lll.- ESTILO DE VIDA

30. Dar testimonio

Admitámoslo, hijos e hijas en Cristo: en el momento presente es difícil encontrar un estilo de vida que esté en armonía con estas exigencias. Demasiados estímulos contrarios os impulsan a buscar, ante todo, una acción humanamente eficaz. Pero, ¿no toca a vosotros dar ejemplo de una austeridad gozosa y equilibrada, aceptando las dificultades inherentes al trabajo y a las relaciones sociales y soportando pacientemente las pruebas de la vida con su angustiosa incertidumbre, como renuncias indispensables para la plenitud de la vida cristiana? Los religiosos, en efecto, "tienden a la santidad por el camino más estrecho"48. En medio de estas penas, grandes o pequeñas, vuestro fervor interior os hace descubrir la cruz de Cristo y os ayuda a aceptarlas con fe y amor.

31. Según el ejemplo de Cristo

Con esta condición vosotros daréis el testimonio que el Pueblo de Dios espera: si sois hombres y mujeres capaces de aceptar la incógnita de la pobreza, de ser atraídos por la sencillez y la humildad, amantes de la paz, libres de compromisos, espontáneos y tenaces, dulces y fuertes en la certeza de la fe, esta, gracia os será dada por Jesucristo en proporción a la donación completa que hagáis de vosotros mismos, sin pretender retirarla jamás. La historia reciente de tantos religiosos y religiosas que han sufrido generosamente por Cristo en diversos países es una prueba elocuente de ello. A la vez que les expresamos nuestra admiración, los presentamos a la admiración de todos.

32. Fortalecer el hombre interior

En este camino, una preciosa ayuda os ofrecen las formas de vida que ha impulsado a adoptar la experiencia, fiel a los cansinas de los diversos Institutos, de los cuales ella ha cambiado la síntesis, proponiendo además continuamente nuevas transformaciones. Aunque las modalidades sean diversas, estos medios están siempre ordenados a la formación del hombre interior. Y ha de ser el empeño por fortalecerlo el que os ayude a reconocer, en el ámbito de tan diversos estímulos, las formas de vida más adecuadas. Un excesivo deseo de flexibilidad y de espontaneidad creativas pueden, en efecto, llevar a tachar de rigidez aquel mínimo de regularidad en las costumbres, que exigen ordinariamente la vida de comunidad y la maduración de las personas. Impulsos desordenados, al reclamo de caridad fraterna o de lo que se considera moción del Espíritu, incluso pueden llevar a la ruina las mismas instituciones.

33. Importancia del media ambiente

No se debería, por tanto menospreciar la importancia del medio ambiente tanto en la orientación habitual de todo el ser, tan complejo y dividido, en la dirección del llamamiento divino, como en la integración espiritual de sus tendencias. ¿No se deja arrastrar frecuentemente el corazón por lo que pasa? Ahora bien, muchos estaréis obligados a conducir vuestra existencia, al menos en parte, en un mundo que tiende a desterrar al hombre de sí mismo y a comprometer, a la vez que su unidad espiritual, su unión con Dios. Es necesario pues que aprendáis a encontrarlo aun en esas condiciones de vida, marcadas por ritmos siempre más acelerados, por el ruido y por los estímulos de las realidades efímeras.

34. Para fortalecerse en Dios

¿Quién no ve toda la ayuda que os ofrece, para llegar a esa unión, el ambiente fraternal de una existencia regulada, con sus normas de vida libremente aceptadas? Estas aparecen cada día más necesarias a quien "entra en su corazón"49 en el sentido bíblico de la palabra, que expresa algo de lo más profundo de nuestros sentimientos, de nuestras ideas y de nuestros deseos, y está penetrado por la idea del infinito, del absoluto, de nuestro destino eterno. En la perturbación presente, los religiosos deben dar testimonio de ese hombre, al cual la adhesión vitad al propio fin, es decir, al Dios viviente, ha realmente unificado y abierto, mediante la integración de todas sus facultades, la purificación de sus pensamientos, la espiritualización de sus sentidos, la profundidad y la perseverancia de su vida en Dios.

35. Necesario retiro del mundo

En la medida por tanto, en que vosotros realizáis funciones externas, es necesario que aprendáis a pasar de estas actividades a la vida recogida, en la cual se vuelven a templar vuestras almas. Si realizáis verdaderamente la obra de Dios, notaréis en vosotros mismos la necesidad de momentos de retiro, que, junto con vuestros hermanos y vuestras hermanas de religión, transformaréis en momentos de plenitud. Dadas las excesivas ocupaciones y las tensiones de la vida moderna, conviene dar una particular importancia, junto al ritmo de la plegaria cotidiana, a esas momentos más prolongados de oración, que estén distribuidos a intervalos en los diversos periodos, según las posibilidades y la naturaleza de vuestras vocaciones. Si además, según vuestras constituciones, las casas a que pertenecéis practican ampliamente la hospitalidad fraterna, tocará a vosotros regular la frecuencia y el "estilo", con el fin de evitar cualquier perturbación inútil y facilitar a vuestros huéspedes la unión íntima con Dios.

36. Iniciación espiritual

Este es el sentido de la observancia que señala el ritmo de vuestra vida cotidiana. Lejos de considerarla bajo el aspecto único de obligación de una regla, una conciencia vigilante la juzga por los beneficios que aporta, al asegurar una más grande plenitud espiritual. Es necesario afirmarlo: la observancia religiosa requiere, mucho más que una instrucción racional o una educación de la voluntad, una verdadera iniciación orientada a cristianizar el ser hasta lo más profundo, según las Bienaventuranzas evangélicas.

37. Doctrina de vida

"Una doctrina probada para el logro de la perfección"50 es considerada por el Concilio como uno de los patrimonios de los Institutos y uno de los beneficios más grandes que ellos os deben garantizar. Y como esta perfección consiste en avanzar siempre en el amor de Dios y de nuestros hermanos, es necesario entender tal "doctrina" de manera bien concreta, es decir como una doctrina de vida, que debe ser efectivamente vivida. Esto quiere decir que los esfuerzos de búsqueda, a los cuales se están dedicando los Institutos, no pueden consistir solamente en la realización de ciertas adaptaciones, determinadas por los cambios del mundo: por el contrarío deben favorecer un nuevo descubrimiento fecundo de los medios indispensables para conducir una existencia toda ella penetrada por el amor de Dios y de los hombres.

38. Edificación del hombre nuevo

Por consiguiente se impone la necesidad, tanto para las comunidades como para las personas que las constituyen, de pasar del estado "síquico" a un esto verdaderamente "espiritual"51. "El hombre nuevo" del cual habla San Pablo, ¿no constituye acaso como la plenitud eclesial de Cristo y, juntamente, la participación de cada cristiano a esta plenitud? Tal orientación hará de las familias religiosas el ambiente vital que desarrollará el germen de vida divina, injertado por el bautismo en cada uno de vosotros y al cual vuestra consagración, íntegramente vivida, consentirá producir sus frutos con la mayor abundancia.

39. Sencillez acogedora de la vida comunitaria

Aun siendo perfectos, como todo cristiano, os proponéis sin embargo crear un ambiente apto para favorecer el progreso espiritual de cada uno de los miembros. ¿Cómo se puede llegar a esto, si no es ahondando en el Señor vuestras relaciones con vuestros hermanos, aun las más ordinarias? La caridad -no lo olvidemos-debe ser como una activa esperanza de lo que los demás pueden llegar a ser gracias a nuestra ayuda fraterna. El signo de su autenticidad se comprueba por la gozosa sencillez con que todos se esfuerzan por comprender lo que cada uno anhela"52 Si algunos religiosos dan la impresión de haberse quedado como apagados por su vida comunitaria, la que por el contrario hubiera debido hacerles abrirse, ¿no ocurrirá esto, porque falta en ella esa cordialidad comprensiva que alimenta la esperanza? Es indudable que el espíritu de grupo, las relaciones de amistad, la colaboración fraterna en un mismo apostolado, como también el apoyo mutuo en una comunidad de vida, elegida para servir mejor a Cristo, son otros tantos coeficientes preciosos en este camino cotidiano.

40. Pequeñas Comunidades

Desde este punto de vista, van surgiendo algunas tendencias ordenadas a crear comunidades más reducidas. Una especie de reacción espontánea contra el anonimato de las concentraciones urbanas, la necesidad, de adaptar el edificio de una comunidad al hábitat exiguo de las ciudades modernas y la necesidad misma de estar más próximos, por las condiciones de vida, a una población que ha de ser evangelizada, son motivos que inducen a algunos Institutos a proyectar preferentemente la fundación de comunidades con un reducido número de miembros. Estas pueden favorecer también el desarrollo de relaciones más estrechas entre religiosos y una asunción recíproca y más fraterna de las responsabilidades. Sin embargo, si un determinado esquema puede efectivamente favorecer la creación de un clima espiritual, sería ilusorio creer que ello baste para desarrollarlo. Las comunidades pequeñas, más que ofrecer una forma de vida más fácil, se revelan por el contrario más exigentes para sus miembros.

41. Grandes Comunidades

Por otra parte sigue siendo verdad que las comunidades numerosas son particularmente convenientes, para muchos religiosos. Pueden ser exigidas además por la naturaleza de un servicio caritativo, por determinados trabajos de carácter intelectual ó por la actuación de la vida contemplativa o monástica: reine siempre en ellas la unidad perfecta de corazones y de almas, en plena correspondencia con el fin espiritual y sobrenatural al cual tienden. Por lo demás, prescindiendo de sus dimensiones, las comunidades grandes o pequeñas, no podrán ayudar a sus miembros más que permaneciendo constantemente animadas por espíritu evangélico, alimentadas por la oración y generosamente marcadas por la mortificación del hombre viejo, por la necesaria disciplina para la formación del hombre nuevo y por la fecundidad del sacrificio de la Cruz.