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V. ESTADO Y CULTURA
A esta concepción se ha opuesto en tiempos modernos el totalitarismo, el cual, en la forma marxista-leninista, considera que algunos hombres, en virtud de un conocimiento más profundo de las leyes de desarrollo de la sociedad, por una particular situación de clase o por contacto con las fuentes más profundas de la conciencia colectiva, están exentos del error y pueden, por tanto, arrogarse el ejercicio de un poder absoluto. A esto hay que añadir que el totalitarismo nace de la negación de la verdad en sentido objetivo. Si no existe una verdad trascendente, con cuya obediencia el hombre conquista su plena identidad, tampoco existe ningún principio seguro que garantice relaciones justas entre los hombres: los intereses de clase, grupo o nación, los contraponen inevitablemente unos a otros. Si no se reconoce la verdad trascendente, triunfa la fuerza del poder, y cada uno tiende a utilizar hasta el extremo los medios de que dispone para imponer su propio interés o la propia opinión, sin respetar los derechos de los demás. Entonces el hombre es respetado solamente en la medida en que es posible instrumentalizarlo para que se afirme en su egoísmo. La
raíz del totalitarismo moderno hay que verla, por tanto, en la
negación de la dignidad trascendente de la persona humana, imagen
visible de Dios invisible y, precisamente por esto, sujeto natural de
derechos que nadie puede violar: ni el individuo, el grupo, la clase social,
ni la nación o el Estado. No puede hacerlo tampoco la mayoría
de un cuerpo social, poniéndose en contra de la minoría,
marginándola, oprimiéndola, explotándola o incluso
intentando destruirla(91). 45.
La cultura y la praxis del totalitarismo comportan además la negación
de la Iglesia. El Estado, o bien el partido, que cree poder realizar en
la historia el bien absoluto y se erige por encima de todos los valores,
no puede tolerar que se sostenga un criterio objetivo del bien y del mal,
por encima de la voluntad de los gobernantes y que, en determinadas circunstancias,
puede servir para juzgar su comportamiento. Esto explica por qué
el totalitarismo trata de destruir la Iglesia o, al menos, someterla,
convirtiéndola en instrumento del propio aparato ideológico(92). El
Estado totalitario tiende, además, a absorber en sí mismo
la nación, la sociedad, la familia, las comunidades religiosas
y las mismas personas. Defendiendo la propia libertad, la Iglesia defiende
la persona, que debe obedecer a Dios antes que a los hombres (cf. Hch
5, 29); defiende la familia, las diversas organizaciones sociales y las
naciones, realidades todas que gozan de un propio ámbito de autonomía
y soberanía. 46.
La Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura
la participación de los ciudadanos en las opciones políticas
y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus
propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera
pacífica(93). Por esto mismo, no puede favorecer la formación
de grupos dirigentes restringidos que, por intereses particulares o por
motivos ideológicos, usurpan el poder del Estado. Una
auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho
y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. Requiere
que se den las condiciones necesarias para la promoción de las
personas concretas, mediante la educación y la formación
en los verdaderos ideales, así como de la "subjetividad"
de la sociedad mediante la creación de estructuras de participación
y de corresponsabilidad. Hoy se tiende a afirmar que el agnosticismo y
el relativismo escéptico son la filosofía y la actitud fundamental
correspondientes a las formas políticas democráticas, y
que cuantos están convencidos de conocer la verdad y se adhieren
a ella con firmeza no son fiables desde el punto de vista democrático,
al no aceptar que la verdad sea determinada por la mayoría o que
sea variable según los diversos equilibrios políticos. A
este propósito, hay que observar que, si no existe una verdad última,
la cual guía y orienta la acción política, entonces
las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente
para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad
en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia. La
Iglesia tampoco cierra los ojos ante el peligro del fanatismo o fundamentalismo
de quienes, en nombre de una ideología con pretensiones de científica
o religiosa, creen que pueden imponer a los demás hombres su concepción
de la verdad y del bien. No es de esta índole la verdad cristiana.
Al no ser ideológica, la fe cristiana no pretende encuadrar en
un rígido esquema la cambiante realidad sociopolítica y
reconoce que la vida del hombre se desarrolla en la historia en condiciones
diversas y no perfectas. La Iglesia, por tanto, al ratificar constantemente
la trascendente dignidad de la persona, utiliza como método propio
el respeto de la libertad(94). La
libertad, no obstante, es valorizada en pleno solamente por la aceptación
de la verdad. En un mundo sin verdad la libertad pierde su consistencia
y el hombre queda expuesto a la violencia de las pasiones y a condicionamientos
patentes o encubiertos. El cristiano vive la libertad y la sirve (cf.
Jn 8, 31-32), proponiendo continuamente, en conformidad con la naturaleza
misionera de su vocación, la verdad que ha conocido. En el diálogo
con los demás hombres y estando atento a la parte de verdad que
encuentra en la experiencia de vida y en la cultura de las personas y
de las naciones, el cristiano no renuncia a afirmar todo lo que le han
dado a conocer su fe y el correcto ejercicio de su razón(95). 47.
Después de la caída del totalitarismo comunista y de otros
muchos regímenes totalitarios y de "seguridad nacional",
asistimos hoy al predominio, no sin contrastes, del ideal democrático
junto con una viva atención y preocupación por los derechos
humanos. Pero, precisamente por esto, es necesario que los pueblos que
están reformando sus ordenamientos den a la democracia un auténtico
y sólido fundamento, mediante el reconocimiento explícito
de estos derechos(96). Entre los principales hay que recordar: el derecho
a la vida, del que forma parte integrante el derecho del hijo a crecer
bajo el corazón de la madre, después de haber sido concebido;
el derecho a vivir en una familia unida y en un ambiente moral, favorable
al desarrollo de la propia personalidad; el derecho a madurar la propia
inteligencia y la propia libertad a través de la búsqueda
y el conocimiento de la verdad; el derecho a participar en el trabajo
para valorar los bienes de la tierra y recabar del mismo el sustento popio
y de los seres queridos; el derecho a fundar libremente una familia, a
acoger y educar a los hijos, haciendo uso responsable de la propia sexualidad.
Fuente y síntesis de estos derechos es, en cierto sentido, la libertad
religiosa, entendida como derecho a vivir en la verdad de la propia fe
y en conformidad con la dignidad trascendente de la propia persona(97). También
en los países donde están vigentes formas de gobierno democrático
no siempre son repetados totalmente estos derechos. Y nos referimos no
solamente al escándalo del aborto, sino también a diversos
aspectos de una crisis de los sistemas democráticos, que a veces
parece que han perdido la capacidad de decidir según el bien común.
Los interrogantes que se plantean en la sociedad a menudo no son examinados
según criterios de justicia y moralidad, sino más bien de
acuerdo con la fuerza electoral o financiera de los grupos que los sostienen.
Semejantes desviaciones de la actividad política con el tiempo
producen desconfianza y apatía, con lo cual disminuye la participación
y el espíritu cívico entre la población, que se siente
perjudicada y desilusionada. De ahí viene la creciente incapacidad
para encuadrar los intereses particulares en una visión coherente
del bien común. Éste, en efecto, no es la simple suma de
los intereses particulares, sino que implica su valoración y armonización,
hecha según una equilibrada jerarquía de valores y, en última
instancia, según una exacta comprensión de la dignidad y
de los derechos de la persona(98). La
Iglesia respeta la legítima autonomía del orden democrático;
pero no posee título alguno para expresar preferencias por una
u otra solución institucional o constitucional. La aportación
que ella ofrece en este sentido es precisamente el concepto de la dignidad
de la persona, que se manifiesta en toda su plenitud en el misterio del
Verbo encarnado(99). 48.
Estas consideraciones generales se reflejan también sobre el papel
del Estado en el sector de la economía. La actividad económica,
en particular la economía de mercado, no puede desenvolverse en
medio de un vacío institucional, jurídico y político.
Por el contrario, supone una seguridad que garantiza la libertad individual
y la propiedad, además de un sistema monetario estable y servicios
públicos eficientes. La primera incumbencia del Estado es, pues,
la de garantizar esa seguridad, de manera que quien trabaja y produce
pueda gozar de los frutos de su trabajo y, por tanto, se sienta estimulado
a realizarlo eficiente y honestamente. La falta de seguridad, junto con
la corrupción de los poderes públicos y la proliferación
de fuentes impropias de enriquecimiento y de beneficios fáciles,
basados en actividades ilegales o puramente especulativas, es uno de los
obstáculos principales para el desarrollo y para el orden económico. Otra
incumbencia del Estado es la de vigilar y encauzar el ejercicio de los
derechos humanos en el sector económico; pero en este campo la
primera responsabilidad no es del Estado, sino de cada persona y de los
diversos grupos y asociaciones en que se articula la sociedad. El Estado
no podría asegurar directamente el derecho a un puesto de trabajo
de todos los ciudadanos, sin estructurar rígidamente toda la vida
económica y sofocar la libre iniciativa de los individuos. Lo cual,
sin embargo, no significa que el Estado no tenga ninguna competencia en
este ámbito, como han afirmado quienes propugnan la ausencia de
reglas en la esfera económica. Es más, el Estado tiene el
deber de secundar la actividad de las empresas, creando condiciones que
aseguren oportunidades de trabajo, estimulándola donde sea insuficiente
o sosteniéndola en momentos de crisis. En
los últimos años ha tenido lugar una vasta ampliación
de ese tipo de intervención, que ha llegado a constituir en cierto
modo un Estado de índole nueva: el "Estado del bienestar".
Esta evolución se ha dado en algunos Estados para responder de
manera más adecuada a muchas necesidades y carencias tratando de
remediar formas de pobreza y de privación indignas de la persona
humana. No obstante, no han faltado excesos y abusos que, especialmente
en los años más recientes, han provocado duras críticas
a ese Estado del bienestar, calificado como "Estado asistencial".
Deficiencias y abusos del mismo derivan de una inadecuada comprensión
de los deberes propios del Estado. En este ámbito también
debe ser respetado el principio de subsidiariedad. Una estructura social
de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social
de orden inferior, privándola de sus competencias, sino que más
bien debe sostenerla en caso de necesidad y ayudarla a coordinar su acción
con la de los demás componentes sociales, con miras al bien común(100). Al
intervenir directamente y quitar responsabilidad a la sociedad, el Estado
asistencial provoca la pérdida de energías humanas y el
aumento exagerado de los aparatos públicos, dominados por lógicas
burocráticas más que por la preocupación de servir
a los usuarios, con enorme crecimiento de los gastos. Efectivamente, parece
que conoce mejor las necesidades y logra sastisfacerlas de modo más
adecuado quien está próximo a ellas o quien está
cerca del necesitado. Además, un cierto tipo de necesidades requiere
con frecuencia una respuesta que sea no sólo material, sino que
sepa descubrir su exigencia humana más profunda. Conviene pensar
también en la situación de los prófugos y emigrantes,
de los ancianos y enfermos, y en todos los demás casos, necesitados
de asistencia, como es el de los drogadictos: personas todas ellas que
pueden ser ayudadas de manera eficaz solamente por quien les ofrece, aparte
de los cuidados necesarios, un apoyo sinceramente fraterno. 49.
En este campo la Iglesia, fiel al mandato de Cristo, su Fundador, está
presente desde siempre con sus obras, que tienden a ofrecer al hombre
necesitado un apoyo material que no lo humille ni lo reduzca a ser únicamente
objeto de asistencia, sino que lo ayude a salir de su situación
precaria, promoviendo su dignidad de persona. Gracias a Dios, hay que
decir que la caridad operante nunca se ha apagado en la Iglesia y, es
más, tiene actualmente un multiforme y consolador incremento. A
este respecto, es digno de mención especial el fenómeno
del voluntariado, que la Iglesia favorece y promueve, solicitando la colaboración
de todos para sostenerlo y animarlo en sus iniciativas. Para
superar la mentalidad individualista, hoy día tan difundida, se
requiere un compromiso concreto de solidaridad y caridad, que comienza
dentro de la familia con la mutua ayuda de los esposos y, luego, con las
atenciones que las generaciones se prestan entre sí. De este modo
la familia se cualifica como comunidad de trabajo y de solidaridad. Pero
ocurre que cuando la familia decide realizar plenamente su vocación,
se puede encontrar sin el apoyo necesario por parte del Estado, que no
dispone de recursos suficientes. Es urgente, entonces, promover iniciativas
políticas no sólo en favor de la familia, sino también
políticas sociales que tengan como objetivo principal a la familia
misma, ayudándola mediante la asignación de recursos adecuados
e instrumentos eficaces de ayuda, bien sea para la educación de
los hijos, bien sea para la atención de los ancianos, evitando
su alejamiento del núcleo familiar y consolidando las relaciones
entre las generaciones(101). Además
de la familia, desarrollan también funciones primarias y ponen
en marcha estructuras específicas de solidaridad otras sociedades
intermedias. Efectivamente, éstas maduran como verdaderas comunidades
de personas y refuerzan el tejido social, impidiendo que caiga en el anonimato
y en una masificación impersonal, bastante frecuente por desgracia
en la sociedad moderna. En medio de esa múltiple inter- acción
de las relaciones vive la persona y crece la "subjetividad de la
sociedad". El individuo hoy día queda sofocado con frecuencia
entre los dos polos del Estado y del mercado. En efecto, da la impresión
a veces de que existe sólo como productor y consumidor de mercancías,
o bien como objeto de la administración del Estado, mientras se
olvida que la convivencia entre los hombres no tiene como fin ni el mercado
ni el Estado, ya que posee en sí misma un valor singular a cuyo
servicio deben estar el Estado y el mercado. El hombre es, ante todo,
un ser que busca la verdad y se esfuerza por vivirla y profundizarla en
un diálogo continuo que implica a las generaciones pasadas y futuras(102). 50.
Esta búsqueda abierta de la verdad, que se renueva cada generación,
caracteriza la cultura de la nación. En efecto, el patrimonio de
los valores heredados y adquiridos, es con frecuencia objeto de contestación
por parte de los jóvenes. Contestar, por otra parte, no quiere
decir necesariamente destruir o rechazar a priori, sino que quiere significar
sobre todo someter a prueba en la propia vida y, tras esta verificación
existencial, hacer que esos valores sean más vivos, actuales y
personales, discerniendo lo que en la tradición es válido
respecto de falsedades y errores o de formas obsoletas, que pueden ser
sustituidas por otras más en consonancia con los tiempos. En
este contexto conviene recordar que la evangelización se inserta
también en la cultura de las naciones, ayudando a ésta en
su camino hacia la verdad y en la tarea de purificación y enriquecimiento(103).
Pero, cuando una cultura se encierra en sí misma y trata de perpetuar
formas de vida anticuadas, rechazando cualquier cambio y confrontación
sobre la verdad del hombre, entonces se vuelve estéril y lleva
a su decadencia. 51. Toda la actividad humana tiene lugar dentro de una cultura y tiene una recíproca relación con ella. Para una adecuada formación de esa cultura se requiere la participación directa de todo el hombre, el cual desarrolla en ella su creatividad, su inteligencia, su conocimiento del mundo y de los demás hombres. A ella dedica también su capacidad de autodominio, de sacrificio personal, de solidaridad y disponibilidad para promover el bien común. Por esto, la primera y más importante labor se realiza en el corazón del hombre, y el modo como éste se compromete a construir el propio futuro depende de la concepción que tiene de sí mismo y de su destino. Es a este nivel donde tiene lugar la contribución específica y decisiva de la Iglesia en favor de la verdadera cultura. Ella
promueve el nivel de los comportamientos humanos que favorecen la cultura
de la paz contra los modelos que anulan al hombre en la masa, ignoran
el papel de su creatividad y libertad y ponen la grandeza del hombre en
sus dotes para el conflicto y para la guerra. La Iglesia lleva a cabo
este servicio predicando la verdad sobre la creación del mundo,
que Dios ha puesto en las manos de los hombres para que lo hagan fecundo
y más perfecto con su trabajo, y predicando la verdad sobre la
Redención, mediante la cual el Hijo de Dios ha salvado a todos
los hombres y al mismo tiempo los ha unido entre sí haciéndolos
responsables unos de otros. La Sagrada Escritura nos habla continuamente
del compromiso activo en favor del hermano y nos presenta la exigencia
de una corresponsabilidad que debe abarcar a todos los hombres. Esta exigencia no se limita a los confines de la propia familia, y ni siquiera de la nación o del Estado, sino que afecta ordenadamente a toda la humanidad, de manera que nadie debe considerarse extraño o indiferente a la suerte de otro miembro de la familia humana. En efecto, nadie puede afirmar que no es responsable de la suerte de su hermano (cf. Gn 4, 9; Lc 10, 29-37; Mt 25, 31-46). La
atenta y premurosa solicitud hacia el prójimo, en el momento mismo
de la necesidad, -facilitada incluso por los nuevos medios de comunicación
que han acercado más a los hombres entre sí- es muy importante
para la búsqueda de los instrumentos de solución de los
conflictos internacionales que puedan ser una alternativa a la guerra.
No es difícil afirmar que el ingente poder de los medios de destrucción,
accesibles incluso a las medias y pequeñas potencias, y la conexión
cada vez más estrecha entre los pueblos de toda la tierra, hacen
muy arduo o prácticamente imposible limitar las consecuencias de
un conflicto. 52.
Los Pontífices Benedicto XV y sus sucesores han visto claramente
este peligro(104), y yo mismo, con ocasión de la reciente y dramática
guerra en el Golfo Pérsico, he repetido el grito: "¡Nunca
más la guerra!". ¡No, nunca más la guerra!, que
destruye la vida de los inocentes, que enseña a matar y trastorna
igualmente la vida de los que matan, que deja tras de sí una secuela
de rencores y odios, y hace más difícil la justa solución
de los mismos problemas que la han provocado. Así como dentro de
cada Estado ha llegado finalmente el tiempo en que el sistema de la venganza
privada y de la represalia ha sido sustituido por el imperio de la ley,
así también es urgente ahora que semejante progreso tenga
lugar en la Comunidad internacional. No hay que olvidar tampoco que en
la raíz de la guerra hay, en general, reales y graves razones:
injusticias sufridas, frustraciones de legítimas aspiraciones,
miseria o explotación de grandes masas humanas desesperadas, las
cuales no ven la posibilidad objetiva de mejorar sus condiciones por las
vías de la paz. Por
eso, el otro nombre de la paz es el desarrollo(105). Igual que existe
la responsabilidad colectiva de evitar la guerra, existe también
la responsabilidad colectiva de promover el desarrollo. Y así como
a nivel interno es posible y obligado construir una economía social
que oriente el funcionamiento del mercado hacia el bien común,
del mismo modo son necesarias también intervenciones adecuadas
a nivel internacional. Por esto hace falta un gran esfuerzo de comprensión
recíproca, de conocimiento y sensibilización de las conciencias.
He ahí la deseada cultura que hace aumentar la confianza en las
potencialidades humanas del pobre y, por tanto, en su capacidad de mejorar
la propia condición mediante el trabajo y contribuir positivamente
al bienestar económico. Sin embargo, para lograr esto, el pobre
-individuo o nación- necesita que se le ofrezcan condiciones realmente
asequibles. Crear tales condiciones es el deber de una concertación
mundial para el desarrollo, que implica además el sacrificio de
las posiciones ventajosas en ganancias y poder, de las que se benefician
las economías más desarrolladas(106). Esto puede comportar importantes cambios en los estilos de vida consolidados, con el fin de limitar el despilfarro de los recursos ambientales y humanos, permitiendo así a todos los pueblos y hombres de la tierra el poseerlos en medida suficiente. A esto hay que añadir la valoración de los nuevos bienes materiales y espirituales, fruto del trabajo y de la cultura de los pueblos hoy marginados, para obtener así el enriquecimiento humano general de la familia de las naciones. VI.
EL HOMBRE ES EL CAMINO DE LA IGLESIA 53.
Ante la miseria del proletariado decía León XIII: "Afrontamos
con confianza este argumento y con pleno derecho por parte nuestra...
Nos parecería faltar al deber de nuestro oficio si callásemos"(107).
En los últimos cien años la Iglesia ha manifestado repetidas
veces su pensamiento, siguiendo de cerca la continua evolución
de la cuestión social, y esto no lo ha hecho ciertamente para recuperar
privilegios del pasado o para imponer su propia concepción. Su
única finalidad ha sido laatención y la responsabilidad
hacia el hombre, confiado a ella por Cristo mismo, hacia este hombre,
que, como el Concilio Vaticano II recuerda, es la única criatura
que Dios ha querido por sí misma y sobre la cual tiene su proyecto,
es decir, la participación en la salvación eterna. No se
trata del hombre abstracto, sino del hombre real, concreto e histórico:
se trata de cada hombre, porque a cada uno llega el misterio de la redención,
y con cada uno se ha unido Cristo para siempre a través de este
misterio(108). De ahí se sigue que la Iglesia no puede abandonar
al hombre, y que "este hombre es el primer camino que la Iglesia
debe recorrer en el cumplimiento de su misión..., camino trazado
por Cristo mismo, vía que inmutablemente conduce a través
del misterio de la encarnación y de la redención"(109). Es
esto y solamente esto lo que inspira la doctrina social de la Iglesia.
Si ella ha ido elaborándola progresivamente de forma sistemática,
sobre todo a partir de la fecha que estamos conmemorando, es porque toda
la riqueza doctrinal de la Iglesia tiene como horizonte al hombre en su
realidad concreta de pecador y de justo. 54.
La doctrina social, especialmente hoy día, mira al hombre, inserido
en la compleja trama de relaciones de la sociedad moderna. Las ciencias
humanas y la filosofía ayudan a interpretar la centralidad del
hombre en la sociedad y a hacerlo capaz de comprenderse mejor a sí
mismo, como "ser social". Sin embargo, solamente la fe le revela
plenamente su identidad verdadera, y precisamente de ella arranca la doctrina
social de la Iglesia, la cual, valiéndose de todas las aportaciones
de las ciencias y de la filosofía, se propone ayudar al hombre
en el camino de la salvación. La
encíclica Rerum novarum puede ser leída como una importante
aportación al análisis socioeconómico de finales
del siglo XIX, pero su valor particular le viene de ser un documento del
Magisterio, que se inserta en la misión evangelizadora de la Iglesia,
junto con otros muchos documentos de la misma índole. De esto se
deduce que la doctrina social tiene de por sí el valor de un instrumento
de evangelización: en cuanto tal, anuncia a Dios y su misterio
de salvación en Cristo a todo hombre y, por la misma razón,
revela al hombre a sí mismo. Solamente bajo esta perspectiva se
ocupa de lo demás: de los derechos humanos de cada uno y, en particular,
del "proletariado", la familia y la educación, los deberes
del Estado, el ordenamiento de la sociedad nacional e internacional, la
vida económica, la cultura, la guerra y la paz, así como
del respeto a la vida desde el momento de la concepción hasta la
muerte. 55.
La Iglesia conoce el "sentido del hombre" gracias a la Revelación
divina. "Para conocer al hombre, el hombre verdadero, el hombre integral,
hay que conocer a Dios", decía Pablo VI, citando a continuación
a santa Catalina de Siena, que en una oración expresaba la misma
idea: "En la naturaleza divina, Deidad eterna, conoceré la
naturaleza mía"(110). Por
eso, la antropología cristiana es en realidad un capítulo
de la teología y, por esa misma razón, la doctrina social
de la Iglesia, preocupándose del hombre, interesándose por
él y por su modo de comportarse en el mundo, "pertenece...
al campo de la teología y especialmente de la teología moral"(111).
La dimensión teológica se hace necesaria para interpretar
y resolver los actuales problemas de la convivencia humana. Lo cual es
válido -hay que subrayarlo- tanto para la solución "atea",
que priva al hombre de una parte esencial, la espiritual, como para las
soluciones permisivas o consumísticas, las cuales con diversos
pretextos tratan de convencerlo de su independencia de toda ley y de Dios
mismo, encerrándolo en un egoísmo que termina por perjudicarle
a él y a los demás. La
Iglesia, cuando anuncia al hombre la salvación de Dios, cuando
le ofrece y comunica la vida divina mediante los sacramentos, cuando orienta
su vida a través de los mandamientos del amor a Dios y al prójimo,
contribuye al enriquecimiento de la dignidad del hombre. Pero la Iglesia,
así como no puede abandonar nunca esta misión religiosa
y trascendente en favor del hombre, del mismo modo se da cuenta de que
su obra encuentra hoy particulares dificultades y obstáculos. He
aquí por qué se compromete siempre con renovadas fuerzas
y con nuevos métodos en la evangelización que promueve al
hombre integral. En vísperas del tercer milenio sigue siendo "signo
y salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana"(112),
como ha tratado de hacer siempre desde el comienzo de su existencia, caminando
junto al hombre a lo largo de toda la historia. La encíclica Rerum
novarum es una expresión significativa de ello. 56.
En el primer centenario de esta Encíclica, deseo dar las gracias
a todos los que se han dedicado a estudiar, profundizar y divulgar la
doctrina social cristiana. Para ello es indispensable la colaboración
de las Iglesias locales, y yo espero que la conmemoración sea ocasión
de un renovado impulso para su estudio, difusión y aplicación
en todos los ámbitos. Deseo,
en particular, que sea dada a conocer y que sea aplicada en los distintos
países donde, después de la caída del socialismo
real, se manifiesta una grave desorientación en la tarea de reconstrucción.
A su vez, los países occidentales corren el peligro de ver en esa
caída la victoria unilateral del propio sistema económico,
y por ello no se preocupen de introducir en él los debidos cambios.
Los países del Tercer Mundo, finalmente, se encuentran más
que nunca ante la dramática situación del subdesarrollo,
que cada día se hace más grave. León
XIII, después de haber formulado los principios y orientaciones
para la solución de la cuestión obrera, escribió
unas palabras decisivas: "Cada uno haga la parte que le corresponde
y no tenga dudas, porque el retraso podría hacer más difícil
el cuidado de un mal ya tan grave"; y añade más adelante:
"Por lo que se refiere a la Iglesia, nunca ni bajo ningún
aspecto ella regateará su esfuerzo"(113). 57.
Para la Iglesia el mensaje social del Evangelio no debe considerarse como
una teoría, sino, por encima de todo, un fundamento y un estímulo
para la acción. Impulsados por este mensaje, algunos de los primeros
cristianos distribuían sus bienes a los pobres, dando testimonio
de que, no obstante las diversas proveniencias sociales, era posible una
convivencia pacífica y solidaria. Con la fuerza del Evangelio,
en el curso de los siglos, los monjes cultivaron las tierras; los religiosos
y las religiosas fundaron hospitales y asilos para los pobres; las cofradías,
así como hombres y mujeres de todas las clases sociales, se comprometieron
en favor de los necesitados y marginados, convencidos de que las palabras
de Cristo: "Cuantas veces hagáis estas cosas a uno de mis
hermanos más pequeños, lo habéis hecho a mí"
(Mt 25, 40) no deben quedarse en un piadoso deseo, sino convertirse en
compromiso concreto de vida. Hoy
más que nunca, la Iglesia es consciente de que su mensaje social
se hará creíble por el testimonio de las obras, antes que
por su coherencia y lógica interna. De esta conciencia deriva también
su opción preferencial por los pobres, la cual nunca es exclusiva
ni discriminatoria de otros grupos. Se trata, en efecto, de una opción
que no vale solamente para la pobreza material, pues es sabido que, especialmente
en la sociedad moderna, se hallan muchas formas de pobreza no sólo
económica, sino también cultural y religiosa. El amor de
la Iglesia por los pobres, que es determinante y pertenece a su constante
tradición, la impulsa a dirigirse al mundo en el cual, no obstante
el progreso técnico-económico, la pobreza amenaza con alcanzar
formas gigantescas. En los países occidentales existe la pobreza
múltiple de los grupos marginados, de los ancianos y enfermos,
de las víctimas del consumismo y, más aún, la de
tantos prófugos y emigrados; en los países en vías
de desarrollo se perfilan en el horizonte crisis dramáticas si
no se toman a tiempo medidas coordinadas internacionalmente. 58.
El amor por el hombre y, en primer lugar, por el pobre, en el que la Iglesia
ve a Cristo, se concreta en la promoción de la justicia. Ésta
nunca podrá realizarse plenamente si los hombres no reconocen en
el necesitado, que pide ayuda para su vida, no a alguien inoportuno o
como si fuera una carga, sino la ocasión de un bien en sí,
la posibilidad de una riqueza mayor. Sólo esta conciencia dará
la fuerza para afrontar el riesgo y el cambio implícitos en toda
iniciativa auténtica para ayudar a otro hombre. En efecto, no se
trata solamente de dar lo superfluo, sino de ayudar a pueblos enteros
-que están excluidos o marginados- a que entren en el círculo
del desarrollo económico y humano. Esto será posible no
sólo utilizando lo superfluo que nuestro mundo produce en abundancia,
sino cambiando sobre todo los estilos de vida, los modelos de producción
y de consumo, las estructuras consolidadas de poder que rigen hoy la sociedad.
No se trata tampoco de destruir instrumentos de organización social
que han dado buena prueba de sí mismos, sino de orientarlos según
una concepción adecuada del bien común con referencia a
toda la familia humana. Hoy se está experimentando ya la llamada
"economía planetaria", fenómeno que no hay que
despreciar, porque puede crear oportunidades extraordinarias de mayor
bienestar. Pero cada día se siente más la necesidad de que
a esta creciente internacionalización de la economía correspondan
adecuados órganos internacionales de control y de guía válidos,
que orienten la economía misma hacia el bien común, cosa
que un Estado solo, aunque fuese el más poderoso de la tierra,
no es capaz de lograr. Para poder conseguir este resultado, es necesario
que aumente la concertación entre los grandes países y que
en los organismos internacionales estén igualmente representados
los intereses de toda la gran familia humana. Es preciso también
que a la hora de valorar las consecuencias de sus decisiones, tomen siempre
en consideración a los pueblos y países que tienen escaso
peso en el mercado internacional y que, por otra parte, cargan con toda
una serie de necesidades reales y acuciantes que requieren un mayor apoyo
para un adecuado desarrollo. Indudablemente, en este campo queda mucho
por hacer. 59.
Así pues, para que se ejercite la justicia y tengan éxito
los esfuerzos de los hombres para establecerla, es necesario el don de
la gracia, que viene de Dios. Por medio de ella, en colaboración
con la libertad de los hombres, se alcanza la misteriosa presencia de
Dios en la historia que es la Providencia. La
experiencia de novedad vivida en el seguimiento de Cristo exige que sea
comunicada a los demás hombres en la realidad concreta de sus dificultades
y luchas, problemas y desafíos, para que sean iluminadas y hechas
más humanas por la luz de la fe. Ésta, en efecto, no sólo
ayuda a encontrar soluciones, sino que hace humanamente soportables incluso
las situaciones de sufrimiento, para que el hombre no se pierda en ellas
y no olvide su dignidad y vocación. La
doctrina social, por otra parte, tiene una importante dimensión
interdisciplinar. Para encarnar cada vez mejor, en contextos sociales
económicos y políticos distintos, y continuamente cambiantes,
la única verdad sobre el hombre, esta doctrina entra en diálogo
con las diversas disciplinas que se ocupan del hombre, incorpora sus aportaciones
y les ayuda a abrirse a horizontes más amplios al servicio de cada
persona, conocida y amada en la plenitud de su vocación. Junto
a la dimensión interdisciplinar, hay que recordar también
la dimensión práctica y, en cierto sentido, experimental
de esta doctrina. Ella se sitúa en el cruce de la vida y de la
conciencia cristiana con las situaciones del mundo y se manifiesta en
los esfuerzos que realizan los individuos, las familias, cooperadores
culturales y sociales, políticos y hombres de Estado, para darles
forma y aplicación en la historia. 60.
Al enunciar los principios para la solución de la cuestión
obrera, León XIII escribía: "La solución de
un problema tan arduo requiere el concurso y la cooperación eficaz
de otros"(114). Estaba convencido de que los graves problemas causados
por la sociedad industrial podían ser resueltos solamente mediante
la colaboración entre todas las fuerzas. Esta afirmación
ha pasado a ser un elemento permanente de la doctrina social de la Iglesia,
y esto explica, entre otras cosas, por qué Juan XXIII dirigió
su encíclica sobre la paz a "todos los hombres de buena voluntad". El
Papa León, sin embargo, constataba con dolor que las ideologías
de aquel tiempo, especialmente el liberalismo y el marxismo, rechazaban
esta colaboración. Desde entonces han cambiado muchas cosas, especialmente
en los años más recientes. El mundo actual es cada vez más
consciente de que la solución de los graves problemas nacionales
e internacionales no es sólo cuestión de producción
económica o de organización jurídica o social, sino
que requiere precisos valores ético-religiosos, así como
un cambio de mentalidad, de comportamiento y de estructuras. La Iglesia
siente vivamente la responsabilidad de ofrecer esta colaboración,
y -como he escrito en la encíclica Sollicitudo rei socialis- existe
la fundada esperanza de que también ese grupo numeroso de personas
que no profesa una religión pueda contribuir a dar el necesario
fundamento ético a la cuestión social(115). En
el mismo documento he hecho también una llamada a las Iglesias
cristianas y a todas las grandes religiones del mundo, invitándolas
a ofrecer el testimonio unánime de las comunes convicciones acerca
de la dignidad del hombre, creado por Dios(116). En efecto, estoy persuadido
de que las religiones tendrán hoy y mañana una función
eminente para la conservación de la paz y para la construcción
de una sociedad digna del hombre. Por
otra parte, la disponibilidad al diálogo y a la colaboración
incumbe a todos los hombres de buena voluntad y, en particular, a las
personas y los grupos que tienen una específica responsabilidad
en el campo político, económico y social, tanto a nivel
nacional como internacional. 61.
Fue "el yugo casi servil", al comienzo de la sociedad industrial,
lo que obligó a mi predecesor a tomar la palabra endefensa del
hombre. La Iglesia ha permanecido fiel a este compromiso en los pasados
cien años. Efectivamente, ha intervenido en el período turbulento
de la lucha de clases, después de la primera guerra mundial, para
defender al hombre de la explotación económica y de la tiranía
de los sistemas totalitarios. Después de la segunda guerra mundial,
ha puesto la dignidad de la persona en el centro de sus mensajes sociales,
insistiendo en el destino universal de los bienes materiales, sobre un
orden social sin opresión basado en el espíritu de colaboración
y solidaridad. Luego, ha afirmado continuamente que la persona y la sociedad
no tienen necesidad solamente de estos bienes, sino también de
los valores espirituales y religiosos. Además, dándose cuenta
cada vez mejor de que demasiados hombres viven no en el bienestar del
mundo occidental, sino en la miseria de los países en vías
de desarrollo y soportan una condición que sigue siendo la del
"yugo casi servil", la Iglesia ha sentido y sigue sintiendo
la obligación de denunciar tal realidad con toda claridad y franqueza,
aunque sepa que su grito no siempre será acogido favorablemente
por todos. A
cien años de distancia de la publicación de la Rerum novarum,
la Iglesia se halla aún ante "cosas nuevas" y ante nuevos
desafíos. Por esto, el presente centenario debe corroborar en su
compromiso a todos los "hombres de buena voluntad" y, en concreto,
a los creyentes. 62.
Esta encíclica de ahora ha querido mirar al pasado, pero sobre
todo está orientada al futuro. Al igual que la Rerum novarum, se
sitúa casi en los umbrales del nuevo siglo y, con la ayuda divina,
se propone preparar su llegada. Al
concluir esta encíclica doy gracias de nuevo a Dios omnipotente,
porque ha dado a su Iglesia la luz y la fuerza de acompañar al
hombre en el camino terreno hacia el destino eterno. También en
el tercer milenio la Iglesia será fiel en asumir el camino del
hombre, consciente de que no peregrina sola, sino con Cristo, su Señor.
Es él quien ha asumido el camino del hombre y lo guía, incluso
cuando éste no se da cuenta. Que
María, la Madre del Redentor, la cual permanece junto a Cristo
en su camino hacia los hombres y con los hombres, y que precede a la Iglesia
en la peregrinación de la fe, acompañe con materna intercesión
a la humanidad hacia el próximo milenio, con fidelidad a Jesucristo,
nuestro Señor, que "es el mismo ayer y hoy y lo será
por siempre" (cf. Hb 13, 8), en cuyo nombre os bendigo a todos de
corazón. Dado
en Roma, junto a san Pedro, el día 1 de mayo -fiesta de san José
obrero- del año 1991, décimo tercero de pontificado. |