3. EL HIJO: EL DON MAS EXCELENTE

 

San Agustín enseñaba: "Entre los bienes del matrimonio ocupa el primer puesto la prole. Es verdaderamente el mismo Creador del género humano quien en su bondad quiso servirse de los hombres como ministros para la propagación de la vida…"26 Y la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio señala: "La misión fundamental de la familia es realizar a lo largo de la historia la bendición original del Creador, transmitiendo en las generaciones la imagen divina de hombre a hombre" (FC 28). Son dos expresiones que es preciso subrayar: los padres son ministros y servidores de la vida.
La vida debe surgir en el matrimonio, como el lugar adecuado, el más excelente, en donde la vida es deseada, amada, acogida y en donde se realiza todo un proceso de formación integral.

El Concilio Vaticano II expresa: "Por su naturaleza la institución misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y a la educación de la prole y con ellas son coronados como su culminación" (GS 48). En la forma más expresiva indica que "los hijos son, ciertamente, el don más excelente del matrimonio y contribuyen mucho al bien de los mismos padres" (GS 50). Hay que señalar que esta vigorosa afirmación proviene del deseo personal del Santo Padre Pablo VI, de que fuera incluida en el texto. El hijo es un don que surge del don mismo recíproco de los esposos, como expresión y plenitud de su mutua entrega. Es una maravillosa concatenación de dones que hermosamente hace resaltar el Catecismo de la Iglesia Católica: "La fecundidad es un don, un fin del matrimonio, pues el amor conyugal tiende naturalmente a ser fecundo. El niño no viene de fuera a añadirse al amor mutuo de los esposos, brota del corazón mismo de ese amor recíproco, del que es fruto y cumplimiento. Por eso la Iglesia, que "está en favor de la vida" (FC 30), enseña que "todo acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida" (HV 11) (…) el hombre no puede romper por iniciativa propia, entre los dos significados del amor conyugal: el significado unitivo y el significado procreador" (C.E.C., n. 2366). Y cita el Catecismo nuevamente la Humanae Vitae: ""salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido del amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad" (HV 12)" (C.E.C., n. 2369).

Los hijos son un "un bien común de la futura familia". Las palabras del consentimiento lo expresan: "Para mostrarlo con evidencia, la Iglesia les pregunta (a los esposos) si están dispuestos a acoger y educar cristianamente a los hijos que Dios quiera darles (…) La paternidad y la maternidad representan una tarea de naturaleza no sólo física sino espiritual" (Grat. sane, 10). Y más adelante enseña: "cuando los esposos transmiten la vida a su hijo, un nuevo "tu" humano se inscribe en la órbita de su "nosotros", una persona que llamaron con un nombre nuevo…" (Grat. sane, 11).

El Santo Padre ubica esta doctrina en el marco de la teología del don de la persona, y en la perspectiva del Concilio, del "don más precioso" (GS 50).
La existencia del hijo es un don, el primer don del Creador a la creatura: "El proceso de la concepción y del desarrollo en el seno materno, del parto, del nacimiento, de todo esto, sirve para crear como un espacio apropiado para que la nueva creatura pueda manifestarse como un don" (Grat. sane, 11). Don para los padres y para la sociedad y para los miembros de la familia. "El niño se hace don de sí mismo a sus hermanos y a sus padres y a toda la familia. Su vida se vuelve un don para los mismos autores de la vida" (Ibid).
Es preciso respetar cuanto entraña el sentido del amor mutuo y verdadero, el significado de la recíproca donación abierta a la vida. La contracepción opone objetivamente un lenguaje contradictorio al lenguaje que expresa una donación recíproca y total. El lenguaje se torna inexpresivo y, por tanto, mentiroso. Un lenguaje que no es vehículo de la verdad, sino de la mentira, en el desorden objetivo que la anticoncepción entraña se pone en sentido contrario al amor (en cierta forma no logra siquiera tutelar el "significado unitivo" en plenitud). Sólo el amor mutuo y verdadero que expresa sin recortes la donación total, tiene la fuerza propia del amor conyugal. Cuando la pareja libre y conscientemente se deja llevar por otra lógica, y toma la vía sistemática de la contracepción, ¿no pone una especie de bomba de tiempo a su propia unión conyugal?

Con particular fuerza y claridad esta verdad es expresada en la Familiaris Consortio: "Al lenguaje natural que expresa la recíproca donación total de los esposos, el anticoncepcionismo impone un lenguaje objetivamente contradictorio, es decir, el no darse al otro totalmente: se produce no sólo el rechazo de la apertura a la vida, sino también una falsificación de la verdad interior del amor conyugal, llamado a entregarse en la plenitud personal" (FC 32) (Texto integralmente recogido por el C.E.C., n. 2370).

Un análisis penetrante entre la unión de los esposos y la procreación de los hijos, viene desarrollada en el libro de S.E. Mons. Francisco Gil Hellín, El matrimonio y la vida conyugal. Dice así: "Los significados esenciales del acto conyugal, que son el unitivo y el procreativo, expresan respectivamente la esencia y el fin del matrimonio. El amor que lleva a los esposos a la entrega formando una sola carne cuando se realiza "en la verdad", "en vez de encerrarlos en sí mismos, los abre a una nueva vida, a una nueva persona" (Grat. sane, 8).

La vida conyugal comporta una lógica de entrega sincera al esposo o esposa y a los hijos. "La lógica de entrega total del uno al otro implica la potencial apertura a la procreación" (Ibid, 12). La capacidad de esta entrega, o crece y madura con el ejercicio propio de toda la vida conyugal, o queda inhibida por el egoísmo, cuyas insidias tratan de amordazar el dinamismo de la verdad inscrita en la propia entrega. Una de las principales expresiones de este egoísmo -"egoísmo, no sólo a nivel individual sino también de pareja" (Ibid, 14)- es el que ve la procreación no como exigencia de la verdad del amor conyugal, sino como fruto gratificante y elección voluntarista añadida al amor. "En el concepto de entrega no está inscrita solamente la libre iniciativa del sujeto, sino también la dimensión del deber" (Ibid).

Un amor conyugal que no abraza la dimensión parental propia de su verdad íntima acaba asemejándose al "llamado amor libre, tanto más peligroso porque es presentado frecuentemente como fruto del sentimiento verdadero, mientras de hecho destruye el amor" (Ibid). Por esto, el rechazo a la apertura a los hijos contribuye hoy poderosamente a minar y destruir la entrega conyugal. No se trata, como siempre ha sucedido por la flaqueza humana, de actos o de períodos en los cuales los cónyuges han sido débiles para vivir con coherencia las exigencias de su paternidad o maternidad en circunstancias difíciles o especialmente heróicas.

Hoy día, muchas uniones conyugales labran su propia destrucción falseando las coordenadas de su entrega. "En el momento del acto conyugal, el hombre y la mujer están llamados a ratificar de manera responsable la recíproca entrega que han hecho de sí mismos con la alianza matrimonial. Ahora bien, la lógica de la entrega total del uno al otro implica la potencial apertura a la procreación" (Ibid, 12). Cuando se rechaza la capacidad del esposo o de la esposa a ser padre o madre, aquella entrega no respeta las exigencias del amor conyugal. Es por ello que el Papa afirma que es esencial a una verdadera civilización del amor, "que el hombre sienta la maternidad de la mujer, su esposa, como entrega" (Ibid, 16)27.

En las catequesis sobre el amor humano, Juan Pablo II habla del "lenguaje de los cuerpos" que en la unión conyugal expresa la verdad que les es propia. En el lenguaje del cuerpo el acto conyugal significa no sólo el amor sino también la potencial fecundidad y por tanto no puede ser privado en su pleno y adecuado significado. Como no es lícito separar artificialmente el significado unitivo y el procreativo, (cf. HV 12), "el acto conyugal privado de su verdad interior, porque privado de su capacidad procreativa, deja de ser también un acto de amor"28.

El hijo se introduce en la dimensión de la espiritualidad del matrimonio que se abre a la familia. Cabría aquí seguir las pistas de una reflexión que va del amor trinitario al amor conyugal. El matrimonio que crece a imagen de la Trinidad, el "nosotros" de la familia a imagen del "nosotros" trinitario, incluye el hijo que surge del amor total y fecundo. Escribe Carlo Rocchetta: "según la afirmación de I Jn. 4,16, "Dios es amor" (agapè), la suprema plenitud del amor que dona y acoge; no un "yo" solo, encerrado en sí mismo, sino un "yo" que vive en sí mismo una existencia de amor interpersonal, una eterna generación que surge del amor y concluye en el amor, donde el intercambio de don/acogida entre las dos primeras personas alcanza su plenitud en el encuentro con la tercera … El vínculo sobrenatural entre los esposos contiene este valor trinitario. La gracia sacramental representa el don de la ontología trinitaria desplegada en el corazón de los esposos como semejanza dinámica que estructura en profundidad la vida de los esposos y los hace signos y participación en la comunión tri-personal de Dios"29.
El hijo o los hijos, el "bien de la prole", es razón de ser del matrimonio, hay que reiterarlo. Como se sabe para Doms el sentido del matrimonio y el amor de dos que encuentran su más profunda expresión, sería la más íntima y preciosa realización en el acto conyugal, en sí mismo, hecha abstracción de la ordenación al hijo. La realización de la unidad conyugal justificaría el instituto matrimonial. En una línea similar se encuentra Krempel30.

El Concilio arroja una amplia luz para mostrar el sentido pleno del matrimonio y contrarrestar estas u otras posiciones similares: "El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza ("indole sua") a la procreación y educación de los hijos. Desde luego, los hijos son don excelentísimo ("sunt praestantissimum matrimonii donum") y contribuyen grandemente al amor de los padres … Por tanto el auténtico amor conyugal y toda la estructura de la vida familiar que nace de aquél, sin dejar de lado los demás fines del matrimonio, tienden a capacitar a los esposos para cooperar valerosamente con el amor del Creador y Salvador, quien por medio de ellos aumenta y enriquece su familia" (GS 50)31.

La Familiaris Consortio afirma categóricamente que "el cometido fundamental de la familia es el servicio a la vida, el realizar a lo largo de la historia la bendición original del Creador, transmitiendo en la generación la imagen divina de hombre a hombre" (FC 28).

En la familia, Santuario de la vida, señala la Encíclica Evangelium Vitae, "dentro del pueblo de la vida y para la vida", es decisiva la responsabilidad de la familia, es una responsabilidad que brota de su propia naturaleza", y másadelante subraya: "Por esto el papel de la familia en la edificación de la cultura de la vida es determinante e insustituible. Como Iglesia doméstica, la familia está llamada a anunciar, celebrar y servir el Evangelio de la vida. Es una tarea que corresponde principalmente a los esposos, llamados a transmitir la vida, siendo cada vez más conscientes del significado de la procreación como acontecimiento privilegiado en el cual se manifiesta que la vida humana es un don recibido para ser dado" (EV 92).

La familia anuncia el Evangelio de la vida mediante la educación de los hijos (cf. EV, 92), celebra el Evangelio de la vida con la oración cotidiana, celebración que abarca también la vida de cada día, y está al servicio por medio de la solidaridad (cf. EV 93). Todo esto hace parte de una integral pastoral familiar: "Redescubrir y vivir con alegría su misión en relación con el Evangelio de la vida" (EV 94).

No puede, pues, ser separada la familia de su servicio esencial de la vida, con tan clara raigambre conciliar (cf. GS 50), y confirmada también en el conjunto del magisterio y en la pastoral de la familia: "El matrimonio y el amor conyugal están ordenados -séame permitido repetirlo- por su propia naturaleza a la procreación y educación de los hijos" (GS 50). La relación de la familia con la vida es la más completa, directa e integral. A la proclamación y defensa de la vida, en un servicio adecuado, todos están invitados. "Es urgente una movilización general de las conciencias y un común esfuerzo ético para poner en práctica una gran estrategia en favor de la vida. Todos juntos debemos construir una cultura de la vida" (EV 95). Pero, son diversas las formas de aproximación al objeto formal. "Todos tienen un papel importante que desempeñar". Alude el Papa a la misión de profesores y educadores, de los intelectuales, de los medios de comunicación. Indica el Santo Padre la creación de la Academia Pontificia para la Vida, con sus peculiares funciones (cf. EV 98)32.

A esta perspectiva de la unión estrechísima entre familia y vida, ha obedecido, sin duda, la creación del Pontificio Consejo para la Familia, en la intuición del Santo Padre Juan Pablo II, quien lo erigió el 13 de mayo de 1981 no sólo en relación con la institución familiar, sino con la misión especial, como Dicasterio de la Santa Sede, indicada en el art. 141, 3 de la Constitución Apostólica sobre la Curia Romana Pastor Bonus: "Se esfuerza [el Pontificio Consejo para la Familia], para que sean reconocidos y defendidos los derechos de la familia, también en la vida social y política; sostiene y coordina las iniciativas para la tutela de la vida humana desde su concepción y en favor de la procreación responsable".

De la integralidad del servicio a la vida, de la familia y desde la familia, suministra una sólida base doctrinal y pastoral la Carta del Santo Padre a las Familias, Gratissimam sane. Recordemos algunos aspectos más sobresalientes. En el número nueve, dedicado a la genealogía de la persona, escribe: "La familia está ligada a la genealogía de todo hombre: la genealogía de la persona. La paternidad y la maternidad humanas hunden sus raíces en la biología y al mismo tiempo la superan". Se ubica, pues, en referencia a Dios: "Dios está presente según un modo diferente en relación con toda otra generación"sobre la tierra"" (Ibid).

El carácter de don que es el hijo, así sea una forma lacónica, es referido en el texto bíblico: Adán conoció Eva, su mujer, la cual concibió y dió a luz a Caín, y dijo: "He adquirido un hombre del Señor" (Gen. 4,1). Es como una ganancia, no obstante el hijo que concretamente concibe, que será asesino de su hermano. ¡Es una gozosa exclamación por un nuevo hombre!. En el Nuevo Testamento, el nacimiento de un hombre, que un ser humano ha venido al mundo" (Jn 16,21), constituye un signo Pascual, como el Papa lo recuerda, al contraponer, hablando a sus discípulos antes de su pasión y muerte, la tristeza de los discípulos semejante a los dolores de parto, los cuales se tornan en la alegría de dar a luz un hombre que viene al mundo (gozo y alegría de frente a la vida que surge y que, por el contrario, en la cultura de la muerte, en la desconfianza creciente que de tal cultura emana el mundo de hoy, con sociedades enfermas, corre el riesgo de ser experimentados cada vez menos). La alegría que en la espera y la acogida del nuevo hijo debe llenar de alegría los hogares se vuelve un proceso gris, a veces indeseado, como si el canto de los ángeles y de los pastores en Belén no tuviera su eco en cada hogar, con toda la humana "pobreza", como heridas producidas a la humanidad, que tal actitud comporta y que contrasta con la de aquellos que en cambio quieren el hijo a todo precio! Contraste que sin embargo, no debe conducir a que el don del hijo sea interpretado como un "derecho" que puede ser invocado incluso con el recurso a actos reñidos con la moral, en última instancia, porque no expresan de verdad la donación, en el acto conyugal personal.

Normalmente el hijo concebido, y su nacimiento más que aparecer como un empeño que pesa, no obstante la responsabilidad y sacrificio que conlleva, es, de parte del nuevo ser, una invitación a la fiesta. ¡Hay alegría pascual!. Es la verdad de la expresión de San Ireneo: "Gloria Dei vivens homo". Esta atmósfera en nada reduce la fuerza del compromiso que el don del hijo encarna, como una grande, dignificante e ineludible responsabilidad (cf. Grat. sane, 12).

En el cumplimiento gozoso de esa responsabilidad, de la capacidad de responder, en primer lugar a Dios, se juega la propia coherencia y por tanto su felicidad. En el sacramento de la reconciliación el ejercicio ministerial de la Iglesia que absuelve y perdona a los hombres de sus pecados es concorde con su misión profética de anunciar la verdad. Cuando el Evangelio es proclamado y viene acogido en el corazón, fructifica en el dolor saludable que prepara para recibir el perdón. Sólo una conmiseración que no nace del amor cristiano puede inducir a desenfocar la verdad que quizá hiere, pero es herida saludable que salva, y a paliar las exigencias morales derivantes de la revelación.

Tal actitud ciertamente no llevará a los creyentes al sufrimiento ante las propias obras desordenadas, pero tampoco les conducirá a la alegría del perdón con el que Dios les acoge como a hijos que vuelven a la casa paterna. Estas son las características que han guiado la redacción del Vademecum para los confesores, preparado por el Pontificio Consejo para la Familia. En él se presenta la actitud con la que los ministros deben siempre acoger y ejercer este sacramento, llena de comprensión y de misericordia, y a la vez la claridad, verdad y competencia doctrinal con la que deben formar e instruir a quienes puedan estar desorientados o en error.

Es un prejuicio y un error difundido querer oponer la verdad y la misericordia. Una "misericordia" sin verdad sería una caricatura de lo que el Señor confía como misión a la Iglesia. La Iglesia no puede en nombre de la "comprensión" (mal entendida), por así decirlo, "cerrar un ojo", pasar sin ver, sin denunciar, precisamente como exigencia de verdadera reconciliación, reencuentro con el Señor en la verdad y en el perdón.

El regalo que es el hijo para la familia que centra su atención en él y sigue de corazón todo el proceso, desde la concepción, el nacimiento, la educación, con ternura y sentido de reconocimiento, con capacidad de maravillarse, de sorprenderse, de descubrir en los diversos momentos el afirmarse de un nuevo ser, exige una pedagogía para que la rutina no devore lo hermoso y gratificante de la misión de los esposos y la "carga" no recorte la intensidad legítima de la plenitud, de la alegría. Un conocido moralista pone en labios del niño estas palabras que gustoso transcribo: "No temáis acogerme, de asumir mi vida como una tarea!. Esto no será para nosotros una tarea pesada; más aún será una tarea tan leve incluso hasta lograr aliviar, (hacer menos pesado) vuestra vida oprimida. Yo no soy un patrón despótico (…). Seré capaz de un reconocimiento tal de convertirme para vosotros en una recompensa más grande que vuestras fatigas"33.

Es el Señor quien nos enseña con la palabra y con los gestos: toma un niño, lo pone en medio de El y los discípulos y dice: "quien acoge a uno de estos niños en mi nombre, a mí me acoge, y quien a mí no me acoge, no me acoge a mí sino al Padre que me ha enviado" (Mc 9,36-37). El signo de la acogida ya lleva el mensaje del don ofrecido y en la acogida remite al Dador de todo bien. Los hijos son ante todo una bendición, un mensaje transmitido en la espontanea ternura que especialmente en el hogar suscita, y antes que sean vistos como una carga, son portadores de la "Buena nueva" que en ellos se proclama y despunta. Diríamos que el Evangelio de la familia y el Evangelio de la vida que resuenan en la Iglesia Doméstica, Santuario de la vida, son el lugar desde el cual el hijo mismo proclama su dignidad. "Dios lo ha llamado "por él mismo", y, cuando viene al mundo, el hombre comienza en la familia, su "grande aventura", la aventura de la vida. "Este hombre", en todo caso, tiene el derecho de afirmarse él mismo en razón de su dignidad humana. Es precisamente esta dignidad la que debe determinar el lugar de la persona en medio de los hombres, y ante todo, en la familia" (Grat. sane, 11).

Este, "ante todo, en la familia", que meramente nos remite a la inseparabilidad entre familia y vida, soporta la verdadera alegría que palpita en cada vida nueva con tonalidad original.
"El Evangelio del amor de Dios al hombre, el Evangelio de la dignidad de la persona, y el Evangelio de la vida son un único e indivisible Evangelio" (EV 2). En la familia este Evangelio se vive como una aventura que sorprende y suscita la capacidad de maravillarse, conservando, como María, todo en su corazón. El misterio de Belén y Nazaret es portador de una verdad antropológica, de la vida como un don, en la dignidad que el amor de Dios sostiene y alimenta: "El hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, a todo hombre" (GS 22).
Bien ha podido expresar Hans Urs Von Balthasar: "… En todas las culturas no cristianas el niño tiene una importancia tan sólo marginal, porque es simplemente un estadio que precede al hombre adulto. Se necesita la encarnación de Cristo para que podamos ver no solamente la importancia antropológica, sino también aquella teológica y eterna del nacer, la bienaventuranza definitiva del ser a partir de un seno que genera y da a luz"34.

Hay algunos que llegan a presentar la hipótesis de que "el sentimiento de la infancia" surgió apenas en la mitad del siglo XVI (Es la posición de Philippe Ariés). Campanini comenta: "más allá de la verificabilidad o no de la hipótesis de partida de Ariés … no hay duda de que se dió en occidente una larga estación en la cual el niño ha estado en la periferia, y una más breve, pero igualmente rica y significativa fase (que abraza cerca de los tres últimos siglos de la historia de occidente) en la cual el niño ha sido puesto al centro de la familia y, de alguna manera, al interior de la vida social. Ha sido la estación del "puericentrismo", que quizás se está consumando bajo nuestros ojos por efecto de un desarrollo tecnológico siempre más avanzado dentro del cual no parece que haya puesto para el niño"35. El profundo sociólogo de la universidad de Parma, en la peculiar claridad y síntesis en sus observaciones, manifiesta su preocupación de que la técnica borre las relaciones personales y que, a la postre, cuenta más la tecla que se oprime en la que llama "Sociedad digitálica" que el acercamiento a las personas, la aproximación al niño.

En la educación se estima más la inteligencia, (diría yo un tipo de inteligencia) que la entera personalidad: El encuentro con el "bottone", (la tecla del computador o de los juegos electrónicos) toma el puesto de las personas. El fenómeno que Campanini caracteriza como "pérdida del centro", acarrea la pérdida de los puntos de referencia respecto de valores fundamentales, sobre todo éticos y religiosos, mientras surge otro cuadro de "valores". El computador puede ser un campo abierto a la fantasía, a una fantasía programada y "pre-codificada", pero el niño está en medio a un mundo en donde su "mundo vital" se reduce. Se erosionan estructuras fundamentales de mediación. La principal de ellas, la familia, en la cual en la sociedad del pasado se adquirían la mayor parte de los conocimientos. La misma escuela abre más y más espacio a la "información" por la máquina. ¿Podrán dejar de ser la familia y la escuela núcleos de protección?36. Sobre el tema de las mediaciones sociales y familia retornaremos más adelante para dar curso, ya en referencia al conjunto social, a las preocupaciones de Pierpaolo Donati.

Impresiona ver cómo se pierde un terreno en el cual se daban pasos promisorios para el reconocimiento del niño en su puesto central, no periférico o marginal. El niño es un ser amenazado, ya desde el vientre de la madre, que los parlamentos convierten en el lugar de la más injusta de las sentencias de muerte!. Mientras se dan pasos firmes en la Convención de los Derechos del niño de las Naciones Unidas (sin entrar a considerar ahora las relaciones y oscilaciones en algunas partes, justamente sometidas al tratamiento de las "reservas" por la Delegación de la Santa Sede), y la Iglesia se bate para que haya códigos de protección del niño, proliferan los atentados, de toda índole, y no se ve que haya siempre la debida coherencia entre lo que se suscribe y promete y la conducta concreta. Hay un abismo de separación entre la Convención de Naciones Unidas y ciertas recomendaciones del Parlamento Europeo… Es bien tímida todavía la actitud frente a escándalos que golpean y sacuden saludablemente la conciencia de los pueblos, aunque a tales situaciones haya conducido una difusa permisividad. ¡Son los niños las principales víctimas!. Esa actitud puede representar un camino de retorno después de la postración.

En la línea de la Familiaris Consortio, n. 26, sobre los derechos del Niño, el Pontificio Consejo para la Familia ha venido desplegando, con medios bien limitados, una movilización de conciencias, especialmente, en cuanto a la "autoridad" del niño en la familia y en la sociedad. Ya el Santo Padre había expresado en la Audiencia general de las Naciones Unidas, el 2 de octubre de 1979: "la solicitud por el niño, incluso antes de su nacimiento, desde el primer momento de su concepción y, a continuación, en los años de la infancia y de la juventud es la verificación primaria y fundamental de la relación del hombre con el hombre" (FC 26). El "test" que atestigua acerca del estado de salud de la familia y la sociedad es el cuidado amoroso de los niños. Me asalta la duda de si la excesiva preocupación de los esposos por "sus" problemas (como si el hijo pudiera quedar al margen) y por la búsqueda de una felicidad que se torna esquiva e inaccesible, lejos de los puntos de referencia que han de regular toda vida y más de quienes deciden compartirla, relega a un segundo término las situaciones del hijo. ¿No es el divorcio una prueba apabullante, en la que el hijo sufre el desamparo "afectivo"?

La preocupación del hijo imprime, en un proceso normal, un nuevo sentido de responsabilidad y no puede la pareja resolver "sus problemas" en desventaja, y en daño de quien se vuelve testigo de la calidad de su amor y de los quilates de la personalidad de quienes le dieron la vida37. El niño puede volverse también una víctima que reclama sus derechos, aunque lo haga en el silencio.

Crece la preocupación sobre los costos sociales y destrucción de sus derechos, pero no se ve cómo darle cauce en una sociedad que padece un letargo pesado.

Contemplando el niño como don, en la trasparencia de una inocencia que invita a volverse a él con un amor privilegiado, comprometido y tierno, es más penoso el contraste de su negación, de hecho!. Diríamos que junto al portal de Belén son más sombríos los rasgos de los propósitos de Herodes, como lo son los de las masacres físicas y morales, que cobran víctimas las más inermes.

M. Zundel ofrece un hermoso texto que sirve también para ver el horroroso contraste: "¿quién no se ha sentido como transportado en oración delante del espectáculo maravilloso de un niño que duerme?. Las posibilidades innumerables que él encierra tienen la pureza original del don"38. ¡Y pensar en las terribles matanzas en curso!. Visité una Parroquia en Ruanda: durante el genocido (que con otras modalidades no termina) fueron asesinados en el templo e inmediaciones 6000 mujeres y niños. La humanidad prosigue en su "autogenocidio", con el alud de abortos que sepulta su mismo futuro!.

Si es verdad aquello que dice Platón, según el cual "la educación de los niños, la Paideia, es el principio de que se vale toda comunidad humana para conservarse a sí misma", observa un periodista, hemos de decir que las comunidades que, en lugar de educar a los hijos, los usan para el sexo, para la guerra, el mercado, la publicidad, han decidido ya su extinción y bien que lo saben.

Ser hijo, por otra parte, exige una manera de vivir, un comportamiento: el hijo, se enorgullece de su padre y se manifiesta en el gesto de ponerse en sus manos, como acto que expresa la suprema confianza en que el padre reajustará todo lo que es erróneo y desordenado. Se reconoce como hijo cuando dialoga con su padre y lo invoca en la confiada apelación como Abba!. Es la relación de Jesús con su Padre, que va desde la infancia hasta la muerte, hasta el último grito del Hijo del Padre abandonado sobre la cruz. Jesús entra en una especial relación, en el marco familiar, con su madre, de cuyo seno proviene. "Bendito el fruto de tu vientre". Es una relación que va mucho más allá de los límites biológicos, y que alcanza las dimensiones insospechadas de un diálogo que fructifica en la obediencia pronta, tierna, decidida a cumplir la voluntad de Dios. Una mujer levantó la voz en medio de la multitud: "Bienaventurado el vientre que te portó y los senos que te amamantaron!". Pero Él dijo: "Bienaventurados más bien aquellos que escuchan la palabra de Dios y la guardan" (Lc. 11,27-28). Es un aforismo corriente que el Tangum Yeronshami recogió parafraseando la bendición de Juda sobre José. Jesús no contradice esta Bienaventuranza, que bien sabe merece plenamente su madre, sino que enuncia una bienaventuranza superior39.

Los hijos, que son un don de Dios (salmo 126, 3) tienen la responsabilidad de configurarse como don a los padres, obedientes a la voluntad de Dios, confiando en ellos, en la misma corriente que lleva hasta Dios. Jesús "vivía sujeto a ellos" (Lc. 2,51) y vive en la más perfecta armonía con el mandamiento; "Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen sus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar" (Ex. 20,12; Dt. 5, 16). "La familia cristiana es una comunión de personas, reflejo e imagen de la comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo" (C.E.C., n. 2205).
El hijo es un don que fortalece notablemente el vínculo matrimonial y sirve de cemento a la comprensión de los esposos que miran juntos a su proyecto común, que los hace salir de ellos mismos para encontrarse en su futuro: La vida nueva que de ellos, aliados al Dios Creador, ha surgido. Proyectados hacia el hijo, construyen su futuro. En cierto modo, ellos que son los primeros evangelizadores de sus hijos, son también por ellos evangelizados. El cuidado de los hijos se traduce en confianza, como actitud humana fundamental. Escribe Giuseppe Angelini: "Es conocido de todos … el grandísimo valor que los hijos acuerdan a la comprensión recíproca ("intesa") entre los progenitores. Más aún que ese grandísimo valor, es necesario hablar de una incapacidad radical de los hijos pequeños a imaginar su vida y el mundo entero sin esa "intesa"… También los hijos muestran ser una bendición … una iluminación del sentido de conjunto de la vida"40. Es una exigencia para recibir el don de los hijos que compromete, saberse empeñar: "La verdad en el acto generativo exige que, desde el comienzo, el hombre y la mujer se prometen ellos mismos a aquel que debe venir…"41.

Todos estos aspectos, que nos hemos limitado a enunciar y que merecen ser profundizados en una teología de los valores de la "persona y del don", que alcanzan tan altos grados de grandeza para el creyente, no eran propiamente desconocidos por la sabiduría, en la cultura secular. Oigamos a Aristóteles: "Los progenitores aman en efecto los hijos, porque los consideran una parte que de ellos deriva … Los progenitores aman a los hijos como a ellos mismos, ya que los hijos de ellos nacidos son como ellos mismos … y los hijos aman a sus padres porque de ellos han tenido su origen … En fin, los hijos son estimados un vínculo y por esto los cónyuges sin hijos se separan más rápidamente; los hijos son un bien común para ambos y lo que es común mantiene unido"42.

Las relaciones en la familia observa Giorgio Campanini, a la luz del Evangelio adquieren otras dimensiones: "Honra el padre y la madre" (Deut. 15,4) puede llevar a formas variadas de sumisión de los hijos; según diversos contextos el cuidado de los hijos no era siempre desinteresado. "El Evangelio introduce en el ámbito de las relaciones entre padres e hijos la nueva categoría del "servicio", que no excluye sino que supera definitivamente aquella de la "autoridad" (Mt.20,26), cambiando la tradicional relación de sumisión". Diríamos tal vez que es enriquecida la concepción y enfoque de una autoridad puesta al servicio del crecimiento de los hijos. Y es esta, me parece, la perspectiva del autor al recordar: "Entender el ejercicio de la autoridad como realización de un servicio implica que aquel que está en alto haga de quien está abajo el centro de sus preocupaciones"43. Es una subordinación transitoria, en el Señor, que realiza y lleva a madurar. Nuevamente, el amor busca el bien del otro, no su dominio. El amor de los padres no debe ser "posesivo", pues le roba oxígeno a los hijos e impide su crecimiento. En tal sentido, la autoridad familiar es "ex-céntrica" en cuanto tiene fuera de ella su centro.

El hijo, centro de las preocupaciones, hace que los padres se inclinen a ese bien común en el que se encuentran en personal convergencia, como profunda urgencia vital, existencial, una forma característica de propósito común que desde su íntima comunión se realza hacia el fruto de su amor, fruto bendito en el doble carácter de "servicio" ya "promisorio". Proyecto y propósito común que va desde la procreación hasta la educación consolidada.

En el pensamiento de Santo Tomás, como en un útero integral, "el tipo de relación de "sumisión" evangélica, (para no olvidar el "les estaba sujeto" o "les era sumiso") se torna en valor ejemplar para la misma sociedad y para el ejercicio de la autoridad. Así puede ser propuesta como tipo de toda forma de autoridad ejercitada en el espíritu del Evangelio"44.

El Catecismo de la Iglesia Católica observa, dentro de esta perspectiva: " … La estabilidad y la vida de relación en el seno de la familia constituyen los fundamentos de la libertad, de la seguridad, de la fraternidad en el seno de la sociedad" (C.E.C., n. 2207).

El compromiso de la educación de los hijos pone en tal perspectiva la autoridad, superando la tendencia instintiva a transferir o moldear en los hijos la propia personalidad y las propias expectativas, y requiere que haya un real empeño de educación en la fe (cf. GS 48).