos, con la potestad Apostólica
conferida por Cristo, juntamente con los Venerables Padres, en el Espíritu
Santo, las aprobamos, decretamos y establecemos y mandamos que, decretadas
sinodalmente, sean promulgados para gloria de Dios.
Roma, en San Pedro, día 21 de Noviembre de 1964.
Yo PAULO, Obispo de la Iglesia Católica
Siguen las firmas de los Padres
______________________________________________________
[1]
Cf. S. Cipriano, Epist. 64, 4; PL 3, 1.017. CSEL (Hartel) III B. p. 720
S. Hilario Pict., In Mt., 23, 6: PL 9, 1.047. S. Agustín, passim.
S. Cirilo Alej., Glaph. in Gen. 2, 10: PG 69, 110 A.
[2] Cf. S. Gregorio M., Hom. in Evang., 19, 1: PL 76 1.154 B. S. Agustín,
Serm., 341, 9, 11: PL 39, 1.499 s. S. Juan Damasceno, Adv. Iconocl., 11:
PG 96, 1.357.
[3] Cf. S. Ireneo, Adv. Haer., III, 24, 1; PG 7, 966. Harvey, 2, 131:
ed. Sagnard. Sources Chr., p. 398.
[4] S. Cipriano, De Orat. Dom., 23: PL 4, 553. Hartel, III A. p. 285.
S. Agustín, Serm., 71, 20, 53: PL 38, 463 s. S. Juan Damasceno,
Adv. Iconocl., 12: PG 96, 1.358 D.
[5] Cf. Orígenes. In Mt., 16, 21: PG 13, 1.443 C: Tertuliano Adv.
Mar., 3, 7: PL 2, 357 C: CSEL 47, 3, p. 386. Cf. Sacramentarium Gregorianum:
PL 76, 160 B. Vel. C. Mohlberg, Liber Sacramentorum romanae ecclesiae.
Roma, 1960, p. 111 XC: "Deus qui ex omni coaptatione sanctorum aeternum
tibi condis habitaculum...". Himno Urbis Ierusalem beata en el Breviario
monástico, y Caelestis urbs Ierusalem en el Breviario Romano.
[6] Cf. Sto. Tomás, Summa Theol., III, q. 62, a. 5, ad 1.
[7] Cf. Pío XII, Litt. Encycl. Mystici Corporis, 29 jun. 1943:
AAS 35 (1943), p. 208.
[8] Cf. León XIII, Epist. Encycl. Divinum illud, 9 mayo 1897: AAS
29 (1896-1807), p. 650. Pío XII, Litt. Encycl. Mystici Corporis,
l. c., pp. 219-220. Denz., 2.288 (3807), S. Agustín, Serm., 268,
2: PL 38, 1.232, y en otros sitios. S. Crisóstomo, In Eph. Hom.,
9, 3: PG 62, 72. Dídimo Alej., Trin., 2, 1: PG 39, 449 s. Sto.
Tomás, In Col., 1, 18, lect. 5; ed. Marietti, II, número
46: "Así como se constituye un solo cuerpo por la unidad del
alma, así la Iglesia por la unidad del Espíritu...".
[9] León XIII, Litt. Encycl. Sapientiae christianae, 10 jun. 1890:
ASS 22 (1889-90), p. 392. Id. Epist. Encycl. Satis cognitum, 29 jun. 1896:
ASS 28 (1895-96), pp. 710 y 724 ss Pío XII, Litt. Encycl. Mystici
Corporis, l. c., pp. 199-200.
[10] Cf. Pío XII. Litt. Encycl. Mystici Corporis, l. c., página
221 ss. Id. Litt. Encycl. Humani generis, 12 agos. 1950: AAS 42 (1950),
p. 571.
[11] León XIII, Epist. Encycl. Satis cognitum, l. c. p. 713.
[12] Cf. Symbolum Apostolicum: Denz., 6-9 (10-13): Symb. Nic. - Const.:
Denz., 86 (41): coll. Prof. fidei Trid.: Denz., 994 et 999 (1862 et 1868).
[13] Se llama "Santa (católica apostólica) Romana Iglesia":
en Prof. fidei Trid., 1, c., et Conc. Vat. I. Ses. III. Const. dogm. de
fide cath.: Denz., 1782 (3001).
[14] S. Agustín, Civ. Dei., XVIII, 51, 2: PL 41, 614.
[15] Cf. S. Cipriano, Epist., 69, 6: PL 3, 1.142 B. Hartel, 3 B, p. 754;
"Sacramento inseparable de unidad".
[16] Cf. Pío XII, Aloc. Magnificate Dominum, 2 nov. 1954: AAS 46
(1954), p. 669. Litt. Encycl. Mediator Dei, 20 nov. 1947: AAS 39 (1947),
p. 555.
[17] Cf. Pío XI, Litt. Encycl. Miserentissimus Redemptor, 8 mayo
1928: AAS 20 (1928), pp. 171 s. Pio XII, Aloc. Vous nous avez, 22 sept.
1956: AAS 48 (1956), p. 714.
[18] Cf. Sto. Tomás, Summa Theol., III, q. 63, a. 2.
[19] Cf. Cirilo de Jer., Catech., 17, de Spiritu Sancto, II, 35-37: PG
33, 1009-1012. Nic Cabasilas, De vita in Christo, libro III, "de
utilitate chrismatis". PG 150, 569-580. Sto. Tomás, Summa
Theol., III, q. 65, a. 3 et q. 72, a. 1 et 5.
[20] Cf. Pío XII, Litt. Encycl. Mediator Dei, 20 nov. 1947: AAS
39 (1947), sobre todo, pp. 552s.
[21] 1 Cor., 7, 7: "Cada uno recibe del Señor su propio don:
uno de una manera y otro de otra". Cf. S. Agustín, De Dono
Persev., 14, 37: PL 45, 1.015 siguientes: "No sólo la continencia
es un don de Dios, sino también la castidad de los casados".
[22] Cf. S. Agustín. De Praed. Sanct., 14, 27: PL 44, 980.
[23] Cf. Juan Crisóstomo, In Io., Hom., 65, 1: PG 59, 361.
[24] Cf. S. Ireneo, Adv. Haer., III, 16, 6, III, 22, 1-3: PG 7, 925 C,
926 A et 958 A. Harvey, 2, 87 et 120-123. Sagnard. Ed. Sources Chrét.,
pp. 290-202 et 372 ss.
[25] Cf. S. Ignacio, M., Ad Rom., Praef.: Ed. Funk, I página 252.
[26] Cf. S. Agustín, Bapt. c. Donat., V. 28, 39: PL 43, 197: "Es
claro que cuando a propósito de la Iglesia se habla de "dentro"
y "fuera" esto se refiere no al cuerpo sino al corazón".
Cf. ib., III, 19, 26: col. 152; V. 18, 24: col. 189: In Io. Tr. 61, 2:
PL 35, 1800, y con frecuencia en otras partes.
[27] Cf. Lc., 12, 48: "A todo aquel a quien se le dio mucho, mucho
se le pedirá". Cf. también Mt., 5, 19-20: 7, 21-22;
25, 41-46; Sant., 2, 14.
[28] Cf. León XIII, Epist. Apost., Praeclara gratulationis, 20
jun. 1894: ASS 26 (1893-94), p. 707.
[29] Cf. León XIII, Epist. Encycl. Satis cognitum, 29 jun. 1896:
ASS 28 (1895-1896), p. 738. Epist. Encycl. Caritatis studium, 25 jul.
1898: ASS 31 (1898-1899), p. 11. Pío XII Mensaje radiof. Nell'alba,
24 dic. 1941: AAS 34 (1942), p. 21.
[30] Cf. Pío XI, Litt. Encycl. Rerum Orientalium, 8 sept. 1928:
AAS 20 (1928), p. 287. Pío XII, Litt. Encycl. Orientalis Ecclesiae,
9 abr. 1944: AAS 36 (1944), p. 137.
[31] Cf. Instr. S. S. C. S. Oficio, 20 dic. 1949: AAS 42 (1950), p. 142.
[32] Cf. Sto. Tomás, Summa Theol., III, q. 8, a. 3, ad 1.
[33] Cf. Epist., S. S. C. S. Oficio al Arzobispo de Boston: Denz., 3.869-72.
[34] Cf. Eusebio de Cesar., Praeparatio Evangelica, 1, 1: PG 21, 28 AB.
[35] Cf. Benedicto XV, Epist. Apost. Maximum illud: AAS 11 (1919), p.
440, sobre todo, pp. 451 ss. Pío XI, Encycl. Rerum Ecclesiae: AAS
18 (1926), pp. 68-69: Pío XII, Litt. Encycl. Fidei Donum, 21 abr.
1957: AAS 49 (1957), pp. 236-237.
[36] Cf. Didaché, 14; ed. Funk, I, p. 32. S. Justino Dial., 41:
PG 6, 564. S. Ireneo, Adv. Haer., IV, 17, 5: PG 7, 1.023. Harvey, 2, pp.
199 s. Conc. Trid. Ses. 22, cap. I. Denz. 939 (1742).
[37] Cf. Conc. Vat. I. Ses. IV. Const. Dogm. Pastor aeternus: Denz., 1821
(3.050 s.).
[38] Cf. Conc. Flor., Decretum pro Graecis: Denz., 694 (1.307), et Con.
Vat. I, Const. Dogm. Pastor aeternus: Denz., 1826 (3.059).
[39] Cf. Liber sacramentorum. S. Gregorio. Praefacio in Cathedra S. Petri,
in natali S. Mathiae et S. Thomae: PL 78, 50, 51 et 152 S. Hiliario, In
Ps., 67, 10: PL 9, 450; CSEL, 22, página 286. S. Jerónimo,
Adv. Iovin, 1, 26: PL 23, 247 A. S. Agustín, In Ps., 86, 4: PL
37, 1.103. S. Gregorio, M., Mor. in Iob., XXVIII V: PL 76, 455-456. Primasio,
Comm. in Apoc., V: PL 68. 924 C. Pascasio, In Mt., L. VIII, capítulo
16: PL 120, 561 C. Cf. León XIII, Epist. Et sane, 17 dic. 1888:
AAS 21 (1888), p. 321.
[40] Cf. Hech., 6, 2-6; 11, 30; 13, 1; 14, 23; 20, 17; I Tes., 5, 12-13;
Filp., 1, 1.
[41] Cf. Hech., 20, 25-27; 2 Tim., 4, 6 s., coll. c. 1 Tim., 5, 22; 2
Tim., 2, 2. Tit. 1, 5; S. Clem. Rom., Ad Cor., 44, 3; edición Funk,
I, p. 156.
[42] S. Clem. Rom., Ad Cor., 44, 2; ed. Funk, I, pp. 154 s.
[43] Cf. Tertul., Praescr. Haer., 32: PL 2, 52 s. S. Ignacio, M., passim.
[44] Cf. Tertul., Praescr. Haer., 32: PL 2, 53.
[45] Cf. S. Ireneo, Adv. Haer., III, 3, 1: PG 7, 848 A; Harvey, 2, 8;
Sagnard, p. 100 s.: "manifestatam".
[46] Cf. S. Ireneo, Adv. Haer., III, 2, 2: PG 7, 847; Harvey, 2, 7; Sagnard,
p. 100: "custoditur"; cf. ib. IV, 26, 2; col. 1.053; Harvey,
2, 236, además IV, 33, 8; col. 1.077; Harvey, 2, 262.
[47] S. Ign. M., Philad., Praef.; ed. Funk, I, p. 264.
[48] S. Ign. M., Philad., 1, 1; Magn., 6, 1; ed. Funk, I, páginas
264 et 234.
[49] S. Clem. Rom., l. c., 42, 3-4; 44, 3-4; 57, 1-2; Ed. Funk, I, 152,
156, 172. S. Ign., M., Philad., 2; Smyrn., 8; Mag., 3; Trall., 7; ed.
Funk, I. pp. 266, 282, 232, 246 s., ec.; S. Justino, Apocalypsis, 1, 65;
PG 6, 428; S. Cipriano, Epist., passim.
[50] Cf. León XIII, Epist. Encycl. Satis cognitun, 29 jun. 1896:
ASS 28 (1895-96), p. 732.
[51] Cf. Conc. Trid., Sess. 23, Decr. de sacr. Ordinis, capítulo
4; Denz, 960 (1768); Conc. Vat. I. Sess. 4, Const. Dogm., 1, De Ecclesia
Christi, cap. 3; Denz., 1828 (3.061). Pío XII, Litt. Encycl. Mystici
Corporis, 29 jun. 1943: AAS 35 (1943), páginas 209 et 212. Cod.
Iur. Can., C. 329, ***1.
[52] Cf. León XIII, Epist. Et sane, 17 dic. 1888: AAS 21 (1888),
pp. 321 s.
[53] S. León, M., Serm., 5, 3: PL 54, 154.
[54] Conc. Trid., Sess. 23, cap. 3, cita las palabras de 2 Tim., 1, 6-7,
para demostrar que el Orden es verdadero sacramento: Denz., 959 (1766).
[55] In Trad. Apost., 3, ed. Botte, Sources Chr., pp. 27-30. Al Obispo
se le atribuye "el primado del sacerdocio" Cf. Sacramentarium
Leonianum, ed. C. Mohlberg, Sacramentarium Veronense, Romae, 1955, p.
119: "ad summi sacerdotii ministerium... Comple in sacerdotibus tuis
mysterii summam"... Lo mismo, Liber Sacramentorum Romanae Ecclesiae,
Romae, 1960, pp. 121-122: "Tribuas eis. Domine, cathedram episcopalem
ad regendam Ecclesiam tuam et plebem universam". Cf. PL 78, 224.
[56] Trad. Apost., 2, ed. Botte, p. 27.
[57] Conc. Trid., Sess. 23, cap. 4, enseña que el sacramento del
Orden imprime carácter indeleble: Denz., 960 (1767). Cf. Juan XXIII,
Aloc. Iubilate Deo, 8 mayo 1960: AAS 52 (1960), p. 4; Paulo VI, Homilía
en Bas. Vaticana, 20 octubre 1963: AAS 55 (1963), p. 1.014.
[58] S. Cipriano, Epist., 63, 14: PL 4, 386; Hartel, III B, p. 713: "Sacerdos
vice Christi vere fungitur". Juan Crisóstomo, In II Tim.,
Hom., 2, 4: PG 62, 612: Sacerdos est "symbolon" Christi. S.
Ambrosio, In Ps., 38, 25-26: PL 14, 1.051-52; CSEL, 64, 203-204. Ambrosiaster,
In I Tim., 5, 19: PL 17, 479 C et In Eph., 4, 11-12; col. 387 C. Theodoro
Mops., Hom. Catech., XV, 21 et 24; ed. Tonneau, pp. 497 et 503. Hesychius
Hieros., In Lev., L. 2, 9, 23: PG 93, 894 B.
[59] Cf. Eusebio, Hist. Eccl., V, 24, 10: GCS II, 1, p. 495; edición
Bardy. Sources Chr., II, p. 69. Dionisio según Eusebio, ib. VII,
5, 2: GCS II, 2, p. 638 s.; Bardy, II, pp. 168 s.
[60] Cf. sobre los antiguos Concilios, Eusebio, Hist. Eccl., V, 23-24:
GCS II, 1, pp. 488 ss.; Bardy, II, pp. 66 ss. et passim. Conc. Niceno.
Can., 5; Conc. Oec. Decr., p. 7.
[61] Tertuliano, De Ieiunio, 13: PL 2, 972 B; CSEL 20, página 292,
lin. 13-16.
[62] S. Cipriano, Epist., 56, 3; Hartel, III B, p. 649; Bayard, p. 154.
[63] Cf. Relación oficial Zinelli, en el Conc. Vat. I: Mansi, 52,
1.109 C.
[64] Cf. Conc. Vat. I. Esquema Const. dogm. II, de Ecclesia Christi, c.
4: Mansi, 53, 310. Cf. relación Kleutgen sobre el Esquema reformado:
Mansi, 53, 321 B-322 B y la declaración Zinelli: Mansi, 52, 1.110
A. cfr. también S. León M., Serm., 4, 3: PL 54, 151 A.
[65] Cf. Cod. Iur. Can., can. 277.
[66] Cf. Conc. Vat. I. Const. Dogm. Pastor aeternus: Denz., 1821 (3.050
s.).
[67] Cf. S. Cipriano, Epist., 66, 8: Hartel, III, 2 p. 733: "El Obispo
en la Iglesia y la Iglesia en el Obispo".
[68] Cf. S. Cipriano, Epist., 55, 24: Hartel, p. 642, lin. 13: "Una
Iglesia en todo el mundo constituida por muchos miembros". Epist.,
36, 4: Hartel, p. 575, lin. 20-21.
[69] Cf. Pío XII, Litt. Encycl. Fidei Donum, 21 abr. 1957: AAS
49 (1957), p. 237.
[70] Cf. S. Hilario Pict., In Ps., 14, 3: PL 9, 206: CSEL, 22, página
86. S. Gregorio M., Moral, IV, 7, 12: PL 75, 643 C. Ps. Basilio, In Is.,
15, 296: PG 30, 637 C.
[71] S. Celestino, Epist. 18, 1-2, ad Conc. Efeso: PL 50, 505 AB; Schwartz,
Acta Conc. Oec., I, 1, 1, p. 22. Cf. Benedicto XV. Epist. Apost. Maximum
illud: AAS 11 (1919), página 440. Pío XI, Litt. Encycl.
Rerum Ecclesiae, 28 febr. 1926: AAS 18 (1963), p. 69, Pío XII,
Litt. Encycl. Fidei Donum, I, c.
[72] León XIII, Litt. Encycl. Grande munus, 30 sept. 1880: AAS
13 (1880), p. 154. Cf. Cod. ur. Can., c. 1.327; c. 1.350 *** 2.
[73] Acerca de los derechos de las Sedes patriarcales, cf. Conc. Niceno,
can. 6 de Alejandría y Antioquía, y can. 7 de Jerusalén:
Conc. Oec. Decr., p. 8 Conc. Later: IV, año 1215. Constit. V: De
dignitate Patriarcharum: ibid., p. 212, Conc. Ferr. Flor.: ibid. p. 504.
[74] Cf. Cod. Iuris pro Eccl. Orient., can. 216-314: sobre los Patriarcas,
can. 324-339: sobre los Arzobispos mayores, can. 362-391: sobre otros
dignatarios: especialmente el can. 238, *** 3; 216; 240; 251; 255: sobre
los Obispos que deben ser nombrados por los Patriarcas.
[75] Cf. Conc. Trid., Decr. de reform., Ses. V, c. 2, n. 9 et Ses. XXIV,
can. 4; Conc. Oec., Decr., pp. 645 et 739.
[76] Cf. Conc. Vat. I. Const. dogm. Dei Filius, 3, Denz. 1712 (3.011).
Cr. nota añadida al Esquema I de Eccl. (tomada de S. Rob. Bellarm.):
Mansi, 51, 579 C: además el Esquema reformado Const. II de Ecclesia
Christi, con el comentario de Kleutgen: Mansi, 53, 313 AB, Pío
IX Epist. Tuas libenter: Denz., 1638 (2.879).
[77] Cf. Cod. Iur. Can., c. 1.322-1.323.
[78] Cf. Conc. Vat. I. Const. dogm. Pastor Aeternus: Denz., 1839 (3.074).
[79] Cf. explicación Gasser in Conc. Vat. I: Mansi, 52, 1.213 AC.
[80] Gasser, ib.: Mansi, 1214 A.
[81] Gasser, ib.: Mansi, 1215 CD, 1216-1217 A.
[82] Gasser, ib.: Mansi, 1213.
[83] Conc. Vat. I. Const. dogm. Pastor Aeternus, 4: Denz. 1836 (3.070).
[84] Oración de la consagración episcopal en rito bizantino:
Euchologion to mega Roma, 1873, p. 139.
[85] Cf. S. Ignacio, M., Smyrn., 8, 1; ed. Funk, I, p. 282.
[86] Cf. Hech. 8, 1; 14, 22-23; 20, 17, et passim.
[87] Oración mozárabe: PL 96, 759 B.
[88] Cf. S. Ignacio, M., Smyrn., 8, 1; ed. Funk, I, p. 282.
[89] Sto. Tomás, Summa Theol., III, q. 73, a. 3.
[90] Cf. S. Agustín. C. Faustum, 12, 20; PL 42, 265: Serm., 57,
7: PL 38, 389, etc.
[91] S. León M., Serm., 63, 7: PL 54, 357 D.
[92] Traditio Apostolica de Hipólito 2-3; ed. Botte, pp. 26-30.
[93] Véase el texto del examen al principio de la consagración
episcopal y la oración al final de la Misa de consagración
después del Te Deum.
[94] Benedicto XIV. Br. Romana Ecclesia, 5 oct. 1752, *** 1: Bullarium
Benedicti XIV, t. IV, Romae, 1758. 21: "El Obispo representa la persona
de Cristo, y desempeña su oficio" Pío XII Litt. Encycl.
Mystici Corporis, l. c., p. 21 "cada uno apacienta y gobierna en
nombre de Cristo el rebaño a él encomendado".
[95] León XIII. Epist. Encycl. Satis cognitum, 29 jun. 1896: AAS
28 (1895-96), p. 732. Idem Epist. Officio sanctissimo, 22 dic. 1887: AAS
29 (1887), p. 264. Pío IX. Carta Apost. a los Obispos de Alemania,
12 marzo 1875 y Aloc. Consist. 15 marzo 1875: Denz., 3112-3117 solamente
en la nueva edición.
[96] Conc. Vat. I, Const. dogm. Pastor aeternus, 3; Denz., 1828 (3.061).
Cf. Relación Zinelli: Mansi, 52, 1114 D.
[97] Cf. S. Ignacio, M., Ad Ephes., 6, 1: ed. Funk, I, página 218;
y el Martyrium Polycarpi, 12, 2: lb, p. 328.
[98] Cf. S. Ignacio, M., Ad Ephes., 5, 1: ed. Funk, 1, p. 216.
[99] Cf. Conc. Trid., Ses. 23, De sacr. Ordinis, cap. 2: Denz., 958 (1765),
y can. 6: Denz., 966 (1776).
[100] Cf. Inocencio, I. Epist. ad Decentum: PL 20, 554 A: Mansi, 3, 1029:
Denz., 98 (215): "Los presbíteros, aunque son sacerdotes de
segundo grado (respecto a los diáconos), no tienen sin embargo
la plenitud del pontificado". S. Cipriano, Epist., 61, 3: ed. Hartel,
p. 696.
[101] Cf. Conc. Trid., 1, c., Denz., 956-968 (1763-1778), y especialmente
el can. 7: Denz., 967 (1777). Pío XII, Const. Apost. Sacramentum
Ordinis: Denz., 2301 (3.857-61).
[102] Cf. Inocencio, I, 1, c., c. S. Gregorio Naz., Apol., II, 22: PG
35, 432 B. Ps. Dionisio, Eccl. Hier., 1, 2: PG 3, 372 D.
[103] Cf. Conc. Trid., Ses. 22; Denz., 940 (1743). Pío XII, Litt.
Encycl. Mediator Dei, 20 nov. 1947: AAS 39 (1947), p. 553. Denz., 2300
(3.850).
[104] Cf. Conc. Trid., Ses. 22: Denz., 938 (1.739-40). Concilio Vaticano
II, Const. De Sacra Liturgia, n. 7 y n. 47.
[105] Cf. Pío XII. Litt. Encycl. Mediator Dei, l. c. en el n. 67.
[106] Cf. S. Cipriano, Epist., 11, 3: PL 4, 242 B: Hartel, II 2, p. 497.
[107] Ordo consecrationis sacerdotalis, en la imposición de los
ornamentos.
[108] Ordo consecrationis sacerdotalis, en el prefacio.
[109] Cf. S. Ignacio, M., Philad, 4: ed. Funk, I, p. 266 S. Cornelio,
I en S. Cipriano, Epist., 48, 2: Hartel, III, 2. p. 610.
[110] Constitutiones Ecclesiae aegyptiacae, III, 2: ed. Funk, Didascalia,
II, p. 103. Statuta Eccl. Ant., 37-41: Mansi, 3, 954.
[111] S. Policarpo, Ad Phil., 5, 2: ed. Funk, I, p. 300: Se dice de Cristo
"que se ha hecho servidor, diácono, de todos". Cf. S.
Clemente Rom., Ad. Cor., 15, 1: ib., p. 32 S. Ignacio, M., Trall., 2,
3: ib., p. 242. Constitutiones Apostolorum, 8. 28, 4: Funk. Didascalia,
I, p. 530.
[112] S. Agustín, Serm., 340, 1: PL 38, 1483.
[113] Cf. Pío XI, Litt. Encycl. Quadragesimo anno, 15 mayo 1931:
AAS 23 (1931), p. 221 s. Pío XII, Aloc. De quelle consolation,
14 oct. 1951: AAS 43 (1951), p. 790 s.
[114] Cf. Pío XII. Aloc. Six ans se sont écoulés,
5 oct. 1957: AAS 49 (1957), p. 927. Acerca del "mandato" y misión
canónica, cf. Decreto De Apostolada laicorum, cap. IV, n. 16, con
las notas 12 y 15.
[115] Del Prefacio de la fiesta de Cristo Rey.
[116] Cf. León XIII, Epist. Encycl. Immortale Dei, 1 nov. 1885,
AAS 18 (1885), p. 166 ss. Idem. Litt. Encycl. Sapientiae christianae,
10 enero 1890: ASS 22 (1889-90), p. 397 ss. Pío XII. Aloc. Alla
vostra filiale, 23 marzo 1958: AAS 50 (1958), p. 220: "el legítimo
sano laicismo del Estado".
[117] Cod. Iur. Can., can. 682.
[118] Cf. Pío XII, Aloc. De quelle consolation, 1, c., p. 789:
"En las batallas decisivas, es muchas veces del frente, de donde
salen las más felices iniciativas...". Idem, Aloc. L'importance
de la prese catholique, 17 febr. 1950: AAS 42 (1950), página 256.
[119] Cf. I Tes., 5, 19 et 1 Jn., 4, 1.
[120] Epist. ad Diognetum, 6: ed. Funk, I, p. 400. Cf. S. Juan Crisóstomo,
In Mt. Hom., 46 (47), 2: PG 58, 478, sobre la levadura en la masa.
[121] Misal Romano, Gloria in excelsis. Cf. Lc., 1, 35; Mc., 1, 24; Lc.,
4, 34; Jn., 6, 69 (ho hagios tou Theou); Hech. 3, 14; 4, 27 y 30; Heb.,
7, 26; I Jn., 2, 20; Apoc., 3, 7.
[122] Cf. Orígenes, comm. Rom., 7, 7: PG 14, 1.122 B. Ps. - Macario,
De Oratione, 11: PG 34, 861 AB. Sto. Tomás, Summa Theol., II-II,
q. 184, a. 3.
[123] Cf. S. Agustín, Retract., II, 18: PL 32, 637 s. Pío
XII, Litt. Encycl. Mystici Corporis, 29 jun. 1943: AAS 35 (1943), p. 225.
[124] Cf. Pío XI, Litt. Encycl. Rerum omnium, 26 enero 1923: AAS
15 (1923), p. 50 y pp. 59-60. Litt. Encycl. Casti Connubii, 31 dic. 1930:
AAS 22 (1930), p. 548. Pío XII, Const. Apost. Provida Mater, 2
febr. 1947; AAS 39 (1947), p. 117, Aloc. Annus sacer, 8 dic. 1950: AAS
43 (1951), pp. 27-28. Aloc. Nel darvi, 1 jul. 1956: AAS 48 (1956), p.
574 s.
[125] Cf. Sto. Tomás, Summa Theol., II-II, q. 184, a. 5 et 6. De
perf. vitae spir., c. 18 Orígenes, In Is. Hom., 6, 1: PG 13, 239.
[126] Cf. S. Ignacio M., Magn., 13, 1: ed. Funk, I. p. 240.
[127] Cf. S. Pío X, Exhort., Haerent animo, 4 agos. 1908: AAS 41
(1908), p. 560 s. Cod. Iur Can., can. 124. Pío XI. Litt. Encycl.
Ad catholici sacerdotii, 20 dic. 1935: AAS 28 (1936), p. 22s.
[128] Ordo consecrationis Sacerdotalis, en la Exhortación inicial.
[129] Cf. S. Ignacio M., Trall., 2, 3: ed. Funk, I, p. 244.
[130] Cf. Pío XII, Aloc. Sous la maternelle protection, 9 dic.
1957: AAS 50 (1958), p. 36.
[131] Pío XI, Litt. Encycl. Casti Connubii, 31 dic. 1930: AAS 22
(1930), p. 548 s. Cf. S. Juan Crisóstomo, In Ephes. Hom., 20, 2:
PG 62, 136 ss.
[132] Cf. S. Agustín, Enchir., 121, 32: PL 40, 288. Sto. Tomás,
Summa Theol., II-II, q. 184, a. 1. Pío XII, Exhort. Apost. Menti
nostrae, 23 sept. 1950: AAS 42 (1950), p. 660.
[133] Sobre los Consejos en general, cf. Orígenes. Comm. Rom.,
X. 14: PG 14, 1.275 B. S. Agustín, De S. Virginitate, 15, 15: PL
40, 403. Sto. Tomás, Summa Theol., I-II, q. 100, a. 2 C (al fin);
II-II, q. 44, a. 4, ad 3.
[134] Sobre la excelencia de la sagrada virginidad, cf. Tertuliano, Exhort.
Cast. 10: PL 2, 925 C. S. Cipriano, Hab. Virg., 3 et 22: PL 4, 443 B et
461 A. s. S. Atanasio, De Virg.: PG 28, 252 ss. S. Juan Crisóstomo,
De Virg. G PG 48, 533 ss.
[135] Los testimonios principales de la S. Escritura y de los Padres acerca
de la pobreza espiritual y la obediencia se recogen en las páginas
152-153 de la Relación.
[136] Acerca de la práctica efectiva de los consejos que no se
imponen a todos, Cfr. S. Juan Crisóstomo In Mt. Hom., 7, 7: PG
57, 8 s. S. Ambrosio, De Viduis, 4, 23: PL 16, 241 s.
[137] Cf. Rosweyde, Vitae Patrum, Amberes, 1628, Apophtegmata Patrum:
PG 65. Paladio, Historia Lausiaca: PG 34, 991 ss.: ed. C. Butier, Cambridge,
1898 (1904). Pío XI, Const. Apost. Umbratilem, 8 jul. 1924: AAS
16 (1924), pp. 386-387. Pío XII, Aloc. Nous sommes heureux, 11
abr. 1958: AAS 50 (1958), p. 283.
[138] Paulo VI, Aloc. Magno gaudio, 23 mayo 1964: AAS 56 (1964), p. 566.
[139] Cf. Cod. Der. Can., c. 487 y 488. 4o. Pío XII. Aloc. Annus
sacer, 8 dic. 1950: AAS 43 (1951), p. 27 s. Pío XII. Const. Apost.
Provida Mater, 2 febr. 1947: AAS 39 (1947), páginas 120 ss.
[140] Paulo VI, 1, c., p. 567.
[141] Cf. Sto. Tomás, Summa Theol., II-II, q. 184, a 3 y q. 188.
a. 2. S. Buenaventura, Opusc. XI. Apologia Pauperum, c. 3, 3: ed. Obras,
Quaracchi, t. 8, 1898, p. 245 a.
[142] Cf. Conc. Vat. I. Esquema De Ecclesia Christi, cap. XV, et Anot.,
48: Mansi, 51, 549 s. et 619 s. León XII, Epist. Au milieu des
consolations, 23 dic. 1900: AAS 33 (1900-01), página 361. Pío
XII. Const. Apost. Provida Mater, 1, c., páginas 114 s.
[143] Cf. León XIII, Const. Romanos Pontífices, 8 mayo 1881:
AAS 13 (1880-81), p. 483. Pío XII, Aloc. Annus sacer, 8 dic. 1950:
AAS 43 (1951), pp. 28 s.
[144] Cf. Pío XII, Aloc. Annus sacer, 1, c., p. 28. Pío
XII, Const. Apost. Sedes Sapientiae, 21 mayo 1956: AAS 48 (1956), pág.
355. Paulo VI, 1. c., pp. 570-571.
[145] Cf. Pío XII, Litt. Encycl., Mystici Corporis, 29 jun. 1943:
AAS 35 (1943), pp. 214 s.
[146] Cf. Pío XII, Aloc. Annus sacer, 1, c., p. 30. Aloc. Sous
la maternelle protection, 9 dic. 1957: AAS 50 (1958), páginas 39
s.
[147] Conc. de Florencia. Decretum pro Graecis: Denz., 693 (1305).
[148] Además de los documentos más antiguos que prohiben
cualquier forma de evocación de los espíritus ya desde Alejandro
IV (27 septiembre 1258), cf. Encycl. S. S. C. S. Oficio, De magnetismi
abusu, 4 agos. 1856: AAS (1865), pp. 177-178. Denz., 1653-1654 (2823-2825);
respuesta S. S. C. S. Oficio, 23 abr. 1917: AAS 9 (1917), p. 268. Denz.,
2182 (3642).
[149] Véase una exposición sintética de esta doctrina
paulina en: Pío XII, Litt. Encycl. Mystici Corporis: AAS 35 (1943),
página 200 y passim.
[150] Cf., i. a., S. Agustín, Enarr. in Ps., 85, 24: PL 37, 1099.
S. Jerónimo, Liber contra Vigilantium, 6: PL 23, 344. Sto. Tomás,
In 4m Sent., d 45, q. 3, a. 2. S. Buenaventura, In 4m Sent., d. 45, a.
3. q. 2, etc.
[151] Cf. Pío XII, Litt. Encycl. Mystici Corporis: AAS 35 (1943),
p. 245.
[152] Cf. Muchísimas inscripciones en las Catacumbas romanas.
[153] Cf. Gelasio I, Decretal De libris recipiendis, 3: PL 59, 160. Denz.,
165 (353).
[154] Cf. S. Metodio, Symposion, VII, 3: GCS (Bonwetsch), p. 74.
[155] Cf. Benedicto XV, Decretum approbationis virtutum in Causa beatificationis
et canonizationis Servi Dei Ioannis Nepomuceni Neumann: AAS 14 (1922),
p. 23; muchas alocuciones de Pío XII sobre los Santos: Inviti all'eroismo.
Discorsi... t. I-III Roma 1941-1942, passim; Pío XII, Discorsi
e Radiomessaggi, t. 10, 1949, pp. 37-43.
[156] Cf. Pío XII, Litt. Encycl. Mediator Dei: AAS 39 (1947), p.
581.
[157] Cf. Heb., 13, 7; Eccli., 44-50; Hebr., 11, 3-40. Cf. también
Pío XII. Litt. Encycl. Mediator Dei: AAS 39 (1947), pp. 582-583.
[158] Cf. Conc. Vaticano I, Const. De fide catholica, cap. 3. Denz., 1794
(3013).
[159] Cf. Pío XII, Litt. Encycl. Mystici Corporis: AAS 35 (1943),
p. 216.
[160] En cuanto a la gratitud para con los Santos, cf. E. Diehl, Inscriptiones
latinae christianae veteres, I. Berlin, 1925, nn. 2008, 2382 y passim.
[161] Conc. Tridentino Ses. 25. De invocatione... Sanctorum: Denz, 984
(1821).
[162] Brevario Romano. Invitatorium in festo Sanctorum Omnium.
[163] Cf. v. g., II Tes., 1, 10.
[164] Conc. Vaticano II, Const. De Sacra Liturgia, cap. 5, número
104.
[165] Canon de la Misa Romana.
[166] Conc. Niceno II, Act. VII: Denz., 302 (600).
[167] Conc. Florentino, Decretum pro Graecis: Denz., 693 (1304).
[168] Conc. Tridentino, Ses. 25, De invocatione, veneratione et reliquiis
Sanctorum et sacris imaginibus: Denz. 984-988 (1821-1824); Ses. 25, Decretum
de Purgatorio: Denz., 983 (1820); Ses. can. 30: Denz., 840 (1580).
[169] Del Prefacio, concedido a algunas diócesis.
[170] Cf. S. Pedro Canisio, Catechismus Maior seu Summa Doctrinae christianae,
cap. III (ed. crit. F. Streicher), Pars I, pp. 15-16, n. 44 y pp. 100-101,
n. 49.
[171] Cf. Conc. Vaticano II, Const. De Sacra Liturgia, capítulo
I, n. 8.
[172] Credo en la Misa Romana: Símbolo Constantinopolitano: Mansi,
3, 566. Cf. Conc. de Efeso, ib. 4, 1130 (además ib., 2, 665 et
4, 1071); Conc. de Calcedonia, ib. 7, 111-116; Conc. Constantinopolitano
II, ib. 9, 375-396.
[173] Canon de la Misa Romana.
[174] S. Augustín, De S. Virginitate, 6: PL 40, 399.
[175] Cf. Paulo Pp. VI, Allocutio in Concilio, die 4 dic. 1963: AAS 56
(1964), p. 37.
[176] Cf. S. Germán Const., Hom. in Annunt. Deiparae: PG 98, 328
A; In Dorm., 2: col. 357. Anastasio Antioq., Serm., 2. de Annunt., 2:
PG 89, 1377 AB; Serm., 3, 2: col. 1388 Andrés Cret., Can. in B.
V. Nat., 4: PG 97, 1321 B. In B. V. Nat., 1: col. 812 A. Hom. in dorm.,
1: col. 1.068 C. S. Sofronio, Or. 2 in Annunt., 18: PG 87 (3), 3237 BD.
[177] S. Ireneo, Ad. Haer., III, 22, 4: PG 7, 959 A; Harvey, 2, 123.
[178] S. Ireneo, ibidem; Harvey, 2, 124.
[179] S. Epifanio, Haer., 78, 18: PG 42, 728 CD-729 AB.
[180] S. Jerónimo, Epist., 22, 21: PL 22, 408. Cf. S. Agustín,
Serm., 51, 2, 3: PL 38, 335; Serm., 232, 2: col. 1.108. S. Cirilo de Jer.,
Catech., 12, 15: PG 33, 741 AB. S. Juan Crisóstomo, In Ps., 44,
7: PG 55, 193. S. Juan Damasceno, Hom., 2 in dorm., B. M. V., 3: PG 96,
728.
[181] Cf. Conc. Lateranense, del año 649, Can. 3: Mansi, 10, 1.151.
S. León M., Epist. ad Flav.: PL 54, 759, Conc. Calcedonense: Mansi,
7, 462 S. Ambrosio, De instit. virg.: PL 16, 320.
[182] Cf. Pío XII, Litt. Encycl. Mystici Corporis, 29 jun. 1943:
AAS 35 (1943), pp. 247-248.
[183] Cf. Pío IX, Bulla Ineffabilis, 8 dic. 1854: Acta Pii IX,
1, I, p. 616; Denz., 1641 (2803).
[184] Cf. Pío XII, Const. Apost. Munificentissimus, 1 nov. 1950:
AAS 42 (1950); Denz., (3903). Cf. Juan Damasceno, Enc. in dorm. Dei genitricis.
Hom., 2 et 3: PG 96, 722-762, en especial col. 728 B. S. Germán
Constantinop., In S. Dei gen. dorm. Serm., 1: PG 98 (3), 340-348; Serm.,
3: col. 362. S. Modesto de Jerusalén, In dorm. SS. Deiparae: PG
86 (2); 3277-3311.
[185] Cf. Pío XII, Litt. Encycl. Ad coeli Reginam, 11 oct. 1954:
AAS 46 (1954), pp. 633-636; Denz., 3.913 s. Cf. S. Andrés Cret.,
Hom. 3 in dorm. SS. Deiparae: PG 97, 1090-1109, S. Juan Damasceno, De
fide orth., IV, 14: PG 03, 1153-1168.
[186] Cf. Kleutgen, texto corregido De mysterio Verbi incarnati, cap.
IV: Mansi, 53, 290. Cf. S. Andrés Cret., In nat. Mariae, sermo
4: PG 97. 865 A. S. Germán Constantinop., In ann. Deiparae: PG
98, 322 BC. In dorm. Deiparae, III: col. 362 D. S. Juan Damasceno, In
dorm. B. V. Mariae, 1: PG 96, 712 BC-713 A.
[187] Cf. León XIII, Litt. Encycl. Adiutricem populi, 5 sept. 1895:
AAS 15 (1895-96), p. 303. S. Pío X, Litt. Encycl. Ad diem illum,
2 febr. 1904: Acta, I, p. 154; Denz., 1978 a (3370). Pío XI, Litt.
Encycl. Miserentissimus, 8 mayo 1928: AAS 20 (1928), p. 178. Pío
XII, Nuntius Radioph., 13 mayo 1946: AAS 38 (1964), p. 266.
[188] S. Ambrosio, Epist., 63: PL 16, 1218.
[189] S. Ambrosio, Expos. Lc., II, 7: PL 15, 1555.
[190] Cf. Ps. - Pedro Dam., Serm. 63: PL 144, 861 AB. Godofredo de S.
Víctor, In nat. B. M., Ms. París, Mazarine, 1002 fol. 109
r. Gerhohus Reich. De gloria et honore Filii hominis, 10: PL 194, 1105
AB.
[191] S. Ambrosio, l. c. et Expos. Lc. X, 24-25: PL 15, 1810. S. Agustín,
In Io. Tr., 13, 12: PL 35, 1499. Cf. Serm. 191, 2, 3: PL 38, 1010, etc.
Cf. también Ven. Beda, In Lc. Expos. I, cap. 2: PL 92, 330. Isaac
de Stella, Serm. 31: PL 194, 1863 A.
[192] "Sub tuum praesidium".
[193] Conc. de Nicea II, año 187: Mansi, 13, 378-179; Denz., 302
(600-601). Conc. Trident., Ses. 25; Mansi, 33, 171-172.
[194] Cf. Pío XII, Nuntius radioph., 24 oct. 1954: AAS 46 (1954),
p. 679. Litt. Encycl. Ad coeli Reginam. 11 oct. 1954: AAS 46 (1954), p.
637.
[195] Cf. Pío XI, Litt. Encycl. Ecclesiam Dei, 12 nov. 1923: AAS
15 (1923), p. 581. Pío XII, Litt. Encycl. Fulgens corona, 8 sept.
1953: AAS 45 (1953), pp. 590-591.

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