|
II
- El santuario,
El misterio del santuario no sólo nos recuerda que nuestro origen está en el Señor, sino también que el Dios que nos amó una vez no deja nunca de amarnos y que hoy, en el momento concreto de la historia en que nos encontramos, frente a las contradicciones y a los sufrimientos del presente, él está con nosotros. El Antiguo y el Nuevo Testamento atestiguan de forma unánime que el Templo no sólo es el lugar del recuerdo de un pasado salvífico, sino también el ambiente de la experiencia presente de la Gracia. El santuario es el signo de la presencia divina, el lugar de la actualización siempre nueva de la alianza de los hombres con el Eterno y entre sí. Al ir al santuario, el israelita piadoso redescubría la fidelidad del Dios de la promesa en cada "hoy" de la historia (21). Mirando a Cristo, nuevo santuario, de cuya presencia viva en el Espíritu los templos cristianos son signo, sus seguidores saben que Dios está siempre vivo y presente entre ellos y para ellos. El Templo es la morada santa del Arca de la alianza, el lugar en donde se actualiza el pacto con el Dios vivo y el pueblo de Dios tiene la conciencia de constituir la comunidad de los creyentes, «linaje elegido, sacerdocio real, nación santa» (1 P 2,9). San Pablo recuerda: «Así pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo, en quien toda edificación bien trabada se eleva hasta formar un templo santo en el Señor, en quien también vosotros estáis siendo juntamente edificados, hasta ser morada de Dios en el Espíritu» (Ef 2,19-22). Es Dios quien, habitando entre los suyos y en su corazón, hace de ellos su santuario vivo. El santuario de "piedras muertas" remite a Aquel que nos hace santuario de "piedras vivas" (22). El santuario es el lugar del Espíritu, porque es el lugar en el cual la fidelidad de Dios nos llega y nos transforma. Al santuario se va ante todo para invocar y acoger al Espíritu Santo, y para llevar luego ese Espíritu a todas las acciones de la vida. En este sentido, el santuario se presenta como recuerdo constante de la presencia viva del Espíritu Santo en la Iglesia, que nos dio Cristo resucitado (cf. Jn 20,22), para gloria del Padre. El santuario es una invitación visible a acudir a la fuente invisible de agua viva (cf. Jn 4,14); invitación que se puede experimentar siempre de forma nueva para vivir en la fidelidad a la alianza con el Eterno en la Iglesia. 10. Lugar de la Palabra La expresión "comunión de los santos", que se encuentra en la sección del Credo relativa a la obra del Espíritu, puede servir para expresar densamente un aspecto del misterio de la Iglesia, peregrina en la historia. El Espíritu Santo, al impregnar los miembros del cuerpo de Cristo, hace de la Iglesia el santuario vivo del Señor, como lo recuerda el Concilio Vaticano II: «A veces se designa a la Iglesia como edificación de Dios (cf. 1 Co 3,9). (...) Esta edificación recibe diversos nombres: casa de Dios (cf. 1 Tm 3,15) en la que habita su familia; habitación de Dios en el Espíritu (cf. Ef 2,19-22); "tienda de Dios entre los hombres" (cf. Ap 21,3), y, sobre todo, templo santo, que los Padres celebran como representado en los templos de piedra, y la liturgia, no sin razón, lo compara a la ciudad santa, la nueva Jerusalén. Efectivamente, en este mundo servimos cual piedras vivas para edificarla (cf. 1 P 2,5)» (23). En este Templo santo de la Iglesia, el Espíritu obra especialmente a través de los signos de la nueva alianza, que el santuario conserva y ofrece. Entre ellos está la Palabra de Dios. El santuario es, por excelencia, el lugar de la Palabra, en la que el Espíritu llama a la fe y suscita la "comunión de los fieles". Es sumamente importante asociar el santuario a la escucha perseverante y acogedora de la Palabra de Dios, que no es una palabra humana cualquiera, sino el mismo Dios vivo en el signo de su Palabra. El santuario, en el que la Palabra resuena, es el lugar de la alianza, donde Dios confirma a Su pueblo Su fidelidad, para iluminarle el camino y para consolarlo. El santuario puede llegar a ser un lugar excelente de profundización de la fe, un espacio privilegiado y un tiempo favorable, distintos del ordinario; puede brindar ocasiones de nueva evangelización; puede contribuir a promover la religiosidad popular «rica en valores» (24), llevándola a una conciencia de fe más exacta y madura (25); y puede agilizar el proceso de inculturación (26). Por consiguiente, será necesario desarrollar en los santuarios «una catequesis adecuada» (27) que, «debe tomar pie de los acontecimientos que se celebran en los lugares visitados y de su índole propia, pero no deberá olvidar ni la necesaria jerarquía en la exposición de las verdades de la fe, ni su inclusión en el itinerario litúrgico en el que toda la Iglesia participa» (28). En este servicio pastoral de evangelización y catequesis se deben subrayar los aspectos específicos vinculados con la memoria del santuario en donde se actúa, con el mensaje particular que él ofrece y el "carisma" que el Señor le ha encomendado y que la Iglesia ha reconocido, y con el patrimonio, a menudo riquísimo, de las tradiciones y de las costumbres que se han establecido en él. Desde esa misma perspectiva de servicio a la evangelización, se podrá recurrir a iniciativas culturales y artísticas como congresos, seminarios, muestras, exposiciones, concursos y manifestaciones sobre temas religiosos. «Antiguamente nuestros santuarios se llenaban de mosaicos, pinturas y esculturas religiosas para inculcar la fe. ¿Tendremos nosotros el vigor espiritual y el ingenio suficientes para crear "imágenes eficaces" de gran calidad y, a la vez, adaptadas a la cultura del hoy? Se trata no sólo del anuncio primero de la fe, en un mundo con frecuencia secularizado, o de la catequesis para ahondar esta fe, sino también de la inculturación del mensaje evangélico a nivel de cada pueblo y de cada tradición cultural» (29). Con este fin, es indispensable en el santuario la presencia de agentes pastorales capaces de iniciar a la gente en el diálogo con Dios y en la contemplación del misterio inmenso que nos envuelve y atrae. Es preciso subrayar la importancia del ministerio de los sacerdotes, de los religiosos y de las comunidades responsables de los santuarios (30) y, por consiguiente, la importancia de una formación específica, adecuada al servicio que ellos deben prestar. Al mismo tiempo, hay que promover la aportación de laicos preparados para la labor de catequesis y evangelización vinculada a la vida de los santuarios, de modo que también en los santuarios se manifieste la riqueza de carismas y ministerios que el Espíritu Santo suscita en la Iglesia del Señor, y los peregrinos se beneficien del múltiple testimonio de los diversos agentes de la pastoral. 11. Lugar del encuentro sacramental Los santuarios, lugares en los que el Espíritu habla también a través del mensaje específico vinculado a cada uno de ellos y reconocido por la Iglesia, son también lugares privilegiados de las acciones sacramentales, especialmente de la Reconciliación y la Eucaristía, en los que la Palabra encuentra su actuación más densa y eficaz. Los sacramentos realizan el encuentro de los vivos con Aquel que los hace continuamente vivos y los alimenta con vida siempre nueva en la consolación del Espíritu Santo. No se trata de ritos repetitivos, sino de acontecimientos de salvación, encuentros personales con el Dios vivo que, en el Espíritu, llega a cuantos acuden a él hambrientos y sedientos de Su verdad y de Su paz. Así pues, cuando en el santuario celebramos un sacramento, no "hacemos" algo, sino que nos encontramos con Alguien; más aún, ese Alguien, Cristo, se hace presente en la gracia del Espíritu para comunicarse a nosotros y cambiar nuestra vida, insertándonos de manera cada vez más fecunda en la comunidad de la alianza, que es la Iglesia. El santuario, en cuanto lugar de encuentro con el Señor de la vida, es signo seguro de la presencia del Dios que actúa en medio de su pueblo, porque en él, a través de su Palabra y de sus Sacramentos, Él se comunica a nosotros. Por eso, al santuario se acude como al templo del Dios vivo, al lugar de la alianza viva con Él, para que la gracia de los Sacramentos libere a los peregrinos del pecado y les dé la fuerza de volver a comenzar con nuevo brío y con nueva alegría en el corazón, para ser entre los hombres testigos transparentes del Eterno. Con frecuencia, el peregrino llega al santuario particularmente dispuesto a pedir la gracia del perdón, y hay que ayudarle a abrirse al Padre, «rico en misericordia (Ef 2,4)» (31), en la verdad y en la libertad, con plena conciencia y responsabilidad, de modo que del encuentro de gracia brote una vida realmente nueva. Una liturgia penitencial comunitaria adecuada podrá ayudar a vivir mejor la celebración personal del sacramento de la penitencia, que «es el medio para saciar al hombre con la justicia que proviene del mismo Redentor» (32). Los lugares en los que tiene lugar dicha celebración deben ser oportunamente preparados para que favorezcan el recogimiento (33). Puesto que «el perdón, concedido de forma gratuita por Dios, implica como consecuencia un cambio real de vida, una progresiva eliminación del mal interior, una renovación de la propia existencia», los agentes pastorales de los santuarios han de sostener de todos los modos posibles la perseverancia de los peregrinos en los frutos del Espíritu. Además, deben prestar una atención especial al ofrecer aquella expresión del «don total de la misericordia de Dios», que es la indulgencia, con la cual «se condona al pecador arrepentido la pena temporal por los pecados ya perdonados en cuanto a la culpa» (34). En la profunda experiencia de la "comunión de los santos", que el peregrino vive en el santuario, le resultará más fácil comprender «lo mucho que cada uno puede ayudar a los demás - vivos o difuntos - para estar cada vez más íntimamente unidos al Padre celestial» (35). Por lo que atañe a la celebración de la Eucaristía, es preciso recordar que es el centro y el corazón de toda la vida del santuario, acontecimiento de gracia que «contiene todo el bien espiritual de la Iglesia» (36). Por esto, es conveniente que manifieste de modo especial la unidad que brota del sacramento eucarístico, reuniendo en una misma celebración a los diversos grupos de visitantes. De igual modo, la presencia eucarística del Señor Jesús no sólo ha de ser adorada individualmente, sino también por todos los grupos de peregrinos, con actos particulares de piedad preparados con gran esmero, como acontece de hecho en muchísimos santuarios, con la convicción de que «la Eucaristía contiene y expresa todas las formas de oración» (37). Sobre todo la celebración de los sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía da a los santuarios una dignidad particular: «no se trata de lugares de lo marginal y lo accesorio, sino, por el contrario, de lugares de lo esencial; de lugares adonde se va para obtener "la Gracia", antes incluso que "las gracias"» (38). 12. Lugar de comunión eclesial Regenerados por la Palabra y los Sacramentos, los que han acudido al santuario de "piedras muertas" se transforman en santuario de "piedras vivas" y así pueden realizar una experiencia renovada de la comunión de fe y santidad que es la Iglesia. En este sentido, se podría decir que en el santuario puede nacer de nuevo la Iglesia de los hombres vivos en el Dios vivo. En él cada uno puede redescubrir el don que la creatividad del Espíritu le ha regalado para la utilidad de todos; y también en el santuario cada uno puede discernir y madurar la propia vocación y estar disponible para realizarla al servicio de los demás, especialmente en la comunidad parroquial, donde se integran las diferencias humanas y se articulan en la comunión eclesial (39). Por tanto, es preciso prestar una atención especial a la pastoral vocacional y a la pastoral de la familia, «lugar privilegiado y santuario donde se desarrolla toda la aventura, grande e íntima, de cada persona humana irrepetible» (40). La comunión en el Espíritu Santo, realizada a través de la comunión en las realidades santas de la Palabra y de los Sacramentos, engendra la comunión de los Santos, el pueblo del Dios altísimo, constituido en cuanto tal por el Espíritu Santo. De modo particular, la Virgen María, «figura de la Iglesia en el orden de la fe, del amor y de la unión perfecta con Cristo» (41), venerada en tantos santuarios (42), ayuda a los fieles a comprender y acoger esta acción del Espíritu Santo, que suscita la comunión de los santos en Cristo. La experiencia viva de la unidad de la Iglesia, que se realiza en los santuarios, puede ayudar también a los peregrinos a discernir y acoger el impulso del Espíritu, que los lleva de modo especial a orar y actuar con vistas a la unidad de todos los cristianos (43). El compromiso ecuménico puede hallar en los santuarios un lugar de promoción excepcional, puesto que en ellos se favorece la conversión del corazón y la santidad de la vida que son «el alma de todo el movimiento ecuménico» (44), y se experimenta la gracia de la unidad donada por el Señor. Además, en el santuario puede realizarse de forma concreta la "comunicación en las cosas espirituales", especialmente en la oración común y en el uso del lugar sagrado (45), que favorece en gran medida el camino de la unidad, cuando se realiza con el máximo respeto de los criterios establecidos por los Pastores. Esta experiencia de Iglesia debe estar apoyada especialmente por una acogida adecuada a los peregrinos en el santuario, que tenga en cuenta lo específico de cada grupo y de cada persona, las expectativas de los corazones y sus auténticas necesidades espirituales. En el santuario se aprende a abrir el corazón a todos, en particular a los que son distintos de nosotros: el huésped, el extranjero, el inmigrante, el refugiado, el que profesa otra religión y el no creyente. Así el santuario, además de presentarse como espacio de experiencia de Iglesia, se convierte en lugar de convocación abierta a toda la humanidad. Es preciso destacar, en efecto, que en numerosas ocasiones, debido a tradiciones históricas y culturales, o a circunstancias favorecidas por la moderna movilidad humana, los creyentes en Cristo se encuentran en los santuarios, como compañeros de peregrinación, con hermanos miembros de otras Iglesias y comunidades eclesiales y con fieles de otras religiones. La certeza de que el designio de salvación los incluye también a ellos (46), el reconocimiento de la fidelidad que ellos profesan a sus propias convicciones religiosas, muchas veces ejemplar (47), y la experiencia, vivida en común, de los mismos acontecimientos de la historia, abren un horizonte nuevo y apremiante para el diálogo ecuménico y para el diálogo interreligioso, que el santuario ayuda a vivir ante el Misterio santo de Dios, que acoge a todos (48). Sin embargo, es necesario tener presente que el santuario es el lugar de encuentro con Cristo a través de la Palabra y los Sacramentos. Por eso se debe velar continuamente para evitar toda forma posible de sincretismo. Al mismo tiempo, el santuario se presenta como signo de contradicción con respecto a los movimientos pseudo- espiritualistas, como por ejemplo la New Age, porque en vez de un sentimiento religioso genérico, basado en la potenciación exclusiva de las facultades humanas, el santuario promueve el fuerte sentido de la primacía de Dios y la necesidad de abrirse a su acción salvífica en Cristo para la plena realización de la existencia humana. |