Conclusión


17. Convergencia de esfuerzos

El santuario no es sólo una obra humana, sino también un signo visible de la presencia del Dios invisible. Por esto, se exige una oportuna convergencia de esfuerzos y una adecuada conciencia de las funciones y de las responsabilidades de los protagonistas de la pastoral de los santuarios, precisamente para favorecer el pleno reconocimiento y la acogida fecunda del don que el Señor hace a su pueblo a través de cada santuario.

El santuario presta un valioso servicio a las Iglesias particulares, sobre todo cuidando de la proclamación de la Palabra de Dios y la celebración de los sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía (53). Este servicio expresa y vivifica los vínculos históricos y espirituales que los santuarios tienen con las Iglesias en las que han surgido, y exige la plena inserción de la acción pastoral realizada por el santuario en la pastoral de los Obispos, con particular atención a lo que más atañe al «carisma» del lugar y al bien espiritual de los fieles que acuden a él en peregrinación.

Bajo la guía del Obispo o de la Conferencia Episcopal, según los casos, los santuarios definen su identidad pastoral específica y su estructura organizativa, que debe expresarse en sus propios estatutos (54). Por lo demás, esta participación de los santuarios en la pastoral diocesana requiere que se atienda a la preparación específica de las personas y de las comunidades que deberán encargarse de ella.

Es igualmente importante promover la colaboración y el asociacionismo entre los santuarios, especialmente entre aquellos de una misma área geográfica y cultural, y la coordinación de su acción pastoral con la acción del turismo y de la movilidad en general. La multiplicación de iniciativas en ese sentido - desde congresos a nivel mundial hasta encuentros continentales y nacionales (55) - ha puesto de relieve la creciente afluencia a los santuarios, ha estimulado la toma de conciencia de nuevas urgencias y ha favorecido nuevas respuestas pastorales a los nuevos desafíos de los lugares y de los tiempos.

El "misterio del Templo" ofrece, por tanto, una riqueza de estímulos que se han de meditar y hacer fructificar con la acción. En cuanto memoria de nuestro origen, el santuario recuerda la iniciativa de Dios y ayuda al peregrino a acogerla con sentimientos de asombro, gratitud y compromiso. En cuanto lugar de la Presencia divina, testimonia la fidelidad de Dios y Su acción incesante en medio de Su pueblo, mediante la Palabra y los Sacramentos. En cuanto Profecía, o sea, evocación de la patria celestial, recuerda que no todo está cumplido, y debe aún cumplirse en plenitud según la promesa de Dios hacia la cual nos encaminamos; precisamente, al mostrar la relatividad de todo lo que es penúltimo con respecto a la última Patria, el santuario ayuda a descubrir a Cristo como Templo nuevo de la humanidad reconciliada con Dios.

Teniendo presentes estas tres dimensiones teológicas del santuario, la pastoral de los santuarios deberá promover la continua renovación de la vida espiritual y del compromiso eclesial, con una intensa vigilancia crítica frente a todas las culturas y las realizaciones humanas, pero también con un espíritu de colaboración, abierto a las exigencias del diálogo ecuménico e interreligioso.

18. María, santuario vivo

La Virgen María es el santuario vivo del Verbo de Dios, el Arca de la alianza nueva y eterna. En efecto, el relato del anuncio del ángel a María está modelado por Lucas, mediante un fino contrapunto, con las imágenes de la tienda del encuentro con Dios en el Sinaí y del templo de Sión. Así como la nube cubría al pueblo de Dios en marcha hacia el desierto (cf. Nm 10,34; Dt 33,12; Sal 91,4), y así como esa misma nube, signo del misterio divino presente en medio de Israel, se cernía sobre el Arca de la alianza (cf. Ex 40,35), asimismo ahora la sombra del Altísimo envuelve y penetra el tabernáculo de la nueva alianza que es el seno de María (cf. Lc 1,35).

Más aún, el evangelista Lucas relaciona sutilmente las palabras del ángel con el canto que el profeta Sofonías eleva a la presencia de Dios en Sión. El ángel dice a María: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo... No temas, María... vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo...» (Lc 1,28-31). El profeta dice a Sión: «Alégrate, hija de Sión, el rey de Israel, el Señor está en tu seno. No temas, Sión... El Señor, tu Dios, está en tu seno, el Poderoso te salvará» (So 3,14-17). En el "seno" (be qereb) de la hija de Sión, símbolo de Jerusalén, sede del templo, se manifiesta la presencia de Dios con su pueblo; en el seno de la nueva hija de Sión el Señor establece su templo perfecto para una comunión plena con la humanidad a través de su Hijo, Jesucristo.

El tema se propone nuevamente en la escena de la visitación de María a Isabel. La pregunta que Isabel dirige a la futura madre de Jesús tiene un gran contenido alusivo: «¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?» (Lc 1,43). Esas palabras, en efecto, remiten a las de David frente al Arca del Señor: «¿Cómo va a venir a mí el Arca de Yahveh?» (2 S 6,9). María es, pues, la nueva Arca de la presencia del Señor: cabe destacar que aquí, por primera vez en el evangelio de Lucas, aparece el título Kyrios, «Señor», aplicado a Cristo, el título que en la Biblia griega traducía el nombre sagrado de Dios Jhwh. Así como el Arca del Señor permaneció tres meses en la casa de Obed Edom, llenándola de bendiciones (cf 2 S 6,11), también María, el Arca viva de Dios, permaneció tres meses en la casa de Isabel con su presencia santificante (cf. Lc 1,56).

Es iluminativa, a este respecto, la afirmación de san Ambrosio: «María era el templo de Dios, no el Dios del templo, y por eso es preciso adorar solamente a Aquel que actuaba en el templo» (56). Por este motivo, «la Iglesia, a lo largo de toda su vida, mantiene con la Madre de Dios un vínculo que comprende, en el misterio salvífico, el pasado, el presente y el futuro, y la venera como madre espiritual de la humanidad y abogada de gracia» (57), como lo demuestra la presencia de los numerosos santuarios marianos esparcidos por el mundo (58), que constituyen un auténtico «Magníficat misionero» (59).

En los múltiples santuarios marianos, afirma el Santo Padre, «no sólo los individuos o grupos locales, sino a veces naciones enteras y continentes buscan el encuentro con la Madre del Señor, con la que es bienaventurada porque ha creído; es la primera entre los creyentes y por esto se ha convertido en Madre del Emmanuel. Éste es el mensaje de la tierra de Palestina, patria espiritual de todos los cristianos, al ser patria del Salvador del mundo y de su Madre.

Éste es el mensaje de tantos templos que en Roma y en el mundo entero la fe cristiana ha levantado a lo largo de los siglos. Éste es el mensaje de los centros como Guadalupe, Lourdes, Fátima y de los otros diseminados en las distintas naciones, entre los que no puedo dejar de citar el de mi tierra natal, Jasna Góra. Tal vez se podría hablar de una específica "geografía" de la fe y de la piedad mariana, que abarca todos estos lugares de especial peregrinación del pueblo de Dios, el cual busca el encuentro con la Madre de Dios para hallar, en el ámbito de la materna presencia de "la que ha creído", la consolidación de la propia fe» (60).

Con este fin, los responsables de la pastoral de los santuarios han de velar, con atención constante, para que las diversas expresiones de la piedad mariana se integren en la vida litúrgica, que es el centro y la definición del santuario.

Al acercarse a María, el peregrino debe sentirse llamado a vivir la "dimensión pascual" (61) que gradualmente transforma su vida mediante la acogida a la Palabra, la celebración de los sacramentos y el compromiso en favor de los hermanos.

El encuentro comunitario y personal con María, «estrella de la evangelización» (62), impulsará a los peregrinos, como animó a los Apóstoles, a anunciar con la palabra y el testimonio de vida «las maravillas de Dios» (Hch 2,11).

Ciudad del Vaticano, 8 de mayo de 1999

Arzobispo Stephen Fumio Hamao
Presidente

Arzobispo Francesco Gioia
Secretario

1) Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes, La peregrinación en el Gran Jubileo del año 2000 (11.4.1998), 32; el texto remite a Ex 27,21; 29,4.10-11.30.32.42.44.
2) Cf. el documento citado del Pontificio Consejo y el de la Conferencia Episcopal Italiana: «Venite, saliamo sul monte del Signore» (Is 2,3). Il pellegrinaggio alle soglie del terzo millennio (29.6.1998).
3) Código de Derecho Canónico, c. 1230.
4) Ib., c. 1234, § 1.
5) Juan Pablo II, Homilía a los fieles de Corrientes, Argentina (9.4.1987): L'Osservatore Romano, edición en lengua española (3.5.1987), 6.
6) Juan Pablo II, Ángelus (12.7.1992): L'Osservatore Romano, edición en lengua española (17.7.1992), p.1.
7) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 6.
8) Todos los santuarios que Israel tuvo (Siquem, Betel, Berseba y Silo) están vinculados a la historia de los patriarcas y son memoriales del encuentro con el Dios vivo.
9) Epist. 3,1: Sources Chrétiennes 363,124.
10) Ib., 3,2: SCh 363,126.
11) En los santuarios es posible «encender en todo hogar el fuego del amor divino», como afirma Teodoreto de Ciro a propósito de la iglesia edificada en honor de Santa Tecla (Historia Religiosa, 29,7: SCh 257,239.
12) S. Agustín, Carta a Proba, 130,8,15.
13) S. Agustín, Comentario a la carta de San Juan, IX,9.
14) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 65.
15) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Sacrosanctum Concilium, 111.
16) Cf. Juan Pablo II, Homilía en el santuario de Belém, Brasil (8.7.1980).
17) El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda: «Los santuarios son, para los peregrinos en busca de fuentes vivas, lugares excepcionales para vivir en comunión con la Iglesia las formas de la oración cristiana» (2691).
18) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 54 y 65.
19) Pseudo Eusebio de Alejandría, Sermón 16: PG 86,416.
20) Juan Pablo II, en la Carta apostólica Dies Domini (31.5.1998), afirma: «Se recuperan también expresiones antiguas de la religiosidad, como la peregrinación, y los fieles aprovechan el reposo dominical para acudir a los santuarios donde poder transcurrir, preferiblemente con toda la familia, algunas horas de una experiencia más intensa de fe. Son momentos de gracia que es preciso alimentar con una adecuada evangelización y orientar con auténtico tacto pastoral» (52).
21) Pensemos también en los Salmos de las subidas al templo de Jerusalén y en la imagen del Dios protector de Israel que ellos ofrecen (cf. en particular los Salmos 121 y 127).
22) Gregorio de Nisa escribe: «Dondequiera que estés, Dios vendrá a ti, si la morada de tu alma se encuentra preparada para que el Señor pueda habitar en ti» (Epistula 2,16: SCh 363,121).
23) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 6.
24) Pablo VI, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (8.12.1975), 48.
25) Cf. Juan Pablo II, Homilía en el santuario de Zapopan, México, (30.1.1979).
26) Cf. Comisión Teológica Internacional, Documento Fides et inculturatio (1987), III, 2-7.
27) Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes, Camina hacia el esplendor, el Señor camina contigo. Actas del Primer Congreso Mundial de la Pastoral de los Santuarios y Peregrinaciones (Roma, 26-29.2.1992), Documento final, 8, p.240.
28) La peregrinación en el Gran Jubileo del año 2000, o.c., 34.
29) Juan Pablo II, Mensaje con ocasión del 50· aniversario de la Organización Católica Internacional del Cine (31.10.1978): L'Osservatore Romano, edición en lengua española (22.4.1979), p.14.
30) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum ordinis, 4.
31) Juan Pablo II, Carta encíclica Dives in misericordia (30.11.1980), 1.
32) Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptor hominis (4.3.1979), 20.
33) Para las líneas fundamentales con respecto a la catequesis y a la celebración del sacramento de la Reconciliación, cf. Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Reconciliatio et poenitentia (2.12.1984).
34) Juan Pablo II, Bula de convocación del Gran Jubileo del año 2000 Incarnationis mysterium (29.11.1998), 9.
35) Ib., 10. Cf. Pablo VI, Constitución apostólica Indulgentiarum doctrina (1.1.1967).
36) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum ordinis, 5.
37) Catecismo de la Iglesia católica, 2643; cf. Pablo VI, Carta encíclica Mysterium fidei (3.9.1965); Congregación par el Culto Divino, Instrucción Inaestimabile donum (3.4.1980).
38) Juan Pablo II, Carta al Arzobispo Pasquale Macchi con ocasión del VII Centenario del Santuario de la Santa Casa de Loreto (15.8.1993), 7: cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española (24.9.1993), p.7.
39) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Apostolicam actuositatem, 10.
40) Juan Pablo II, Discurso durante la audiencia general (3.1.1979): L'Osservatore Romano, edición en lengua española (7.1.1979), p.4; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Apostolicam actuositatem, 11.
41) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 63.
42) Juan Pablo II afirma: «Los santuarios marianos son como la casa de la Madre, lugares para detenerse y descansar en el largo camino que lleva a Cristo; son hogares donde, mediante la fe sencilla y humilde de los "pobres de espíritu" (cf. Mt 5,3), se vuelve a tomar contacto con las grandes riquezas que Cristo ha confiado y dado a la Iglesia, especialmente los sacramentos, la gracia, la misericordia, la caridad para con los hermanos que sufren y los enfermos» (Ángelus, 21.6.1987): L'Osservatore Romano, edición en lengua española (28.6.1987), p.1.
43) Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, 4.
44) Ib.,8.
45) Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, Directorio para la Aplicación de los Principios y Normas sobre el Ecumenismo (25.3.1993), 29 y 103.
46) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 16.
47) Cf. Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptor hominis (4.3.1979), 6.
48) Cf. Juan Pablo II, Carta apostólica Tertio millennio adveniente (10.11.1994), 52-53.
49) Cf. Juan Pablo II, Homilía en la misa para los enfermos en la basílica de San Pedro (11.2.1990).
50) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 41; Juan Pablo II, Carta apostólica Salvifici doloris (11.2.1984).
51) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 8; cf. Decr. Unitatis redintegratio, 6-7.
52) Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptoris Mater (25.3.1987), 37.
53) Al contrario, es pastoralmente conveniente que los sacramentos del bautismo, la confirmación y el matrimonio se celebren en las parroquias de residencia, ayudando a los fieles a captar el significado comunitario de estos sacramentos; cf. Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifideles laici (30.12.1988), 26.
54) Código de Derecho Canónico, c. 1232. En ese sentido, la Conferencia Episcopal Francesa, por ejemplo, ha elaborado una Carta de los Santuarios.
55) El Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes trabaja en esta dirección, como lo demuestra la organización de los dos Congresos Mundiales (Roma, 26-29.2.1992, y Éfeso, Turquía, 4- 7.5.1998) y de los dos celebrados a nivel regional (Máriapócs, Hungría, 2-4.9.1986, y Pompeya, Italia, 17- 21.10.1998); cf. respectivas Actas.
56) De Spiritu Sancto III, 11, 80.
57) Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptoris Mater (25.3.1987), 47.
58) Juan Pablo II recuerda: «Sé perfectamente que cada pueblo, cada país y también cada diócesis tiene sus lugares santos en los que late el corazón de todo el pueblo de Dios de manera, podríamos decir, más viva; lugares de encuentro especial entre Dios y los seres humanos; sitios en que Cristo mora de modo particular entre nosotros. Si estos lugares están dedicados con tanta frecuencia a su Madre, ello nos revela la naturaleza de su Iglesia en plenitud total», Homilía en el santuario de Knock, Irlanda, (30.9.1979): L'Osservatore Romano, edición en lengua española (7.10.1979), p. 13.
59) Juan Pablo II, Mensaje al III Congreso Misionero Latinoamericano, Bogotá (6.7.1987).
60) Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptoris Mater (25.3.1987), 28.
61) Congregación para el Culto Divino, Carta circular a los Presidentes de las Comisiones Litúrgicas nacionales Orientaciones y propuestas para la celebración del Año mariano (3.4.1987), 78: Notitiae 23 (1987), p. 386.
62) Pablo VI, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (8.12.1975), 82.