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EL
EVANGELIO EN LA ERA DE LA
COMUNICACION GLOBAL
Mensaje
papal con motivo de la Jornada Mundial de las
Comunicaciones
Sociales
CIUDAD
DEL VATICANO, 24 enero 2001
El desafío de los cristianos en estos
momentos podría resumirse en una frase: anunciar el Evangelio en
la era de la comunicación global.
Lo
constata Juan Pablo II en su mensaje con motivo de la Jornada Mundial
de las Comunicaciones Sociales del año 2001, que hizo público
hoy la Sala de Prensa del Vaticano. En esta tarea, aclara, la presencia
cristiana en los medios de comunicación es decisiva.
"PROCLAMAR DESDE LOS TERRADOS":
EL EVANGELIO EN LA ERA DE LA COMUNICACIÓN GLOBAL
- El
tema que he elegido para la Jornada Mundial de las Comunicaciones de
2001 se hace eco de las palabras de Jesús. No podía ser
de oro modo, ya que nosotros predicamos solamente a Cristo. Recordamos
sus palabras a sus primeros discípulos: "Lo que os digo
de noche, decidlo en pleno día; y lo que escucháis al
oído, pregonadlo desde la azotea" (Mt 10,27). En el fondo
de nuestro corazón hemos escuchado la verdad de Jesús;
ahora debemos proclamarla desde los terrados.
En
el mundo de hoy, todos los terrados, casi siempre, se nos presentan
como un bosque de transmisores y antenas, enviando y recibiendo mensajes
de todo tipo a y desde los cuatro costados de la tierra. Es de primordial
importancia asegurarse de que, entre esos mensajes, no falte la palabra
de Dios. En la actualidad, proclamar la fe desde los terrados significa
hablar con las palabras de Jesús en y a través del dinámico
mundo de las comunicaciones.
- En
todas las culturas y en todos los tiempos --ciertamente en medio de
las transformaciones globales de hoy en día-- las personas se
hacen las mismas preguntas fundamentales sobre el sentido de la vida:
¿quién soy? ¿de dónde vengo y a dónde
voy? ¿por qué existe el mal? ¿qué hay después
de esta vida? (cf. "Fides et Ratio", 1). Y en cualquier período,
la Iglesia ofrece la única y definitiva respuesta satisfactoria
a las preguntas más profundas del corazón humano --el
mismo Jesucristo "manifiesta plenamente el hombre al propio hombre
y le descubre su altísima vocación" ("Gaudium
et Spes", 22). Por lo tanto, los cristianos no deben nunca permanecer
callados, el Señor nos ha confiado la palabra de salvación
que todo corazón humano anhela. El Evangelio ofrece la perla
de gran valor que todos están buscando (cf. Mt 13,45-46).
En
consecuencia, la Iglesia no puede dejar de estar cada vez más
profundamente comprometida con el efervescente mundo de las comunicaciones.
De día en día la red de las comunicaciones globales
se extiende y crece de forma más compleja y los medios de comunicación
ejercen visiblemente una mayor influencia sobre la cultura y su divulgación.
En el pasado los medios informaban sobre los acontecimientos, ahora,
con frecuencia, son las necesidades de los medios las que dan forma
a los acontecimientos. De este modo la interacción entre la
realidad y los medios se ha hecho cada vez más compleja dando
lugar a un profundo fenómeno ambivalente. Por una parte se
puede deformar la distinción entre verdad e ilusión;
pero por otra, es posible crear oportunidades sin precedente para
hacer que la verdad sea mucho más accesible a muchas más
personas. Es tarea de la Iglesia asegurar que esto último sea
lo que realmente suceda.
- A
veces el mundo de los medios puede parecer indiferente e incluso hostil
a la fe y la moral cristiana. En parte esto sucede porque la cultura
mediática se ha ido penetrando progresivamente por un sentido
típicamente postmoderno donde la única verdad absoluta
admitida es la inexistencia de la verdad absoluta o, en caso de que
ésta existiese, sería inaccesible a la razón humana
y por lo tanto irrelevante.
Con
una tal perspectiva, lo que acontece no es la verdad sino "el
relato"; si algo es noticia digna o entretenida, la tentación
de apartar las consideraciones de la verdad se hace casi siempre irresistible.
Como resultado, el mundo de los medios puede, algunas veces, parecer
un ambiente tan poco propicio para la evangelización como el
mundo pagano en tiempos de los Apóstoles. Pero del mismo modo
que los primeros testigos de la Buena Nueva no se retiraron cuando
encontraron hostilidad, tampoco hoy los seguidores de Cristo deben
hacerlo. El grito de San Pablo resuena todavía entre nosotros:
"¡Pobre de mí si no anunciara el Evangelio!"
(1 Cor 9,16).
Sin embargo,
del mismo modo que el mundo de los medios puede, a veces, dar la impresión
de estar reñido con el mensaje cristiano, éste también
ofrece oportunidades únicas para proclamar, a la entera familia
humana, la verdad salvífica de Cristo. Tengamos en cuenta,
por ejemplo, los programas vía satélite de ceremonias
religiosas que, con frecuencia, alcanzan una audiencia enorme, o las
buenas posibilidades que ofrece Internet para difundir la información
y enseñanza religiosas sobrepasando obstáculos y fronteras.
Una audiencia tan vasta habría sido imposible de imaginar por
nuestros predecesores en la predicación del Evangelio. Por
lo tanto, lo que se necesita en nuestros días es un activo
e imaginativo compromiso ante los medios por parte de la Iglesia.
Los católicos no tendrían que sentir temor de abrir
las puertas de la comunicación social a Cristo, de forma que
la Buena Nueva pueda ser oída desde los terrados del mundo.
- Es
primordial también que al inicio de este nuevo milenio recordemos
la misión ad gentes que Cristo ha confiado a la Iglesia. Se estima
que dos tercios de los seis mil millones de personas que pueblan el
mundo no tienen el menor conocimiento de Jesucristo; y muchos de ellos
viven en países con antiguas raíces cristianas, donde
grupos enteros de bautizados han perdido el sentido vivo de la fe, o
incluso no se reconocen ya como miembros de la Iglesia, llevando una
existencia alejada de Cristo y de su Evangelio (cf. "Redemptoris
Missio", 33). Ciertamente, una respuesta eficaz a esta situación
compromete a un ámbito mucho mayor que el de los medios; pero
en el esfuerzo de los cristianos para hacer frente al desafío
de la evangelización, no cabe ignorar el mundo de las comunicaciones
sociales.
Realmente,
los medios de todo tipo pueden desempeñar un papel esencial
en el esfuerzo evangelizador y en facilitar a las personas las verdades
y los valores en que se apoya y perfecciona la dignidad humana. La
presencia de la Iglesia en los medios es, de hecho, un aspecto importante
de la inculturación del Evangelio exigida por la nueva evangelización
a la que el Espíritu Santo está convocando a la Iglesia
en todo el mundo.
Así
como toda la Iglesia desea tener en cuenta la llamada del Espíritu,
los comunicadores cristianos tienen "una tarea, una vocación
profética: clamar contra los falsos dioses e ídolos
de nuestro tiempo --el materialismo, el hedonismo, el consumismo,
el nacionalismo extremo..." ("Ética en las Comunicaciones
Sociales", 31). Por encima de todo, ellos tienen el deber y privilegio
de proclamar la verdad-- la gloriosa verdad sobre la vida humana y
el destino humano revelado en la Palabra hecha carne. Los católicos
comprometidos en el mundo de las comunicaciones sociales pueden predicar
desde los terrados la verdad de Jesús con mucho más
valor y alegría, de forma que todos los hombres y mujeres puedan
oír hablar sobre el amor que es el corazón de la autocomunicación
de Dios en Jesucristo, que es el mismo hoy que ayer y será
el mismo siempre (cf. Heb 13,8).
Desde
el Vaticano, 24 de enero de 2001, conmemoración de San Francisco
de Sales.
IOANNES PAULUS
II
N.B.: Traducción del inglés distribuida por la Sala de Prensa
de la Santa Sede.
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