5. RESPONSABILIDAD EN TRANSMITIR LA VIDA
Y PROTEGER LOS NIÑOS


Canto inicial.
Oración del Padre Nuestro.
Lectura de la Biblia.

"Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, macho y hembra los creó. Y bendíjolos Dios, y díjoles Dios: 'Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra'..." (Gen 1,27-28a).

Reflexión

El deber de transmitir la vida y educarla constituye la misión propia de los esposos.

Dios, el Señor de la vida, ha confiado a los hombres esta insigne misión de proteger la vida y salvaguardarla con extremo cuidado. La índole sexual del hombre y su facultad generativa superan admirablemente los otros ordenes de la naturaleza. Tal misión de transmitir la vida y educar a los hijos no se limita a este mundo sino que mira al destino eterno de los hombres.

Ser padre y madre.
La paternidad y maternidad responsables expresan un compromiso concreto que en el mundo actual presenta nuevas características. En particular, la paternidad y maternidad se refieren directamente al momento en que el hombre y la mujer, uniéndose "en una sola carne", pueden convertirse en padres. Este momento tiene un valor muy significativo, tanto por su relación interpersonal como por su servicio a la vida. Ambos pueden convertirse en procreadores 'padre y madre' comunicando la vida a un nuevo ser humano. Las dos dimensiones de la unión conyugal, la unitiva y la procreativa, no pueden separarse artificialmente sin alterar la verdad íntima del mismo acto conyugal.

El Concilio Vaticano II, particularmente atento al problema del hombre y de su vocación, afirma que la unión conyugal significada en la expresión bíblica "una sola carne" sólo puede ser comprendida y explicada plenamente recurriendo a los valores de la persona y de la entrega. Cada hombre y cada mujer se realizan en plenitud mediante la entrega sincera de sí mismo; y, para los esposos, el momento de la unión conyugal constituye una experiencia particularísima de ello. Es entonces cuando el hombre y la mujer, en la "verdad" de su masculinidad y femineidad, se convierten en entrega recíproca. Toda la vida del matrimonio es entrega, pero esto se hace singularmente evidente cuando los esposos, ofreciéndose recíprocamente en el amor, realizan aquel encuentro que hace de los dos "una sola carne" (Gen 2,24).

Momento de especial responsabilidad.
Ellos viven entonces un momento de especial responsabilidad, incluso por la potencialidad procreativa vinculada con el acto conyugal. En aquel momento, los esposos pueden convertirse en padre y madre, iniciando el proceso de una nueva existencia humana que después se desarrollará en el seno de la mujer. Es ella la primera que se da cuenta de que es madre y el hombre toma conciencia, mediante el testimonio de ella, de ser padre. El hombre debe reconocer y aceptar el resultado de una decisión que también ha sido suya. ¿Cómo podría el hombre no hacerse cargo de ello? Es necesario que ambos, el hombre y la mujer, asuman juntos, ante sí mismos y ante los demás, la responsabilidad de la nueva vida suscitada por ellos.
Sexualidad responsable.

Ser cooperadores de Dios en transmitir la vida comporta responsabilidad en el ejercicio de la sexualidad. Por razones justificadas, los esposos pueden querer espaciar los nacimientos de sus hijos.

En este caso, deben cerciorarse de que su deseo no nace del egoísmo, sino que es conforme a la justa generosidad de una paternidad responsable. El carácter moral de la conducta, cuando se trata de conciliar el amor conyugal con la transmisión responsable de la vida, no depende sólo de la sincera intención y la apreciación de los motivos, sino que debe determinarse a partir de criterios objetivos, tomados de la naturaleza de la persona y de sus actos; criterios que conserven íntegro el sentido de la donación mutua y de la procreación humana. La continencia periódica, los métodos de regulación de nacimientos fundados en la auto observación y el recurso a los períodos infecundos son conformes a los criterios objetivos de la moralidad . En este contexto la pareja experimenta que la comunión conyugal es enriquecida por aquellos valores de ternura y afectividad, que constituyen el alma profunda de la sexualidad humana, incluso en su dimensión física.

Reflexiones del sacerdote o del animador.

Diálogo.
¿Por qué el recíproco don de los cónyuges está orientado y abierto hacia la vida? La Encíclica Humanae Vitae ha defendido la pareja de la intervención de los poderes públicos. ¿Por qué?
¿Cuales son los valores que inspiran los métodos de regulación natural de la fertilidad? ¿Cómo transmitirlos a los jóvenes, a los novios, a los esposos?

Compromisos.
Ave María, Reina de la Familia, ruega por nosotros..

Oración de la Evangelium Vitae.
Canto Final.