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2.
LOS HIJOS: SIGNO Y FRUTO
DEL AMOR CONYUGAL
Canto
inicial.
Oración del Padre Nuestro.
Lectura de la Biblia.
"La
herencia de Yahveh son los hijos, recompensa el fruto de las entrañas...
Dichoso el hombre que ha llenado de ellas su aljaba; no quedará
confuso cuando tenga pleito con sus enemigos en la puerta" (Sal 127,3.5).
Reflexión.
La
imagen divina en el hombre.
Dios, con la creación del hombre y de la mujer a su imagen y semejanza,
corona y lleva a la perfección la obra de sus manos; los llama
a una especial participación en su amor y al mismo tiempo en su
poder de Creador y Padre, mediante su cooperación libre y responsable
en la transmisión del don de la vida humana. El cometido fundamental
de la familia es el servicio a la vida, el realizar a lo largo de la historia
la bendición original del Creador, transmitiendo en la generación
la imagen divina de hombre a hombre (Cfr. Gén 5,1-3).
La
fecundidad es el fruto y el signo del amor conyugal, el testimonio vivo
de la entrega plena y recíproca de los esposos: El cultivo auténtico
del amor conyugal y toda la estructura de la vida familiar que de él
deriva, sin dejar de lado los demás fines del matrimonio, tienden
a capacitar a los esposos para cooperar con fortaleza de espíritu
con el amor del Creador y del Salvador, quien por medio de ellos aumenta
y enriquece diariamente su propia familia. La fecundidad del amor conyugal
no se reduce a la sola procreación de los hijos, aunque sea entendida
en su dimensión específicamente humana: se amplía
y se enriquece con todos los frutos de vida moral, espiritual y sobrenatural
que el padre y la madre están llamados a dar a los hijos y, por
medio de ellos, a la Iglesia y al mundo. La doctrina de la Iglesia sobre
la transmisión de la vida se encuentra hoy en una situación
social y cultural que la hace a la vez más difícil de comprender
y más urgente e insustituible para promover el verdadero bien del
hombre y de la mujer.
Lógica
del don.
Cuando el hombre y la mujer, en el matrimonio, se entregan y se reciben
recíprocamente en la unidad de "una sola carne", la lógica
de la entrega sincera entra en sus vidas. Sin aquélla, el matrimonio
sería vacío, mientras que la comunión de las personas,
edificada sobre esa lógica, se convierte en comunión de
los padres. Cuando transmiten la vida al hijo, un nuevo "tú"
humano se inserta en la órbita del "nosotros" de los
esposos, una persona que ellos llamarán con un nombre nuevo: "nuestro
hijo...; nuestra hija...". "He adquirido un varón con
el favor del Señor" (Gén 4,1), dice Eva, la primera
mujer de la historia. Un ser humano, esperado durante nueve meses y "manifestado"
después a los padres, hermanos y hermanas. El proceso de la concepción
y del desarrollo en el seno materno, el parto, el nacimiento, sirven para
crear como un espacio adecuado para que la nueva criatura pueda manifestarse
como "don". Así es, efectivamente, desde el principio.
¿Podría, quizás, calificarse de manera diversa este
ser frágil e indefenso, dependiente en todo de sus padres y encomendado
completamente a ellos? El recién nacido se entrega a los padres
por el hecho mismo de nacer. Su vida es ya un don, el primer don del Creador
a la criatura.
El
hijo no es un derecho de los padres.
El hijo no es un derecho sino un don. El don más excelente del
matrimonio es una persona humana. El hijo no puede ser considerado como
un objeto de propiedad, a lo que conduciría el reconocimiento de
un pretendido "derecho al hijo". A este respecto, sólo
el hijo posee verdaderos derechos: el de ser el fruto del acto específico
del amor conyugal de sus padres, y tiene también el derecho a ser
respetado como persona desde el momento de su concepción. Por tanto
además de rechazar la fecundación heteróloga, la
Iglesia es contraria desde el punto de vista moral a la fecundación
homóloga in vitro, es decir entre los mismos esposos; ésta
es en sí misma ilícita y contraria a la dignidad de la procreación
y de la unión conyugal.
Reflexiones
del sacerdote o del animador.
Diálogo.
¿Por qué el único lugar digno para procrear una persona
humana es el acto conyugal? ¿Los hijos enriquecen el bien de los
padres?
¿Cuál es la diferencia entre ser concebido de modo natural
y ser
"producto" como un objeto? ¿Existe algún derecho
del niño al respecto?
Compromisos.
Ave María, Reina de la Familia, ruega por nosotros.
Oración de la Evangelium Vitae.
Canto Final.
 
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