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I - El Santuario, memoria del origen
El santuario es ante todo lugar de la memoria de la acción poderosa de Dios en la historia, que ha dado origen al pueblo de la alianza y a la fe de cada uno de los creyentes. Ya los Patriarcas recuerdan el encuentro con Dios mediante la erección de un altar o memorial (cf. Gn 12,6-8; 13,18; 33,18-20), al que vuelven como signo de fidelidad (cf. Gn 13,4; 46,1), y Jacob considera "morada de Dios" el lugar de su visión (cf. Gn 28,11-22). Por consiguiente, en la tradición bíblica el santuario no es simplemente fruto de una obra humana, cargada de simbolismos cosmológicos o antropológicos, sino testimonio de la iniciativa de Dios en su comunicación a los hombres para sellar con ellos el pacto de la salvación. El significado profundo de todo santuario es hacer memoria, en la fe, de la obra salvífica del Señor (8). En el clima de adoración, invocación y alabanza, Israel sabe que fue su Dios quien quiso libremente el Templo y que no se lo impuso la voluntad humana. Lo atestigua de forma ejemplar la espléndida oración de Salomón, que parte precisamente de la dramática conciencia de la posibilidad de ceder a la tentación de la idolatría: «¿Es que verdaderamente habitará Dios con los hombres sobre la tierra? Si los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerte, ¡cuánto menos esta casa que yo te he construido! Atiende a la plegaria de tu siervo y a su petición, Señor Dios mío, y escucha el clamor y la plegaria que tu siervo hace hoy en tu presencia; que tus ojos estén abiertos día y noche sobre esta casa, sobre este lugar del que dijiste: "En él estará mi nombre"; escucha la oración que tu servidor te dirige en este lugar» (1 R 8,27-29). El santuario, pues, no se construye porque Israel quiere forzar la presencia del Eterno, sino, exactamente al contrario, porque el Dios vivo, que ha entrado en la historia, que ha caminado con su pueblo de día en columna de nube y de noche en columna de fuego (cf. Ex 13,21), quiere dar un signo de Su fidelidad y de Su presencia siempre actual en medio de Su pueblo. El Templo no será, entonces, la casa edificada por manos de hombres, sino el lugar que testimonia la iniciativa de Aquel que es el único que edifica la casa. Es la verdad sencilla y grande expresada a través de las palabras del profeta Natán: «Ve y di a mi siervo David: "Esto dice el Señor: ¿Me vas a edificar tú una casa para que yo habite?" (...) El Señor te edificará una casa. Y cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza. Él constituirá una casa para mi nombre y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él padre y él será para mí hijo» (2 S 7,5.11-14). El santuario asume, por consiguiente, el carácter de memoria viva del origen divino del pueblo de la alianza, elegido y amado. Es un recuerdo permanente de que no se nace como pueblo de Dios de la carne y de la sangre (cf. Jn 1,13), sino que la vida de fe brota de la iniciativa admirable del Dios que entró en la historia para unirnos a él y cambiar nuestro corazón y nuestra vida. El santuario es la memoria eficaz de la obra de Dios, el signo visible que proclama a todas las generaciones cuán grande es Él en el amor, y testimonia que Él nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4,19) y ha querido ser el Señor y Salvador de su pueblo. Como decía Gregorio de Nisa, refiriéndose a los Santos Lugares, en todo santuario se pueden reconocer «las huellas de la gran bondad del Señor para con nosotros», «los signos salvíficos del Dios que nos ha vivificado» (9), «los recuerdos de la misericordia del Señor para con nosotros» (10). 5. Iniciativa que nace "de lo alto" Lo que en el Antiguo Testamento es el Templo de Jerusalén, en el Nuevo Testamento encuentra su realización más elevada en la misión del Hijo de Dios, que se hace él mismo nuevo Templo, morada del Eterno entre nosotros, la alianza en persona. El episodio de la expulsión de los vendedores del templo (cf. Mt 21,12-13) proclama que el espacio sagrado, por una parte, se ha extendido a todas las gentes - como lo confirma también el detalle, de gran valor simbólico, del velo del templo «rasgado en dos, de arriba abajo» (Mc 15,38) - y, por otra, se ha concentrado en la persona de Aquel que, vencedor de la muerte (cf. 2 Tm 1,10), podrá ser para todos el sacramento del encuentro con Dios. Jesús dice a los jefes religiosos: «Destruid este Templo y en tres días lo levantaré». Al referir la réplica de los judíos: «Cuarenta y seis años se ha tardado en construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?», el evangelista Juan comenta: «Pero él hablaba del Templo de su cuerpo. Cuando resucitó de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús» (Jn 2,19-22). También en la economía de la nueva Alianza el Templo es el signo de la iniciativa del amor de Dios en la historia: Cristo, el enviado del Padre, el Dios hecho hombre por nosotros, sumo y definitivo sacerdote (cf. Hb 7), es el Templo nuevo, el Templo esperado y prometido, el santuario de la Alianza nueva y eterna (cf. Hb 8). Por eso, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, el santuario es la memoria viva del origen, es decir, de la iniciativa con que Dios nos amó primero (1 Jn 4,19). Cada vez que Israel ha mirado hacia el Templo con los ojos de la fe, cada vez que, con esos mismos ojos, los cristianos miran hacia Cristo, nuevo Templo, y miran los santuarios que ellos mismos han edificado, desde el edicto de Constantino, como signo de Cristo que vive entre nosotros, han reconocido en este signo la iniciativa del amor del Dios vivo en favor de los hombres (11). Así, el santuario testimonia que Dios es más grande que nuestro corazón, que él nos ha amado desde siempre y nos ha dado a su Hijo y al Espíritu Santo, porque quiere habitar entre nosotros y hacer de nosotros Su templo y de nuestros miembros el santuario del Espíritu Santo, como dice Pablo: «¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios es sagrado, y vosotros sois ese templo» (1 Co 3,16- 17, cf. 6,19); «nosotros somos el templo de Dios vivo, como dijo Dios mismo: "Habitaré en medio de ellos y andaré entre ellos; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo"» (2 Co 6,16). El santuario es el lugar de la actualización permanente del amor de Dios, que puso Su tienda entre nosotros (cf. Jn 1,14); por eso, como afirma san Agustín, en el lugar santo «no hay sucesión de días, como si cada día debiera llegar y luego pasar. El inicio del uno no marca el fin del otro, porque allí se hallan presentes todos al mismo tiempo. La vida a la que esos días pertenecen no conoce ocaso» (12). Así, en el santuario resuena de modo siempre nuevo el anuncio gozoso según el cual «Dios nos ha amado primero y nos ha dado la capacidad de amarlo (...). Nos ha amado, no para dejarnos tan feos como estábamos, sino para cambiarnos y embellecernos (...). ¿Cómo seremos bellos? Amándolo a él, que es siempre bello. Cuanto más crezca en ti el amor, tanto más crecerá la belleza; la caridad es, precisamente, la belleza del alma» (13). Por tanto, el santuario recuerda constantemente que la vida nueva no nace "de abajo", por una iniciativa puramente humana, y que la Iglesia no es simplemente fruto de carne y de sangre (cf. Jn 1,13), sino que la existencia redimida y la comunión eclesial en la que ella se manifiesta nacen "de lo alto" (cf. Jn 3,3), de la iniciativa gratuita y sorprendente del amor trinitario que precede al amor del hombre (cf. 1 Jn 4,9-10). 6. Asombro y adoración ¿Qué consecuencias tiene para la vida cristiana este mensaje, principal y fundamental, que el santuario transmite por ser memoria de que nuestro origen está en el Señor? Se pueden distinguir tres perspectivas fundamentales. En primer lugar, el santuario recuerda que la Iglesia nace de la iniciativa de Dios; iniciativa que la piedad de los fieles y la aprobación pública de la Iglesia reconocen en el acontecimiento que ha dado origen a cada santuario. Por tanto, en todo lo que guarda relación con el santuario y en todo lo que en él se expresa, es preciso descubrir la presencia del misterio, obra de Dios en el tiempo, manifestación de su presencia eficaz, oculta en los signos de la historia. Esta convicción se manifiesta en el santuario también a través del mensaje específico vinculado a él, tanto con respecto a los misterios de la vida de Jesucristo, como con relación a algunos de los títulos de María, «modelo de todas las virtudes ante toda la comunidad de los elegidos» (14), y también con relación a los santos cuya memoria proclama «las maravillas de Cristo en sus siervos» (15). Al misterio nos hemos de acercar con una actitud de asombro y de adoración, con un sentimiento de maravilla ante el don de Dios; por esto, en el santuario se entra con espíritu de adoración. Quien no es capaz de asombrarse de la obra de Dios, quien no percibe la novedad de lo que el Señor realiza con su iniciativa de amor, tampoco podrá captar el sentido profundo y la belleza del misterio del Templo que se deja reconocer en el santuario. El respeto que se debe al lugar santo expresa la conciencia de que frente a la obra de Dios es preciso situarse, no con una lógica humana que pretende definirlo todo según lo que se ve y se produce, sino con una actitud de veneración, llena de estupor y de sentido del misterio. Ciertamente, es necesaria una preparación adecuada al encuentro con el santuario para poder captar, más allá de los aspectos visibles, artísticos o de folclore, la obra gratuita de Dios que evocan los diversos signos: apariciones, milagros, acontecimientos que le dieron origen y que constituyen el inicio de cada santuario como lugar de fe. Esta preparación se desarrollará, ante todo, en las etapas del camino que lleva al peregrino al santuario, como acontecía con los peregrinos de Sión que se preparaban al gran encuentro con el Santuario de Dios mediante el canto de los Salmos de las subidas (Salmos 120-134), que son una auténtica catequesis litúrgica sobre las condiciones, la naturaleza y los frutos del encuentro con el misterio del Templo. La disposición topográfica del santuario y de cada uno de sus ambientes, el comportamiento respetuoso que se exigirá incluso a los que vayan simplemente de visita, la escucha de la Palabra, la oración y la celebración de los sacramentos, serán instrumentos válidos para ayudar a comprender el significado espiritual de lo que se vive en él. Este conjunto de actos expresará la acogida del santuario, abierto a todos y en particular a la multitud de personas que, en la soledad de un mundo secularizado y desacralizado, sienten en lo más íntimo de su corazón la nostalgia y el encanto de la santidad (16). 7. Acción de gracias En segundo lugar, el santuario recuerda la iniciativa de Dios y nos ayuda a comprender que esa iniciativa, fruto de un don, debe ser acogida con espíritu de acción de gracias. En el santuario se entra, ante todo, para dar gracias, conscientes de que hemos sido amados por Dios antes de que nosotros fuéramos capaces de amarlo; para expresar nuestra alabanza al Señor por las maravillas que ha realizado (cf. Sal 136); para pedirle perdón por los pecados cometidos; y para implorar el don de la fidelidad en nuestra vida de creyentes y la ayuda necesaria para nuestro peregrinar en el tiempo. En ese sentido, los santuarios constituyen una excepcional escuela de oración, donde especialmente la actitud perseverante y confiada de los humildes testimonia la fe en la promesa de Jesús: «Pedid y se os dará» (Mt 7, 7) (17). Percibir el santuario como memoria de la iniciativa divina significa, por consiguiente, educarse a la acción de gracias, alimentando en el corazón un espíritu de reconciliación, de contemplación y de paz. El santuario nos recuerda que la alegría de la vida es, ante todo, fruto de la presencia del Espíritu Santo, que suscita en nosotros también la alabanza a Dios. Cuanto más seamos capaces de alabar al Señor y hacer de la vida una perenne acción de gracias al Padre (cf. Rm 12,1), presentada en unión con aquella única y perfecta de Cristo Sacerdote, especialmente en la celebración de la Eucaristía, tanto más el don de Dios será acogido y fecundo en nosotros. Desde este punto de vista, la Virgen María es "modelo excelso" (18): con espíritu de acción de gracias, supo dejarse cubrir por la sombra del Espíritu (cf. Lc 1,35), para que en ella el Verbo fuera concebido y donado a los hombres. Mirando hacia ella, se comprende que el santuario es el lugar de la acogida del don de lo alto, la morada en la cual, en acción de gracias, nos dejamos amar por el Señor, precisamente siguiendo el ejemplo de María y con su ayuda. El santuario recuerda, pues, que si no hay gratitud, el don se pierde; si el hombre no sabe dar gracias a su Dios que, cada día, incluso en la hora de la prueba, lo ama de modo nuevo, el don es ineficaz. El santuario testimonia que la vocación de la vida no ha de ser disipación, aturdimiento o fuga, sino alabanza, paz y alegría. La comprensión profunda del santuario educa así a vivir la dimensión contemplativa de la vida, no sólo en el santuario, sino en todas partes. Y puesto que la celebración eucarística dominical, en particular, es el culmen y la fuente de toda la vida del cristiano, vivida como respuesta de gratitud y de entrega al don de lo alto, el santuario invita de modo muy especial a redescubrir el domingo, que es "el día del Señor", y también "el señor de los días" (19), "fiesta primordial", «puesta no sólo para marcar el paso del tiempo, sino para revelar su sentido profundo» que es la gloria de Dios, todo en todos (20). 8. Coparticipación y compromiso En tercer lugar, el santuario, en cuanto memoria de nuestro origen, muestra cómo este sentido de asombro y de acción de gracias nunca debe prescindir de la coparticipación y del compromiso en favor de los demás. El santuario recuerda el don de un Dios que nos ha amado tanto, hasta el punto de colocar su tienda entre nosotros para darnos la salvación, para ser nuestro compañero en la vida, solidario con nuestro dolor y con nuestra alegría. Esta solidaridad divina la testimonian también los acontecimientos que dan origen a los diversos santuarios. Si Dios nos ha amado así, también nosotros estamos llamados a amar a los demás (cf. 1 Jn 4,12), para ser con la vida el templo de Dios. El santuario nos impulsa a la solidaridad, a ser "piedras vivas", que se sostienen mutuamente en la construcción, en torno a la piedra angular que es Cristo (cf. 1 P 2,4-5). De nada serviría vivir el "tiempo del santuario", si eso no nos impulsara al "tiempo del camino", al "tiempo de la misión" y al "tiempo del servicio", en los que Dios se manifiesta como amor a las criaturas más débiles y pobres. Como nos recuerdan las palabras de Jeremías, citadas también en la enseñanza de Jesús, el templo, sin la fe y el compromiso en favor de la justicia, queda reducido a una "cueva de ladrones" (cf. Jr 7,11; Mt 21,13). Los santuarios mencionados por el profeta Amós no tienen sentido si en ellos no se busca de verdad al Señor (cf. Am 4,4; 5,5-6). La liturgia, sin una vida fundada en la justicia, se transforma en una farsa (cf. Is 1,10-20; Am 5,21-25; Os 6,6). La palabra profética remite el santuario a su inspiración, despojándolo del sacralismo vacío, de la idolatría, para transformarlo en semilla fecunda de fe y de justicia en el espacio y en el tiempo. Entonces, verdaderamente, el santuario, memoria de que nuestro origen está en el Señor, constituye una invitación continua a amar a Dios y a compartir los dones recibidos. La visita al santuario mostrará, pues, sus frutos de modo especial en el compromiso caritativo, en la acción en favor de la promoción de la dignidad humana, de la justicia y de la paz, valores hacia los cuales los creyentes se sentirán de nuevo llamados.
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