2. DON Y COMPROMISO

 

La familia, fundada sobre el matrimonio, comunidad de vida y de amor, (de "toda la vida" en la presentación del Código de Derecho Canónico, can. 1055), tiene su "elemento indispensable", que "hace el matrimonio" en el intercambio de consentimientos (cf. C.E.C., n. 1626).

El consentimiento, observa el Catecismo de la Iglesia Católica, consiste en un "acto humano por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente" (GS 48) (C.E.C., n. 1627). Ese otorgarse recíprocamente se hace por medio de la palabra como solemne promesa, que va acompañada por gestos que subrayan esa voluntad de mutua entrega. El don que se ofrece, la misma persona, asume la categoría de don cuando es acogido -agrega el Catecismo-. "Yo te recibo como esposa" - "yo te recibo como esposo". Este consentimiento que une a los esposos entre si, encuentra su plenitud en el hecho de que los dos "vienen a formar una sola carne" (C.E.C., n. 1627).

El consentimiento, como expresión de este don, que hace el matrimonio, "la alianza matrimonial" y constituye un consorcio de toda la vida" (C.E.C., n. 1601) es un don en Dios. En El tiene su fuente y su autor. Cuando los esposos se otorgan el uno al otro, llegan a ser un regalo de Cristo que dona el hombre a la mujer y la mujer al hombre. Es "una íntima comunidad de vida y amor conyugal, fundada por el Creador… El mismo Dios es el autor del matrimonio"(GS 48). En el matrimonio, recuerda el Concilio Vaticano II, "El Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia sale al encuentro de los esposos cristianos" (GS 48).

Es ese el proyecto de la creación querido por Dios al inicio, que el Señor santifica solemnemente y eleva a la dignidad de sacramento. Es Dios quien une en el matrimonio, en esa comunidad "estructurada con leyes propias", como instituido "establecido por ordenamiento divino", que no depende del arbitrio humano" (cf. C.E.C., n. 1603). Son bien conocidos los pasajes de la teología bíblica que muestran, dentro del marco de una definida antropología, cómo está anclada en el corazón del ser humano la llamada a compartir, a la complementariedad, a una acogida, en la realidad de la primera pareja. En esta unión, cuyo autor es Dios, El mismo se compromete y se proyecta en el horizonte de la Alianza de Dios con la humanidad, de Cristo con la Iglesia. Con especial fuerza ha escrito Max Thurian: "No es un simple contrato que se relaciona con una fidelidad recíproca. Dios en persona realiza este misterio de unión y le da una seguridad ante los peligros de desgarramiento. Es la característica primordial del matrimonio cristiano. El matrimonio es la unión en Dios y por Dios…"7.

El matrimonio cristiano tiene una relación directa con la Alianza de Cristo. En tal sentido el consentimiento no es un acto entre dos sino "triangular" (en la expresión de Carlo Rocchetta), como un "Sí" dicho al interno del "Sí" de Cristo y a la Iglesia. El consentimiento de los esposos no puede ser separado de la adhesión a Cristo. "El tradere se ipsum de Cristo a la Iglesia viene a configurar en profundidad el tradere se ipsum de los esposos"8.

Lo que Dios ha unido hasta volverse "una sola carne" el hombre no puede someterlo a sus caprichos ni invocar arbitrio alguno. El matrimonio no es un consenso, fruto de cambiantes acuerdos humanos, sino una institución que hunde sus raíces en el terreno de lo sagrado: la misma voluntad del Creador. No es gracioso regalo de los parlamentos, logro de los legisladores en las estratagemas políticas. El pleno señorío a Dios pertenece y es El quien sale al paso y ofrece el don. Comenta Joachim Gnilka: "El hombre no separe lo que Dios ha unido" (Mt.19,6) es comprensible solamente si se puede partir del presupuesto que es Dios quien une toda pareja de esposos"9.

El don expresado en el consentimiento "personal e irrevocable", que establece la Alianza del matrimonio, lleva el sello y la calidad de una donación definitiva y total de uno al otro (cf. C.E.C, n. 2364).

La donación hasta formar "una sola carne" es un otorgarse personal, no se ofrecen cosas, que se articula en la palabra-promesa y se funda en el Señor. Porque es una donación personal, no entra en juego, en su proyecto original, la dialéctica de la posesión, del dominio. Por ello no es destrucción de la persona, sino realización de la misma en la dialéctica del amor, que no ve en el otro una cosa, un instrumento que se posee, se usa, sino el misterio de la persona en cuyo rostro se delinean los perfiles de la imagen de Dios. Sólo una adecuada concepción de la "verdad del hombre", de la antropología que defiende la dignidad del hombre y de la mujer, permite superar plenamente la tentación de tratar al otro como cosa y de interpretar el amor como una empresa de seducción. No es un amor que degrada, elimina, sino que exalta y realiza. Solo así se descifra e interpreta esta categoría del don, que libera del egoísmo, de un amor vacío de contenido, que es insuficiente e instrumentalización, y que liga la unión simplemente a un gozo sin responsabilidad, sin continuidad, que es ejercicio de una libertad que se degrada lejos de la verdad.

Se impone, con toda fuerza la categórica declaración Conciliar: "El hombre que es en la tierra la sola creatura que Dios ha querido por sí misma no puede encontrarse plenamente sino a través del don sincero de Sí mismo" (GS 24). Tiene, pues, la dignidad de fin, no de instrumento o cosa, y en su calidad de persona es capaz de darse, no solo de dar.

Los esposos en esa entrega recíproca, en la dialéctica de una entrega total, "forman una sola carne", una unidad de personas "communio personarum", desde su propio ser, en la unidad de cuerpos y espíritus. Se dan con la energía espiritual y de sus propios cuerpos en la realidad de un amor en el cual el sexo está al servicio de un lenguaje que expresa esa entrega. El sexo, como recuerda la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, es un instrumento y signo de recíproca donación: "la sexualidad mediante la cual el hombre y la mujer se dan uno a otro, con los actos propios y exclusivos de los esposos, no es en efecto algo de puramente biológico sino que afecta al núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal. Ella se realiza de modo verdaderamente humano, solamente cuando es parte integral del amor con el que el hombre y la mujer se comprometen totalmente entre sí hasta la muerte (FC 11).

Es bien difícil abordar toda la riqueza que contiene la expresión "una sola carne", en el lenguaje bíblico. En la Carta a las Familias, el Santo Padre profundiza en su significación a la luz de los valores de la "persona" y del "don", como lo hará también en relación con el acto conyugal, que está ya incluido en esta concepción de la Sagrada Escritura. Así escribe el Papa, quien ofrece, en diferentes escritos, un cuidadoso análisis, en la Gratissimam sane: "El Concilio Vaticano II, particularmente atento al problema del hombre y de su vocación, afirma que la unión conyugal -significada en la expresión bíblica "una sola carne"-,no puede ser comprendida y explicada plenamente sino recurriendo a los valores de la "persona" y del "don".

Cada hombre y cada mujer se realizan en plenitud mediante la entrega sincera de sí mismo; y, para los esposos, el momento de la unión conyugal constituye una experiencia particularísima de ello. Es entonces cuando el hombre y la mujer, en la "verdad" de su masculinidad y de su feminidad, se convierten en entrega recíproca. Toda la vida en el matrimonio es un don, pero esto se hace singularmente evidente cuando los esposos, ofreciéndose recíprocamente en el amor, realizan aquel encuentro que hace de los dos "una sola carne" (Gen. 2,24). Ellos viven entonces un momento de especial responsabilidad, incluso por la potencialidad procreativa vinculada con el acto conyugal. En aquel momento, los esposos pueden convertirse en padre y madre, iniciando el proceso de una nueva existencia humana que después se de-arrollará en el seno de la mujer" (Grat. sane, 12)

En esta perspectiva, y comentando el "misterio de la feminidad", en su Catequesis sobre el amor humano, Juan Pablo II, observa (en relación con Génesis 4,1): "El misterio de la feminidad se manifiesta y se revela hasta el fondo mediante la maternidad, como dice el texto: "la cual concibió y dio a luz". La mujer está de frente al hombre como madre, sujeto de la nueva vida humana que en ella es concebida y se desarrolla, y de ella nace al mundo. Así también se revela en profundidad el misterio de la masculinidad del hombre, es decir, el significado generador y paterno de su cuerpo". Y luego subraya: "La paternidad es uno de los aspectos de la humanidad más sobresalientes en la Sagrada Escritura"10. Sobre el tema tornaremos al examinar el don del hijo.

A la luz de la teología de la donación, reflexiona el Papa sobre el lenguaje del cuerpo y en el conjunto de su expresividad y significación como don personal de la persona humana. "Como ministros de un sacramento que se constituye a través del consentimiento, y se perfecciona a través de la unión conyugal, el hombre y la mujer son llamados a expresar ese misterioso lenguaje de sus cuerpos en toda la verdad que le es propia. Por medio de gestos y de reacciones, por medio de todo el dinamismo, recíprocamente condicionado, de la tensión y del gozo, a través de esto habla el hombre, la persona (…). Y, precisamente en el nivel de este "lenguaje del cuerpo" -que es algo más de la sola reactividad sexual y que, como auténtico lenguaje de las personas, está puesto bajo la exigencia de la verdad, es decir, a normas objetivas-, el hombre y la mujer se expresan recíprocamente a ellos mismos en el modo más pleno y profundo, en cuanto le es consentido por la misma dimensión somática de la masculinidad y feminidad: el hombre y la mujer se expresan ellos mismos en la medida de toda la verdad de sus personas"11. Esa relación y dimensión personal, así expresada, en "una sola carne", dice relación a Dios mismo, en cuanto la pareja, como tal, es imagen de Dios. "Podemos deducir que el hombre se ha vuelto imagen y semejanza de Dios, no solamente a través de la propia humanidad, sino a través de la comunión de las personas"12.

Es esta verdad que enaltece y dignifica lo que debiera ser transmitido en un contenido digno de tal nombre, en la educación sexual, que señala la grandeza de la sexualidad, en su dimensión personal, como un lenguaje de amor: donación aceptación - compromiso, que no encierra las personas en sí mismas, o en un ciclo cerrado de goce, sin apertura, sino que se levanta hacia Dios y adquiere nuevas dimensiones de eternidad, es decir, que no se circunscribe a actos perecederos que el tiempo borra y quizás sufre en la memoria el desgaste del tiempo, sino que se eleva hasta la fuente misma del amor.

Esa expresión en un lenguaje humano, personal, de totalidad, ¿cómo no ha de marcar la existencia, en un sentido de profundo compromiso?. De alguna manera, aún después de la muerte de uno de los cónyuges, algo de esa relación permanece. No entramos ni de lejos a discutir el derecho que asiste al viudo o a la viuda para casarse de nuevo. Sin embargo, pensando sobre todo en ciertas oraciones bien significativas de la Liturgia Oriental, en el caso de nuevas nupcias, en las que no hay propiamente palabras de encomio, sino como de permisión, de tolerancia, me parece que se abre una pista de explicación por el tipo de relación asumida y que no es propiamente indiferente para la persona que se ha sumergido en la corriente del don.

Es preciso rescatar el sentido de la entrega, liberarlo, de una cultura que atenta contra la dignidad del hombre y de la mujer y que destruye la relación personal de los esposos, como si el proceso de la entrega no respondiera a resortes profundos de la personalidad y como si una ciencia, digna de tal nombre, no pudiera venir en ayuda de la verdad del hombre.

No es el momento de introducirnos en consideraciones que nuestro Dicasterio ha hecho en el Documento que lleva este título, como enunciación de su contenido central: "Sexualidad Humana: Verdad y Significado". Esta perspectiva es también reconocida fundamentalmente por las conquistas de la razón, por los logros de una ciencia que se acerca de verdad al ser del hombre. Una proyección que supera el egoísmo y tiende al otro, es altruista, no es extraña, v.g., al pensamiento de Freud. Hoy se puede hacer la denuncia de una tal banalización del sexo que se detiene en estadios y etapas previas, en donde el egoísmo encierra y aisla, con la modalidad de una inmadurez que destruye el lenguaje del amor, la verdad y cobra su víctima en el mismo hombre y en la mujer.

Muchas veces acceden al matrimonio con una personalidad severamente lesionada por una cultura falseada, que es como una bomba de tiempo para el mismo matrimonio. El hecho de que el lenguaje sexual, como comportamiento armónico y articulado, que está al inicio de la verdad, no debe reducirse a lo meramente biológico, es, a veces, traducido por escritores de la calidad de Marguerite Yourcenar en sus "Memorias de Adriano". Permitidme recoger algunas de sus expresiones que, me parece, ilustrarían la verdad que el magisterio quiere transmitir. El lenguaje de los gestos, de los contactos, pasa de la periferia de nuestro universo a su centro y se vuelve más indispensable que nosotros mismos, y tiene lugar el prodigio admirable, en el que veo más una asunción de la carne por el espíritu que un simple juego de la carne, en una especie de misterio de la dignidad del otro que consiste en ofrecerme ese punto de apoyo de otro mundo13.

Hay entonces como una intuición, no exclusiva del universo de la fe, que restituye al sexo su grandeza y lo rescata del vaciamiento y de un uso instrumental que en la cultura del consumismo se parece mucho a lo desechable: ¡se usa y se bota!. Es la globalidad de la persona la que está en juego y sus actos no le son exteriores, como si pudieran ser atribuibles a otro, en una forma de "irresponsabilidad" básica e infantil. El hombre que se siente incapaz o inseguro de responder por sus actos, que asumen el tono de juegos provocados por un ser somnoliento.

Retornemos a un pensamiento de M. Yourcenar que transmite bien una impresión ética: "Yo no soy de aquéllos que dicen que sus acciones no se les parecen. Deben parecerse, porque las acciones son la sola medida y el único medio de diseñarme en la memoria de los hombres o en la mía propia… No hay entre yo y los actos de los que soy hecho, un hiato indefinible, y la prueba, es lo que yo pruebo sin cesar en la necesidad de pesarlos, de explicarlos, de dar cuenta de ellos a mi mismo"14.

En el lenguaje sexual se expresa el hombre, de alguna manera se diseña y se modela, y configura su destino. El don, la verdad del mismo y su sentido adquieren una estatura y proporción dignas del hombre. Por eso la Familiaris Consortio subraya este valor sin el cual el sexo se vacía, pierde su verdad, hasta volverse caricatura y mueca que lacera y desfigura lo que debe brillar en el misterio de una carne: "el amor conyugal comporta una totalidad donde entran todos los elementos de la persona -reclamo del cuerpo y del instinto, fuerza del sentimiento y de la afectividad, aspiración del espíritu y de la voluntad-; mira a una unidad profundamente personal que, más allá de la unión en una sola carne, conduce a no hacer más que un solo corazón y una sola alma" (FC 13).

El Consentimiento, el don recíproco, -recordábamos antes- es "personal e irrevocable"; la donación es "definitiva y total". Su lugar noble, propio, único es el matrimonio. ¡En éste la donación es verdad!.

Podríamos decir que lo definitivo es una calidad de la totalidad de la donación. Es la superación de una entrega parcial, a pedazos, por "cómodas cuotas" que son homenajes al egoísmo, al amor opacado por la realidad del pecado. Un amor así, a trozos, pierde hondura, espontaneidad y poesía. Entre los novios es otra la tonalidad. El amor que se promete o tiene ansias de duración, de "eternidad" o en el fondo no existe. La entrega es por toda la vida y sobre todas las circunstancias.

segura contra lo provisorio, contra el desgaste, contra la mentira. ¿Qué, decir de quienes, como un nuevo paso de "pluralismo" y de actitud complaciente en el campo jurídico, se proponen ensayar legislaciones de matrimonios ad tempus, de comuniones temporales?. "Afirmar que el amor es elemento constitutivo del matrimonio es sostener que de no haber existido aquella mutua entrega irrevocable, no existiría entre los esposos el "foedus coniugale". Las leyes, por tanto, de unidad e indisolubilidad no son exigencias extrínsecas al matrimonio, sino que nacen de su mismo ser. Y así, el amor constituyente ha de ser amor conyugal, exclusivo e indisoluble"15.

El matrimonio lleva la garantía de la estabilidad, de lo permanente, de la perpetuidad. Podríamos decir que el don recíproco "que liga más fuerte y profundamente que todo lo que puede ser adquirido al precio que sea" (Grat. sane, n. 11), se expresa en una palabra de compromiso. A. Quilici observa: "uno no se da verdaderamente sino cuando primero y en verdad da su palabra. Si no eso se parece a una suerte de violación. El don del cuerpo no es verdaderamente humano sino en la medida en que cada uno da su acuerdo, en la medida en que cada uno ha permitido ir más allá en el diálogo, hasta la última intimidad"16.

Es una palabra expresiva, que permanece y que compromete profundamente a los esposos, de tal manera que una donación limitada voluntariamente en el tiempo desdibuja la misma calidad de un don total. La palabra expresa un sí profundo que surge de la raíz de un amor que quiere ser fiel a lo largo del tiempo. Así caracteriza el cardenal Ratzinger ese "Sí": "El hombre, en su totalidad, incluye la dimensión temporal. Además, el "sí" de un ser humano supera a la vez este tiempo. En su integralidad, el "sí" significa: siempre. El constituye el espacio de la fidelidad … la libertad del "sí" se hace sentir como una libertad delante de lo definitivo"17. El amor18 no está necesariamente sometido a la degradación del tiempo, como en las cosas que se desgastan y pierden paulatinamente su energía. No cae en la órbita de la ley de la entropía. El tiempo puede ayudar al crecimiento, a madurar delante de Dios, a hacer del amor un compromiso más serio y hondo. Escuché, en Caná una hermosa promesa y expresión de unos esposos avanzados en años: "te amo más que ayer, pero menos que mañana". La alegría de la serenidad, de un testimonio que recibe el espesor de los años, se descubre en tantos matrimonios de personas ancianas en las cuales se conservan la frescura y la ternura afianzadas en el tiempo.

En virtud de la donación total se comprende mejor la exigencia de la indisolubilidad que libera y protege el amor y que no es su prisión o empobrecimiento. Es falso aquello de que el matrimonio es la tumba del amor y que lo definitivo, su indisolubilidad, robe al amor su espontaneidad y su dinámica. A ello lleva, sin duda, una cultura de lo perecedero, en la cual la palabra se vacía y es por tanto liviana hasta la irresponsabilidad. No lleva el peso de la verdad que no es caprichosa y cambiante como lo hace un falso amor, que engaña. "La posible ausencia o debilitamiento de hecho en las manifestaciones del amor conyugal no destruyen las propiedades y la tendencia natural -si bien las pueden obstaculizar-, pues unas y otras reclamarán siempre ser vivificadas por el amor conyugal"19.

La donación total conduce a la exigencia de la fidelidad. Es una forma concreta de don, que empeña y libera. Un amor fiel es también y radicalmente indisoluble. Libera del temor de traicionar y ser traicionado y suministra a la fuente de la vida, la garantía y la transparencia a la que tienen derecho los hijos.

Antonio Miralles escribe: "también la mutua donación personal de los cónyuges exige la indisolubilidad del recíproco vínculo que ellos han establecido con tal donación. Ella es total y por tanto excluye toda provisoriedad, toda donación temporal. (…) el vínculo conyugal presenta un carácter definitivo, en cuanto surge de una donación integral que comprende también la temporalidad de la persona. El darse con la reserva de poder desvincular en el futuro, significaría que la donación no es total, al contrario de aquella que hace nacer un verdadero matrimonio"20.

Cabe pues decir que la fidelidad, la indisolubilidad, el carácter definitivo, son esenciales en la calidad del don. Aquí radica el compromiso, el empeñar del don, empeño que se abre también y esencialmente al don de la vida y que se vuelve testimonio público en la Iglesia y en la sociedad. Es luz, llama puesta sobre el candelero.

Es San Juan Crisóstomo quien comenta hermosamente el estilo de esta donación en este consejo a la pareja: "Te he tomado en mis brazos, te amo y te prefiero a mi vida. Porque la vida presente no es nada, mi deseo más ardiente es pasarla contigo de tal manera que estemos seguros de no estar separados en la vida que nos está reservada… pongo tu amor por encima de todo…"21. La duración, el carácter definitivo de la donación, en virtud de su totalidad, conduce a la indisolubilidad que es atribuible al matrimonio natural y que asume una dimensión más honda y expresiva en el matrimonio cristiano, delante y bajo la mirada del Señor.

Ya el matrimonio natural tenía "una cierta sacramentalidad", en sentido amplio, como signo preanunciador del misterio de tal unión esponsal, en la íntima unidad de una sola carne, inserta (de alguna manera) en el misterio de la Alianza de Dios con la humanidad, en el lenguaje de la creación, de Dios con su pueblo (cf. Os., 1-3), de Cristo con la Iglesia22. "Maridos, amad a vuestras mujeres como el Mesías amó a la Iglesia y se entregó por ella … Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne, (un solo ser). Este misterio es grande; lo digo en referencia a Cristo y a la Iglesia" (Ef. 5, 25. 31-33).

En este texto central de la Carta a los Efesios, en el versículo 25, el modelo es la entrega de Cristo, en el lenguaje del sacrificio en el que se expresa el mayor amor, sin límites: ¡amor crucificado!. Ese "traditit semetipsum", donación total y radical, que es el modelo, es el misterio fundamental que abarca la alianza conyugal. El misterio (cf. v. 32), es referido al proceso que tiene su "tipo", su modelo en Cristo y la Iglesia. Hay que advertir que al hablar de misterio, grande, (mega), se refiere el autor a la importancia del mismo, a su fuerza expresiva, no a la oscuridad. El misterio de la unión esponsal de Cristo y la Iglesia es reproducido en el matrimonio del hombre y de la mujer23.

Estamos en el ámbito sagrado de una donación y una entrega que adquiere su plena iluminación en Cristo, en su pasión redentora. Esto es subrayado por el Concilio de Trento en la sesión XXIV, Denz. 969: "Gratiam vero quae naturalem illum amorem perficeret, et indissolubilem unitatem confirmaret, coniugesque sanctificaret: ipse Christus … sua nobis passione promeruit". Max Zerwick, comentando el texto clave que nos ocupa, escribe: "Siendo así, el matrimonio humano es algo más que una mera figura, cuando se realiza entre miembros de Cristo: debe realizar la unión amorosa de Cristo con su Iglesia. Así pues, el matrimonio no es meramente figurativo, sino que es una participación real en lo que Pablo llama el gran misterio"24.

El "tradere se ipsum" de cada uno de los cónyuges, a semejanza de Cristo, observa Carlo Rocchetta, "es un acto de naturaleza perpetua … un sacramento permanente"25.

El consenso de los esposos que se dan y se reciben mutuamente es sellado por el mismo Dios (cf. C.E.C., n. 1639). El vínculo del matrimonio establecido por Dios es irrevocable, de tal manera que no está en el poder de la Iglesia pronunciarse contra esa disposición de la sabiduría divina (cf. C.E.C., n. 1640). Está por desgracia muy difundida la idea de que el Papa y los Obispos podrían, si superaran el rigorismo, introducir modificaciones y abrir las puertas a soluciones, al menos en casos excepcionales. Hay que repetir esta verdad con decisión y amor: eso no está en el poder de la Iglesia. Por tanto: ¡non possumus!. Y no podría pensarse que quedara sustraída a la divina sabiduría la situación, así fuera excepcional, de una pareja. Retorna la sentencia ligada al proyecto original y ratificado por Cristo: "lo que Dios ha unido no lo separe el hombre". ¿Cómo, pues, introducir modificaciones en nombre del Dios fiel a la Alianza que en su misericordia tutela y preserva el bien del matrimonio?.

Se cree, por otra parte, que la indisolubilidad es una exigencia ideal, pero irrealizable. ¿Podría Dios cargar con semejante empeño, con esta carga que por lo irrealizable sería un peso inclemente e insoportable, a los esposos?. El, el autor del matrimonio, que sale al paso, al encuentro de los esposos cristianos, ofrece su gracia, su fuerza para que en la Iglesia doméstica sean capaces de vivir en la dimensión del Reino.

Es preciso reflexionar, llevados de la mano del Catecismo de la Iglesia Católica, en toda la riqueza del matrimonio en el plan de Dios, a lo largo de las consideraciones enmarcadas en el matrimonio en el orden de la creación, bajo la esclavitud del pecado y el matrimonio en el Señor. El proyecto original de Dios va en este sentido: "la vocación al matrimonio se inscribe en la naturaleza misma del hombre y de la mujer, según salieron de la mano del Creador" (C.E.C., n. 1603). No es, pues, una institución meramente humana, al arbitrio del hombre. Dios mismo es el autor del matrimonio (cf. C.E.C., n. 1603).

Lo natural en la comunidad de vida y amor conyugal, provista de leyes propias, es acoger con alegría y confianza la voluntad de Dios. Bajo la esclavitud del pecado, el matrimonio es amenazado por la discordia, el espíritu de dominio, la infidelidad. Es un desorden (opuesto al orden original) que "no se origina en la naturaleza del hombre y de la mujer, ni en la naturaleza de sus relaciones, sino en el pecado" (C.E.C, n. 1607). Se introducen rupturas, distorsiones, relaciones de dominio y concupiscencia, pero "el orden de la creación subsiste, aunque gravemente perturbado. Es necesaria la gracia y la misericordia de Dios para realizar la unión de sus vidas en orden a la cual Dios los creó "al comienzo"" (C.E.C., n. 1608). En la pedagogía de la antigua ley, "la conciencia moral relativa a la unidad e indisolubilidad se desarrolló". El Señor "enseñó sin ambigüedad el sentido original de la unión del hombre y la mujer". "La insistencia en la indisolubilidad del vínculo matrimonial corresponde al restablecimiento del orden de la creación perturbado por el pecado (cf. C.E.C., nn. 1614, 1615). En el matrimonio en el Señor, los esposos, "siguiendo a Cristo, renunciando a sí mismos … podrán comprender el sentido original del matrimonio y vivirlo con la ayuda de Cristo" (C.E.C., n. 1615).