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9.
HIJOS HUERFANOS DE PADRES VIVOS
Canto inicial.
Oración del Padre Nuestro.
Lectura de la Biblia.
"Por
eso dejará el hombre a su padre y su madre y se unirá a
su mujer, y los dos se harán una sola carne" (Mt 19,5).
Reflexión.
Graves
daños para los hijos.
El divorcio adquiere también su carácter inmoral a causa
del desorden que introduce en la célula familiar y en la sociedad.
Este desorden entraña daños graves: para el cónyuge,
que se ve abandonado; para los hijos, traumatizados por la separación
de los padres, y a menudo viviendo en tensión a causa de sus padres;
por su efecto contagioso, que hace de él una verdadera plaga social.
Conviene, pues, que la sociedad humana, y en ella las familias, que a
menudo viven en un contexto de lucha entre la civilización del
amor y sus antítesis, busquen su fundamento estable en una justa
visión del hombre y de lo que determina la plena "realización"
de su humanidad. Ciertamente contrario a la civilización del amor
es el llamado "amor libre", tanto o más peligroso porque
es presentado frecuentemente como fruto de un sentimiento "verdadero",
mientras de hecho destruye el amor.
¡Cuántas familias se han disgregado precisamente por el "amor
libre"! En cualquier caso, seguir el "verdadero" impulso
afectivo, en nombre de un amor "libre" de condicionamientos,
en realidad significa hacer al hombre esclavo de aquellos instintos humanos,
que santo Tomás llama "pasiones del alma". El "amor
libre" explota las debilidades humanas dándoles un cierto
"marco" de nobleza con la ayuda de la seducción y con
el apoyo de la opinión pública. Se trata así de "tranquilizar"
las conciencias, creando una "coartada moral". Sin embargo,
no se toman en consideración todas sus consecuencias, especialmente
cuando, además del cónyuge, sufren los hijos, privados del
padre o de la madre y condenados a ser de hecho huérfanos de padres
vivos.
Enraizada
en la donación personal y total de los cónyuges y exigida
por el bien de los hijos, la indisolubilidad del matrimonio halla su verdad
última en el designio que Dios ha manifestado en su Revelación:
Él quiere y da la indisolubilidad del matrimonio como fruto, signo
y exigencia del amor absolutamente fiel que Dios tiene al hombre y que
el Señor Jesús vive hacia su Iglesia.
Una
familia para quien carece de ella.
Las familias cristianas se abran con disponibilidad a la adopción
y acogida de aquellos hijos que están privados de sus padres o
han sido abandonados. Esos niños, encontrando el calor afectivo
de una familia, podrán experimentar la cariñosa y solícita
paternidad de Dios y crecer con serenidad y confianza en la vida.
Los huérfanos y los hijos privados de la asistencia de sus padres
o tutores deben gozar de una protección especial por parte de la
sociedad. En lo referente a la tutela o adopción, el Estado debe
procurar una legislación que facilite a las familias idóneas
acoger a los niños que tengan necesidad de cuidado temporal o permanente
y que al mismo tiempo respete los derechos naturales de los padres.
Los esposos que viven la experiencia de la esterilidad física,
deberán orientarse hacia esta perspectiva, rica para todos en valor
y exigencias. Las familias cristianas, que reconocen a todos los hombres
como hijos del Padre común de los cielos, irán al encuentro
de los hijos de otras familias, sosteniéndoles y amándoles
como miembros de la única familia de los hijos de Dios. Los padres
cristianos podrán así ensanchar su amor más allá
de los vínculos de la carne y de la sangre, estrechando los lazos
que se basan en el espíritu y que se desarrollan en el servicio
concreto a los hijos de otras familias, a menudo necesitados incluso de
los más necesario.
Reflexiones
del sacerdote o del animador.
Diálogo.
¿Dónde está la raíz del hecho de que tantos
niños sean, a menudo, "huérfanos de padres vivos"?
¿Se respeta el derecho de los hijos cuando los padres deciden el
divorcio?
¿Cuáles son los remedios para ayudar a los hijos "huérfanos
de padres vivos"? La adopción, la afiliación... y otras.
¿Cuáles?
Compromisos.
Ave María, Reina de la Familia, ruega por nosotros.
Oración de la Evangelium Vitae.
Canto Final.
 
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