4. PATERNIDAD-MATERNIDAD,
PARTICIPACION EN LA CREACION


Canto inicial.
Oración del Padre Nuestro.
Lectura de la Biblia.

"Dijo luego Yahveh Dios: 'No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada...'. De la costilla que Yahveh Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces éste exclamó: 'Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada mujer, porque del varón ha sido tomada'" (Gen 2,18.22-23).

Reflexión.

A imagen y semejanza.
El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de los hijos. Ellos son el don excelentísimo del matrimonio y contribuyen en gran modo al bien de los mismos padres. El mismo Dios, que dijo: "No es bueno que el hombre esté solo" (Gen 2,18) y "que los creó desde el principio varón y hembra" (Mt 19,4), queriendo comunicarles una participación especial en su propia obra creadora, los bendijo diciendo: "creced y multiplicaos" (Gen 1,28). Así pues, los cónyuges saben que son cooperadores del amor de Dios creador y son como sus intérpretes. Tal colaboración no se refiere sólo al aspecto biológico; sino más bien a que en la paternidad y maternidad humanas Dios mismo está presente de un modo diverso de como lo está en cualquier otra generación "sobre la tierra". En efecto, solamente de Dios puede provenir aquella "imagen y semejanza", propia del ser humano, como sucedió en la creación. La generación es, por consiguiente, la continuación de la creación.

Colaboradores de Dios.
Se trata pues de una participación del hombre en la soberanía de Dios que manifiesta también la responsabilidad específica que le es confiada en relación con la vida propiamente humana. Es una responsabilidad que alcanza su vértice en el don de la vida mediante la procreación por parte del hombre y la mujer en el matrimonio.

Hablando de una participación especial del hombre y de la mujer en la obra creadora de Dios, el Concilio Vaticano II destaca cómo la generación de un hijo es un acontecimiento profundamente humano y altamente religioso, en cuanto implica a los cónyuges que forman "una sola carne" (Gen 2, 24) y también a Dios mismo que se hace presente. Precisamente en esta función como colaboradores de Dios que transmiten su imagen a la nueva criatura, está la grandeza de los esposos dispuestos a cooperar con el amor del Creador y Salvador, que por medio de ellos aumenta y enriquece su propia familia cada día más. Así, el hombre y la mujer unidos en matrimonio son asociados a una obra divina: mediante el acto de la procreación, se acoge el don de Dios y se abre al futuro una nueva vida. Sin embargo, más allá de la misión específica de los padres, el deber de acoger y servir la vida incumbe a todos y ha de manifestarse principalmente con la vida que se encuentra en condiciones de mayor debilidad. Todo lo que se hace a uno de ellos se hace a Cristo mismo (cf. Mt 25,31-46).

Reflexiones del sacerdote o del animador.
Diálogo.
¿Qué quiere decir ser colaboradores de Dios? ¿Hay una responsabilidad propia de los padres? ¿Cuál es? Además de los padres ¿quie
nes más participan de esta responsabilidad?

Compromisos.

Ave María, Reina de la Familia, ruega por nosotros.
Oración de la Evangelium Vitae.
Canto Final.