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VIII.
ORACION DE LA IGLESIA
La Iglesia proclama la verdad de la misericordia de Dios, revelada en Cristo crucificado y resucitado, y la profesa de varios modos. Además, trata de practicar la misericordia para con los hombres a través de los hombres, viendo en ello una condición indispensable de la solicitud por un mundo mejor y "más humano", hoy y mañana. Sin embargo, en ningún momento y en ningún período histórico -especialmente en una época tan crítica como la nuestra- la Iglesia puede olvidar la oración que es un grito a la misericordia de Dios ante las múltiples formas de mal que pesan sobre la humanidad y la amenazan. recisamente
éste es el fundamental derecho-deber de la Iglesia en Jesucristo:
es el derecho-deber de la Iglesia para con Dios y para con los hombres.
La conciencia humana, cuanto más pierde el sentido del significado
mismo de la palabra "misericordia", sucumbiendo a la secularización;
cuanto más se distancia del misterio de la misericordia alejándose
de Dios, tanto más la Iglesia tiene el derecho y el deber de recurrir
al Dios de la misericordia "con poderosos clamores"135. Estos
poderosos clamores deben estar presentes en la Iglesia de nuestros tiempos,
dirigidos a Dios, para implorar su misericordia, cuya manifestación
ella profesa y proclama en cuanto realizada en Jesús crucificado
y resucitado, esto es, en el misterio pascual. Es este misterio el que
lleva en sí la más completa revelación de la misericordia,
es decir, del amor que es más fuerte que la muerte, más
fuerte que el pecado y que todo mal, del amor que eleva al hombre de las
caídas graves y lo libera de las más grandes amenazas. Es pues necesario que todo cuanto he dicho en el presente documento sobre la misericordia se transforme continuamente en una ferviente plegaria: en un grito que implore la misericordia en conformidad con las necesidades del hombre en el mundo contemporáneo. Que este grito condense toda la verdad sobre la misericordia, que ha hallado tan rica expresión en la Sagrada Escritura y en la Tradición, así como en la auténtica vida de fe de tantas generaciones del Pueblo de Dios. Con tal grito nos volvemos, como todos los escritores sagrados, al Dios que no puede despreciar nada de lo que ha creado136, al Dios que es fiel a sí mismo, a su paternidad y a su amor. Y al igual que los profetas, recurramos al amor que tiene características maternas y, a semejanza de una madre, sigue a cada uno de sus hijos, a toda oveja extraviada, aunque hubiese millones de extraviados, aunque en el mundo la iniquidad prevaleciese sobre la honestidad, aunque la humanidad contemporánea mereciese por sus pecados un nuevo "diluvio", como lo mereció en su tiempo la generación de Noé. Recurramos al amor paterno que Cristo nos ha revelado en su misión mesiánica y que alcanza su culmen en la cruz, en su muerte y resurrección. Recurramos a Dios mediante Cristo, recordando las palabras del Magníficat de María, que proclama la misericordia "de generación en generación". Imploremos la misericordia divina para la generación contemporánea. La Iglesia que, siguiendo el ejemplo de María, trata de ser también madre de los hombres en Dios, exprese en esta plegaria su materna solicitud y al mismo tiempo su amor confiado, del que nace la más ardiente necesidad de la oración. Elevemos nuestras súplicas, guiados por la fe, la esperanza, la caridad que Cristo ha injertado en nuestros corazones. Esta actitud es asimismo amor hacia Dios, a quien a veces el hombre contemporáneo ha alejado de sí, ha hecho ajeno a sí, proclamando de diversas maneras que es algo "superfluo". Esto es pues amor a Dios, cuya ofensa-rechazo por parte del hombre contemporáneo sentimos profundamente, dispuestos a gritar con Cristo en la cruz: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen"137. Esto es al mismo tiempo amor a los hombres, a todos los hombres sin excepción y división alguna: sin diferencias de raza, cultura, lengua, concepción del mundo, sin distinción entre amigos y enemigos. Esto es amor a los hombres que desea todo bien verdadero a cada uno y a toda la comunidad humana, a toda familia, nación, grupo social; a los jóvenes, los adultos, los padres, los ancianos, los enfermos: es amor a todos, sin excepción. Esto es amor, es decir, solicitud premurosa para garantizar a cada uno todo bien auténtico y alejar y conjurar el mal. Y, si alguno de los contemporáneos no comparte la fe y la esperanza que me inducen, en cuanto siervo de Cristo y ministro de los misterios de Dios 138, a implorar en esta hora de la historia la misericordia de Dios en favor de la humanidad, que trate al menos de comprender el motivo de esta premura. Está dictada por el amor al hombre, a todo lo que es humano y que, según la intuición de gran parte de los contemporáneos, está amenazado por un peligro inmenso. El misterio de Cristo que, develándonos la gran vocación del hombre, me ha impulsado a confirmar en la Encíclica Redemptor Hominis su incomparable dignidad, me obliga al mismo tiempo a proclamar la misericordia como amor compasivo de Dios, revelado en el mismo misterio de Cristo. Ello me obliga también a recurrir a tal misericordia y a implorarla en esta difícil, crítica fase de la historia de la Iglesia y del mundo, mientras nos encaminamos al final del segundo Milenio. En el nombre de Jesucristo, crucificado y resucitado, en el espíritu de su misión mesiánica, que permanece en la historia de la humanidad, elevemos nuestra voz y supliquemos que en esta etapa de la historia se revele una vez más aquel Amor que está en el Padre y que por obra del Hijo y del Espíritu Santo se haga presente en el mundo contemporáneo como más fuerte que el mal: más fuerte que el pecado y la muerte. Supliquemos por intercesión de Aquella que no cesa de proclamar "la misericordia de generación en generación", y también de aquellos en quienes se han cumplido hasta el final las palabras del sermón de la montaña: "Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia"139. Al continuar el gran cometido de actuar el Concilio Vaticano II, en el que podemos ver justamente una nueva fase de la autorrealización de la Iglesia -a medida de la época en que nos ha tocado vivir- la Iglesia misma debe guiarse por la plena conciencia de que en esta obra no le es lícito, en modo alguno, replegarse sobre sí misma. La razón de su ser es en efecto la de revelar a Dios, esto es, al Padre que nos permite "verlo" en Cristo140. Por muy fuerte que pueda ser la resistencia de la historia humana; por muy marcada que sea la heterogeneidad de la civilización contemporánea; por muy grande que sea la negación de Dios en el mundo, tanto más grande debe ser la proximidad a ese misterio que, escondido desde los siglos en Dios, ha sido después realmente participado al hombre en el tiempo mediante Jesucristo. Juan Pablo II Con
mi Bendición Apostólica.
(1)
Ef 2, 4. Esta fidelidad para con la " hija de mi pueblo " infiel (cfr. Lam 4, 3. 6) es, en definitiva, por parte de Dios, fidelidad a sí mismo. Esto resulta frecuente sobre todo en el recurso frecuente al binomio hesed we'emet (=gracia y fidelidad), que podría considerarse una endíadis (cfr. por ej. Ex 34, 6; 2 Sam 2, 6; 15, 20; Sal 25 [24], 10; 40 [39], 11 s.; 85 [84], 11; 138 [137], 2; Miq 7, 20). " No lo hago por vosotros, casa de Israel, sino más bien por el honor de mi nombre " (Ez 36, 22). Por tanto también Israel, aunque lleno de culpas por haber roto la alianza, no puede recurrir al hesed de Dios en base a una justicia legal; no obstante, puede y debe continuar esperando y tener confianza en obtenerlo, siendo el Dios de la alianza realmente " responsable de su amor ". Frutos de ese amor son el perdón, la restauración en la gracia y el restablecimiento de la alianza interior. El segundo vocablo, que en la termenología del Antiguo Testamento sirve para definir la misericordia, es rahamim. Este tiene un matiz distinto del hesed. Mientras éste pone en evidencia los caracteres de la fidelidad hacia sí mismo y de la " responsabilidad del propio amor " (que son cartacteres en cierto modo masculinos ), rahamin, ya en su raíz, denota el amor de la madre (rehem= regazo materno). Desde el vínculo más profundo y originario, mejor, desde la unidad que liga a la madre con el niño, brota una relación particular con él, un amor particular. Se puede decir que este amor es totalmente gratuito, no fruto de mérito, y que bajo este aspecto constituye una necesidad interior: es una exigencia del corazón. Es una variante casi "femenina" de la fidelidad masculina a sí mismo, expresada en el hesed. Sobre ese trasfondo psicológico, rahamim engendra una escala de sentimientos, entre los que están la bondad y la ternura, la paciencia y la comprensión, es decir, la disposición a perdonar. El Antiguo Testamento atribuye al Señor precisamente esos caracteres, cuando habla de él sirviéndose del término rahamim. Leemos en Isaías: " ¿Puede acaso una mujer olvidarse de su mamoncillo, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Aunque ellas se olvidaran, yo no te olvidaría " (Is 49, 15). Este amor, fiel e invencible gracias a la misteriosa fuerza de la maternidad, se expresa en los texos véterotestamentarios de diversos modos: ya sea como salvación de los peligros, especialmente de los enemigos, ya sea también como perdón de los pecados --respecto de cada individuo así como también de todo Israel-- y, finalmente, en la prontitud para cumplir la promesa y la esperanza (escatológicas), no obstante la infidelidad humana, como leemos en Oseas: " Yo curaré su rebeldía y los amaré generosamente " (Os 14, 5). En
la terminología del Antiguo Testamento encontramos todavía
otras expresiones, referidas diversamente al mismo contenido fundamental.
Sin embargo, las dos antedichas merecen una atención particular.
En ellas se manifiesta claramente su original aspecto antropomórfico:
al presentar la misericordia divina, los autores bíblicos se sirven
de los términos que corresponden a la conciencia y a la experiencia
del hombre contemporáneo suyo. La terminología griega usada
por los Setenta muestra una riqueza menor que la hebraica: no ofrece,
pues, todos los matices semánticos propios del texto original.
En cada caso, el Nuevo Testamento construye sobre la riqueza y profundidad,
que ya distinguía el Antiguo. Además
de estos elementos semánticos fundamentales, el concepto de misericordia
en el Antiguo Testamento está compuesto también por lo que
encierra el verbo hamal, que literalmente significa " perdonar (al
enemigo vencido) ", pero también " manifestar piedad
y compasión " y, como consecuencia, perdón y remisión
de la culpa. También el término hus expresa piedad y compasión,
pero sobre todo en sentido afectivo. Estos términos aparecen en
los textos bíblicos más raramente para indicar la misericordia.
Además, conviene destacar el ya recordado vocablo 'emet, que significa
en primer lugar " solidez, seguridad " (en el griego de los
LXX: " verdad ") y en segundo lugar, " fidelidad ",
y en ese sentido parece relacionarse con el contenido semántico
propio del término hesed.
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