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Constitución Dogmática "LUMEN GENTIUM" Sobre la Iglesia
EL MISTERIO DE LA IGLESIA
Luz
de los Pueblos es Cristo. Por eso, este Sagrado Concilio, congregado bajo
la acción del Espíritu Santo, desea ardientemente que su
claridad, que brilla sobre el rostro de la Iglesia, ilumine a todos los
hombres por medio del anuncio del Evangelio a toda criatura (cf. Mc.,
16, 15). Y como la Iglesia es en Cristo como un sacramento o señal
e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad
de todo el género humano, insistiendo en el ejemplo de los Concilios
anteriores, se propone declarar con mayor precisión a sus fieles
y a todo el mundo su naturaleza y su misión universal. Las condiciones
de estos tiempos añaden a este deber de la Iglesia una mayor urgencia,
para que todos los hombres, unidos hoy más íntimamente por
toda clase de relaciones sociales, técnicas y culturales, consigan
también la plena unidad en Cristo.
Vino,
pues, el Hijo, enviado por el Padre, que nos eligió en El antes
de la creación del mundo, y nos predestinó a la adopción
de hijos, porque en El se complugo restaurar todas las cosas (cf. Ef.,
1, 4-5 y 10). Por eso Cristo, para cumplir la voluntad del Padre, inauguró
en la tierra el reino de los cielos, nos reveló su misterio y efectuó
la redención con su obediencia. La Iglesia, o reino de Cristo,
presente ya en el misterio, crece visiblemente en el mundo por el poder
de Dios. Comienzo y expansión significada de nuevo por la sangre
y el agua que manan del costado abierto de Cristo crucificado (cf. Jn.,
19, 34) y preanunciadas por las palabras de Cristo alusivas a su muerte
en la cruz: "Y yo, si fuere levantado de la tierra, atraeré
todos a mí" (Jn., 12, gr.). Cuantas veces se renueva sobre
el altar el sacrificio de la cruz, "en el cual nuestra Pascua, Cristo,
ha sido inmolada" (1 Cor., 5, 7), se efectúa la obra de nuestra
redención. Al proprio tiempo en el sacramento del pan eucarístico
se representa y se reproduce la unidad de los fieles, que constituyen
un solo cuerpo en Cristo (cf. 1 Cor., 10, 17). Todos los hombres son llamados
a esta unión con Cristo, luz del mundo, de quien procedemos, por
quien vivimos y hacia quien caminamos. Consumada,
pues, la obra que el Padre confió al Hijo en la tierra (cf. Jn.,
17, 4) fue enviado el Espíritu Santo en el día de Pentecostés,
para que continuamente santificara a la Iglesia, y de esta forma los creyentes
pudieran acercarse por Cristo al Padre en un mismo Espíritu (cf.
Ef., 2, 18). El es el Espíritu de la vida, o la fuente del agua
que salta hasta la vida eterna (cf. Jn., 4, 14; 7, 38-39), por quien vivifica
el Padre a todos los muertos por el pecado hasta que resucite en Cristo
sus cuerpos mortales (cf. Rom., 8, 10-11). El Espíritu habita en
la Iglesia y en los corazones de los fieles como en un templo (1 Cor.,
3, 16; 6, 19) y en ellos ora y da testimonio de la adopción de
hijos (cf. Gál., 4, 6; Rom., 8, 15-16 y 26). Con diversos dones
jerárquicos y carismáticos dirige y enriquece con todos
sus frutos a la Iglesia (cf. Ef. 4, 11-12; 1 Cor. 12, 4; Gál.,
5, 22), a la que guía hacia toda verdad (cf. Jn., 16, 13) y unifica
en comunión y ministerio. Con la fuerza del Evangelio hace rejuvenecer
a la Iglesia, la renueva constantemente y la conduce a la unión
consumada con su Esposo[3]. Pues el Espíritu y la Esposa dicen
al Señor Jesús: "[exclamdown]Ven!" (cf. Apoc.,
22, 17). El misterio de la santa Iglesia se manifiesta en su fundación. Pues nuestro Señor Jesús dio comienzo a su Iglesia predicando la buena nueva, es decir, el Reino de Dios prometido muchos siglos antes en las Escrituraas: "Porque el tiempo se cumplió y se acercó el Reino de Dios" (Mc., 1, 15; cf. Mt., 4, 17). Ahora bien: este Reino brilla delante de los hombres por la palabra, por las obras y por la presencia de Cristo. La palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo (Mc., 4, 14); quienes la reciben con fidelidad y se unen a la pequeña grey (Lc., 12, 32) de Cristo, recibieron el Reino: la semilla va germinando poco a poco por su vigor interno, y va creciendo hasta el tiempo de la siega (cf. Mc., 4, 26-29). Los milagros, por su parte, prueban que el Reino de Jesús ya vino sobre la tierra: "Si expulso los demonios por el poder de Dios, sin duda que el Reino de Dios ha llegado a vosotros" (Lc., 11, 20; cf. Mt., 12, 28). Pero, sobre todo, el Reino se manifiesta en la Persona del mismo Hijo del Hombre, que vino "a servir, y a dar su vida para redención de muchos" (Mc., 10, 45). Pero
habiendo resucitado Jesús, después de morir en la cruz por
los hombres, apareció constituido como Señor, como Cristo
y como Sacerdote para siempre (cf. Hech., 2, 36; Heb., 5, 6; 7, 17-21),
y derramó en sus discípulos el Espíritu prometido
por el Padre (cf. Hech., 2, 33). Por eso la Iglesia, enriquecida con los
dones de su Fundador, observando fielmente sus preceptos de caridad, de
humildad y de abnegación, recibe la misión de anunciar el
Reino de Cristo y de Dios, de establecerlo en medio de todas las gentes,
y constituye en la tierra el germen y el principio de este Reino. Ella,
en tanto, mientras va creciendo poco a poco anhela el Reino consumado,
espera con todas sus fuerzas, y desea ardientemente unirse con su Rey
en la gloria. Como en el Antiguo Testamento la revelación del Reino se propone muchas veces bajo figuras, así ahora la íntima naturaleza de la Iglesia se nos manifiesta también bajo diversas imágenes, tomadas de la vida pastoril, de la agricultura, de la construcción, de la familia y de los esponsales, que ya se vislumbran en los libros de los profetas. Porque la Iglesia es un "redil", cuya única y obligada puerta es Cristo (Jn., 10, 1-10). Es también una grey, de la cual Dios mismo anunció que sería el Pastor (cf. Is., 40, 11; Ez., 34, 11 y ss.) y cuyas ovejas, aunque aparezcan conducidas por pastores humanos, son guiadas y nutridas constantemente por el mismo Cristo, buen Pastor y Jefe de pastores (cf. Jn., 10, 11; 1 Ped., 5, 4), que dio su vida por las ovejas (cf. Jn., 10, 11-16). La Iglesia es "campo de labranza" o arada de Dios (1 Cor., 3, 9). En este campo crece el vetusto olivo, cuya santa raíz fueron los patriarcas, en el cual se efectuó y concluirá la reconciliación de los Judíos y de los Gentiles (Rom., 11, 13-26). El celestial Agricultor la plantó como viña elegida (Mat., 21, 33-43 par.: cf. Is., 5, 1 y ss.). La verdadera vid es Cristo, que comunica la savia y la fecundidad a los sarmientos, es decir, a nosotros, que permanecemos en El por medio de la Iglesia y sin el cual nada podemos hacer (Jn., 15, 1-5). Muchas veces también la Iglesia se llama "edificación" de Dios (1 Cor., 3, 9). El mismo Señor se comparó a una piedra rechazada por los constructores, pero que fue puesta como piedra angular (Mt., 21, 42 par.; cf. Hech., 4, 11; 1 Pe., 2, 7; Salm., 117, 22). Sobre aquel fundamento levantan los apóstoles la Iglesia (cf. 1 Cor., 3, 11) y de él recibe firmeza y cohesión. A esta edificación se le dan diversos nombres: casa de Dios, (1 Tim., 3, 15) en que habita su "familia", habitación de Dios en el Espíritu (Ef., 2, 19-22), tienda de Dios con los hombres (Apoc., 21, 3) y sobre todo "templo" santo, que los Santos Padres celebran representado con los santuarios de piedra, y en la liturgia se compara justamente a la Ciudad santa, la nueva Jerusalén[5]. Porque de ella formamos parte aquí en la tierra como piedras vivas (1 Pe., 2, 5). San Juan, en la renovación final del mundo, contempla esta ciudad que baja del cielo, de junto a Dios, ataviada como una esposa que se engalana para su esposo (Apoc., 21, 1 y s.). La
Iglesia, que es llamada también "la Jerusalén celestial"
y "madre nuestra" (Gál., 4, 26; cf. Apoc., 12, 17), se
representa como la inmaculada "esposa" del Cordero inmaculado
(Apoc., 19, 1; 21, 2 y 9; 22, 17), a la que Cristo "amó y
se entregó por ella, para santificarla" (Ef., 5, 26), a la
que unió consigo con alianza indisoluble y sin cesar la "alimenta
y cuida" (Ef., 5, 29), y a la que, limpia de toda mancha, quiso unida
a sí y sujeta por el amor y la fidelidad (cf. Ef., 5, 24), a la
que, por fin, enriqueció para siempre con tesoros celestiales,
para que podamos comprender la caridad de Dios y de Cristo para con nosotros,
que supera todo conocimiento (cf. Ef., 3, 19). Pero mientras la Iglesia
peregrina en esta tierra lejos del Señor (cf. 2 Cor., 5, 6), se
considera como desterrada, de forma que busca y aspira a las cosas de
arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios, donde la
vida de la Iglesia está escondida con Cristo en Dios, hasta que
se manifieste gloriosa con su Esposo (cf. Col., 3, 1-4). El Hijo de Dios, encarnado en la naturaleza humana, redimió al hombre y lo transformó en una nueva criatura (cf. Gál., 6, 15; 2 Cor., 5, 17), superando la muerte con su muerte y resurrección. A sus hermanos, convocados de entre todas las gentes, los constituyó místicamente como su cuerpo, comunicándoles su Espíritu. La vida de Cristo en este cuerpo se comunica a los creyentes, que se unen misteriosa y realmente a Cristo paciente y glorificado por medio de los sacramentos[6]. Por el bautismo nos configuramos con Cristo: "Porque también todos nosotros hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo" (1 Cor., 12, 13). Rito sagrado con que se representa y efectúa la unión con la muerte y resurrección de Cristo: "Con El hemos sido sepultados por el bautismo, para participar en su muerte", mas si "hemos sido injertados en El por la semejanza de su muerte, también lo seremos por la de su resurrección" (Rom., 6, 4-5). En la fracción del pan eucarístico, participando realmente del cuerpo del Señor, nos elevamos a una comunión con El y entre nosotros mismos. Puesto que hay un solo pan, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan" (1 Cor., 10, 17). Así todos nosotros quedamos hechos miembros de su Cuerpo (cf. I Cor., 12, 27), "pero cada uno es miembro del otro" (Rom., 12, 5). Pero como todos los miembros del cuerpo humano, aunque sean muchos, constituyen un cuerpo, así los fieles en Cristo (cf. 1 Cor., 12, 12). También en la constitución del cuerpo de Cristo hay variedad de miembros y de funciones. Uno mismo es el Espíritu, que distribuye sus diversos dones, para el bien de la Iglesia, según su riqueza y la diversidad de las funciones (cf. 1 Cor., 12, 1-11). Entre todos estos dones sobresale la gracia de los Apóstoles, a cuya autoridad subordina el mismo Espíritu incluso a los carismáticos (cf. 1 Cor., 14). Unificando el cuerpo, el mismo Espíritu por sí y con su virtud y por la interna conexión de los miembros, produce y estimula la caridad entre los fieles. Por tanto, si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; o si un miembro es honrado, gozan juntamente con él todos los miembros (cf. 1 Cor., 12, 26). La Cabeza de este cuerpo es Cristo. El es la imagen del Dios invisible, y en El fueron creadas todas las cosas. El es antes que todos, y todo subsiste en El. El es la cabeza del cuerpo que es la Iglesia. El es el principio, el primogénito de los muertos, para que tenga la primacía sobre todas las cosas (cf. Col., 1, 15-18). El domina con la excelsa grandeza de su poder los cielos y la tierra y con su eminente perfección y con su acción colma de riquezas todo su cuerpo glorioso (cf. Ef., 1, 18-23)[7]. Es necesario que todos los miembros se asemejen a El hasta que Cristo quede formado en ellos (cf. Gál., 4, 19). Por eso somos incorporados a los misterios de su vida, conformes con El, muertos y resucitados juntamente con El, hasta que reinemos con El (cf. Filp., 3, 21; 2 Tim., 2, 11; Ef., 2, 6; Col., 2, 12, etc.). Peregrinos todavía sobre la tierra, siguiendo sus huellas en el sufrimiento o en la persecución, nos unimos a sus dolores como el cuerpo a la Cabeza, padeciendo con El, para ser con El glorificados (cf. Rom., 8, 17). Por El "el cuerpo entero, alimentado y trabado por las coyunturas y ligamentos, crece con crecimiento divino" (Col., 2, 19). El dispensa constantemente en su cuerpo, es decir, en la Iglesia, los dones para las funciones con los que por virtud de El mismo nos ayudamos mutuamente en orden a la salvación, para que siguiendo la verdad en la caridad, crezcamos por todos los medios en El, que es nuestra Cabeza (cf. Ef., 4, 11-16). Mas para que incesantemente nos renovemos en El (cf. Ef., 4, 23), nos concedió participar de su Espíritu, que siendo uno mismo en la Cabeza y en los miembros, de tal forma vivifica, unifica y mueve todo el cuerpo, que su operación pudo ser comparada por los Santos Padres con el servicio que realiza el principio de la vida, o el alma, en el cuerpo humano[8]. Cristo,
por cierto, ama a la Iglesia como a su propia Esposa, como el varón
que amando a su mujer ama su propio cuerpo (cf. Ef., 5, 25-28); pero la
Iglesia, por su parte, está sujeta a su Cabeza (ibid., 23-24).
"Porque en El habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad"
(Col., 2, 9), colma de bienes divinos a la Iglesia, que es su cuerpo y
su plenitud (cf. Ef., 1, 22-23), para que ella anhele y consiga toda la
plenitud de Dios (cf. Ef., 3, 19). Cristo, Mediador único, estableció su Iglesia santa, comunidad de fe, de esperanza y de caridad en este mundo como una trabazón visible y la sustenta constantemente[9], y por ella comunica a todos la verdad y la gracia. Pero la sociedad dotada de órganos jerárquicos y el Cuerpo místico de Cristo, la reunión visible y la comunidad espiritual, la Iglesia terrestre y la Iglesia dotada de bienes celestiales, no han de considerarse como dos cosas, porque forma una realidad completa, constituida por un elemento humano y otro divino[10]. Por esta profunda analogía se asimila al Misterio del Verbo encarnado. Pues como la naturaleza asumida sirve al Verbo divino como órgano de salvación a El indisolublemente unido, de forma semejante la unión social de la Iglesia sirve al Espíritu de Cristo, que la vivifica, para el incremento del cuerpo (cf. Ef., 4, 16)[11]. Esta es la única Iglesia de Cristo, que en el Símbolo confesamos una, santa, católica y apostólica[12], la que nuestro Salvador confió después de su resurrección a Pedro para que la apacentara (Jn., 24, 17), confiándole a él y a los demás Apóstoles su difusión y gobierno (cf. Mt., 28, 18, etc.), y la erigió para siempre como "columna y fundamento de la verdad" (I Tim., 3, 15). Esta Iglesia, constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él[13], aunque puedan encontrarse fuera de ella muchos elementos de santificación y de verdad que, como dones propios de la Iglesia de Cristo, inducen hacia la unidad católica. Mas como Cristo cumplió la redención en la pobreza y en la persecución, así la Iglesia es llamada a seguir ese mismo camino para comunicar a los hombres los frutos de la salvación. Cristo Jesús, "existiendo en la forma de Dios, se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo" (Filp., 2, 6) y por nosotros "se hizo pobre, siendo rico" (2 Cor., 8, 9); así la Iglesia aunque en el cumplimiento de su misión exige recursos humanos, no está constituida para buscar la gloria de este mundo, sino para predicar la humildad y la abnegación incluso con su ejemplo. Cristo fue enviado por el Padre a "evangelizar a los pobres, y levantar a los oprimidos" (Lc., 4, 18), "para buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc., 19, 10); de manera semejante la Iglesia abraza a todos los afligidos por la debilidad humana, más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en aliviar sus necesidades, y pretende servir en ellos a Cristo. Pues mientras Cristo, santo, inocente, inmaculado (Heb., 7, 26) no conoció el pecado (2 Cor., 5, 21), sino que vino a expiar sólo los pecados del pueblo (cf. Heb., 2, 17), la Iglesia, recibiendo en su propio seno a los pecadores, santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación. La Iglesia "va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios"[14], anunciando la cruz y la muerte del Señor, hasta que El venga (cf. 1 Cor., 11, 26). Se vigoriza con la fuerza del Señor resucitado, para vencer con paciencia y con caridad sus propios sufrimientos y dificultades internas y externas, y manifiesta fielmente en el mundo el misterio de Cristo, aunque entre penumbras, hasta que al fin de los tiempos se descubra con todo esplendor.
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