|
Responsables 87. El presbítero El primer y principal responsable de la propia formación permanente es el mismo presbítero. En realidad, a cada sacerdote incumbe el deber de ser fiel al don de Dios y al dinamismo de conversión cotidiana, que viene del mismo don. (244) Tal deber deriva del hecho de que ninguno puede sustituir al propio presbítero en el vigilar sobre sí mismo (cf 1 Tim 4, 16). Él, en efecto, por participar del único sacerdocio de Cristo, está llamado a revelar y a actuar, según una vocación suya, única e irrepetible, algún aspecto de la extraordinaria riqueza de gracia, que ha recibido. Por otra parte, las condiciones y situaciones de vida de cada sacerdote son tales que, también desde un punto de vista meramente humano, exigen que él tome parte personalmente en su propia formación, de manera que ponga en ejercicio las propias capacidades y posibilidades. Él, por tanto, participará activamente en los encuentros de formación, dando su propia contribución en base a sus competencias y posibilidades concretas, y se ocupará de proveerse y de leer libros y revistas, que sean de segura doctrina y de experimentada utilidad para su vida espiritual y para un fructuoso desempeño de su ministerio. Entre las lecturas, el primer puesto debe ser ocupado por la Sagrada Escritura; después por los escritos de los Padres, de los Maestros de espiritualidad antiguos y modernos, y de los Documentos del Magisterio eclesiástico, los cuales constituyen la fuente más autorizada y actualizada de la formación permanente. Los presbíteros, por tanto, los estudiarán y profundizarán de modo directo y personal para poderlos presentar adecuadamente a los fieles laicos. 88. Ayuda a sus hermanos En todos los aspectos de la existencia sacerdotal emergerán los "particulares vínculos de caridad apostólica, de ministerio y de fraternidad", (245) en los cuales se funda la ayuda recíproca, que se prestarán los presbíteros. (246) Es de desear que crezca y se desarrolle la cooperación de todos los presbíteros en el cuidado de su vida espiritual y humana, así como del servicio ministerial. La ayuda, que en este campo se debe prestar a los sacerdotes, puede encontrar un sólido apoyo en diversas Asociaciones sacerdotales, que tienden a formar una espiritualidad verdaderamente diocesana. Se trata de Asociaciones que "teniendo estatutos aprobados por la autoridad competente, estimulan a la santidad en el ejercicio del ministerio y favorecen la unidad de los clérigos entre sí y con el propio Obispo"(247) Desde este punto de vista, hay que respetar con gran cuidado el derecho de cada sacerdote diocesano a practicar la propia vida espiritual del modo que considere más oportuno, siempre de acuerdo - como es obvio - con las características de la propia vocación, así como con los vínculos, que de ella derivan. E1 trabajo, que estas Asociaciones, como también el de los Movimientos aprobados, cumplen en favor de los sacerdotes, es tenido en gran consideración por la Iglesia, (248) que lo reconoce como un signo de la vitalidad con que el Espíritu Santo la renueva continuamente. 89. El Obispo Por amplia y difícil que sea la porción del Pueblo de Dios, que le ha sido confiada, el Obispo debe prestar una atención del todo particular en lo que se refiere a la formación permanente de sus presbíteros.(249) Existe, en efecto, una relación especial entre éstos y el Obispo, debido al "hecho que los presbíteros reciben a través de él su sacerdocio y comparten con él la solicitud pastoral por el Pueblo de Dios"(250) Eso determina también que el Obispo tenga responsabilidades específicas en el campo de la formación sacerdotal. Tales responsabilidades se expresan tanto en relación con cada uno de los presbíteros - para quienes la formación debe ser lo más personalizada posible -, como en relación con el conjunto de todos los que forman el presbiterio diocesano. En este sentido, el Obispo cultivará con empeño la comunicación y la comunión entre los presbíteros, teniendo cuidado, en particular, de custodiar y promover la verdadera índole de la formación permanente, educar sus conciencias acerca de su importancia y necesidad y, finalmente, programarla y organizarla, estableciendo un plan de formación con las estructuras necesarias y las personas adecuadas para llevarlo a cabo.(251) Al ocuparse de la formación de sus sacerdotes, es necesario que el Obispo se comprometa con la propia y personal formación permanente. La experiencia enseña que, en la medida en que el Obispo está más convencido y empeñado en la propia formación, tanto más sabrá estimular y sostener la de su presbiterio. En esta delicada tarea, el Obispo - si bien desempeña un papel insustituible e indelegable sabrá pedir la colaboración del Consejo presbiteral que, por su naturaleza y finalidad, parece el organismo idóneo para ayudarlo especialmente en lo que se refiere, por ejemplo, a la elaboración del plan de formación. Todo Obispo, pues, se sentirá sostenido y ayudado en su tarea por sus demás hermanos en el Episcopado, reunidos en Conferencia. (252) 90. La formación de los formadores Ninguna formación es posible si no hay, además del sujeto que se debe formar, también el sujeto que forma, el formador. La bondad y la eficacia de un plan de formación dependen en parte de las estructuras pero, principalmente, de las personas de los formadores. Es evidente que la responsabilidad del Obispo hacia esos formadores es particularmente delicada e importante. Es necesario, por tanto, que el mismo Obispo nombre un "grupo de formadores" y que las personas sean elegidas entre aquellos sacerdotes altamente cualificados y estimados por su preparación y madurez humana, espiritual, cultural y pastoral. Los formadores, en efecto, deben ser ante todo hombres de oración, docentes con marcado sentido sobrenatural, de profunda vida espiritual, de conducta ejemplar, con adecuada experiencia en el ministerio sacerdotal, capaces de conjugar - como los Padres de la Iglesia y los santos maestros de todos los tiempos - las exigencias espirituales con aquellas más propiamente humanas del sacerdote. Éstos pueden ser elegidos también entre los miembros de los Seminarios, de los Centros o Instituciones académicas aprobadas por la Autoridad eclesiástica, y también entre aquellos Institutos cuyo carisma se refiere justamente a la vida y la espiritualidad sacerdotal. En todo caso deben ser garantizadas la ortodoxia de la doctrina y la fidelidad a la disciplina eclesiástica. Los formadores, además, deben ser colaboradores de confianza del Obispo, que es siempre el responsable último de la formación de sus más preciados colaboradores. Es oportuno que se cree también un grupo de programación y de realización con el fin de ayudar al Obispo a fijar los contenidos, que deben desarrollarse cada año en cada uno de los ámbitos de la formación permanente; preparar los elementos necesarios; predisponer los cursos, las sesiones, los encuentros y los retiros; organizar oportunamente los calendarios, de modo que se prevean las ausencias y las sustituciones de los presbíteros, etc. Para una buena programación se puede también realizar la consulta de algún especialista en temas particulares. Mientras que es suficiente un solo grupo de formadores, sin embargo es posible que existan - si las necesidades lo requieren - varios grupos de programación y de realización. 91. Colaboración entre las Iglesias En lo referente sobre todo a los medios colectivos, la programación de los diferentes medios de formación permanente y de sus contenidos concretos puede ser establecida de común acuerdo entre varias Iglesias particulares, tanto a nivel nacional y regional -a través de las respectivas Conferencias de los Obispos- como, principalmente, entre Diócesis limítrofes o cercanas. Así, por ejemplo, se podrían utilizar -si se consideran adecuadas- las estructuras interdiocesanas, como las Facultades y los Institutos teológicos y pastorales, y también los organismos o las federaciones empeñados en la formación presbiteral. Tal unión de fuerzas, además de realizar una auténtica comunión entre las Iglesias particulares, podría ofrecer a todos más cualificadas y estimulantes posibilidades para la formación permanente. (253) 92. Colaboración de centros académicos y de espiritualidad Además, los Institutos de estudio, de investigación y los Centros de espiritualidad, así como también los Monasterios de observancia ejemplar y los Santuarios constituyen otros puntos de referencia para la actualización teológica y pastoral, para lugares de silencio, oración, confesión sacramental y dirección espiritual, saludable reposo incluso físico, momentos de fraternidad sacerdotal. De este modo también las familias religiosas podrían colaborar en la formación permanente y contribuir a la renovación del clero exigida por la nueva evangelización del Tercer Milenio. Necesidades en orden a la edad y a situaciones especiales 93. Primeros años de sacerdocio Durante los primeros años posteriores a la ordenación, se debería facilitar a los sacerdotes la posibilidad de encontrar las condiciones de vida y ministerio, que les permitan traducir en obras los ideales forjados durante el período de formación en el seminario. (254) Estos primeros años, que constituyen una necesaria verificación de la formación inicial después del delicado primer impacto con la realidad, son los más decisivos para el futuro. Estos años requieren, pues, una armónica maduración para hacer frente - con fe y con fortaleza - a los momentos de dificultad. Con este fin, los jóvenes sacerdotes deberán tener la posibilidad de una relación personal con el propio Obispo y con un sabio padre espiritual; les serán facilitados tiempos de descanso, de meditación, de retiro mensual. Teniendo presente cuanto ya se ha dicho para el año pastoral, es necesario organizar, en los primeros años de sacerdocio, encuentros anuales de formación en los que se elaboren y profundicen adecuados temas teológicos, jurídicos, espirituales y culturales, sesiones especiales dedicadas a problemas de moral, de pastoral, de liturgia, etc. Tales encuentros pueden también ser ocasión para renovar el permiso de confesar, según lo que está establecido por el Código de Derecho Canónico y por el Obispo. (255) Sería útil también que a los jóvenes presbíteros se facilitara la posibilidad de una convivencia familiar entre ellos y con los más maduros, de modo que sea posible el intercambio de experiencias, el conocimiento recíproco y también la delicada práctica evangélica de la corrección fraterna. Conviene, en definitiva, que el clero joven crezca en un ambiente espiritual de auténtica fraternidad y delicadeza, que se manifiesta en la atención personal, también en lo que respecta a la salud física y a los diversos aspectos materiales de la vida. 94. Después de un cierto número de años Transcurrido un cierto número de años de ministerio, los presbíteros adquieren una sólida experiencia y el gran mérito de gastarse por completo por el crecimiento del Reino de Dios en el trabajo cotidiano. Este grupo de sacerdotes constituye un gran recurso espiritual y pastoral. Ellos necesitan que les den ánimos, que los valoren con inteligencia y que les sea posible profundizar en la formación en todas sus dimensiones, con el fin de examinarse a sí mismos y a su propio actuar; reavivar las motivaciones del sagrado ministerio; reflexionar sobre las metodologías pastorales a la luz de lo que es esencial; sobre su comunión con el presbiterio; la amistad con el propio Obispo; la superación de eventuales sentimientos de cansancio, de frustración, de soledad; redescubrir, en definitiva, el manantial de la espiritualidad sacerdotal.(256) Por este motivo, es importante que estos presbíteros se beneficien de especiales y profundas sesiones de formación en las cuales - además de los contenidos teológicos y pastorales - se examinen todas las dificultades psicológicas y afectivas, que pudieran nacer durante tal período. Es aconsejable, por tanto, que en tales encuentros estén presentes no sólo el Obispo, sino también aquellos expertos, que puedan dar una válida y segura contribución para la solución de los problemas expuestos. 95. Edad avanzada Los presbíteros ancianos o de edad avanzada, a los cuales se debe otorgar delicadamente todo signo de consideración, entran también ellos en el circuito vital de la formación permanente, considerada quizás no tanto como un estudio profundo o debate cultural, sino como "confirmación serena y segura de la función, que todavía están llamados a desempeñar en el Presbiterio". ( 257) Además de la formación organizada para los sacerdotes de edad madura, éstos podrán convenientemente disfrutar de momentos, ambientes y encuentros especialmente dirigidos a profundizar en el sentido contemplativo de la vida sacerdotal; para redescubrir y gustar de la riqueza doctrinal de cuanto ha sido ya estudiado; para sentirse - como lo son - útiles, pudiendo ser valorados en formas adecuadas de verdadero y propio ministerio, sobre todo como expertos confesores y directores espirituales. De modo particular, éstos podrán compartir con los demás las propias experiencias, animar, acoger, escuchar y dar serenidad a sus hermanos, estar disponibles cuando se les pida el servicio de "convertirse ellos mismos en valiosos maestros y formadores de otros sacerdotes". (258) 96. Sacerdotes en situaciones peculiares Independientemente de la edad, los presbíteros se pueden encontrar en "una situación de debilidad física o de cansancio moral" (259) Éstos, ofreciendo sus sufrimientos, contribuyen de modo eminente a la obra de la redención, dando "un testimonio signado por la elección de la cruz acogida con la esperanza y la alegría pascual".(260) A esta categoría de presbíteros, la formación permanente debe ofrecer estímulos para "continuar de modo sereno y fuerte su servicio a la Iglesia",(261) Y para ser signo elocuente de la primacía del ser sobre el obrar, de los contenidos sobre las técnicas, de la gracia sobre la eficacia exterior. De este modo, podrán vivir la experiencia de S. Pablo: "Me alegro en los padecimientos, que sufro por vosotros y completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su Cuerpo que es la Iglesia" (Col 1, 2). El Obispo y sus sacerdotes jamás deberán dejar de realizar visitas periódicas a estos hermanos enfermos, que podrán ser informados, sobre todo, de los acontecimientos de la diócesis, de modo que se sientan miembros vivos del presbiterio y de la Iglesia universal, a la que edifican con sus sufrimientos. De un particular y afectuoso cuidado deberán estar rodeados los presbíteros que se aproximan a concluir su jornada terrena, gastada al servicio de Dios para la salvación de sus hermanos. Al continuo consuelo de la fe, a la pronta administración de los Sacramentos, se seguirán los sufragios por parte de todo el presbiterio. 97. Soledad del sacerdote El sacerdote puede experimentar a cualquier edad y en cualquier situación, el sentido de la soledad. (262) Ésta, lejos de ser entendida como aislamiento psicológico, puede ser del todo normal y consecuencia de vivir sinceramente el Evangelio y constituir una preciosa dimensión de la propia vida. En algunos casos, sin embargo, podría deberse a especiales dificultades, como marginaciones, incomprensiones, desviaciones, abandonos, imprudencias, limitaciones de carácter propias y de otros, calumnias, humillaciones, etc. De aquí se podría derivar un agudo sentido de frustración que sería sumamente perjudicial. Sin embargo, también estos momentos de dificultad se pueden convertir, con la ayuda del Señor, en ocasiones privilegiadas para un crecimiento en el camino de la santidad y del apostolado. En ellos, en efecto, el sacerdote puede descubrir que "se trata de una soledad habitada por la presencia del Señor", (263) Obviamente esto no puede hacer olvidar la grave responsabilidad del Obispo y de todo el presbiterio por evitar toda soledad producida por descuido de la comunión sacerdotal. No hay que olvidarse tampoco de aquellos hermanos, que han abandonado el ministerio, con el fin de ofrecerles la ayuda necesaria, sobre todo con la oración y la penitencia. La debida postura de caridad hacia ellos no debe inducir jamás a considerar la posibilidad de confiarles tareas eclesiásticas, que puedan crear confusión y desconcierto, sobre todo entre los fieles, a propósito de su situación.
|