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III.
El Santuario,
El santuario, memoria de que nuestro origen está en el Señor y signo de la presencia divina, es también profecía de nuestra Patria última y definitiva: el Reino de Dios, que se realizará cuando «pondré mi santuario en medio de ellos para siempre», según la promesa del Eterno (Ez 37,26). El signo del santuario no sólo nos recuerda de dónde venimos y quiénes somos; también abre nuestra mirada para hacernos descubrir adónde vamos, hacia qué meta se dirige nuestra peregrinación en la vida y en la historia. El santuario, como obra de las manos del hombre, remite a la Jerusalén celestial, nuestra Madre, la ciudad que baja de junto a Dios, ataviada como una esposa (cf. Ap 21,2), santuario escatológico perfecto, donde la gloriosa presencia divina es directa y personal: «no vi templo alguno en ella, porque el Señor, el Dios todopoderoso, y el Cordero, son su templo» (Ap 21,22). En esa ciudad-templo ya no habrá lágrimas, ni tristeza, ni dolor, ni muerte (cf. Ap 21,4). Así, el santuario se presenta como un signo profético de esperanza, una evocación del horizonte más amplio que se abre a la promesa que no defrauda. En las contradicciones de la vida, el santuario, edificio de piedra, se convierte en evocación de la Patria vislumbrada, aunque aún no poseída, cuya espera, entretejida de fe y de esperanza, sostiene el camino de los discípulos de Cristo. En ese sentido, es significativo que después de las grandes pruebas del exilio, el pueblo elegido haya sentido la necesidad de expresar el signo de la esperanza reconstruyendo el Templo, santuario de adoración y de alabanza. Israel hizo todos los sacrificios posibles para que fuera devuelto a sus ojos y a su corazón este signo, que no sólo le recordara el amor de Dios que lo eligió y vive en medio de él, sino que también le avivara la nostalgia de la meta última de la promesa hacia la que se dirigen los peregrinos de Dios de todos los tiempos. El acontecimiento escatológico en el cual se funda la fe de los cristianos es la reconstrucción del templo-cuerpo del Crucificado, realizada con Su resurrección gloriosa, prenda de nuestra esperanza (cf. 1 Co 15, 12-28). Icono vivo de esta esperanza es sobre todo la presencia, en los santuarios, de los enfermos y de los que sufren (49). La meditación de la acción salvífica de Dios les ayuda a comprender que a través de sus sufrimientos participan de modo privilegiado de la fuerza sanante de la redención realizada en Cristo (50) y proclaman ante el mundo la victoria del Resucitado. Junto a ellos, los que los acompañan y asisten con caridad auténtica son testigos de la esperanza del Reino, inaugurado por el Señor Jesús precisamente a partir de los pobres y los que sufren: «Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la buena nueva» (Lc 7,22). 14. Invitación a la alegría La esperanza que no defrauda (cf. Rm 5,5) llena el corazón de alegría (cf. Rm 15,13). En el santuario, el pueblo de Dios aprende a ser la "Iglesia de la alegría". Quien ha entrado en el misterio del santuario sabe que Dios ya está actuando en esta historia humana; que, a pesar de las tinieblas del tiempo presente, desde ahora raya el alba del tiempo que ha de venir; que el Reino de Dios está ya presente y, por esto, nuestro corazón puede llenarse de alegría, de confianza y de esperanza, pese al dolor, la muerte, las lágrimas y la sangre que cubren la faz de la tierra. El Salmo 122, uno de los que cantaban los peregrinos en camino hacia el templo, dice: «¡Qué alegría cuando me dijeron: "Vamos a la casa del Señor"...». Es un testimonio que refleja los sentimientos de todos los que se dirigen al santuario, ante todo la alegría del encuentro con los hermanos (cf. Sal 133,1). En el santuario se celebra "la alegría del perdón", que impulsa a «celebrar una fiesta y alegrarse» (Lc 15,32), porque «se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte» (Lc 15,10). Reunidos en torno a la misma mesa de la Palabra y la Eucaristía, se experimenta la misma "alegría de la comunión" con Cristo que sintió Zaqueo cuando lo acogió en su casa «con alegría» (Lc 19,6). Ésta es la «alegría perfecta» (Jn 15,11), que nadie podrá quitar (cf. Jn 16,23) a un corazón fiel que se ha convertido en templo vivo del Eterno, santuario de carne de la adoración divina en Espíritu y verdad. Con el Salmista, cada peregrino está invitado a decir: «Me acercaré al altar de Dios, al Dios de mi alegría, y exultaré; te alabaré al son de la cítara, Dios, Dios mío» (Sal 43,4). 15. Llamamiento a la conversión y a la renovación El signo del santuario nos atestigua que no estamos hechos para vivir y morir, sino para vivir y derrotar a la muerte con la victoria de Cristo. En consecuencia, la comunidad que celebra a su Dios en el santuario recuerda que es Iglesia peregrina hacia la Patria prometida, en estado de continua conversión y de renovación. El santuario presente no es el punto último de llegada. Experimentando en él el amor de Dios, los creyentes reconocen que no han llegado aún; al contrario, sienten mucho más fuerte la nostalgia de la Jerusalén celestial, el deseo del cielo. Así los santuarios nos ayudan a reconocer, por una parte, la santidad de aquellos a los que están dedicados y, por otra, nuestra condición de pecadores que debemos comenzar cada día de nuevo la peregrinación hacia la gracia. De este modo, nos ayudan a descubrir que la Iglesia "es santa y está a la vez siempre necesitada de purificación" (51), porque sus miembros son pecadores. La Palabra de Dios nos ayuda a mantener vivo este llamamiento, especialmente a través de la crítica que hacen los profetas al santuario que se ha reducido a lugar de ritualismo vacío: «¿Quién ha solicitado de vosotros que vengáis a pisar mis atrios? No sigáis trayendo oblaciones vanas: el humo del incienso me resulta detestable. Novilunio, sábado, convocatoria: no tolero falsedad y solemnidad... Desistid de hacer el mal, aprended a hacer el bien, buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda» (Is 1,12-17). Sacrificio agradable a Dios es el corazón contrito y humillado (cf. Sal 51,19-21). Como afirma Jesús: «No todo el que me diga: "Señor, Señor", entrará en el Reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial» (Mt 7,21). La continua conversión es inseparable del anuncio del horizonte hacia el cual se proyecta la esperanza teologal. Cada vez que la comunidad de los creyentes se reúne en el santuario, lo hace para recordar a sí misma otro santuario: la ciudad futura, la morada de Dios que queremos comenzar a construir ya en este mundo y que no podemos dejar de desear, llenos de esperanza y conscientes de nuestros límites, comprometidos a preparar lo más posible la llegada del Reino. El misterio del santuario recuerda, pues, a la Iglesia peregrina en la tierra, su condición de precariedad, el hecho de que está encaminada hacia una meta más grande, la patria futura, que llena el corazón de esperanza y paz. Este estímulo a la constante conversión en la esperanza, este testimonio de la primacía del Reino de Dios, del que la Iglesia es inicio y primicia, deberán promoverse con particular esmero en la acción pastoral de los santuarios, al servicio del crecimiento de la comunidad y de cada uno de los creyentes. 16. Símbolo del cielo nuevo y de la tierra nueva El santuario asume una importancia profética, porque es signo de la esperanza más grande, que nos orienta hacia la meta última y definitiva, donde cada hombre será plenamente hombre, respetado y realizado según la justicia de Dios. Por esto, se convierte en llamamiento constante a criticar la miopía de todas las realizaciones humanas que se nos quieren presentar como absolutas. El santuario puede considerarse, por tanto, como impugnación de toda presunción mundana, de cualquier dictadura política, de toda ideología que quiera decir todo sobre el hombre, porque nos recuerda que existe otra dimensión, la del Reino de Dios que debe llegar en su plenitud. En el santuario resuena constantemente el Magníficat, en el que la Iglesia «encuentra vencido de raíz el pecado del comienzo de la historia terrena del hombre y de la mujer, el pecado de la incredulidad o de la poca fe en Dios» y en el que «María proclama con fuerza la verdad no ofuscada sobre Dios: el Dios santo y todopoderoso, que desde el comienzo es la fuente de todo don, aquel que "ha hecho obras grandes"» (52). En el santuario se testimonia la dimensión escatológica de la fe cristiana, es decir, su tensión hacia la plenitud del Reino. En esta dimensión se funda y florece la vocación ético-política de los creyentes a ser, en la historia, conciencia evangélicamente crítica de las propuestas humanas, que llama a los hombres al destino más grande, que les impide empobrecerse en la miopía de lo que se realiza, y los obliga a actuar incesantemente como levadura (cf. Mt 13,33) con vistas a una sociedad más justa y más humana. Precisamente por ser un llamamiento a otra dimensión, la del «cielo nuevo y de la tierra nueva» (Ap 21,1), el santuario estimula a vivir como fermento crítico y profético en este cielo presente y en esta tierra presente, y renueva la vocación del cristiano a vivir en el mundo, aun sin ser del mundo (cf. Jn 17,16). Esa vocación es un rechazo de las instrumentalizaciones ideológicas de cualquier tipo, y más que todo presencia estimulante al servicio de la construcción de todo el hombre en cada hombre, según la voluntad del Señor. A la luz de esto se comprende cómo una atenta acción pastoral puede transformar los santuarios en lugares de educación a los valores éticos, en particular la justicia, la solidaridad, la paz y la salvaguardia de la creación, para contribuir al crecimiento de la calidad de la vida para todos. |