I. FORMAS DE LA VIDA RELIGIOSA

8. Vida contemplativa

Algunos de vosotros habéis sido llamados a la vida, denominada "contemplativa". Una atracción irresistible os arrastra hacia el Señor. Asidos fuertemente por Dios os abandonáis a su acción soberana que os levanta hacia El y os transforma en El, mientras os prepara para la contemplación eterna, que constituye nuestra común vocación. ¿Cómo podríais avanzar a lo largo de esté camino y ser fieles á la gracia que os anima, si no respondierais con todo vuestro ser, por medio de un dinamismo cuyo impulso es el amor, a esta IIamada que os orienta de manera permanente hacia Dios? Considerad pues cualquier otra actividad, a la que no obstante debéis atender -relaciones con los hermanos, trabajo desinteresado o remunerado, necesario descanso-, como un testimonio, ofrecido al Señor, de vuestra intima, comunión con El para que os conceda aquella pureza de intención unificante, tan necesaria para encontrarlo en d momento mismo de la oración. De este modo contribuiréis a la extensión del Reino de Dios, con el testimonio de vuestra vida y con "una misteriosa fecundidad apostólica"14.

9. Vida apostólica

Otros están consagrados al apostolado en aquella que es una misión esencial: el anuncio de la Palabra de Dios a aquellos que El pone en su camino para conducirlos a la fe. Tal gracia requiere una profunda unión con el Señor, la cual os consentirá transmitir el mensaje que el mundo puede entender. ¡Cuán necesario es pues que toda vuestra existencia os haga participar en su pasión, en su muerte y en su gloria"15 .

10. Contemplación y apostolado

Cuando vuestra vocación os detiene a otras funciones al servicio de los hombres, vida pastoral, misionera, enseñanza, obras de caridad, etc. ¿no será ante todo la intensidad de vuestra adhesión al Señor lo que las hará fecundas. Justamente según la medida de esta unión "en el secreto?"16. Si quieren seguir siendo fieles a las enseñanzas del Concilio, "los miembros de todo Instituto, buscando a Dios ante todo", ¿no deben unir la contemplación, mediante la cual se adhieren a El con el corazón y el espíritu, y el amor apostólico que se esfuerza por asociarse a la obra de la Redención y por extender el Reino de Dios?"17.

11. Carisma de los Fundadores

Sólo así podréis despertar de nuevo los corazones a la verdad y al amor divino, según el carisma de vuestros fundadores, suscitados por Dios en su Iglesia. No de otra manera insiste justamente el Concilio sobre la obligación, para religiosos y religiosas de ser fieles al Espíritu de sus fundadores, a sus intenciones evangélicas, al ejemplo de su santidad, poniendo en esto uno de los criterios más seguros para aquello que cada Instituto debería emprender"18. El carisma de la vida religiosa, en realidad, lejos de ser un impulso nacido "de la carne y de la sangre"19, u originado por una mentalidad que "se conforma al mundo presenté"20, es el fruto del Espíritu Santo que actúa siempre en la Iglesia.

12. Formas externas e impulso interior

Es precisamente aquí donde encuentra su medio de subsistencia el dinamismo propio de cada familia religiosa, por qué, si la llamada de Dios se renueva y se diferencia según las circunstancias mutables de lugar y de tiempo, requiere sin embargo constantes orientaciones. El impulso interior, propio de cada una, suscita en el seno de su existencia ciertas opciones fundamentales. La Fidelidad a sus exigencias es la piedra de toque de la autenticidad de una vida religiosa. No lo olvidemos: toda institución humana está asediada por la esclerosis y amenazada por el formalismo. La regularidad exterior no bastaría por sí misma para garantizar el valor de una vida y su íntima coherencia. Por tanto es necesario reavivar incesantemente las formas exteriores por medio de este impulso interior, sin el cual quedarían convertidas bien pronto en una excesiva carga.

A través de la diversidad de las formas, que dan a cada Instituto su fisonomía propia y tienen su raíz en la plenitud de la gracia de Cristo"21, la regla suprema de la vida religiosa, su norma última, es la de seguir a Cristo según las enseñanzas del Evangelio'. ¿No es quizá esta preocupación lo qué ha suscitado en la Iglesia, a lo largo de los siglos, la exigencia de una vida casto, pobre, obediente?