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5. ESPERANZA DE LA HUMANIDAD
El tema del Encuentro mundial del Santo Padre con las familias abre el corazón a la esperanza. Se mira al futuro con segura confianza, no obstante las dificultades y la hostilidad concertada, que entorpece la institución matrimonial. La esperanza nos sitúa en la perspectiva del tercer milenio, que ofrece una ocasión para mirar al pasado, para hacer balances, para recoger tantas lecciones de la historia en el peregrinar de la Iglesia bajo la mirada de Dios en el seno de la humanidad, y sobre todo para celebrar la fe con firmes compromisos, tomando en las manos el futuro, que a Dios pertenece, pero frente al cual hemos de tomar nuestra responsabilidad. No podemos desertar en las batallas decisivas de la humanidad. La familia "se vincula estrechamente con el misterio de la Encarnación y con la historia misma del hombre", observa el Santo Padre en la Carta Apostólica Tertio Millenio Adveniente (cf. n. 28), con ocasión del Año de la Familia. Desde Nazaret, en donde "el Verbo se hizo carne" (Jn 1,14), llega el mensaje sublime de la Sagrada Familia, modelo de las familias, fuente inagotable de espiritualidad y de las nuevas energías que vienen desde el Resucitado, quien actúa, en dinámica transformadora, en el corazón mismo de la historia, en esa especial revelación del misterio, en la plenitud de los tiempos, que se identifica con el misterio de la Encarnación (cf. TMA 1). En Cristo, en quien "se manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre su vocación" (GS 22), se descifra también el misterio de esa célula primordial de la sociedad, comunidad de toda la vida y de amor, en la cual, como en las bodas de Caná, el Señor está presente. El Señor sigue saliendo al encuentro de las familias, iluminándolas, fortaleciendo y redimiendo su amor, caminando junto a ellas, en un diálogo de tierna solicitud, que hay que descubrir en la fe, en la oración. En no pocas circunstancias, es una peregrinación difícil, en donde se percibe la amargura de lo no logrado, tal vez de combates perdidos, y de la erosión de muchos hogares, pero en donde gracias al contacto con el Salvador de los hombres, como aconteció con los peregrinos de Emaús, en una causa que parecía hecha añicos, renace la esperanza. El amor redimido conserva energías maravillosas para responder a los desafíos y asumir las necesarias responsabilidades, que el señor confía a la familia y sin las cuales la humanidad y aun la misma Iglesia estarán condenadas al fracaso. Si el futuro de la humanidad pasa por la familia, se hace necesario ponderar las vastas oportunidades que el futuro depara y pensar que en buena parte, respondiendo al Señor de la historia, la familia es arquitecto de su propio destino. El Papa indica: "Es por esto necesario que la preparación del gran Jubileo pase, en cierto modo, a través de la familia Acaso no fue por medio de una familia, la de Nazaret, que el Hijo de Dios quiso entrar en la historia del hombre?" (TMA 28). El Señor, que puso su morada entre nosotros (Jn 1,14), que montó, por así decirlo, como lo sugiere el lenguaje bíblico, su tienda, (su carpa de beduino) en medio de nosotros, quiso hacerlo en ese hogar concreto de Nazaret, en donde Jesús recogió las primeras lecciones, en obediente cercanía a sus padres. La celebración del Encuentro mundial de Río requiere esa actitud abierta, gozosa, contemplativa, en la que el misterio de la familia se descubre y se profundiza en el Señor. Esta es la razón por la cual hemos querido que la preparación de tal evento asuma la forma de unas "catequesis", sobre las cuales millones de familias están reflexionando en diversas partes del mundo, guiadas por la doctrina de la Iglesia, en ambiente de oración, con el convencimiento de que el Señor las acompaña. Esperar es algo que está inscrito en el dinamismo humano. Forma parte de la índole esencial del hombre y es factor determinante, escribe un filósofo, el esperar y el modo como se espera78. La existencia humana está determinada no solo por la asunción del presente, sino también por la memoria del pasado y por la expectativa del futuro, en el sentido de la esperanza activa, que nos abre hacia un bien, o conjunto de bienes que deseamos. Es, pues, proprio del hombre, esperar, tener esperanza. Para el cristiano esta esperanza se proyecta hacia Dios, de tal forma que cuando la confianza no se pone en Dios, comenta un autor, la confianza es irresponsable certeza, destinada a ser destruida79. Si bien, por una parte, como anotaba un escritor español, Eugenio D'Ors, la esperanza era "la virtud que tenía la peor prensa", y Chamfort, se atrevía a decir que "es un charlatán que nos engaña sin cesar", vivimos un momento de la historia en que es preciso recomponer las coordenadas de esa esperanza, la verdadera, que como la verdad y el amor auténtico, no engañan, porque a la postre no son construcción hecha por mano humana, y en tal sentido, no es "irresponsable certeza", frágil y traicionera, sino dimensión necesaria que se cimenta en el absoluto de Dios. En virtud de la firme certeza del triunfo de Cristo, Salvador de los hombres, triunfo que es nuestro porque nos hace partícipes del mismo, la esperanza nos ofrece la tónica, el talante y la garantía de la confianza. Da vigor y orientación al caminar, como comportamiento moral. San Juan de la Cruz hablaba por ello de un "revestimiento de color verde"80. Esta firme esperanza y confianza son absolutas porque reposan en las promesas divinas81. Enseña el Catecismo de la Iglesia católica : "La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege el desaliento, sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad" (n. 1818). Por la esperanza lanzamos hacia los cielos nuestra áncora, allí donde el Señor ya llegó. Jesús, que ya penetró en la eternidad, es quien regresa en esa cita definitiva con la humanidad, que es la parusía. Por eso la esperanza nos sitúa en el terreno de la historia y de la escatología. ¿Cómo levantar los corazones a la esperanza, mientras un conjunto de signos más bien llevan a dudas, para algunos fundadas, sobre su supervivencia, al menos según los esquemas actuales? Hay síntomas evidentes de erosión, especialmente en algunos países, y se anuncian grietas preocupantes en las estructuras familiares en espacios más amplios. Recordemos cómo la duda sobre la continuidad de la familia en el futuro era alimentada en foros internacionales, durante el Año Internacional de la Familia, en la corriente de "la familia incierta" según los planteamientos de L. Rousell82. Sin embargo, puede ocurrir que las proyecciones representen mas bien una ampliación indebida en un plano universal de fenómenos que revisten características preocupantes en determinados países. Incluso en los más afectados por la sistemática destrucción de la familia con "la conspiración" del Estado, cabe preguntarse si no surgirán en el futuro nuevas tendencias y reacciones firmes que empujen a las fuerzas políticas, empezando con más comprometidos esfuerzos pastorales de los cristianos, hacia nuevos rumbos y modificaciones. Se dan signos esperanzadores, que revelan una nueva dinámica. En todo caso, ¿será posible que pueblos que han recogido abundantes lecciones de la historia, caminen hacia una aventura con trágico final? Hemos visto cómo ciertas conclusiones derrotistas tienen poco en cuenta que una preocupación fundamental para la familia persiste y que hay abundantes datos en las encuestas sociológicas, sobre todo en las respuestas de los jóvenes, que anhelan en amplia mayoría formar un hogar estable. Otro aspecto sería ver, si de hecho la conducta es la adecuada a lo que expresan como ideal83. Las amargas experiencias de un descalabro social sugieren ya a algunos políticos consecuentes políticas financieras y actitudes de apoyo y protección de la familia. En
las etapas finales del Año Internacional de la Familia se respiraba
una atmósfera más positiva que la enrarecida, con la que
se dieron los primeros pasos y más libres respecto de las premisas,
con las que apresuradamente muchos trabajaron. No podemos dejarnos llevar por una especie de "determinismo" de sabor fatalista, de tal forma que haya una rendición sin lucha ante lo que parecería ser una tendencia ineluctable de eclipse de la familia. Si se trata de una institución, querida expresamente por el Creador, ¿no se manifestaría en el corazón de los pueblos y de las personas una búsqueda del bien necesario para los esposos, para los hijos y para la sociedad? Hemos considerado cómo no es objetivo que la familia haya dejado de ser centro de mediación social, y que hay mediaciones esenciales en orden a reconocer y preservar a la familia como espacio privilegiado de la humanidad y de salvaguarda de la misma. Se revela, con la ayuda de las ciencias, una nueva semblanza de "la ciudadanía de la familia", inseparable de su misión educadora al servicio de la identidad de la persona humana. Es aquí donde seguramente hemos de ahondar en las más ricas posibilidades de la familia, sin aferrarnos a otras formas de presencia y mediación de ella, más sujetas a otros momentos de la historia y de modalidades culturales. Esta mediación necesaria nos conduce a privilegiar la dimensión del hijo, como camino real para el rescate de la institución familiar y para su fortalecimiento, precisamente porque los hijos son quienes revelan los perfiles y el modo de ser, de vivir en el hogar. Permitidme una anécdota. En un Congreso mundial de las familias en Malta - noviembre de 1993 -, promovido por las Naciones Unidas, el principal (y era síntomático) ponente invitado fue el sociólogo francés L. Rousell. Los pronósticos sobre el futuro de la familia estuvieron cargados de sombras. Diríase que moría la esperanza. Lo interrogué al final, como si me moviera el "spes contra spem", por lo cual Abrahám mereció el elogio. Le pregunté si de verdad no veía ninguna salida, porque, de ser así las cosas, la humanidad caminaría hacia el vacío. Reflexionó un momento. Me ofreció su libro, que yo había leído con interés. Y me repuso: "Comienzo a pensar en una luz al final del túnel y es el hijo". Sí, en los hijos hay una luz y una salida. Aunque todavía esa "salida" no se perciba en su obra, confieso que es esta una pista fundamental. Es el servicio de los hijos, su atención amorosa, lo que puede liberar de los tentáculos del egoísmo, que atenaza a tantas parejas en un "egoísmo entre dos", y a la sociedad que con la asfixia de los valores provoca las crisis de inhumanidad. Los hijos, frutos del amor, evangelizan y liberan a los propios autores, unidos a Dios, de su vida. La pareja desde su misión central, que no se opone, sino que da plenitud al amor conyugal, es liberada por los hijos de reducirse a pensar en solucionar "sus problemas", sin dejar espacio a los del hijo, con sus derechos y sufrimientos. En tantas partes sociedades, que tienen el riesgo de envejecimiento, sobre todo en el espíritu, (sin detenernos en consideraciones referidas al "invierno demográfico"), la luz viene de lo alto, en la nueva vida que viene desde Dios, como vino "desde lo alto" el Señor, Salvador del mundo. Séame permitida una alusión de carácter artístico. Un prestigioso escultor español, Luis Antonio Sangüino, ha regalado generosamente al Pontificio Consejo para la Familia su obra "Sanctuarium vitae". Es una hermosa escultura, como un canto a la vida. Desde las manos de Cristo, traspasadas por los clavos - manos de Dios, alfarero del hombre - en forma de cuna, surge la vida en el recinto luminoso de una mujer, la madre: es el vientre en el que el "nasciturus" duerme Surge como un árbol, el de la vida, en la familia: son niños y niñas de todas las razas. Con rostros sonrientes levantan sus brazos en señal de victoria hacia el cielo, hacia la luz. La luz que en el vientre bendito de las madres ilumina el amor de los esposos, de las familias, del mundo, con más poesía y realismo que la sola luz que se adivina al final del túnel. Es la luz de quien, desde Nazaret y Belén, ilumina a todo hombre que viene a este mundo (cf. Jn 1,9). Quiero concluir este postrero recorrido artístico con otra mención y como reconocimiento al don que hemos recibido. El célebre artista religioso italiano Enrico Manfrini ha regalado para el Encuentro mundial un bellísimo bajorrelieve de la Sagrada Familia de Nazaret. El escultor, que ha enriquecido el patrimonio artístico cristiano con numerosas obras, tiene 83 años y trabaja con entusiasmo juvenil en su taller de Milán, al lado de su esposa. Es un vivo testimonio de un hogar realizado en la serena felicidad de una pareja, que, como canta el libro de Tobías, envejece bajo la mirada de Dios (cf. Tob. 14, 2). Me preguntaba a mí mismo: ¿Cómo a esa edad pueden las manos ser tan dóciles a la inspiración que las mueve, laboriosas y minuciosas como las de un joven, hasta plasmar esos rostros admirables del Dios - Niño, de José y de María, que llenan de luz la humilde casa - taller de Nazaret? Me parece que el secreto de la lozanía de este artista está en el amor conyugal y de los hijos, con que el Señor los bendice. Nazaret, Belén, Caná nos hablan de la familia y de la activa presencia del Señor que se prolonga en la historia. En la Carta a las familias Gratissimam sane, el Sucesor de Pedro apuntaba al "esposo", que está dentro de la familia. Es El quien une a los esposos en el misterio de su Alianza; El quien renueva el amor en esa recíproca entrega en la comunión familiar, don-compromiso, que hunde sus raíces en Dios; El quien transforma el agua en vino y acude en ayuda del nuevo hogar, en esa cadena de novedades que continúa a lo largo de los años; El que contagia la esperanza, porque es El la Esperanza.
Notas 1
El Encuentro Mundial del Santo Padre con las Familias, se realizará
en Río de Janeiro el 4 y 5 de octubre de 1997 y será precedido
del Congreso Teológico - Pastoral que tendrá lugar durante
los días 1, 2, 3 de octubre de 1997, y que congregará 2500
participantes delegados de las Conferencias Episcopales, teólogos,
pastores y representantes de movimientos apostólicos de la familia
y de la vida, grupos, asociaciones empeñados y comprometidos en
la causa trascendental de la Iglesia doméstica, santuario de la
vida.
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