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INTRODUCCION
La publicación de este documento - en el que el Sumo Pontífice h a querido unir su voz de Obispo de Roma y Sucesor de Pedro a la de los Padres Sinodales - ha significado para los presbíteros y para toda la Iglesia, el inicio de un camino fiel y fecundo de profundización y de aplicación de su contenido. "Hoy, en particular, la tarea pastoral prioritaria de la nueva evangelización, que atañe a todo el Pueblo de Dios y pide un nuevo ardor, nuevos métodos y una nueva expresión para el anuncio y el testimonio del Evangelio, exige sacerdotes radical e integralmente inmersos en el misterio de Cristo y capaces de realizar un nuevo estilo de vida pastoral".(3) Los primeros responsables de esta nueva evangelización del tercer milenio son los presbíteros: ellos, sin embargo, para poder realizar su misión, necesitan alimentar en si mismos una vida, que sea muestra diáfana de la propia identidad; precisan también vivir una unión de amor con Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, Cabeza y Maestro, Esposo y Pastor, alimentando la propia vida espiritual y el propio ministerio con una formación permanente y completa. Como respuesta a tales exigencias ha nacido este Directorio, pedido por numerosos Obispos, tanto durante el Sínodo de 1990, como con ocasión de la Consulta general del Episcopado promovida por este Dicasterio. Al delinear los diversos contenidos, se tuvieron en cuenta, tanto las sugerencias del entero Episcopado mundial, consultado con este fin, como los resultados de los trabajos de la Congregación plenaria, que tuvo lugar en el Vaticano, en octubre de 1993; también han sido recogidas las reflexiones de muchos teólogos, canonistas y expertos en la materia, provenientes de diversas áreas geográficas e insertados en las actuales situaciones pastorales. Se ha tratado de ofrecer elementos prácticos, que puedan servir para iniciativas lo más homogéneas que sea posible; sin embargo, se ha evitado entrar en detalles que sólo las legítimas praxis locales y las reales condiciones de cada una de las Diócesis y Conferencias Episcopales podrán inspirar al celo y a la prudencia de los Pastores. Dada, pues, la naturaleza de Directorio del presente documento, ha parecido oportuno - en las circunstancias actuales - recordar sólo aquellos elementos doctrinales, que son el fundamento de la identidad, la espiritualidad y la formación permanente de los presbíteros. El presente documento, por lo tanto, no pretende ofrecer una exposición exhaustiva acerca del sacerdocio, ni quiere ser una pura y simple repetición de cuanto ha sido ya auténticamente declarado por el Magisterio de la Iglesia. Éste quiere responder a los principales interrogantes - de orden doctrinal, disciplinar y pastoral - que el compromiso de la nueva evangelización plantea a los sacerdotes. Así, por ejemplo, se ha querido aclarar que la verdadera identidad sacerdotal, tal como el Divino Maestro la ha querido y como la Iglesia la ha vivido siempre, no es conciliable con tendencias democraticistas, que quisieran vaciar de contenido o anular la realidad del sacerdocio ministerial. Se ha querido dar un énfasis particular al tema específico de la comunión, exigencia hoy particularmente sentida, dada su incidencia en la vida del sacerdote. Lo mismo puede decirse de la espiritualidad presbiteral que, en nuestro tiempo, ha sufrido no pocos golpes a causa, sobre todo, del secularismo y de un equivocado antropologismo. Se ha manifestado necesario, en fin, ofrecer algunos consejos para una adecuada formación permanente que ayude a los sacerdotes a vivir su vocación con alegría y responsabilidad. El texto está naturalmente destinado - a través de los Obispos - a todos los presbíteros de la Iglesia de Rito Latino. Las directrices en él contenidas se refieren especialmente a los presbíteros del clero secular diocesano, si bien muchas de ellas con las debidas adaptaciones - deben ser tenidas en cuenta también por los presbíteros miembros de Institutos religiosos y de Sociedades de vida apostólica. Tenemos el deseo de que este Directorio pueda ayudar a cada sacerdote para profundizar en la propia identidad y para incrementar la propia vida espiritual; un aliento para el ministerio y para la realización de la propia formación permanente, de la cual cada uno es el primer agente; y también un verdadero punto de referencia para un apostolado rico y auténtico en bien de la Iglesia y del mundo entero.
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