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INDISOLUBILIDAD
DEL MATRIMONIO:
"LO QUE DIOS HA UNIDO"
Card.
Francisco Javier Errázuriz Ossa
Carta pastoral sobre la estabilidad e indisolubilidad
del matrimonio, del Cardenal Arzobispo de Santiago Francisco Javier Errázuriz
Ossa a las familias, a los sacerdotes y diáconos, a los religiosos,
religiosas y demás personas consagradas, a los agentes pastorales,
como también a todos los demás miembros de esta porción
del Pueblo de Dios, y a disposición de quienes se interesan por
el bien de la familia en nuestra Patria.
"LO
QUE DIOS HA UNIDO"
Queridos hermanos y hermanas en Cristo,
Hace
muy pocas semanas les escribí una carta pastoral sobre la espiritualidad
de la comunión, que es el alma de toda comunidad cristiana; también
el alma de nuestro esfuerzo por construir una sociedad unida y solidaria.
Lleva por título palabras de Nuestro Señor que son una gracia
a la vez que una misión: "Permaneced en mi amor".
Hacia el final compartía con Uds. algo que constatamos a diario:
"nuestra Patria lleva en su alma un sueño de felicidad";
"Chile anhela que todos tengan una familia, y que ésta sea
un santuario de la vida, un hogar de fidelidad y esperanza, un espacio
interior de amor, de confianza y de paz".
Hoy
pesa sobre mí el imperioso deber pastoral de escribirles nuevamente,
para reafirmar una de las condiciones más importantes para realizar
este sueño. Debo invitarles a reflexionar acerca de la estabilidad
e indisolubilidad del matrimonio, fundamento de la familia.
I.
INTRODUCCION
Tres
son las circunstancias que me mueven a escribirles sobre la estabilidad
del matrimonio y de la familia. Es muy dolorosa la herida que sangra en
nuestra sociedad porque los hijos y los esposos, en un gran número
de hogares, no gozan del amor estable que tanto anhelan.
Por
otra parte, los proyectos de ley que estudia el Senado nos obligan a considerar
nuevamente esta materia. También hemos de hacerlo, porque cambian
los valores en nuestra sociedad, como efecto de una comunicación
mundializada.
Los
tiempos cambian Es inevitable analizar los aspectos más vulnerables
y discutidos de la estabilidad del compromiso matrimonial. En el paso
al nuevo milenio y a una nueva época de la historia, que ocurre
en el contexto dinámico de la globalización cultural, se
plantean numerosos interrogantes a los valores que caracterizan nuestra
tradición cultural. ¿Cuáles expresan nuestra identidad,
y debemos fortalecer y vivificar? ¿Qué costumbres y ordenamientos
jurídicos ya no corresponden a una percepción más
acabada de los derechos humanos y del bienestar para todos, y deben ser
modificados? ¿Cómo es esa nueva síntesis que, respetando
y fortaleciendo las raíces culturales de nuestro pueblo, elabora
y asimila valiosos elementos que aportan los nuevos tiempos?
Pienso en esa síntesis que hará de nuestra cultura un árbol
capaz de crecer con vigor en tiempos tranquilos y tormentosos y de producir
excelentes frutos para todos los chilenos, no menos que valiosos bienes
culturales para el intercambio con otros pueblos. Estas preguntas son
ineludibles; también cuando se refieren al matrimonio.
El
dolor de muchos hogares permanece
Era necesario escribir sobre este tema porque, junto con constatar la
alegría de muchísimos matrimonios que son santuarios de
la vida, comparto el dolor de todos los sacerdotes y diáconos y
de tantos otros agentes pastorales que palpan, día a día,
el sufrimiento de muchos hogares donde no se vive con amor y de muchos
otros que no logran la estabilidad que desean y corren peligro de deshacerse.
Escuchamos de maridos que se fueron, sumiendo en la desesperación
y en la pobreza a la esposa y a los hijos, y tantos otros relatos, a veces
desgarradores. Hay algo en nuestra cultura y en la formación de
los jóvenes que está mal. Hay costumbres y convenciones
sociales que dañan a la familia y a los hijos. No podemos pasar
por alto este problema, que requiere una solución global y cuyas
repercusiones son tal vez las más graves. La realidad nos impone
una tarea trascendente. La carta pastoral que les escribo quiere ser un
primer impulso para responder a ese desafío.
Una
nueva legislación
Hay además otra razón por la cual urge una reflexión
acerca de este tema. El Senado de la República discute proyectos
de ley sobre el matrimonio civil. El tema suscita un debate apasionado,
porque incluye el propósito de aprobar el divorcio vincular, un
verdadero "dogma de la modernidad", y de acabar así con
la indisolubilidad del matrimonio, uno de los valores más queridos
para un sinnúmero de chilenos, particularmente para nuestra Iglesia.
Acerquémonos
entonces al tema con amor a la verdad y con serenidad, con mucha paz en
el corazón, para obtener de Dios la luz que el espíritu
busca y necesita. Se trata de optar por los caminos de la vida y la felicidad,
sobre los cuales reposa la bendición de Dios.
El
objetivo de esta carta pastoral
Con esta carta pastoral quisiera dejar en manos de Uds. diversas razones
por las cuales como Conferencia Episcopal hemos pedido unánime
y encarecidamente que se valore una de las cualidades esenciales del matrimonio,
la de unir al hombre y a la mujer para toda la vida. Esta es la doctrina
de la Iglesia. En efecto, su Magisterio nos enseña que la indisolubilidad
es una propiedad esencial del matrimonio ya en el orden natural, y que
ella alcanza en el matrimonio cristiano una particular firmeza por razón
del sacramento. Con esta carta me propongo confiarles la enseñanza
de Jesucristo, propuesta una y otra vez a los largo de los siglos y de
los últimos decenios por el Magisterio de la Iglesia, valiéndome
principalmente de recientes discursos de Su Santidad, Juan Pablo II, sobre
la materia, como también de su Exhortación Apostólica
"Familiaris Consortio". Es preciso que reflexionemos sobre este
tema, nos confrontemos con su verdad y su significado y desprendamos las
consecuencias que corresponden.
II.
UNA ENCRUCIJADA EN EL CAMINO
Nuestra
realidad familiar es débil y está amenazada
Antes de entrar de lleno en materia, les pido que tomemos conciencia de
un hecho. Si bien es cierto que la familia es, a mucha distancia, el bien
más apreciado por nosotros los chilenos, no es menos cierta la
debilidad de nuestra realidad familiar. En nuestra Patria es muy alto
el porcentaje de chilenos que cuentan con un hogar en el cual sólo
uno de los padres comparte la vida con sus hijos; las más de las
veces, tan sólo la madre. Es muy elevado el número de hogares
en los cuales hay familiares que sufren la violencia, de palabra o de
hecho, que desata uno o más de sus miembros. Son muchísimas
las familias que viven en casas o piezas demasiado estrechas; no pocas
comparten el mismo lecho. Esto no las ayuda a construir el respeto, la
intimidad y la confianza entre sus miembros. Es más, la vivienda
tan reducida favorece la vida en la calle de numerosos hijos y sus perniciosas
consecuencias.
También
es doloroso comprobar que en todas las comunas un gran número de
jóvenes y adultos no tienen empleo, lo que daña la dignidad
del jefe o la jefa de hogar y hiere a la familia. A esto se agregan las
ausencias prolongadas de los padres por motivos de trabajo -debido a las
grandes distancias, los horarios, los trabajos dominicales-, que también
dañan y, a veces, hasta destruyen el calor de la convivencia y
la unidad familiar.
Por
otra parte, es muy alto el porcentaje de hogares que son fruto de una
mera convivencia. No tienen por fundamento el matrimonio, y viven expuestos
permanentemente a la separación y el abandono. Entre amigos y familiares
son también numerosos los cónyuges que gozan de nuestro
aprecio y cariño cuyas crisis matrimoniales terminaron en rupturas,
frecuentemente con un dolor desgarrador para todos, particularmente para
los hijos. Después, entre incertidumbres y esperanzas, con variada
fortuna, un número considerable de ellos ha sellado nuevas uniones.
El
divorcio, ¿una manera de reconstruir la esperanza?
Tomemos conciencia también de las motivaciones que existen para
dar solución jurídica a los problemas matrimoniales. Nos
estremece el sufrimiento; ¡cómo quisiéramos ahorrárselo
también a los seres más queridos! Nos indigna el abandono
que puede sufrir un familiar, que muchas veces sentimos tan injusto y
humillante. Nos conmueve ver a niños que quedan interiormente divididos
cuando se divide el hogar. Y entre nosotros más de alguien piensa
que es natural que todos tengan una nueva familia si fracasó la
primera, y que después de una ruptura nadie podrá gozar
de la felicidad que ofrece este mundo, si no establece una relación
conyugal con otra persona.
Considerando numerosas situaciones individuales que conmueven Profundamente,
una gran cantidad de chilenos piensa en la posibilidad del divorcio como
una manera de procurar el bien de quien ha sufrido la ruptura y de sus
hijos, como también de reconstruir la esperanza, pero sin considerar
suficientemente que el divorcio es un mal en sí mismo, tampoco
sus consecuencias en toda la sociedad, ni menos el futuro de la institución
familiar y el bien de las generaciones futuras. Una corriente cultural
que cobra fuerza entre nosotros. Esta manera de pensar se refuerza con
un rasgo central de una corriente cultural que ha cobrado fuerza entre
nosotros. Ella centra toda su atención que como ser social que
vive con otros, de otros y para otros; más en la realización
propia más en la persona como individuo que en el servicio a los
demás; más en la plena libertad de cada uno que en los compromisos
que asume; más en los derechos que en las obligaciones; más
en la actualidad del hoy que en la permanencia del siempre; más
en la experiencia que en la verdad; más en el placer del momento
que en la renuncia conducente a una mayor felicidad. En esta corriente
aflora una reacción vigorosa contra la preponderancia del bien
común, cuando éste prescinde erradamente del bien individual;
reacción también contra una manera de entender las obligaciones,
que no da cabida a la libertad. Expresa asimismo un rechazo contra una
manera de insistir en la verdad, que olvida la experiencia humana y el
gozo.
Sin
embargo, en sus expresiones extremas, no dará buenos frutos la
sobrevaloración del hoy, del placer, de la experiencia, de los
propios derechos, de la realización personal y de la indomable
libertad. No se puede inmolar la verdad, la lealtad, los compromisos asumidos,
el trabajo constante, el servicio abnegado ni la renuncia que busca bienes
superiores; tampoco la entrega a un tú ni el amor gratuito e incondicional
que gesta una familia. Los que optan por sacrificar estas dimensiones
de la vida construyen obstáculos insalvables a la generosidad de
una madre, que siempre privilegia al niño; a la responsabilidad
de un padre, que nunca debe abandonar a los suyos, ni espiritual ni físicamente;
y a la unión y fidelidad de los esposos en un "nosotros",
colmado de benevolencia, de aceptación mutua, de donación
de sí y de solidaridad, precisamente para toda la vida. No es de
extrañar que esta corriente cuestione actualmente la estabilidad
e indisolubilidad de la alianza conyugal. No del matrimonio sacramento,
sino del matrimonio natural.
La
unión indisoluble, la casa y sus muros
Así como hay factores que debilitan la vida matrimonial, hay otros
que refuerzan su unidad. Reflexionemos sobre el vínculo conyugal
como un signo de la vocación de la familia, y consideremos las
ventajas que encierra la unión conyugal como unión indisoluble.
Para ello quisiera proponerles una comparación. No conocemos casas
sin muros exteriores. Ellos no impiden el contacto con la ciudad. Por
sus puertas entran los bienes de la cultura, de la amistad, del campo
y de la técnica. Pero las murallas son realmente necesarias para
delimitar y proteger el espacio interior.
La
característica distintiva del contrato matrimonial, de ser para
oda la vida, es comparable a los muros de la casa. De hecho, la estabilidad
cierta de los vínculos familiares contiene y da permanencia a todo
lo que es interior en el hogar, ya que acoge y protege la alegría
de los encuentros, el cariño y la confianza, la lealtad y la solidaridad,
los recuerdos y la nostalgia, el apoyo mutuo en las pruebas, las tareas,
las enfermedades y las desgracias, y los gestos renovados de gratitud,
perdón y misericordia. Permite al espíritu de familia alcanzar
su madurez, da a los hijos la experiencia de contar con el respaldo del
amor incondicional de sus padres, y asegura continuidad a su tarea educativa.
Es más, esos muros exteriores son necesarios para que crezca y
madure cuanto enriquece a la familia su relación con la sociedad,
y para fortalecer a sus miembros como constructores de la misma. Abren
un ambiente propicio al desarrollo de proyectos comunes y a la esperanza.
Para
los esposos y los hijos cuya convivencia está compenetrada por
la fe y constituyen una "iglesia doméstica" en la estabilidad
incondicional del espacio interior que anima el amor de los padres, siempre
habrá cabida para agradecer el pan de cada día, para orar
en los momentos de aflicción, para adquirir la fortaleza interior
que permite cumplir los encargos del Señor y para gustar la Palabra
de Dios como lo hacía la Virgen Santísima, contemplando
el paso del Señor por la historia y colaborando con él,
y dejando en su corazón el presente y los proyectos futuros. Esos
que realizaremos "si Dios quiere".
Es
claro, si no existiera más que la indisolubilidad, es decir, si
esos muros que dieron consistencia a la casa sólo protegieran un
ámbito de indiferencia, egoísmo, infidelidad, mentira, opresión
o violencia, vale decir, un ámbito en que se destruye la dignidad
de las personas, se cercenan los vínculos y se demuele la confianza,
la indisolubilidad sería sentida como una cadena que ata a una
cárcel. Sería todo lo contrario de su sentido auténtico.
En tales situaciones no es de extrañar que aflore la nostalgia
del proyecto de Dios, que fundó la familia no como una casa de
enemistad y destrucción, sino de comunión; no como una escuela
de desarraigos, inseguridades y adicciones, sino de salud, de paz y de
amistad; no como un taller del desconcierto y la desesperanza. La necesitamos
como una escuela en la cual el ejemplo de los padres y de los hijos se
constituye en ruta de esperanza para todos, en un lenguaje vivo y comprensible
sobre el
sentido de la vida y sobre el compromiso con los necesitados, y en una
vivencia del amor fiel y fecundo de Dios, que quiere ser comunicada a
otros.
Con
esperanza, misericordia y espíritu constructivo
Tengamos presente los dolorosos problemas de numerosísimos hogares
y sus carencias, que día a día salen a nuestro encuentro,
las corrientes valóricas que se abren espacio entre nosotros, como
asimismo el sueño de tantos chilenos y los frutos del matrimonio
para siempre. En este contexto vivo, los invito a tratar el tema de la
indisolubilidad del matrimonio con mucha esperanza, confiando en la gracia
y el amor de Dios; con mucho respeto y misericordia, recordando a todos
los que sufren dolorosas situaciones en sus hogares; y con la decisión
más vigorosa de impulsar múltiples iniciativas en bien de
la familia, de manera que se multipliquen aquellas que sean santuarios
de la vida, del respeto y de la paz.
III.
UNA NUEVA LEGISLACIÓN PARA EL MATRIMONIO CIVIL
Hay
problemas reales para un proyecto de ley Ciertamente los proyectos de
ley que estudia el Senado quieren hacerse cargo de numerosos problemas
reales que afectan a los esposos y a los hijos. En efecto, es necesaria
una nueva ley que se ocupe, por ejemplo, de la preparación al matrimonio,
de las condiciones que deben ser cumplidas para celebrar válidamente
el compromiso conyugal, de su misma celebración y de las razones
por las cuales cabe dictar la separación entre los esposos; que
se ocupe también de los deberes que permanecen después de
establecida la separación, de las causas por las cuales un matrimonio
fue nulo desde un comienzo y posteriormente debe ser declarado inexistente,
de las instancias que deben ayudar para superar las crisis que pueden
terminar en rupturas definitivas, como también de los hogares que
surgen después de una ruptura irreparable. Pero el proyecto que
se estudia no trata tan sólo de los asuntos enumerados. Lo que
despierta el mayor debate es la introducción del divorcio en nuestra
legislación, como un instrumento para dar solución a las
dolorosas situaciones de ruptura definitiva.
Pero
no hay lugar para confusiones
Hay quienes tratan de quitarle importancia a este hecho, argumentando
que en Chile ya existe el divorcio, puesto que las declaraciones fraudulentas
de nulidad deshacen matrimonios válidamente contraídos.
Pero una cosa es una acción basada en declaraciones falsas, que
finge la disolución de un matrimonio válido, y otra cosa
es introducir en nuestra legislación, por primera vez, una herramienta
jurídica para disolver matrimonios válidos, a saber, el
divorcio.
Está
en juego la naturaleza del matrimonio
Las situaciones de ruptura definitiva existen. Y, sin lugar a duda, surgen
derechos y deberes entre quienes toman la decisión de comprometerse
con otra persona, formar un nuevo hogar con ella, y tener hijos de esta
unión. Cuando esta realidad se presenta con frecuencia, la ley
debe hacerse cargo de ella. Pero una cosa es buscar las soluciones legales
más adecuadas para estas situaciones particulares, y otra introducir
el divorcio, negando la indisolubilidad del matrimonio y estableciendo
además que "la acción de divorcio es irrenunciable",
esto es, desnaturalizando la definición del contrato conyugal.
No hay que equivocarse, lo que está en juego con la nueva legislación
es nada menos que la misma naturaleza del matrimonio: lo que entendemos
por matrimonio y por el bien de los esposos, de los hijos y de las familias,
con todas las demoledoras consecuencias que puede entrañar una
comprensión equivocada de lo que es la célula básica
de la sociedad.
Para
toda la vida, ¿es sólo la intención de quienes se
casan? Antes de continuar con esta exposición, detengámonos
en el significado de la palabra "indisolubilidad". Digamos,
en primer lugar, que la persona humana tiene la capacidad de comprometerse
libremente para toda la vida, y que tomar tales decisiones es parte de
su vocación humana. Es más, la fidelidad durante toda la
vida a la palabra empeñada la ennoblece. Y en Chile, gracias a
Dios, casi todos los novios que contraen matrimonio, civil o religioso,
llegan a esa hora solemne con una intención clara: quieren casarse
para toda la vida. En nuestra cultura no se designaría matrimonio
a una unión por poco tiempo, o carente de la voluntad de forjar
una comunidad humana para siempre. Ahora bien, la indisolubilidad, como
propiedad del matrimonio natural, agrega algo más a la mera intención
de unirse en matrimonio para siempre. Expresa que, entre los diversos
tipos de contrato existe uno, el contrato conyugal, que tiene constitutivamente
una característica propia: la de ser para toda la vida. Y como
el contrato mismo tiene esta propiedad esencial, no hay autoridad humana
que lo pueda disolver, es indisoluble.
Dos
definiciones incompatibles entre sí
Hasta ahora nuestra legislación se ha basado en una noción
de contratoconyugal según la cual en el matrimonio hay bienes y
propiedades esenciales. Los bienes de la alianza conyugal, desde el mismo
orden natural, son la unión y el apoyo entre los esposos, como
asimismo los hijos que de ésta nacerán. Sus propiedades
esenciales son la unidad (llamada también unicidad) y la indisolubilidad,
vale decir, la unión de un solo varón con una sola mujer,
y su permanencia en el tiempo hasta la muerte. Todos estos elementos están
en la definición que Andrés Bello estampó en nuestro
Código Civil el año 1855: "El
matrimonio es un contrato solemne por el cual un hombre y una mujer se
unen actual e indisolublemente, y por toda la vida, con el fin de vivir
juntos, de procrear, y de auxiliarse mutuamente".
Sin
afán de polemizar, propongo a todos los católicos y a las
personas que se sientan interpretadas por la definición que nos
legó don Andrés Bello, que comparen esa definición,
que todavía rige en Chile, con la idea de matrimonio que aparece
en el Mensaje del Ejecutivo, presentada hace pocos meses como el fundamento
de las indicaciones al proyecto de ley que estudia el Senado. Ella desdibuja
uno de las realidades fundantes de nuestra sociedad. El Mensaje dice que
el matrimonio es "la formalización de una unión heterosexual,
con voluntad de permanencia, ante un representante del poder público".
Aquí ya no se trata de la promesa con la cual los cónyuges
sellan su alianza, ni de un contrato, sino de una mera unión. No
se extiende por toda la vida ni se menciona la indisolubilidad, puesto
que no se dice qué permanencia deba tener en el tiempo. Por último,
nada se expresa sobre la finalidad de esta unión heterosexual.
En efecto, con una definición tan abierta podría prescindirse
de la vida en común, de la procreación y del auxilio mutuo.
Como finalidad, podría bastar una meta comercial.
IV.
LA ENSEÑANZA DE JESUS
Lo
que Dios ha unido
Como escribo a quienes comparten la misma fe en Jesucristo, me referiré
en primer lugar a sus palabras. Más adelante reflexionaremos sobre
otros argumentos que no precisan la fe. El Santo Padre, para dar "una
respuesta válida y exhaustiva" al tema de la indisolubilidad,
nos expresa que: "es necesario partir de la palabra de Dios. Pienso
concretamente en el pasaje del evangelio de san Mateo que recoge el diálogo
de Jesús con algunos fariseos, y después con sus discípulos,
acerca del divorcio (cf. Mt 19, 3-12). Jesús supera radicalmente
las discusiones de entonces sobre los motivos que podían autorizar
el divorcio, afirmando: "Moisés, teniendo en cuenta la dureza
de vuestro corazón, os permitió repudiar a vuestras mujeres;
pero al principio no fue así" (Mt 19, 8)". Poco antes
Cristo había dicho: "¿No habéis leído
que el Creador desde el comienzo les hizo varón y mujer y dijo:
"a causa de esto dejará el hombre a su padre y a su madre
y se unirá a su mujer, y serán los dos ( ...) una sola carne,
de suerte que ya no son dos, sino una sola carne"? Lo que Dios, pues,
unió no lo separe el hombre" (v. 4-6).
El
Santo Padre comenta así estas palabras de Cristo sobre el matrimonio
en el orden natural: "Según la enseñanza de Jesús,
es Dios quien ha unido en el vínculo conyugal al hombre y a la
mujer. Ciertamente esta unión tiene lugar a través del libre
consentimiento de ambos, pero este consentimiento humano se da a un designio
que es divino". Como la unión conyugal es para siempre por
designio divino, al aceptarse mutuamente los esposos para toda la vida,
también dan su consentimiento a ese designio de Dios, que los une
para siempre, sin que hombre alguno los pueda separar. Con sus palabras
el Papa transmite la enseñanza del Concilio Vaticano II: "Fundada
por el Creador y en posesión de sus propias leyes, la íntima
comunidad conyugal de vida y amor está establecida sobre la alianza
de los cónyuges, es decir, sobre su consentimiento personal e irrevocable.
Así, del acto humano, por el cual los esposos se dan y se reciben
mutuamente, nace, aun ante la sociedad, una institución confirmada
por la ley divina".
No
es una unión cualquiera
Pero, ¿dónde dejó escrita Dios esta voluntad suya?
A esta pregunta responde el Papa, diciendo que ese designio se halla inscrito
en la dimensión natural de la unión, agregando más
concretamente, que es "la naturaleza del hombre modelada por Dios
mismo, la que proporciona la clave indispensable de lectura de las propiedades
esenciales - que son la unidad y la indisolubilidad - del matrimonio".
Dios dejó escrito este designio suyo en la naturaleza del tipo
de relación que se crea entre los esposos cuando sellan entre sí
una alianza, y establecen así una íntima comunión
conyugal que "hunde sus raíces en el complemento natural que
existe entre el hombre y la mujer, y se alimenta mediante la voluntad
personal de los esposos de compartir todo su proyecto de
vida, lo que tienen y lo que son; por esto tal comunión es el fruto
y el signo de una exigencia profundamente humana". "Esta unión
íntima, en cuanto donación mutua de dos personas, lo mismo
que el bien de los hijos, exigen la plena fidelidad de los cónyuges
y reclaman su indisoluble unidad". Así, "el matrimonio
no es una unión cualquiera entre personas humanas, susceptible
de configurarse según una pluralidad de modelos culturales. El
hombre y la mujer encuentran en sí mismos la inclinación
natural a unirse conyugalmente". Como este designio divino está
inmerso en las exigencias de la naturaleza, corresponde a las aspiraciones
más profundas del corazón humano, y a él "se
han conformado innumerables hombres y mujeres de todos los tiempos y lugares,
también antes de la venida del Salvador, y se conforman después
de su venida muchos otros, incluso sin saberlo. Su libertad se abre al
don de Dios, tanto en el momento de casarse como durante toda su vida
conyugal".
Un
dato intrínseco: "No lo separe el hombre"
Como hemos visto, la indisolubilidad no es una ley extrínseca al
matrimonio. Por el contrario, ella "se inscribe en el ser mismo del
matrimonio", que es "una unión que implica a la persona
en la actuación - diríamos, plena - de su estructura relacional
natural", es decir, de la manera de ser, natural e intrínseca,
de la relación conyugal. Por eso, el "ulterior fortalecimiento
(de las propiedades esenciales del matrimonio, es decir, de la unidad
y laindisolubilidad) en el matrimonio cristiano a través del sacramento,
se apoya en un fundamento de derecho natural, sin el cual sería
incomprensible la misma obra salvífica y la elevación que
Cristo realizó una vez para siempre con respecto a la realidad
conyugal". La fe y la tradición de la Iglesia no han agregado
nada al matrimonio
natural al afirmar que es para toda vida. Lo que hace la Iglesia es reconocer
que esta propiedad emana de las mismas exigencias de la alianza matrimonial,
si bien ella tiene conciencia que "la seguridad que asiste a los
que siguen a Cristo acerca de la naturaleza del pacto conyugal la obtienen
sobre todo de la enseñanza de Nuestro Señor".
V.
UNA VERDAD ASEQUIBLE A LA RAZON
Como
toda realidad del orden natural
Las palabras de Jesús dan "una respuesta válida y exhaustiva"
a este tema. En ellas él quiso dejar atrás toda duda sobre
la voluntad del Padre acerca del matrimonio antes de toda realidad sacramental.
El Señor confirma así que estamos ante una realidad del
orden natural. Por eso escribía la Conferencia Episcopal a fines
del año pasado: "No es nuestra intención convencer
mediante un dato de la revelación de Dios a quienes no comparten
nuestra fe; tampoco imponer una verdad, a pesar de considerarla decisiva
para el bien de las familias, los esposos, los hijos y la sociedad. En
realidad, se trata de verdades asequibles a nuestra capacidad de razonar.
No es necesaria la fe para fundamentar el anhelo del ser humano de vivir
en familia, ni para pensar que la alianza matrimonial entre un hombre
y una mujer es el fundamento de la familia, y que la característica
decisiva de esta alianza es la de ser sellada para siempre". Agregábamos:
"a la hora de legislar sobre esta materia, estimamos necesario que
se reflexione sobre la naturaleza del pacto conyugal, y que se tome en
cuenta el mal que ha producido en incontables familias y pueblos la introducción
del divorcio".
También
para quienes no comparten nuestra fe
Por consiguiente, queridos hermanos y hermanas de la Arquidiócesis,
cuando Uds. tengan que proponer la indisolubilidad del matrimonio a personas
que no comparten nuestra fe, es necesario proporcionar argumentos que
sean asequibles a ellas, ya sea de orden antropológico, sociológico,
jurídico, económico, etc. La verdad que proponemos, "como
todo el mensaje cristiano, está destinada a los hombres y mujeres
de todos los tiempos y lugares". Es cierto que hay diversas culturas,
y que ellas desentrañan y expresan desde distintos ángulos,
con sus ideas y sus costumbre, la riqueza extraordinaria del ser humano.
Pero ya nadie dirá que en los miembros de una etnia poco conocida
no se encuentre la misma esencia del ser humano que en un holandés
o un inglés. Igual cosa ocurre con el matrimonio, que expresa precisamente
las características esenciales de la unión conyugal entre
un hombre y una mujer. En cuanto a la esencia del matrimonio no puede
introducirse una ideologización, como si existieran diversos conceptos
igualmente válidos, según diferentes parámetros culturales.
Si bien es cierto que hay uniones que se asemejan al matrimonio (precisamente
porque hacia él tiende la relación íntima, con voluntad
de permanencia, entre el hombre y la mujer), el concepto esencial y pleno
es uno, al cual podemos llegar también con la razón mediante
un trabajo desapasionado, intenso, constante e interdisciplinario.
Es
cierto que en tiempos revueltos como los nuestros es leal y sencilla la
"fe del carbonero", que afirma lo que la Iglesia cree y el Magisterio
enseña, simplemente porque él lo enseña. Pero no
es menos cierto que debemos estar siempre dispuestos a dar respuesta a
todo el que nos pida razón de nuestra esperanza. Sobre todo quienes
tienen mayor responsabilidad por la cultura y por la misma sociedad, necesitan
formarse para ser capaces de comprender las razones de nuestra doctrina:
aquellas que provienen realmente de la fe, como en este caso, y aquellas
que proporciona la razón, también como en este caso. Sólo
así estaremos en condición de dialogar con quienes no comparten
con nosotros esa rica fuente de sabiduría que es la Revelación.
Dejemos
hablar al orden propio de la naturaleza
No es difícil encontrar numerosos signos que hablan de esta nota
característica del contrato conyugal, que configura una inclinación
dominante de la naturaleza. Tomemos uno de ellos: prácticamente
todos los novios llegan al matrimonio con la intención de compartir
unidos y con hijos no una parte de la vida, sino toda la vida, hasta que
la muerte los separe. El fenómeno es tan universal, que no se explica
adecuadamente sólo como una suma de innumerables decisiones personales.
Más bien muestra que este tipo de donación y compromiso
mutuo "es" para toda la vida, y que así está inscrito
en el corazón de los novios. Veamos otro signo. Algo similar ocurre
con las expectativas de los hijos. Podrán desear que la unión
entre sus padres sea más gozosa, más pacífica y de
mayor diálogo, pero nunca querrán que se rompa la relación
entre ellos. Esta constatación es tan universal, que cabe postularla
como un dato de la naturaleza de la vida familiar. También la familia
se presenta como una comunidad de vínculos estables, para toda
la vida. Una tercera constatación arroja luz sobre el tema. Cuando
una persona ha pasado por todo el sufrimiento y las decepciones de una
ruptura, y decide unirse a otra persona con la ilusión de formar
un nuevo hogar, lo único que quiere es que esta vez sea para toda
la vida. Ésta es una tendencia que, sin duda, proviene de la naturaleza
de este tipo de unión. De lo contrario, dado el dolor anterior,
no querría una unión sin condiciones, para siempre, ya que
podría ser causa de nuevas y deprimentes decepciones.
Y
constatemos el desmoronamiento, cuando no se le respeta Pero hay también
otras razones, fáciles de comprender, que comprueban que la indisolubilidad
es un deber natural del matrimonio. Éstas son las consecuencias
devastadoras para la familia, los hijos, el cónyuge más
débil y la sociedad, tanto de las legislaciones que suprimen la
estabilidad del matrimonio para toda la vida, como de las corrientes culturales
que las inspiran y acompañan. Informes científicos sobre
los desarrollos posteriores a la entrada en vigor de la ley de divorcio
muestran que existe un incremento en el número de disoluciones
matrimoniales. Y con ello, más personas se ven enfrentadas a sus
efectos negativos. Al aprobarse una ley de divorcio, suele presentarse
un elevado número de recursos a ella en el primer año de
su vigencia. Muchos estiman, y con razón, que se trata sobre todo
de los casos que esperaban la aprobación de la ley para divorciarse,
y suponen que éste sea un efecto puntual, sólo del primer
período. Sin embargo, ello no es así. El número de
divorcios se mantiene e incrementa al paso de los años. Comparando
los promedios de divorcios que se dieron 20 años después
de su introducción con los que se produjeron apenas introducido,
se puede comprobar en los países estudiados que la cifra siguió
creciendo, y que actualmente se mantienen cifras muy superiores a entonces.
Siempre es superior al 50%. En un país, la cifra es seis veces
superior a la del primer año. En países como Alemania, Australia,
Bélgica, Canadá, Estados Unidos, Reino Unido y Suecia, por
cada 100 matrimonios que se realizan en un año se producen actualmente
más de 45 y hasta 60 divorcios en el mismo período. Diversos
estudios muestran que los hijos de padres divorciados, en comparación
con los de las familias que mantuvieron su unidad, tienen en promedio
-es decir, no cada uno de ellos, sino en promedio- mayores problemas psicológicos
y de aprendizaje, mayores tasas de precocidad sexual y de hijos extra
matrimoniales, tienen el doble de probabilidad de ruptura matrimonial,
y presentan mayores índices de delincuencia, violencia, alcoholismo
y drogadicción. Por otra parte, está comprobado que al divorcio
entre los padres sigue, en la mayoría de los casos, el "divorcio"
con los hijos, sobre todo de parte del padre, ya que con frecuencia termina
no cumpliendo los encuentros regulados por el juez.
Sobre
todo las mujeres y los hijos experimentan un grave empobrecimiento tras
el divorcio, efecto que se ve ampliado a medida que los maridos se casan
nuevamente, porque en la mayoría de los casos les resulta imposible
contribuir adecuadamente al mantenimiento de dos o más hogares.
En el caso de las mujeres, y dependiendo del tipo de medición que
se considere, las caídas en su ingreso varían entre un 20%
y hasta un 60%. Como consecuencia de lo anterior, el divorcio contribuye
fuertemente a la formación de hogares monoparentales de jefatura
femenina que viven mayoritariamente en condiciones de pobreza (más
del 50% en E.E.U.U. y más del 75% en Gran Bretaña). Esta
situación pasa a ser una carga durísima para la mujer y
para los hijos que ella sostiene, como también un gasto social
enorme para el Estado y los contribuyentes.
¿Quién
quiere estos males para Chile?
Queridos hermanos, es difícil pensar que alguien quiera estos males
para Chile. Por desgracia, quienes piensan que el divorcio es una de las
banderas irrenunciables del progreso y de la modernidad, muchas veces
no se detienen suficientemente a sopesar estos fenómenos de destrucción
de la sociedad. Pero ellos muestran la importancia de la indisolubilidad
del matrimonio. En efecto, si se arranca esta viga maestra de la construcción,
con frecuencia la casa -es decir, el matrimonio y la familia- se desmorona.
Estos males confirman que el bien de la familia, como lo pide su propia
vida y su misión en favor de los padres y de los hijos, está
ligado inseparablemente a la indisolubilidad del vínculo que la
une. Lo aseveraba Juan Pablo II a comienzos de este año: "El
matrimonio "es" indisoluble: esta propiedad expresa una dimensión
de su mismo ser objetivo; no es un mero hecho subjetivo. En consecuencia,
el bien de la indisolubilidad es el bien del matrimonio mismo; y la incomprensión
de su índole indisoluble constituye la incomprensión del
matrimonio en su esencia".
Por
eso, no es de extrañar que sintamos el deber moral de entregar
a los católicos la enseñanza de la Iglesia, y de proponer
a todos los que no pertenecen a ella que tengan a bien sopesar las reflexiones
que se apoyan en la sola razón, y los hechos devastadores que se
desprenden del divorcio. Prestemos nuestro apoyo a la renovación
de la ley de matrimonio civil, que puede y debe ser mejorada, pero sin
dar carta de ciudadanía al divorcio. No contribuye al bien de las
familias de nuestra Patria y de sus hijos.
No
seamos el último país en evitar tanto deterioro
Es cierto, somos uno de los últimos países del mundo occidental
sin ley de divorcio. En lugar de avergonzarnos de ello y de pensar que
también nosotros debemos incorporarnos a todos los dictados de
"esta" modernidad, podemos aprender de las experiencias en los
países que ya las tienen. Actualmente hacen grandes esfuerzos por
reducir las nocivas consecuencias de sus legislaciones. Nosotros tenemos
la chance de elaborar una legislación moderna y creativa que evite
la causa del grave deterioro que se ha generado en ellos, atienda la situación
de las uniones después de una ruptura matrimonial, y conduzca realmente
al fortalecimiento de la familia.
VI.
SEAMOS COHERENTES
Cuando
en nuestra sociedad corren aires favorables al divorcio ante una mentalidad
divorcista, a comienzos de este año, el Santo Padre nos exhortó
con estas palabras: "No hay que rendirse ante la mentalidad divorcista:
lo impide la confianza en los dones naturales y sobrenaturales de Dios
al hombre. La actividad pastoral debe sostener y promover la indisolubilidad".
Y ante el desafío de dar razones convincentes en una sociedad pluralista,
invita a "responder con la humilde valentía de la fe, de una
fe que sostiene y corrobora a la razón misma, para permitirle dialogar
con todos, buscando el verdadero bien de la persona humana y de la sociedad".
Y agrega que "considerar la indisolubilidad no como una norma jurídica
natural, sino como un simple ideal, desvirtúa el sentido de la
inequívoca declaración de Jesucristo, que rechazó
absolutamente el divorcio, porque "al principio no fue así"(Mt
19,8)".
No
debemos olvidar que el Papa pronuncia estas palabras en Italia, un país
que tiene ley de divorcio desde hace muchos años. Sin embargo,dice:
"Podría parecer que el divorcio está tan arraigado
en ciertos ambientes sociales, que casi no vale la pena seguir combatiéndolo
mediante la difusión de una mentalidad, una costumbre social y
una legislación civil favorable a la indisolubilidad. Y, sin embargo,
¡vale la pena! En realidad, este bien se sitúa precisamente
en la base de toda la sociedad, como condición necesaria de la
existencia de la familia. Por tanto su ausencia tiene consecuencias devastadoras,
que se propagan en el cuerpo social como una plaga -según el término
que usó el Concilio Vaticano II para describir el divorcio (G.S.
47)- , e influyen negativamente en las nuevas generaciones, ante las cuales
se ofusca la belleza del verdadero matrimonio".
Preocupémonos
de la legislación
El Santo Padre en el discurso citado se refiere no sólo a las costumbres,
sino además a la legislación civil, dado que el matrimonio
indisoluble es un bien, por así decirlo, de utilidad pública.
Por eso afirma que "el valor de la indisolubilidad no puede considerarse
objeto de una mera opción privada: atañe a uno de los fundamentos
de la sociedad entera. Por tanto, así como es preciso impulsar
las numerosas iniciativas que los cristianos promueven, junto con otras
personas de buena voluntad, por el bien de las familias (...), del mismo
modo hay que evitar el peligro del permisivismo en cuestiones de fondo
concernientes a la esencia del matrimonio y de la familia". Y agrega
a continuación: "Entre esas iniciativas no pueden faltar las
que se orientan al reconocimiento público del matrimonio indisoluble
en los ordenamientos jurídicos civiles. La oposición decidida
a todas las medidas legales y administrativas que introduzcan el divorcio
o equiparen las uniones de hecho, incluso las homosexuales, al matrimonio
verdadero, ha de ir acompañada - en el ámbito de los ordenamientos
(de los países) que, lamentablemente, admiten el divorcio - por
una actitud de proponer medidas jurídicas que tiendan a mejorar
el reconocimiento social del matrimonio".
Apoyemos
a nuestros legisladores
Actuar en conciencia es imprescindible, como también formarla Como
bien lo sabemos, también los legisladores tienen que actuar siempre
siguiendo los dictámenes de su conciencia, y nunca contra ella.
Nadie puede dispensarles de este deber. La conciencia es la norma inmediata
de la acción. Pero por esta misma causa, también tenemos
la obligación de formarla, buscando la luz que la razón,
apoyada por la fe en el caso de los cristianos, nos puede entregar. Así
la conciencia puede alzarse sobre la tentación de dejarse avasallar
por lo que "se" piensa o "se" hace, y formarse un
juicio recto acerca de lo que es útil al bien común. Tratándose
de una materia de tal trascendencia, invitamos a todos los legisladores
a dedicar su mejor tiempo y sus mejores esfuerzos al estudio, al análisis
y al discernimiento que esta materia exige.
Haciendo
el bien y evitando el mal
El precepto en que se fundan todas las obligaciones de la moral consiste,
como lo hemos visto, en "hacer y proseguir el bien y evitar el mal".
Por eso la primera pregunta clave para el discernimiento es siempre la
misma: ¿me encuentro ante un bien o ante un mal? Sin lugar a dudas,
la unión estable y para toda la vida del matrimonio es ese bien
que hay que hacer y proseguir. Y en cuanto al mal que se debe evitar,
esta carta ha expuesto numerosas razones por las cuales incontables hombre
y mujeres, con la luz que aporta el Magisterio de la Iglesia y aun sin
ella, están ciertos de que el divorcio es un mal, sobre todo en
vista del bien común. Confrontarse con los argumentos es del todo
necesario.
No
son pocos quienes quieren proseguir el bien
También se desprende del principio fundante de la moral el deber
de respetar la voluntad de millones de chilenos que quieren contraer matrimonio
indisoluble y tienen derecho a ello. Hay que mantener, al menos para ellos,
la posibilidad jurídica de alcanzar este bien, que es ampliamente
reconocido como tal. Al contraer el sacramento del matrimonio, según
lo veremos más adelante, el vínculo conyugal de su alianza
indisoluble no queda sujeto a autoridad humana alguna que se quisiera
arrogar el derecho de disolverlo. El vínculo matrimonial indisoluble
subsistiría y perduraría no obstante una eventual acción
de divorcio civil.
Reduciendo
¿qué mal existente? Evitando ¿qué mal mayor?
En esta discusión se ha insistido, y con razón, que el legislador
tiene la obligación de considerar la realidad del pueblo que será
regido por la ley. Esto es innegable, si bien la realidad nunca hará
de un bien un mal, o viceversa. Para considerar adecuadamente la realidad,
se ha recurrido a un juicio de Santo Tomás, según el cual
un legislador, también un legislador cristiano, ante el mal existente
e imposible de erradicar, puede aprobar una ley que aminore sus efectos,
de manera que el mal sea menor, para proteger a las personas y evitar
un mal mayor. Lo que no puede hacer es introducir el mal. Al aplicar a
este caso la reflexión de Santo Tomas, surge una pregunta. ¿Cuál
es ese mal existente e imposible de erradicar? Ciertamente hay tres situaciones
que pueden ser consideradas tales: la existencia de matrimonios nulos,
las separaciones y las nuevas uniones, no basadas en el matrimonio. Estas
realidades existen, y no pueden ser erradicadas por ninguna ley. Cabe
legislar sobre ellas para dar solución a la primera, y aminorar
los efectos negativos de las otras dos. Pero la realidad que no existe
es una ley de divorcio vincular, y no son equiparables a ella las disoluciones
fraudulentas. Optar por una ley de divorcio es introducirlo en el ordenamiento
jurídico. Por otra parte, ¿cuál es el mal mayor que
se evita introduciendo el divorcio? Según los estudios que conocemos,
no se evita un mal mayor, sólo se agrega uno, el divorcio y todas
sus consecuencias. En efecto, más allá del bien que se busca
para situaciones individuales, si se piensa en el bien de la sociedad,
de las generaciones futuras y de la institución matrimonial, las
razones que hemos considerado llevan a pensar que la introducción
del divorcio no disminuye los males, sino los aumenta.
Tienen
derecho a contar con nuestro apoyo
Estas son las preguntas claves que los legisladores abordarán.
Buscan respuestas de enorme trascendencia para nuestra cultura, no sólo
en el ámbito familiar sino también en muchos otros, ya que
la familia es la cuna de incontables actitudes y proyectos. Apoyémoslos
con la oración, proporcionándoles antecedentes y reflexiones,
pero sin ponerlos bajo presión, ni aceptar que sean presionados
por sus partidos o por otros grupos. Deben votar libremente, conforme
a su conciencia, después del exigente esfuerzo que hagan por formarla.
Sobre
este juicio ético, que también los servidores públicos
deben formarse, el Papa llegó a una conclusión, refiriéndose
recientemente a otro caso en el mismo ámbito legal, esto es, a
la acción de los jueces y de los abogados en aquellos países
en los cuales existe una ley de divorcio. Expresó que "los
agentes del derecho en campo civil deben evitar implicarse personalmente
en lo que conlleve una cooperación al divorcio".
VII.
EN EL MATRIMONIO CRISTIANO
Un
mandamiento nuevo
En Jesucristo apareció el amor de Dios a los hombres en toda su
hondura, su fidelidad y su belleza. La experiencia del amor de Cristo
llevó a San Juan a decir sobrecogido que Dios "es" Amor.
Esta revelación conduce a la persona humana, hecha a imagen y semejanza
de Dios, al descubrimiento de su propia vocación. No obstante las
limitaciones, enfermedades y huellas del pecado, la fe nos da una certeza:
Dios nos ha creado y redimido para que el amor sea lo que más nos
caracterice, puesto que participamos de su amor. En la Última Cena
Jesucristo reveló algo sorprendente. Debemos amarnos los unos a
los otros como él nos ha amado. Junto con proclamar el mandamiento
nuevo, revelaba así las raíces trinitarias de nuestro amor,
ya que él nos ha amado como el Padre lo ama. El Espíritu
Santo ungió a los discípulos de Jesús y los envió
a predicar el Evangelio hasta los confines del orbe, siendo ellos mismos
buena nueva para la humanidad, buena noticia de la inmensidad del amor
de Dios. La Nueva Alianza es la expresión indestructible y el cauce
vivificador de ese amor; es la alianza de eterna paz y de fecunda fidelidad
de Dios con el hombre, del hombre con su Dios y de los hombres entre sí.
El
vínculo conyugal, testigo del amor fiel del Señor
Esa alianza revela las verdaderas dimensiones del proyecto de Dios para
el amor conyugal. Si bien no lo sabíamos, la sabiduría de
su plan dispuso, desde un inicio, que la unión conyugal entre el
varón y la mujer, justamente por ser creados a su imagen y semejanza,
fuera siempre como una proyección en este mundo de su amor a los
hombres. El amor esponsal, maternal, paternal y filial debían evocar
y hacer presente la ternura, la generosidad, la fidelidad y la fuerza
vivificante y transformadora de su amor a la humanidad. En la plenitud
de los tiempos, Jesucristo elevó la alianza matrimonial entre bautizados
a sacramento, y dotó a los novios de la gracia de ser sus ministros.
Así Dios asumió y elevó cuanto es natural en el matrimonio,
con sus bienes y propiedades esenciales, confiriéndole la capacidad,
la gracia y el encargo de ser un signo elocuente y un instrumento eficaz
"del amor absolutamente fiel que Dios tiene al hombre y que el Señor
Jesús vive hacia su Iglesia". El matrimonio sacramento actualiza
y refleja la irrevocable unión de Cristo con la Iglesia en la Nueva
y Eterna Alianza. De esta manera, el vínculo conyugal y la misma
indisolubilidad adquirieron una dimensión y un significado nuevo.
En la unión sacramental, en la cual revive el amor de Cristo, por
un nuevo título más firme y claro que el anterior, el vínculo
de la alianza conyugal es irrevocable, así como lo es la fidelidad
incondicional de Cristo a su Iglesia. Una vez consumado el sacramento,
por su propio significado ya no es disoluble. Amarse así, como
Cristo ama a los suyos, es una propiedad intrínseca, irreversible,
de la promesa que se dan los esposos al casarse en la Iglesia.
El
anuncio alegre de la Buena Noticia sobre la familia
La gracia que reciben, se transforma en una relevante misión. Por
eso, "corresponde a los cristianos el deber de anunciar con alegría
y convicción la "Buena Nueva" sobre la familia"
y sobre "la perennidad del amor conyugal". Nos lo recuerda el
Santo Padre en su Exhortación Apostólica acerca de ella.
Tenemos que dar nuestro propio aporte, orando y colaborando con Dios,
de modo que en nuestras familias sea muy fecunda la gracia del sacramento,
y que ellas abran caminos de esperanza en la sociedad. En efecto, "el
testimonio esencial sobre el valor de la indisolubilidad se da mediante
la vida matrimonial de los esposos, en la fidelidad a su vínculo
a través de las alegrías y las pruebas de la vida".
Será
este testimonio elocuente, vivo y vivificante, el que más atraerá
hacia la alianza conyugal a tantos jóvenes y adultos jóvenes
que conviven y no valoran todavía la riqueza del matrimonio. Vayamos
hacia ellos con mucho respeto, estimando sinceramente sus grandes valores,
y dialoguemos con ellos, ya que nos importa entrañablemente su
bien. Abrámosles las puertas de hermosas experiencias de familia.
Tal vez no las han tenido a lo largo de su vida. Y que el trabajo silencioso
y lleno de ardor de nuestras comunidades parroquiales, nuestros movimientos
y nuestros colegios, como también de tantas personas y matrimonios
a los cuales Dios mismo les ha insinuado que impulsen o colaboren con
la pastoral familiar, sea una gracia y un aliciente para ellos, como también
para todos los miembros de nuestra Iglesia que han recibido el don y la
misión de ser familia en Cristo Jesús.
Cuando
la familia es casa y taller de comunión
Los proyectos del amor conyugal
Valoremos, en primer lugar, los proyectos del amor conyugal. Los novios
quieren contraer matrimonio para toda la vida. Quieren compartir la vida
y ayudarse. Ven en los hijos la proyección del futuro que desean
y sólo quieren darles lo mejor de sí. Piensan que una realización
en común será más plena y más vivificadora
para cada uno de ellos. Saben que se presentarán problemas en la
convivencia y a veces tienen temor ante ellos, pero están deseosos
de asumir con pasión y esfuerzo ese desafío, y de construirla
sana y rica en valores compartidos. Presienten que en esa unión,
con lealtad a la persona que aman profundamente, realizarán su
proyecto de vida y ganarán en humanidad. Están seguros,
con el conocimiento y la intuición natural que Dios ha puesto en
sus corazones, que únicamente haciéndose uno con aquel con
quien compartirán el futuro y velando por su felicidad, construirán
el hogar que hará feliz a los hijos y hará valiosa la vida
en común. Creen que por ese proyecto vale la pena sufrir y luchar,
a veces en contra de deseos y pasiones que incluso pueden cegarlos en
algunos instantes. Están llenos de esperanza de lograr esa unión
tan única. La gracia sacramental les inspira una gran confianza,
puesto que el mismo Señor se ha comprometido con ellos, de modo
que el amor recíproco refleje la capacidad del amor de Jesús
de despertar amor y de ser ilimitadamente fiel.
La
preparación de la alianza
Una excelente preparación al matrimonio, que contribuya a valorar
su riqueza y su misión, y exprese la confianza que la Iglesia cifra
en los novios y en su futura familia, se hace cada vez más necesaria.
Ella les ayudará a comprender en profundidad lo que más
desean, esa alianza personal que los unirá durante toda la vida,
en la cual resplandecerá el amor fiel de Cristo a la Iglesia. Aprenderán
que quienes se entregan y se reciben mutuamente en matrimonio y consuman
esa donación, fundan así una familia que ha de ser para
ellos, para sus hijos y para su entorno, en las horas de gozo y en las
dificultades, un verdadero remanso de confianza y amistad. Se prometerán
no sólo construir esa alianza, sino también luchar por ella,
afrontando dudas y complicaciones. Y como ambos todavía son peregrinos
hacia la santidad, han de tener conciencia de que están amenazados
por el pecado. El amor conyugal necesita la experiencia de la redención.
¡Cuántas veces deberán recurrir al perdón de
Dios, y al perdón del cónyuge y de los hijos! Porque no
ser perdonados, no ofrecer perdón y no perdonar, es parte del infierno;
también en esta vida. Nada de eso tendrá el testimonio del
matrimonio que los prepare: les infundirá la confianza de vencer
en esas batallas, y de hallar, con la ayuda de Dios, humildad, fuerza
y amor en las derrotas. Así la firme resolución de ser uno
para el otro, con el otro y en el otro, será el acorde constante
y agradecido de la opción libre que han hecho por amor, de sellar
un pacto conyugal hasta que la muerte los separe.
El
derecho a rehacer la vida
Muchas veces, pero sólo después de una ruptura, se habla
de "el derecho a rehacer la vida". Rehacer la vida, sin embargo,
es una obra que puede y debe empezar mucho antes de la ruptura. Consiste,
más que en buscar a otra persona, en aceptar el compromiso que
libremente se ha escogido y en aportar de sí lo mejor: la capacidad
de redescubrir en el otro el destello del amor y la belleza de Dios que
le sedujo; la capacidad de amar con olvido de sí mismo y la disposición
de valorar el misterio de ser padre y madre. En una palabra, la vocación
de constructores de esa vida que no necesita ser rehecha con otra persona,
sino ser reconstruida en sus mismos cimientos, sobre el mismo fundamento
que se amaba al casarse. Rehacer la vida es no dañar a los
hijos ni al cónyuge, y si se les ha inferido un daño, saber
que el Padre que busca nuestra felicidad quiere perdonarnos, infundir
nuevamente su Amor en nuestros corazones y ayudarnos a tomar la cruz que
El nos presenta, como la presentó a su propio Hijo. Él enseñará
nuevamente a mirar desde sus ojos y a hablar desde su corazón para
reparar y reconstruir, para reemprender el camino y volver a la gratuidad
y a la gratitud del amor. Él quiere dar la gracia de amar el rostro
de su Hijo, como asimismo su belleza, su gracia y su fidelidad, en el
rostro cansado, dolido y a veces desleal del esposo o la esposa que se
ha escogido como compañía por propia elección, para
ser uno y vivir juntos una alianza de amor, de fecundidad y de paz.
Rehacer
la vida es reemprender la marcha detenida, tomar de la mano al ofendido
o al ofensor y dar testimonio personalmente, con humildad y perseverancia,
de cómo es el Amor de Dios, cuál es el Camino, cómo
se busca la Verdad que nos hace libres, y dónde se encuentra la
Vida. La felicidad que buscamos también está en seguir a
Cristo por las rutas torcidas, sobre las cuales él escribe derecho,
sabiendo "que en todas las cosas interviene Dios para bien de los
que le aman, de aquellos que han sido llamados según sus designios".
Y si la oración, que acompañará constante la búsqueda
y el dolor, no parece a veces llevarnos a donde quisiéramos ni
nos acerca al otro, oyendo a Pablo sabremos que "la paz de Dios,
que sobrepasa toda inteligencia, guardará nuestros corazones en
Cristo Jesús".
Como
cristianos no podemos desconfiar de la capacidad de amar que hemos recibido
de Dios, y que en el caso de los esposos es vivificada por la gracia del
sacramento, porque la lealtad la ha impreso él mismo en nuestro
espíritu, y nos acompaña en el amor a la Patria, en el sacrificio
de la vida, en nuestros actos más sagrados y nobles. Posponer y
olvidar oportunamente todo lo que nuestra lealtad rechaza, es tener muy
buena memoria, es recordar a nuestro Padre y su plan de amor, es ser dócil
a las mociones del Espíritu. Luchar por restituir el bien a quien
le pertenece, es redescubrir el amor verdadero cuando no sabíamos
encontrarlo, y es darle transparencia a la imagen de Dios, como él
la quiso imprimir en nosotros. Construir la familia es asumir una vocación
muy grande: es ingresar en una escuela de paz, generosidad y abnegación,
en un taller para hijos de Dios, es construirse a sí mismo y edificar
la mejor sociedad humana y la más hermosa Patria.
El
doloroso camino de la distancia y la separación
Con mucha esperanza, a solas con Jesús
El camino de la alianza conyugal también conduce a escuchar esas
palabras de Jesús que invitan a hacer las buenas obras cuando nadie
las vea ni las agradezca, salvo el Padre de los cielos. Recordándonos
que nuestro amor debe ser semejante al amor fiel del Señor, él
puede solicitar incluso que en la vida conyugal se acepte la soledad,
porque amamos a nuestro Padre y su santa voluntad. En su sabiduría
puede pedir, en distintas circunstancias de la vida, compartir la esperanza
y el sufrimiento a solas con él, por un tiempo breve o prolongado,
pensando en el bien de la unión conyugal, de los hijos, de la sociedad,
y en el ejemplo que reforzará otros matrimonios. Aceptar esa soledad
interior es decirle "sí" a Cristo cuando, mirándonos
hondamente a los ojos, como al joven rico que lo abandonó porque
tenía mucho que perder, nos pide dejar tantas cosas y seguirlo
por su camino.
La
separación, un remedio extremo
A veces la soledad es más profunda, y está unida a grandes
tensiones y a la imposibilidad de mantener la convivencia. Es más,
a veces en la convivencia se producen tales daños, que la separación
llega a ser un deber. Escribe el Santo Padre: "Motivos diversos,
como incomprensiones recíprocas, incapacidad de abrirse a las relaciones
interpersonales, etc.; pueden conducir dolorosamente el matrimonio válido
a una ruptura con frecuencia irreparable. Obviamente la separación
debe considerarse como un remedio extremo, después de que cualquier
intento razonable haya sido inútil. La soledad y otras dificultades
son a veces patrimonio del cónyuge separado, especialmente si es
inocente. En este caso la comunidad eclesial debe particularmente sostenerlo,
procurarle estima, solidaridad, comprensión y ayuda concreta, de
manera que le sea posible conservar la fidelidad, incluso en la difícil
situación en que se encuentra; ayudarle a cultivar la exigencia
del perdón, propio del amor cristiano y la disponibilidad a reanudar
eventualmente la vida conyugal anterior".
Y
una puerta hacia un encuentro personal con el Señor
Nos cabe respetar y acompañar a quienes tuvieron que tomar la dolorosa
decisión de separarse. Tuvieron que asumir no sólo su propio
sufrimiento, sino además el dolor de las personas que fueron profundamente
afectadas por su decisión, lo que la hizo aún más
dura. Es difícil hablar a quienes la han sufrido, cuando no se
ha experimentado ese mismo dolor. Pero hay algo que sabemos y que todos
hemos vivido: el sufrimiento puede ser la puerta de acceso a una mayor
unión con Cristo. En efecto, el sufrimiento que inclina a buscar
el mensaje que el Padre nos envía a través de él,
y a recibir y conquistar ese bien que el Padre persigue cuando sus entrañas
se conmueven al vernos sufrir, ese sufrimiento nos enaltece, abre el corazón
y prepara para una nueva manera de vivir con Dios. Él nos llama
y nos busca en el dolor. Las personas separadas pueden responder a la
voz del Señor desde su situación, a partir de su experiencia
nueva, y con el corazón purificado y preparado para nuevas tareas,
que serán emprendidas con más comprensión, con más
compasión y más humildad. El dolor puede traernos dones
que consuelan y aportan paz interior. No en vano dijo Nuestro Señor:
"Felices los que lloran, porque ellos serán consolados".
Con mucha delicadeza habrá que pensar en el bien de los hijos,
y lograr que ellos mantengan, dentro de lo posible, una relación
filial con ambos padres. A veces el marido queda muy desvalido después
de una separación, y necesita mucho apoyo de sus familiares y amigos.
Pero con frecuencia es la mujer la que llevará el peso del hogar
y de la educación de los hijos, y la que recibe poco apoyo de la
sociedad. Lo necesita más que nunca.
También
un camino de santidad
Con gran admiración he conocido a hombres que han llevado de manera
muy meritoria su separación, y sobre todo a mujeres que han sufrido
la separación de sus maridos, y que han resuelto vivir íntegramente,
con mucha fe en la gracia sacramental, la promesa de fidelidad en Cristo,
y entenderla como un camino de santidad. Se han unido en grupos de oración
y de sincera amistad. Han vitalizado su encuentro personal con el Señor,
meditando y saboreando la sabiduría de su Palabra, acudiendo a
los sacramentos, encontrándolo en la comunidad y en los hijos,
también dándole más cabida en la vida a la comprensión
y la bondad. No olvidaron el misterio de la cruz, que pesa sobre nuestra
existencia como misterio de salvación, y que abre puertas hacia
una vida interior más misericordiosa, más contemplativa
y más plena. Era algo conmovedor descubrir en el rostro de estas
mujeres separadas mucha paz y alegría interior, y en su vida un
signo elocuente de la fidelidad irrevocable de Cristo a la Iglesia.
El
matrimonio, ¿habrá sido realmente válido?
A veces uno de los cónyuges o ambos, llegan a la conclusión
que la separación es una ruptura definitiva. Sucede sobre todo
cuando a pesar de numerosos intentos y después de recurrir a instancias
de consejo y mediación, la convivencia los ha alejado irrecuperablemente
o les infiere un gran daño y se ha hecho del todo imposible. También
ocurre cuando la otra parte funda un nuevo hogar. Cabría solicitar
la declaración canónica y civil de la separación.
Pero a veces sucede que la causa del desencuentro reside en el hecho de
haber contraído inválidamente el matrimonio. Por eso, es
aconsejable examinar si el primer matrimonio fue válido o inválido
desde el primer día. Se puede recurrir a una persona experta, para
investigar si el matrimonio fracasó porque faltó algo necesario
para que fuera válido. Los tribunales eclesiásticos tienen
abogados que conocen los principios de la Iglesia, y los Tribunales civiles
que se ocuparán de las causas familiares ya contarán con
abogados expertos. En ambos foros se podrá obtener un consejo calificado
y un trato justo.
Son
hermanos nuestros quienes han establecido una nueva unión Hay situaciones
muy diversas Nos conmueve profundamente el dolor y la esperanza de quienes
han sufrido el impacto de la destrucción de su familia, y pensaron
que debían tomar la difícil decisión de fundar un
nuevo hogar. Los cientistas sociales llegan a la conclusión que
la infidelidad estable de uno de los cónyuges es la causa primera
del término de la amistad conyugal y de la ruptura. Otras fallas
son perdonadas; ésta difícilmente. Pero hay, como sabemos,
otras causas que inclinan hacia una nueva unión: por ejemplo, la
convicción del cónyuge abandonado de ser demasiado débil
para seguir viviendo, por el resto de sus días, sin un apoyo cercano
con quien compartir la vida. Las situaciones son muy diversas entre sí.
El mismo Santo Padre recomienda a los pastores que, por amor a la verdad,
hagan un buen discernimiento de las situaciones, y no confundan entre
aquellos que "sinceramente se han esforzado por salvar el primer
matrimonio y han sido abandonados del todo injustamente, y los que por
culpa propia han destruido un matrimonio canónicamente válido".
También menciona el Papa otra situación, la de aquellos
"que han contraído una segunda unión en vista de la
educación de los hijos, y a veces están subjetivamente seguros
en conciencia de que el precedente matrimonio, irreparablemente destruido,
no había sido nunca válido". Pero es seguro que casi
todos los que han sellado una nueva unión esperan que la sociedad
la reconozca, y que la equipare, lo más posible, al matrimonio.
Esperan
nuestro respeto
Un primer paso será reconocer que quienes han sufrido las separaciones
definitivas y han tomado la decisión de sellar una nueva unión
esperan el respeto de la sociedad. La decisión la han tomado en
el foro de su conciencia. Es cierto, abandonaron objetivamente lo que
pide Nuestro Señor, quien les ofrecía su gracia para reflejar
su amor fiel e irrevocable, como la ofrece en virtud del sacramento a
quienes lo han contraído. Pero aun así, esperan sentirse
respetados por nosotros. Desde luego, no conocemos sus motivaciones subjetivas.
No sabemos con qué formación llegaron a su primer compromiso;
con qué apoyo contaron en las dificultades; si solicitaron un consejo
y qué consejos recibieron en las situaciones de profunda crisis;
cuánta debilidad, qué desvalimiento y a veces cuánta
desesperación experimentaron después de la separación;
con qué libertad y con qué preparación y energía
espiritual han podido abordar su presente y su futuro; cuántos
errores y qué errores cometieron, o en qué faltas personales
y culpas pueden haber incurrido. Tampoco sabemos con qué disposición
subjetiva optaron por seguir una ruta diversa de la propuesta por el Creador
como un camino estrecho, que nos asemeja al grano de trigo que ha de morir
si quiere producir mucho fruto. Conscientes de nuestra ignorancia, de
la debilidad que muchas veces nos amenaza, de nuestras propias desviaciones
y errores, del misterio de la dignidad de todos los hijos de Dios y de
la asombrosa clemencia del Padre celestial, queremos tratarles de la misma
manera como nosotros quisiéramos ser tratados si estuviéramos
en su lugar. También por eso no queremos juzgarlos. Además
no podemos olvidar la enseñanza del Maestro: "Sed misericordiosos,
como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis y no seréis
juzgados, no condenéis y no seréis condenados".
Los
hermanos y las hermanas nuestras que han seguido este camino esperan también
el reconocimiento de su voluntad noble de dar estabilidad a los hijos
en el hogar que han fundado, de educarlos en la fe y de lograr que en
su casa brillen el amor, la confianza, el apoyo mutuo y la alegría.
En los anhelos, en los esfuerzos y en el dolor de estas hijas e hijos
suyos, el Señor llama a su Iglesia, para que "rece por ellos,
los anime, se presente como madre misericordiosa y así los sostenga
en la fe y en la esperanza". Con este espíritu ha de procurar
"con solícita caridad que no se consideren separados de la
Iglesia, pudiendo y aun debiendo, en cuanto bautizados, participar en
su vida".
Y
tienen derecho a mucho más como hermanos nuestros
Es cierto que estas parejas, si llevan vida conyugal, no pueden participar
de la "comunión eucarística, dado que su estado y situación
de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo
y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía",
pero ello no significa que estén "excomulgados", es decir,
fuera de la comunidad de los bautizados. Es más, la Iglesia exhorta
a sus pastores y a toda la comunidad de los fieles que los ayude y les
exhorte a escuchar la Palabra de Dios, a frecuentar el sacrificio de la
Misa, a perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad
y las iniciativas de la comunidad a favor de la justicia, a educar a los
hijos en la fe cristiana, a cultivar el espíritu y las obras de
penitencia para implorar de este modo, día a día, la gracia
de Dios". Hay sobradas razones para darles un trato verdaderamente
fraterno, respetuoso y lleno de caridad. Suelen participar en comunidades
que buscan un conocimiento más profundo de las Escrituras y en
acciones solidarias, sirviendo a los que más sufren. No pocas veces
dan su contribución económica a la Iglesia, aun ayudan con
su experiencia a esposos en dificultad. Muchas veces nos admira su espíritu
de oración y sus generosas obras de misericordia, practicadas con
gran discreción, mediante las cuales esperan alcanzar la misericordia
que el Señor prometió a los misericordiosos. Así
crecerá la confianza de poder retomar un día, con la ayuda
de la gracia y del sacramento de la reconciliación, la plena participación
sacramental en la comunidad del Pueblo de Dios. Nos escribe el Santo Padre:
"La Iglesia está firmemente convencida de que también
quienes se han alejado del mandato del Señor y viven en tal situación,
pueden obtener de Dios la gracia de la conversión y de la salvación,
si perseveran en la oración, en la penitencia y en la caridad".
Al
Estado le importa su bien y el bien de sus hijos
También al Estado debe importarle el bien de los esposos cuyo hogar
se rompió, el bien de los hijos que nacieron en ese primer hogar,
el bien de los hijos de la nueva unión, como igualmente la estabilidad
del nuevo hogar. El Estado tiene que hacer lo suyo por atender estas situaciones,
ofreciendo soluciones legales coherentes con el bien social. Sobre ellas,
la Conferencia Episcopal manifestó lo siguiente: "Nuestra
intención no es agobiar a los hogares que se formaron después
de una ruptura matrimonial, ni impedir que el Estado, tomando ciertas
cautelas, proteja estos hogares cuando son estables. También en
estos casos el bien de los hijos requiere la protección de la ley.
Pero para ello creemos que no es necesario ni conveniente alterar la naturaleza
del vínculo matrimonial y reemplazar este firme fundamento de la
familia por la inestabilidad del "matrimonio divorciable"".
No queremos que más personas sufran las consecuencias de este mal.
VIII.
LAFAMILIA, FUNDAMENTO VIVO DEL FUTURO DE CHILE
Protegerla
y fortalecerla es deber del Estado
La tarea social más decisiva para nuestra Patria es la que plantea
la Constitución Política de nuestra República. Ella
afirma que "la familia es el núcleo básico de la sociedad".
Es más, cuando declara que la finalidad del Estado es promover
el bien común, afirma que es "deber del Estado" dar protección
a la familia y propender a su fortalecimiento. Precisamente la debilidad
de la familia, los obstáculos que encuentran los jóvenes
para comprometerse para siempre, la destrucción permanente de incontables
familias, el sinnúmero de hijos que no nacen en un hogar constituido
por sus padres, como asimismo las ideologías, los temores, la falsa
comprensión de la sexualidad y los falsos valores que propician
esta situación, éstas son las realidades más preocupantes
que deben ser abordadas con energía. El Estado no debe debilitar
la familia, sino fortalecerla.
Por
eso, todos los Obispos de la Conferencia Episcopal expresamos que "la
tarea primaria del Estado en este ámbito (y podríamos agregar
que lo mismo vale para la sociedad civil y las múltiples organizaciones
que velan por el bien del país y de sus habitantes) es ofrecer
-y abrir espacios para que diversas instancias ofrezcan- los medios que
ayuden a la familia a consolidarse y a cumplir con su misión. Es
decir, a que ella sea unida y estable, próspera y feliz; a que
sus miembros sean fieles a los compromisos contraídos; a que el
hogar sea centro de transmisión de los valores más nobles
de nuestra cultura, y un lugar en que se ayude a superar tensiones, sufrimientos
y problemas, gracias a la calidad de las relaciones entre las personas
que forman parte de él, y gracias a su confianza en Dios; y que
sea también una escuela de ciudadanos que saben poner sus talentos,
con espíritu constructivo, al servicio del bien común, atentos
a los más débiles".
Familia,
riesgo social y pobreza
Sabemos que cuanto se hace por fortalecer la familia ayuda a solucionar
graves problemas como el alcoholismo, la drogadicción, la violencia
y la depresión por no hallarle sentido a la vida. El fortalecimiento
de la familia también redunda en la superación de la pobreza.
Por eso, cuando el país se declara en lucha frontal contra la pobreza
para erradicar absolutamente la indigencia, si quiere ser consecuente
con su gran proyecto, no debe aprobar leyes, como ésta del divorcio,
que conducen a la pobreza y a la miseria a un alto porcentaje de hogares
que se transforman en monoparentales a causa del divorcio.
Fortalecer
la familia, una misión global
En una palabra, la debilidad familiar que constatamos nos exige abordar
unidos, con todas nuestras energías, un conjunto de tareas favorables
a la formación y el fortalecimiento de familias estables, y ricas
en valores sociales y religiosos. Juntos, cada uno desde su propia responsabilidad,
hemos de impulsar todo lo que propicie la creación de más
empleo, las oportunidades de capacitación y, con ella, el aumento
de sueldos y salarios de las familias que viven con mayor estrechez o
en la pobreza; también proyectos comunicacionales, habitacionales
y recreativos favorables a las familias; asimismo, iniciativas de preparación,
temprana y próxima, al matrimonio, como también de mediación
y consejería familiar, entre otras.
En
el norte de toda educación; también de la reforma
De decisiva importancia son los objetivos y los programas de educación.
Deben preocuparse de la formación de jóvenes capaces de
contraer matrimonio y de forjar familias estables. Entre nosotros es débil
la cultura matrimonial. Se puede constatar que muchas veces el varón
no logra responder a los compromisos propios de la unión conyugal
y familiar. Este objetivo transversal de la educación debe ser
cabalmente considerado, para que todos valoren el respeto y la amistad,
adquieran una visión profunda de la sexualidad y no silencien su
tendencia hacia el matrimonio, sean aptos para contraer vínculos
para toda la vida, sean capaces de ser fieles a ellos, y de renunciar
con alegría cuando se trate del bien de los demás, sobre
todo de los más débiles. Esta sigue siendo una de las tareas
de mayor trascendencia en vista del bien de Chile y de su futuro.
CONCLUSION
Volvamos al proyecto de Dios. Él quiso dar un cauce al matrimonio
y a la familia, el cauce de la indisolubilidad, no para que el río
sea un lecho seco y pedregoso, sino para que sea, con el aliento del Espíritu
Santo, un torrente cristalino y vivificante, que lleva a la sed de mucha
gente el agua que reclaman y el murmullo de su caudal, despertando y alegrando
infinidad de vidas. Es él quien inspira a los esposos a dedicar
infatigablemente sus mejores desvelos y energías a cuidar y acrecentar
el amor, para construir, con la ayuda de la gracia, la familia que Dios
les ha regalado, a imagen de la comunión que reina en la Trinidad
Santísima.
Junto
con encomendar las intenciones de todos Uds. a la Virgen María,
Madre y Reina de la Familia, y Madre de la Sabiduría, del Amor
Hermoso y de la Santa Esperanza, les pido que durante los próximos
meses acompañemos a nuestros legisladores y a todas las familias
de nuestra Patria, rezando el rosario en familia, como asimismo frecuentemente
la Oración por la Familia, con la cual concluyo esta carta pastoral.
De corazón les deseo que la bendición de Dios Todopoderoso,
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, descienda sobre todos
Uds. y les acompañe siempre.
Santiago, sábado 22 de junio de 2002.
+ Francisco Javier Errázuriz Ossa
Cardenal Arzobispo de Santiago
ORACION POR LA FAMILIA
Dios Padre Todopoderoso,
tú creaste al hombre y a la mujer
a tu imagen y semejanza,
y les diste como vocación el amor.
Te agradecemos que hayas instituido desde el principio
el matrimonio indisoluble,
para que los esposos se amen generosamente
y sean padres abnegados de sus hijos.
Queremos acoger las enseñanzas
de tu Hijo Jesucristo, nuestro Señor,
que nos mandó: "lo que Dios ha unido,
no lo separe el hombre",
y que elevó la unión conyugal a sacramento.
Infunde en nuestros corazones el Espíritu Santo,
fuente de amor, respeto y felicidad,
para que nuestras familias
crezcan en las dificultades
y lleguen a ser santuarios de la vida, del amor y de la paz.
Virgen del Carmen, Reina de Chile,
te suplicamos que guíes a los que velan por el bien común,
para que nuestras leyes fortalezcan
el vínculo conyugal y la unión matrimonial,
y la familia sea fundamento vivo
del futuro de nuestra Patria. Amén.
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