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CAPITULO II EL PUEBLO DE DIOS
En todo tiempo y lugar son aceptos a Dios los que le temen y practican la justicia (cf. Hech., 10, 35). Quiso, sin embargo, el Señor santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados entre sí, sino constituir con ellos un pueblo que le conociera en la verdad y le sirviera santamente. Eligió como pueblo suyo el pueblo de Israel, con quien estableció un pacto, y a quien instruyó gradualmente, manifestándosele a Sí mismo y sus divinos designios a través de su historia y santificándolo para Sí. Pero todo esto lo realizó como preparación y símbolo del nuevo pacto perfecto que había de efectuarse en Cristo, y de la plena revelación que había de hacer por el mismo Verbo de Dios hecho carne: "He aquí que llega el tiempo, dice el Señor, y haré un nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. Pondré mi ley en sus entrañas y la escribiré en sus corazones, y seré Dios para ellos, y ellos serán mi pueblo... Todos, desde el pequeño al mayor me conocerán, afirma el Señor" (Jer., 31, 31-34). Pacto nuevo que estableció Cristo, es decir, el Nuevo Testamento en su sangre (cf. 1 Cor., 11, 25), convocando un pueblo de entre los judíos y los gentiles, que se fundiera en unidad, no según la carne, sino en el Espíritu, y constituyera el nuevo Pueblo de Dios. Pues los que creen en Cristo, renacidos de un germen no corruptible, sino incorruptible, por la palabra de Dios vivo (cf. 1 Ped., 1, 23), no de la carne, sino del agua y del Espíritu Santo (cf. Jn., 3, 5-6), constituyen por fin "un linaje escogido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo de su patrimonio... que en un tiempo no era ni siquiera un pueblo y ahora es pueblo de Dios" (1 Pe., 2, 9-10). Ese pueblo mesiánico tiene por Cabeza de Cristo, "que fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra salvación" (Rom., 4, 25), y habiendo conseguido un nombre que está sobre todo nombre, reina gloriosamente en los cielos. Tiene por condición la dignidad y libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo. Tiene por ley el mandato del amor, como el mismo Cristo nos amó (cf. Jn., 13, 14). Tiene últimamente como fin la dilatación del Reino de Dios, incoado por el mismo Dios en la tierra, hasta que sea consumado por El mismo al fin de los tiempos, cuando se manifieste Cristo, nuestra vida (cf. Col., 3, 4), y "la misma criatura será libertada de la servidumbre de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios" (Rom., 8, 21). Aquel pueblo mesiánico, por tanto, aunque de momento no abrace a todos los hombres, y muchas veces aparezca como una pequeña grey, es, sin embargo, el germen firmísimo de unidad, de esperanza y de salvación para todo el género humano. Constituido por Cristo en orden a la comunión de vida, de caridad y de verdad, es también como instrumento suyo de la redención universal y es enviado a todo el mundo como luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt., 5, 13-16). Así
como el pueblo de Israel, según la carne, peregrino del desierto,
es llamado alguna vez Iglesia de Dios (cf. 2 Esdr., 13, 1; cf. Núm.,
20, 4; Deut., 23, 1 ss.), así el nuevo Israel, que va avanzando
en este mundo en busca de la ciudad futura y permanente (cf. Heb., 13,
14) se llama también Iglesia de Cristo (cf. Mt., 16, 18), porque
El la adquirió con su sangre (cf. Hech., 20, 28), la llenó
de su Espíritu y la proveyó de medios aptos para una unión
visible y social. La congregación de todos los creyentes que miran
a Jesús como autor de la salvación y principio de la unidad
y de la paz, es la Iglesia convocada y constituida por Dios, para que
sea para todos y cada uno sacramento visible de esta unidad salvífica[15].
Rebasando todos los límites de tiempos y de lugares, entra en la
historia humana para extenderse a todas las naciones. Caminando, pues,
la Iglesia a través de peligros y de tribulaciones, de tal forma
se ve confortada por la fuerza de la gracia de Dios que el Señor
le prometió, que en la debilidad de la carne no pierde su fidelidad
absoluta, sino que persevera siendo digna esposa de su Señor, y
no deja de renovarse a sí misma bajo la acción del Espíritu
Santo, hasta que por la cruz llegue a la luz sin ocaso. Cristo Señor, Pontífice tomado de entre los hombres (cf. Heb., 5, 1-5), hizo de su nuevo pueblo "reino y sacerdote para Dios, su Padre" (cf. Apoc., 1, 6; 5, 9-10). Pues los bautizados son consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo por la regeneración y por la unción del Espíritu Santo, para que por medio de todas las obras del cristiano ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien las maravillas de quien los llamó de las tinieblas a su luz admirable (cf. 1 Pe., 2, 4-10). Por ello todos los discípulos de Cristo, perseverando en la oración y alabanza a Dios (cf. Hech., 2, 42, 47), han de ofrecerse a sí mismos como hostia viva, santa y grata a Dios (cf. Rom., 12, 1), han de dar testimonio de Cristo en todo lugar, y a quien se la pidiere han de dar también razón de la esperanza que tienen en la vida eterna (cf. 1 Pe., 3, 15). El
sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico,
aunque distinguiéndose esencial y no sólo gradualmente,
se ordenan el uno al otro, pues cada uno participa de forma peculiar del
único sacerdocio de Cristo[16]. Porque el sacerdote ministerial,
en virtud de la sagrada potestad que posee, forma y dirige al pueblo sacerdotal,
efectúa el sacrificio eucarístico en la persona de Cristo,
ofreciéndolo a Dios en nombre de todo el pueblo; los fieles, en
cambio, en virtud de su sacerdocio real, concurren a la oblación
de la Eucaristía[17], y lo ejercen con la recepción de los
sacramentos, con la oración y acción de gracias, con el
testimonio de una vida santa, con la abnegación y caridad operante.
La
condición sagrada y orgánicamente constituida de la comunidad
sacerdotal se actualiza tanto por los sacramentos como por las virtudes.
Los fieles, incorporados a la Iglesia por el bautismo, quedan destinados
por el carácter al culto de la religión cristiana, y, regenerados
como hijos de Dios, tienen el deber de confesar delante de los hombres
la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia[18]. Por el sacramento
de la confirmación se vinculan más íntimamente a
la Iglesia, se enriquecen con una fortaleza especial del Espíritu
Santo, y de esta forma se obligan más estrechamente[19] a difundir
y defender la fe con su palabra y sus obras como verdaderos testigos de
Cristo. Participando del sacrificio eucarístico, fuente y culmen
de toda vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y a sí
mismos juntamente con ella[20]; y así, tanto por la oblación
como por la sagrada comunión, todos toman parte activa en la acción
litúrgica no indistintamente, sino cada uno según su condición.
Una vez saciados con el cuerpo de Cristo en la asamblea sagrada, manifiestan
concretamente la unidad del pueblo de Dios, aptamente significada y maravillosamente
producida por este augustísimo sacramento. Los
fieles todos, de cualquier condición y estado que sean, fortalecidos
por tantos y tan poderosos medios, son llamados por Dios, cada uno por
su camino, a la perfección de la santidad con la que el mismo Padre
es perfecto.
Además,
el mismo Espíritu Santo, no solamente santifica y dirige al pueblo
de Dios por los Sacramentos y los ministerios y lo enriquece con las virtudes,
sino que "distribuyendo sus dones a cada uno según quiere"
(1 Cor., 12, 11), reparte entre toda clase de fieles, gracias incluso
especiales, con las que los dispone y prepara para realizar variedad de
obras y de oficios provechosos para la renovación y más
amplia y provechosa edificación de la Iglesia, según aquellas
palabras: "A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu
para común utilidad" (1 Cor., 12, 7). Estos carismas, tanto
los extraordinarios como los más sencillos y comunes, por el hecho
de que son muy conformes y útiles a las necesidades de la Iglesia,
hay que recibirlos con agradecimiento y consuelo. Los dones extraordinarios
no hay que pedirlos temerariamente, ni hay que esperar de ellos con presunción
los frutos de los trabajos apostólicos; pero el juicio sobre su
autenticidad y sobre su aplicación pertenece a los que tienen autoridad
en la Iglesia, a quienes sobre todo compete no apagar el Espíritu,
sino probarlo todo y quedarse con lo bueno (cf. 1 Tes., 5, 12 y 19-21).
Todos los hombres son llamados a formar parte del Pueblo de Dios. Por lo cual este pueblo, siendo uno y único, ha de abarcar el mundo entero y todos los tiempos, para cumplir los designios de la voluntad de Dios, que creó en el principio una sola naturaleza humana, y determinó congregar en un conjunto a todos sus hijos, que estaban dispersos (cf. Jn., 11, 52). Para ello envió Dios a su Hijo, a quien constituyó heredero universal (cf. Heb., 1, 2), para que fuera Maestro, Rey y Sacerdote de todos, Cabeza del nuevo y universal pueblo de los hijos de Dios. Para ello, por fin, envió al Espíritu de su Hijo, Señor y Vivificador, que es para toda la Iglesia y para todos y cada uno de los creyentes principio de unión y de unidad en la doctrina de los Apóstoles y en la comunión, en la fracción del pan y en la oración (cf. Hech., 2, 42, gr.). Así, pues, entre todas las gentes de la tierra está el Pueblo de Dios, porque de todas recibe los ciudadanos de su Reino, no terreno, sino celestial. Pues todos los fieles esparcidos por el haz de la tierra están en comunión con los demás en el Espíritu Santo, y así "el que habita en Roma sabe que los indios son también sus miembros"[23]. Pero como el Reino de Cristo no es de este mundo (cf. Jn., 18, 36), la Iglesia, o Pueblo de Dios, introduciendo este Reino, no arrebata a ningún pueblo ningún bien temporal, sino al contrario fomenta y recoge todas las cualidades, riquezas y costumbres de los pueblos en cuanto son buenas, y recogiéndolas, las purifica, las fortalece y las eleva. Pues sabe muy bien que debe recoger juntamente con aquel Rey a quien fueron dadas en heredad todas las naciones y a cuya ciudad llevan dones y ofrendas [c. Salm., 71 (72), 10; Is., 60, 4-7; Apoc., 21, 24]. Este carácter de universalidad, que distingue al pueblo de Dios, es un don del mismo Señor por el que la Iglesia católica tiende eficaz y constantemente a recapitular la Humanidad entera con todos sus bienes bajo Cristo como Cabeza, en la unidad de su Espíritu[24].
Todos
los hombres son admitidos a esta unidad católica del Pueblo de
Dios, que prefigura y promueve la paz universal, y a ella pertenecen de
varios modos o se destinan tanto los fieles católicos como los
otros cristianos, e incluso todos los hombres en general llamados a la
salvación por la gracia de Dios. El sagrado Concilio dirige ante todo su atención a los fieles católicos. Enseña, fundado en la Escritura y en la Tradición, que esta Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación, pues Cristo es el único Mediador y el camino de salvación, presente a nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia, y El, inculcando con palabras concretas la necesidad del bautismo (cf. Mt., 16, 16; Jn., 3, 5), confirmó a un tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el bautismo como por una puerta. Por lo cual no podrían salvarse quienes, sabiendo que la Iglesia católica fue instituida por Jesucristo como necesaria, no quisieran entrar o permanecer en ella. A la sociedad de la Iglesia se incorporan plenamente los que, poseyendo el Espíritu de Cristo, reciben íntegramente sus disposiciones y todos los medios de salvación depositados en ella, y se unen por los vínculos de la profesión de la fe, de los sacramentos, del régimen eclesiástico y de la comunión a su organización visible con Cristo, que la dirige por medio del Sumo Pontífice y de los Obispos. Sin embargo, no alcanza la salvación, aunque esté incorporado a la Iglesia, quien, no perseverando en la caridad, permanece en el seno de la Iglesia "con el cuerpo", pero no "con el corazón"[26]. No olviden, con todo, los hijos de la Iglesia que su excelsa condición no deben atribuirla a sus propios méritos, sino a una gracia especial de Cristo; y si no responden a ella con el pensamiento, las palabras y las obras, lejos de salvarse, serán juzgados con mayor severidad[27]. Los
catecúmenos que, por la moción del Espíritu Santo,
solicitan con voluntad expresa ser incorporados a la Iglesia, se unen
a ella por este mismo deseo; y la Madre Iglesia los abraza ya amorosa
y solícitamente como suyos. La
Iglesia se siente unida por varios vínculos con todos los que se
honran con el nombre de cristianos, por estar bautizados, aunque no profesan
íntegramente la fe, o no conservan la unidad de comunión
bajo el Sucesor de Pedro[28]. Pues son muchos los que veneran efectivamente
las Sagradas Escrituras como norma de fe y de vida y muestran un sincero
celo religioso, creen con amor en Dios Padre todopoderoso, y en el Hijo
de Dios Salvador[29], están marcados con el bautismo, con el que
se unen a Cristo, e incluso reconocen y reciben en sus propias Iglesias
o comunidades eclesiales otros sacramentos. Muchos de ellos tienen Episcopado,
celebran la sagrada Eucaristía y fomentan la piedad hacia la Virgen
Madre de Dios[30]. Hay que contar también la comunión de
oraciones y de otros beneficios espirituales; más aún: cierta
verdadera unión en el Espíritu Santo, puesto que también
obra en ellos con su virtud santificante por medio de dones y de gracias,
y a algunos de ellos les dio la fortaleza del martirio. De esta forma
el Espíritu promueve en todos los discípulos de Cristo el
deseo y la acción para que todos se unan en paz, de la manera que
Cristo estableció en un rebaño y bajo un solo Pastor[31].
Para obtener eso la Madre Iglesia no cesa de orar, de esperar y de trabajar,
y exhorta a todos sus hijos a la santificación y renovación,
para que la imagen de Cristo resplandezca con mayores claridades sobre
el rostro de la Iglesia. Por
fin, los que todavía no recibieron el Evangelio, están ordenados
al Pueblo de Dios por varios motivos[32]. En primer lugar ciertamente,
aquel pueblo a quien se confiaron las alianzas y las promesas y del que
nació Cristo según la carne (cf. Rom., 9, 4-5); pueblo,
según la elección, amadísimo a causa de sus padres;
porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables (cf. Rom.,
11, 28-29). Pero el designio de salvación abarca también
a aquellos que reconocen al Creador, entre los cuales están en
primer término los Musulmanes, que confesando profesar la fe de
Abraham, adoran con nosotros a un solo Dios, misericordioso, que ha de
juzgar a los hombres en el último día. Este mismo Dios tampoco
está lejos de otros que entre sombras e imágenes buscan
al Dios desconocido, puesto que les da a todos la vida, el aliento y todas
las cosas (cf. Hech., 17, 25-28), y el Salvador quiere que todos los hombres
se salven (cf. 1 Tim., 2, 4). Pues los que inculpablemente desconocen
el Evangelio de Cristo y su Iglesia, y buscan con sinceridad a Dios, y
se esfuerzan bajo el influjo de la gracia en cumplir con obras su voluntad,
conocida por el dictamen de la conciencia, pueden conseguir la salvación
eterna[33]. La Divina Providencia no niega los auxilios necesarios para
la salvación a los que sin culpa por su parte no llegaron todavía
a un claro conocimiento de Dios y, sin embargo, se esfuerzan, ayudados
por la gracia divina, en conseguir una vida recta. La Iglesia aprecia
todo lo bueno y verdadero que entre ellos se da, como preparación
al Evangelio[34], y dado por quien ilumina a todos los hombres, para que
al fin tengan la vida. Pero más frecuentemente los hombres, engañados
por el Maligno, se hicieron necios en sus razonamientos y trocaron la
verdad de Dios por la mentira, sirviendo a la criatura en lugar del Creador
(cf. Rom., 1, 21 y 25), o viviendo y muriendo sin Dios en este mundo,
están expuestos a una horrible desesperación. Por eso, para
la gloria de Dios y la salvación de todos éstos, la Iglesia,
recordando el mandato del Señor: "Predicad el Evangelio a
toda criatura" (cf. Mc., 16, 16), promueve con toda solicitud las
misiones. Como
el Padre envió al Hijo, así el Hijo envió a los Apóstoles
(cf. Jn., 20, 21), diciendo: "Id y enseñad a todas las gentes,
bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del
mundo" (Mt., 28, 18-20). Este solemne mandato de Cristo, de anunciar
la verdad salvadora, la Iglesia lo heredó de los Apóstoles
con la misión de llevarla hasta los confines de la tierra (cf.
Hech., 1, 8). De aquí que haga suyas las palabras del Apóstol:
"[exclamdown]Ay de mí si no evangelizara!" (1 Cor., 9,
10), y por eso se preocupa incansablemente de enviar evangelizadores hasta
que queden plenamente establecidas nuevas Iglesias y éstas continúen
la obra evangelizadora. Porque se ve impulsada por el Espíritu
Santo a cooperar para que se cumpla efectivamente el plan de Dios, que
puso a Cristo como principio de salvación para todo el mundo. Predicando
el Evangelio mueve a los oyentes a la fe y a la confesión de la
fe, los dispone para el bautismo, los arranca de la servidumbre del error
y los incorpora a Cristo, para que amándolo, crezcan hasta quedar
llenos de El. Con su obra consigue que todo lo bueno que halla depositado
en la mente y en el corazón de los hombres, en los ritos y en las
culturas de los pueblos, no solamente no desaparezca, sino que se purifique
y se eleve y se perfeccione para la gloria de Dios, confusión del
demonio y felicidad del hombre. Sobre todos los discípulos de Cristo
pesa la obligación de propagar la fe según su propia posibilidad[35].
Pero, aunque cualquiera puede bautizar a los creyentes, es, no obstante,
propio del sacerdote el consumar la edificación del Cuerpo de Cristo
por el sacrificio eucarístico, realizando las palabras de Dios,
dichas por el profeta: "Desde donde sale el sol hasta el poniente
se extiende mi nombre grande entre las gentes, y en todas partes se le
ofrece una oblación pura" (Mal., 1, 11)[36]. Así, pues,
ora y trabaja a un tiempo la Iglesia, para que la totalidad del mundo
se incorpore al pueblo de Dios, Cuerpo del Señor y Templo del Espíritu
Santo, y en Cristo, Cabeza de todos, se rinda todo honor y gloria al Creador
y Padre universal.
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