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PONTIFICIO
CONSEJO PARA LA PASTORAL
"EL SANTUARIO" Memoria, presencia y profecía del Dios vivo
Introducción
«Todos los cristianos están invitados a tomar parte en esta gran peregrinación que Cristo, la Iglesia y la humanidad han recorrido y deben seguir recorriendo en la historia. El santuario hacia el cual se dirigen debe convertirse en "la tienda del encuentro", como la Biblia denomina el tabernáculo de la alianza» (1). Estas palabras relacionan directamente la reflexión sobre la peregrinación (2) con la que se realiza sobre el santuario, que es normalmente la meta visible del itinerario de los peregrinos: «Con el nombre de santuario se designa una iglesia u otro lugar sagrado al que, por un motivo peculiar de piedad, acuden en peregrinación numerosos fieles, con la aprobación del Ordinario del lugar» (3). En el santuario, el encuentro con el Dios vivo se propone a través de la experiencia vivificante del Misterio proclamado, celebrado y vivido: «En los santuarios se debe proporcionar abundantemente a los fieles los medios de salvación, predicando con diligencia la palabra de Dios y fomentando con esmero la vida litúrgica principalmente mediante la celebración de la Eucaristía y de la penitencia, y practicando también otras formas aprobadas de piedad popular» (4). Así, «los santuarios son como hitos que orientan el caminar de los hijos de Dios sobre la tierra» (5), promoviendo la experiencia de convocación, encuentro y construcción de la comunidad eclesial. Estas características valen especialmente para los santuarios surgidos en Tierra Santa en los lugares santificados por la presencia del Verbo Encarnado y pueden reconocerse, en particular, en aquellos consagrados por el martirio de los Apóstoles y de cuantos testimoniaron la fe con su sangre. Además, toda la historia de la Iglesia peregrinante se puede ver reflejada en numerosos santuarios, «antenas permanentes de la Buena Nueva» (6), vinculados a acontecimientos decisivos de la evangelización o de la vida de fe de pueblos y comunidades. Cada santuario puede considerarse portador de un mensaje preciso, puesto que en él se vuelve a presentar, en el momento presente, el acontecimiento originario del pasado que sigue hablando al corazón de los peregrinos. En particular, los santuarios marianos ofrecen una auténtica escuela de fe con el ejemplo y la intercesión maternal de María. Testigos de la múltiple riqueza de la acción salvífica de Dios, los santuarios son también en la actualidad un don inestimable de gracia a su Iglesia. Por ello, reflexionar sobre la naturaleza y la función del santuario puede contribuir de manera eficaz a acoger y vivir el gran don de reconciliación y de vida nueva que la Iglesia ofrece continuamente a todos los discípulos del Redentor y, a través de ellos, a la familia humana. De aquí se deduce el sentido y la finalidad del presente documento, que quisiera hacerse eco de la vida espiritual que brota en los santuarios, del compromiso pastoral de quienes en ellos desempeñan su ministerio y de la irradiación que ellos tienen en las Iglesias locales. La reflexión que sigue es sólo una modesta ayuda para apreciar cada vez más el servicio que los santuarios prestan a la vida de la Iglesia. 2. A la escucha de la revelación Para que la reflexión sobre el santuario alimente la fe y dé fecundidad a la acción pastoral, es necesario que se origine en la escucha obediente de la revelación, en la cual están presentados densamente el mensaje y la fuerza de salvación contenidos en "el misterio del Templo". En el lenguaje bíblico, sobre todo en el lenguaje paulino, el término "misterio" expresa el designio divino de salvación que se va realizando en la historia humana. Cuando, a la luz de la palabra de Dios, se escruta el "misterio del Templo", se capta, más allá de los signos visibles de la historia, la presencia de la "gloria" divina (cf. Sal 29,9), es decir, la manifestación del Dios tres veces Santo (cf. Is 6,3), su presencia en diálogo con la humanidad (cf. 1 R 8,30-53) y su ingreso en el tiempo y en el espacio, a través de "la tienda" que Él puso en medio de nosotros (cf. Jn 1,14). Se perfilan, así, las líneas de una teología del templo, a cuya luz se puede comprender mejor también el significado del santuario. Esta teología se caracteriza por una progresiva concentración: en primer lugar, se destaca la figura del "templo cósmico", que el Salmo 19, por ejemplo, celebra con la imagen de los "dos soles": el "sol de la Torah", o sea de la revelación dirigida explícitamente a Israel (vv. 8-15), y el "sol del cielo" que «proclama la gloria de Dios» (vv. 2-7) a través de una revelación universal silenciosa, pero eficaz, destinada a todos. En este templo la presencia divina está viva por doquier, como reza el Salmo 139, y se celebra una liturgia de aleluya, reafirmada en el Salmo 148 que, además de las criaturas celestes, introduce veintidós criaturas terrestres (tantas cuantas son las letras del alfabeto hebraico, para significar la totalidad de la creación) que entonan un aleluya universal. Viene, luego, el templo de Jerusalén, donde se conserva el Arca de la alianza, lugar santo por excelencia de la fe judía y memoria permanente del Dios de la historia que ha sellado una alianza con su pueblo y permanece fiel a él. El templo es la casa visible del Eterno (cf. Sal 11,4), llenada por la nube de su presencia (cf. 1 R 8,10.13) y colmada de su "gloria" (cf. 1 R 8,11). Por último, está el templo nuevo y definitivo, constituido por el Hijo eterno que se hizo carne (cf. Jn 1,14): el Señor Jesús, crucificado y resucitado (cf. Jn 2,19-21), que transforma a los que creen en él en el templo de piedras vivas que es la Iglesia peregrina en el tiempo: «Acercándoos a él, piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida, preciosa ante Dios, también vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo» (1 P 2,4-5). Acercándose a Aquel que es "piedra viva" se construye el edificio espiritual de la alianza nueva y perfecta y se prepara la fiesta del Reino, "todavía no" plenamente realizado, mediante los sacrificios espirituales (cf. Rm 12,1-2), agradables a Dios precisamente porque se hacen en Cristo, por Él y con Él, la Alianza en persona. Así, la Iglesia se presenta sobre todo como el «templo santo, representado en los templos de piedra» (7). 3. Los tres arcos A la luz de estos testimonios es posible profundizar en el "misterio del Templo" en tres direcciones, que corresponden a las tres dimensiones del tiempo y constituyen los arcos en los que se apoya una teología del santuario que es memoria, presencia y profecía del Dios-con-nosotros. Con respecto al pasado único y definitivo del evento salvífico, el santuario se presenta como memoria de que nuestro origen está en el Señor del cielo y de la tierra; con respecto al presente de la comunidad de los redimidos, congregada en el tiempo que transcurre entre la primera venida del Señor y la última, se presenta como signo de la Presencia divina, lugar de la alianza, donde se expresa y se regenera siempre de forma nueva la comunidad del pacto; y con respecto al futuro cumplimiento de la promesa de Dios, al "todavía no" que es el objeto de la esperanza mayor, el santuario se presenta como profecía del mañana de Dios en el hoy del mundo. En relación con cada una de estas tres dimensiones será posible desarrollar también las líneas fundamentales de una pastoral de los santuarios, que permita traducir a la vida personal y eclesial el mensaje simbólico del templo, en el que se reúne la comunidad cristiana convocada por el Obispo y por los sacerdotes, sus colaboradores.
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