|
1. LA FAMILIA La ubicación histórica inmersa en una serie de cambios y de alteraciones en modalidades de reflexión, tantas veces llenas de ambigüedades, harto difundidas y que en cierta forma ponen en tela de juicio la razón de ser y el sentido mismo de la familia, con su fisonomía propia e insustituible, fundada en el proyecto de Dios Creador, ha hecho que sea imprescindible hoy insistir en el artículo -en singular- la familia. Es preciso dar toda la fuerza al uso del singular: la familia, cuando crece un uso del plural, las familias, con todo lo que comporta en el sentido de negar un modelo de la familia, fundada en el matrimonio, comunidad de amor y de vida, de un hombre y una mujer, abierta a la vida. Unida a la concepción singular y en singular de la familia, está su filosofía, su fundamentación antropológica, sobre la cual el Papa ha aportado tantos aspectos iluminadores en su magisterio2. Manteniendo sin confusiones ni concesiones indebidas el modelo de la familia, querido por Dios, como institución natural, nos alejamos de una visión superficial y precipitada que concibe el matrimonio y la familia como mero fruto de la voluntad humana, producto de consensos cambiantes. Consensos, acuerdos, que no ofrecen la estabilidad y la identidad, como una riqueza, sino que hacen que a la intemperie, la unidad matrimonial sufra el deterioro de sucesivas erosiones que debilitan la familia. Citando el texto de Génesis 2, 24, el Señor declara solemnemente el proyecto de Dios, desde el principio de la creación ("ab initio": como modelo creacional). Hay un orden establecido por Dios desde la creación (AP ARCHES) (cf. Mt. 19, 4): "Hombre y mujer los creó (varón y hembra) Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. De modo que no son dos sino una sola carne; luego, lo que Dios ha unido no lo separe el hombre"3. El Catecismo de la Iglesia Católica, ofrece el comentario de Tertuliano: "Nada los separa, ni en el espíritu, ni en la carne; al contrario, allí donde la carne es una, es uno también el espíritu" (C.E.C., n.1642). Hay que recordar que "carne" en el lenguaje bíblico, denota no sólo la parte material del hombre, sino al hombre mismo como persona. San Pablo, en la Carta a los Efesios se refiere nuevamente a este pasaje del Génesis (cf. Ef. 5, 31) y lo señala como "grande misterio (to misterion mega)" (Ef. 5, 32), referido a Cristo y a la Iglesia. El "mega" (lo grande del misterio, en el proceso a que alude la Escritura), radica en que el hombre (anthropos: Adán), es tipo (typos) del amor de Cristo y de la Iglesia4. El tema que comentamos toma como clave la del don que tiene su fuente en Dios mismo, de quien todo don proviene (cf. Sant. 1,17). Es don recibido en la Iglesia ("don de Iglesia") y para ella, por medio de la Iglesia doméstica. El don que los futuros esposos se ofrecen recíprocamente, con la correspondiente acogida libre y explícita, es decir, el consentimiento, configura el elemento indispensable "que hace el matrimonio" (C.E.C., n. 1626). Ese "acto humano por el cual los esposos se dan y se reciben" (C.E.C., n. 1627), es mejor que sea expresado en la fórmula que la pareja debiera aprender de memoria y saber expresar de modo personal y significativo. Podría decirse que la insistencia de la Iglesia en una adecuada preparación del matrimonio, en las diferentes etapas, busca asegurar que el "SI" de los esposos tenga toda su seguridad y densidad (cf. C.E.C., n. 1632), y está en la base de los bienes y exigencias del amor conyugal. Allí está la clave de su felicidad, como lo expresa la bendición nupcial tercera del ritual: "que encuentren su felicidad dándose el uno al otro". La celebración litúrgica debe expresar todo lo que implica esa recíproca entrega entre los mismos esposos, entre los esposos y la Iglesia y Dios, en ese amor derramado sobre sus corazones5. El don de los esposos, puntual y permanente, que supone y expresa una libertad madura, con la forma canónica del sacerdote que recibe el consentimiento en nombre de la Iglesia, "expresa visiblemente que el matrimonio es una realidad eclesial (cf. C.E.C., nn. 1630, 1631), un compromiso público, en el "vínculo establecido por Dios" (C.E.C., n. 1640), lazo irrevocable que exige fidelidad entre los esposos y al Dios fiel en lo que su divina sabiduría dispone. Cristo está presente en el corazón de las libertades humanas, en su lozana continuidad, en un acto diariamente renovado en virtud del cual están como "veluti", consagrados (observa la Gaudium et Spes 48). Los esposos no pueden alcanzar su felicidad y su plenitud al margen de esa verdad que enriquece el sentido de su libertad. Los esposos se otorgan recíprocamente en Cristo, quien les sale al paso, ofrece las energías necesarias que superan las limitaciones de una libertad vulnerada, necesitada, que permite expresar con sinceridad "yo te tomo como esposo (esposa) y te prometo serte fiel todos los días de mi vida"6. Estas palabras que acompañan las manos de los esposos que se estrechan, están cargadas de significación y deben advertir a los esposos sobre los riesgos de un amor traicionado, que el mundo presenta como un derecho y hasta como una liberación. Así, la palabra se vuelve inexpresiva y el gesto vacío, sin dimensión de grandeza.
|