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IV.
LA PROPIEDAD PRIVADA
A la vez que proclamaba con fuerza el derecho a la propiedad privada, el Pontífice afirmaba con igual claridad que el "uso" de los bienes, confiado a la propia libertad, está subordinado al destino primigenio y común de los bienes creados y también a la voluntad de Jesucristo, manifestada en el Evangelio. Escribía a este respecto: "Así pues los afortunados quedan avisados...; los ricos deben temer las tremendas amenazas de Jesucristo, ya que más pronto o más tarde habrán de dar cuenta severísima al divino Juez del uso de las riquezas"; y, citando a santo Tomás de Aquino, añadía: "Si se pregunta cómo debe ser el uso de los bienes, la Iglesia responderá sin vacilación alguna: "a este respecto el hombre no debe considerar los bienes externos como propios, sino como comunes"... porque "por encima de las leyes y de los juicios de los hombres está la ley, el juicio de Cristo"(66). Los sucesores de León XIII han repetido esta doble afirmación: la necesidad y, por tanto, la licitud de la propiedad privada, así como los límites que pesan sobre ella(67). También el Concilio Vaticano II ha propuesto de nuevo la doctrina tradicional con palabras que merecen ser citadas aquí textualmente: "El hombre, usando estos bienes, no debe considerar las cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a él solamente, sino también a los demás". Y un poco más adelante: "La propiedad privada o un cierto dominio sobre los bienes externos aseguran a cada cual una zona absolutamente necesaria de autonomía personal y familiar, y deben ser considerados como una ampliación de la libertad humana... La propiedad privada, por su misma naturaleza, tiene también una índole social, cuyo fundamento reside en el destino común de los bienes"(68). La misma doctrina social ha sido objeto de consideración por mi parte, primeramente en el discurso a la III Conferencia del Episcopado latinoamericano en Puebla y posteriormente en las encíclicas Laborem exercens y Sollicitudo rei socialis(69). 31. Releyendo estas enseñanzas sobre el derecho a la propiedad y el destino común de los bienes en relación con nuestro tiempo, se puede plantear la cuestión acerca del origen de los bienes que sustentan la vida del hombre, que satisfacen sus necesidades y son objeto de sus derechos. El origen primigenio de todo lo que es un bien es el acto mismo de Dios que ha creado el mundo y el hombre, y que ha dado a éste la tierra para que la domine con su trabajo y goce de sus frutos (cf. Gn 1, 28-29). Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno. He ahí, pues, la raíz primera del destino universal de los bienes de la tierra. Ésta, por su misma fecundidad y capacidad de satisfacer las necesidades del hombre, es el primer don de Dios para el sustento de la vida humana. Ahora bien, la tierra no da sus frutos sin una peculiar respuesta del hombre al don de Dios, es decir, sin el trabajo. Mediante el trabajo, el hombre, usando su inteligencia y su libertad, logra dominarla y hacer de ella su digna morada. De este modo, se apropia una parte de la tierra, la que se ha conquistado con su trabajo: he ahí el origen de la propiedad individual. Obviamente le incumbe también la responsabilidad de no impedir que otros hombres obtengan su parte del don de Dios, es más, debe cooperar con ellos para dominar juntos toda la tierra. A lo largo de la historia, en los comienzos de toda sociedad humana, encontramos siempre estos dos factores, el trabajo y la tierra; en cambio, no siempre hay entre ellos la misma relación. En otros tiempos la natural fecundidad de la tierra aparecía, y era de hecho, como el factor principal de riqueza, mientras que el trabajo servía de ayuda y favorecía tal fecundidad. En nuestro tiempo es cada vez más importante el papel del trabajo humano en cuanto factor productivo de las riquezas inmateriales y materiales; por otra parte, es evidente que el trabajo de un hombre se conecta naturalmente con el de otros hombres. Hoy más que nunca, trabajar es trabajar con otros y trabajar para otros: es hacer algo para alguien. El trabajo es tanto más fecundo y productivo, cuanto el hombre se hace más capaz de conocer las potencialidades productivas de la tierra y ver en profundidad las necesidades de los otros hombres, para quienes se trabaja. 32.
Existe otra forma de propiedad, concretamente en nuestro tiempo, que tiene
una importancia no inferior a la de la tierra: es la propiedad del conocimiento,
de la técnica y del saber. En este tipo de propiedad, mucho más
que en los recursos naturales, se funda la riqueza de las naciones industrializadas. Dicho proceso, que pone concretamente de manifiesto una verdad sobre la persona, afirmada sin cesar por el cristianismo, debe ser mirado con atención y positivamente. En efecto, el principal recurso del hombre es, junto con la tierra, el hombre mismo. Es su inteligencia la que descubre las potencialidades productivas de la tierra y las múltiples modalidades con que se pueden satisfacer las necesidades humanas. Es su trabajo disciplinado, en solidaria colaboración, el que permite la creación de comunidades de trabajo cada vez más amplias y seguras para llevar a cabo la transformación del ambiente natural y la del mismo ambiente humano. En este proceso están comprometidas importantes virtudes, como son la diligencia, la laboriosidad, la prudencia en asumir los riesgos razonables, la fiabilidad y la lealtad en las relaciones interpersonales, la resolución de ánimo en la ejecución de decisiones difíciles y dolorosas, pero necesarias para el trabajo común de la empresa y para hacer frente a los eventuales reveses de fortuna. La moderna economía de empresa comporta aspectos positivos, cuya raíz es la libertad de la persona, que se expresa en el campo económico y en otros campos. En efecto, la economía es un sector de la múltiple actividad humana y en ella, como en todos los demás campos, es tan válido el derecho a la libertad como el deber de hacer uso responsable del mismo. Hay, además, diferencias específicas entre estas tendencias de la sociedad moderna y las del pasado incluso reciente. Si en otros tiempos el factor decisivo de la producción era la tierra y luego lo fue el capital, entendido como conjunto masivo de maquinaria y de bienes instrumentales, hoy día el factor decisivo es cada vez más el hombre mismo, es decir, su capacidad de conocimiento, que se pone de manifiesto mediante el saber científico, y su capacidad de organización solidaria, así como la de intuir y satisfacer las necesidades de los demás. 33.
Sin embargo, es necesario descubrir y hacer presentes los riesgos y los
problemas relacionados con este tipo de proceso. De hecho, hoy muchos
hombres, quizá la gran mayoría, no disponen de medios que
les permitan entrar de manera efectiva y humanamente digna en un sistema
de empresa, donde el trabajo ocupa una posición realmente central.
No tienen posibilidad de adquirir los conocimientos básicos, que
les ayuden a expresar su creatividad y desarrollar sus capacidades. No
consiguen entrar en la red de conocimientos y de intercomunicaciones que
les permitiría ver apreciadas y utilizadas sus cualidades. Ellos,
aunque no explotados propiamente, son marginados ampliamente y el desarrollo
económico se realiza, por así decirlo, por encima de su
alcance, limitando incluso los espacios ya reducidos de sus antiguas economías
de subsistencia. Esos hombres, impotentes para resistir a la competencia
de mercancías producidas con métodos nuevos y que satisfacen
necesidades que anteriormente ellos solían afrontar con sus formas
organizativas tradicionales, ofuscados por el esplendor de una ostentosa
opulencia, inalcanzable para ellos, coartados a su vez por la necesidad,
esos hombres forman verdaderas aglomeraciones en las ciudades del Tercer
Mundo, donde a menudo se ven desarraigados culturalmente, en medio de
situaciones de violencia y sin posibilidad de integración. No se
les reconoce, de hecho, su dignidad y, en ocasiones, se trata de eliminarlos
de la historia mediante formas coactivas de control demográfico,
contrarias a la dignidad humana. Otros
muchos hombres, aun no estando marginados del todo, viven en ambientes
donde la lucha por lo necesario es absolutamente prioritaria y donde están
vigentes todavía las reglas del capitalismo primitivo, junto con
una despiadada situación que no tiene nada que envidiar a la de
los momentos más oscuros de la primera fase de industrialización.
En otros casos sigue siendo la tierra el elemento principal del proceso
económico, con lo cual quienes la cultivan, al ser excluidos de
su propiedad, se ven reducidos a condiciones de semi-esclavitud(71). Ante
estos casos, se puede hablar hoy día, como en tiempos de la Rerum
novarum, de una explotación inhumana. A pesar de los grandes cambios
acaecidos en las sociedades más avanzadas, las carencias humanas
del capitalismo, con el consiguiente dominio de las cosas sobre los hombres,
están lejos de haber desaparecido; es más, para los pobres,
a la falta de bienes materiales se ha añadido la del saber y de
conocimientos, que les impide salir del estado de humillante dependencia. Por
desgracia, la gran mayoría de los habitantes del Tercer Mundo vive
aún en esas condiciones. Sería, sin embargo, un error entender
este mundo en sentido solamente geográfico. En algunas regiones
y en sectores sociales del mismo se han emprendido procesos de desarrollo
orientados no tanto a la valoración de los recursos materiales,
cuanto a la del "recurso humano". En
años recientes se ha afirmado que el desarrollo de los países
más pobres dependía del aislamiento del mercado mundial,
así como de su confianza exclusiva en las propias fuerzas. La historia
reciente ha puesto de manifiesto que los países que se han marginado
han experimentado un estancamiento y retroceso; en cambio, han experimentado
un desarrollo los países que han logrado introducirse en la interrelación
general de las actividades económicas a nivel internacional. Parece,
pues, que el mayor problema está en conseguir un acceso equitativo
al mercado internacional, fundado no sobre el principio unilateral de
la explotación de los recursos naturales, sino sobre la valoración
de los recursos humanos(72). Con
todo, aspectos típicos del Tercer Mundo se dan también en
los países desarrollados, donde la transformación incesante
de los modos de producción y de consumo devalúa ciertos
conocimientos ya adquiridos y profesionalidades consolidadas, exigiendo
un esfuerzo continuo de recalificación y de puesta al día.
Los que no logran ir al compás de los tiempos pueden quedar fácilmente
marginados, y junto con ellos, lo son también los ancianos, los
jóvenes incapaces de inserirse en la vida social y, en general,
las personas más débiles y el llamado Cuarto Mundo. La situación
de la mujer en estas condiciones no es nada fácil. 34.
Da la impresión de que, tanto a nivel de naciones, como de relaciones
internacionales, el libre mercado es el instrumento más eficaz
para colocar los recursos y responder eficazmente a las necesidades. Sin
embargo, esto vale sólo para aquellas necesidades que son "solventables",
con poder adquisitivo, y para aquellos recursos que son "vendibles",
esto es, capaces de alcanzar un precio conveniente. Pero existen numerosas
necesidades humanas que no tienen salida en el mercado. Es un estricto
deber de justicia y de verdad impedir que queden sin satisfacer las necesidades
humanas fundamentales y que perezcan los hombres oprimidos por ellas.
Además, es preciso que se ayude a estos hombres necesitados a conseguir
los conocimientos, a entrar en el círculo de las interrelaciones,
a desarrollar sus aptitudes para poder valorar mejor sus capacidades y
recursos. Por encima de la lógica de los intercambios a base de
los parámetros y de sus formas justas, existe algo que es debido
al hombre porque es hombre, en virtud de su eminente dignidad. Este algo
debido conlleva inseparablemente la posibilidad de sobrevivir y de participar
activamente en el bien común de la humanidad. En
el contexto del Tercer Mundo conservan toda su validez -y en ciertos casos
son todavía una meta por alcanzar- los objetivos indicados por
la Rerum novarum, para evitar que el trabajo del hombre y el hombre mismo
se reduzcan al nivel de simple mercancía: el salario suficiente
para la vida de familia, los seguros sociales para la vejez y el desempleo,
la adecuada tutela de las condiciones de trabajo. 35.
Se abre aquí un vasto y fecundo campo de acción y de lucha,
en nombre de la justicia, para los sindicatos y demás organizaciones
de los trabajadores, que defienden sus derechos y tutelan su persona,
desempeñando al mismo tiempo una función esencial de carácter
cultural, para hacerles participar de manera más plena y digna
en la vida de la nación y ayudarles en la vía del desarrollo. La
Iglesia reconoce la justa función de los beneficios, como índice
de la buena marcha de la empresa. Cuando una empresa da beneficios significa
que los factores productivos han sido utilizados adecuadamente y que las
correspondientes necesidades humanas han sido satisfechas debidamente.
Sin embargo, los beneficios no son el único índice de las
condiciones de la empresa. Es posible que los balances económicos
sean correctos y que al mismo tiempo los hombres, que constituyen el patrimonio
más valioso de la empresa, sean humillados y ofendidos en su dignidad.
Además de ser moralmente inadmisible, esto no puede menos de tener
reflejos negativos para el futuro, hasta para la eficiencia económica
de la empresa. En efecto, finalidad de la empresa no es simplemente la
producción de beneficios, sino más bien la existencia misma
de la empresa como comunidad de hombres que, de diversas maneras, buscan
la satisfacción de sus necesidades fundamentales y constituyen
un grupo particular al servicio de la sociedad entera. Los beneficios
son un elemento regulador de la vida de la empresa, pero no el único;
junto con ellos hay que considerar otros factores humanos y morales que,
a largo plazo, son por lo menos igualmente esenciales para la vida de
la empresa. Hay
que romper las barreras y los monopolios que colocan a tantos pueblos
al margen del desarrollo, y asegurar a todos -individuos y naciones- las
condiciones básicas que permitan participar en dicho desarrollo.
Este objetivo exige esfuerzos programados y responsables por parte de
toda la comunidad internacional. Es necesario que las naciones más
fuertes sepan ofrecer a las más débiles oportunidades de
inserción en la vida internacional; que las más débiles
sepan aceptar estas oportunidades, haciendo los esfuerzos y los sacrificios
necesarios para ello, asegurando la estabilidad del marco político
y económico, la certeza de perspectivas para el futuro, el desarrollo
de las capacidades de los propios trabajadores, la formación de
empresarios eficientes y conscientes de sus responsabilidades(74). Actualmente,
sobre los esfuerzos positivos que se han llevado a cabo en este sentido
grava el problema, todavía no resuelto en gran parte, de la deuda
exterior de los países más pobres. Es ciertamente justo
el principio de que las deudas deben ser pagadas. No es lícito,
en cambio, exigir o pretender su pago, cuando éste vendría
a imponer de hecho opciones políticas tales que llevaran al hambre
y a la desesperación a poblaciones enteras. No se puede pretender
que las deudas contraídas sean pagadas con sacrificios insoportables.
En estos casos es necesario -como, por lo demás, está ocurriendo
en parte- encontrar modalidades de reducción, dilación o
extinción de la deuda, compatibles con el derecho fundamental de
los pueblos a la subsistencia y al progreso. 36.
Conviene ahora dirigir la atención a los problemas específicos
y a las amenazas, que surgen dentro de las economías más
avanzadas y en relación con sus peculiares características.
En las precedentes fases de desarrollo, el hombre ha vivido siempre condicionado
bajo el peso de la necesidad. Las cosas necesarias eran pocas, ya fijadas
de alguna manera por las estructuras objetivas de su constitución
corpórea, y la actividad económica estaba orientada a satisfacerlas.
Está claro, sin embargo, que hoy el problema no es sólo
ofrecer una cantidad de bienes suficientes, sino el de responder a un
demanda de calidad: calidad de la mercancía que se produce y se
consume; calidad de los servicios que se disfrutan; calidad del ambiente
y de la vida en general. La demanda de una existencia cualitativamente más satisfactoria y más rica es algo en sí legítimo; sin embargo hay que poner de relieve las nuevas responsabilidades y peligros anejos a esta fase histórica. En el mundo, donde surgen y se delimitan nuevas necesidades, se da siempre una concepción más o menos adecuada del hombre y de su verdadero bien. A través de las opciones de producción y de consumo se pone de manifiesto una determinada cultura, como concepción global de la vida. De ahí nace el fenómeno del consumismo. Al
descubrir nuevas necesidades y nuevas modalidades para su satisfacción,
es necesario dejarse guiar por una imagen integral del hombre, que respete
todas las dimensiones de su ser y que subordine las materiales e instintivas
a las interiores y espirituales. Por el contrario, al dirigirse directamente
a sus instintos, prescindiendo en uno u otro modo de su realidad personal,
consciente y libre, se pueden crear hábitos de consumo y estilos
de vida objetivamente ilícitos y con frecuencia incluso perjudiciales
para su salud física y espiritual. El sistema económico
no posee en sí mismo criterios que permitan distinguir correctamente
las nuevas y más elevadas formas de satisfacción de las
nuevas necesidades humanas, que son un obstáculo para la formación
de una personalidad madura. Es, pues, necesaria y urgente una gran obra
educativa y cultural, que comprenda la educación de los consumidores
para un uso responsable de su capacidad de elección, la formación
de un profundo sentido de responsabilidad en los productores y sobre todo
en los profesionales de los medios de comunicación social, además
de la necesaria intervención de las autoridades públicas. Un
ejemplo llamativo de consumismo, contrario a la salud y a la dignidad
del hombre y que ciertamente no es fácil controlar, es el de la
droga. Su difusión es índice de una grave disfunción
del sistema social, que supone una visión materialista y, en cierto
sentido, destructiva de las necesidades humanas. De este modo la capacidad
innovadora de la economía libre termina por realizarse de manera
unilateral e inadecuada. La droga, así como la pornografía
y otras formas de consumismo, al explotar la fragilidad de los débiles,
pretenden llenar el vacío espiritual que se ha venido a crear. No
es malo el deseo de vivir mejor, pero es equivocado el estilo de vida
que se presume como mejor, cuando está orientado a tener y no a
ser, y que quiere tener más no para ser más, sino para consumir
la existencia en un goce que se propone como fin en sí mismo(75).
Por esto, es necesario esforzarse por implantar estilos de vida, a tenor
de los cuales la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien,
así como la comunión con los demás hombres para un
crecimiento común sean los elementos que determinen las opciones
del consumo, de los ahorros y de las inversiones. A este respecto, no
puedo limitarme a recordar el deber de la caridad, esto es, el deber de
ayudar con lo propio "superfluo" y, a veces, incluso con lo
propio "necesario", para dar al pobre lo indispensable para
vivir. Me refiero al hecho de que también la opción de invertir
en un lugar y no en otro, en un sector productivo en vez de otro, es siempre
una opción moral y cultural. Dadas ciertas condiciones económicas
y de estabilidad política absolutamente imprescindibles, la decisión
de invertir, esto es, de ofrecer a un pueblo la ocasión de dar
valor al propio trabajo, está asimismo determinada por una actitud
de querer ayudar y por la confianza en la Providencia, lo cual muestra
las cualidades humanas de quien decide. 37.
Es asimismo preocupante, junto con el problema del consumismo y estrictamente
vinculado con él, la cuestión ecológica. El hombre,
impulsado por el deseo de tener y gozar, más que de ser y de crecer,
consume de manera excesiva y desordenada los recursos de la tierra y su
misma vida. En la raíz de la insensata destrucción del ambiente
natural hay un error antropológico, por desgracia muy difundido
en nuestro tiempo. El hombre, que descubre su capacidad de transformar
y, en cierto sentido, de "crear" el mundo con el propio trabajo,
olvida que éste se desarrolla siempre sobre la base de la primera
y originaria donación de las cosas por parte de Dios. Cree que
puede disponer arbitrariamente de la tierra, sometiéndola sin reservas
a su voluntad como si ella no tuviese una fisonomía propia y un
destino anterior dados por Dios, y que el hombre puede desarrollar ciertamente,
pero que no debe traicionar. En vez de desempeñar su papel de colaborador
de Dios en la obra de la creación, el hombre suplanta a Dios y
con ello provoca la rebelión de la naturaleza, más bien
tiranizada que gobernada por él(76). Esto
demuestra, sobre todo, mezquindad o estrechez de miras del hombre, animado
por el deseo de poseer las cosas en vez de relacionarlas con la verdad,
y falto de aquella actitud desinteresada, gratuita, estética que
nace del asombro por el ser y por la belleza que permite leer en las cosas
visibles el mensaje de Dios invisible que las ha creado. A este respecto,
la humanidad de hoy debe ser consciente de sus deberes y de su cometido
para con las generaciones futuras. 38.
Además de la destrucción irracional del ambiente natural
hay que recordar aquí la más grave aún del ambiente
humano, al que, sin embargo, se está lejos de prestar la necesaria
atención. Mientras nos preocupamos justamente, aunque mucho menos
de lo necesario, de preservar los "habitat" naturales de las
diversas especies animales amenazadas de extinción, porque nos
damos cuenta de que cada una de ellas aporta su propia contribución
al equilibrio general de la tierra, nos esforzamos muy poco por salvaguardar
las condiciones morales de una auténtica "ecología
humana". No sólo la tierra ha sido dada por Dios al hombre,
el cual debe usarla respetando la intención originaria de que es
un bien, según la cual le ha sido dada; incluso el hombre es para
sí mismo un don de Dios y, por tanto, debe respetar la estructura
natural y moral de la que ha sido dotado. Hay que mencionar en este contexto
los graves problemas de la moderna urbanización, la necesidad de
un urbanismo preocupado por la vida de las personas, así como la
debida atención a una "ecología social" del trabajo. El
hombre recibe de Dios su dignidad esencial y con ella la capacidad de
trascender todo ordenamiento de la sociedad hacia la verdad y el bien.
Sin embargo, está condicionado por la estructura social en que
vive, por la educación recibida y por el ambiente. Estos elementos
pueden facilitar u obstaculizar su vivir según la verdad. Las decisiones,
gracias a las cuales se constituye un ambiente humano, pueden crear estructuras
concretas de pecado, impidiendo la plena realización de quienes
son oprimidos de diversas maneras por las mismas. Demoler tales estructuras
y sustituirlas con formas más auténticas de convivencia
es un cometido que exige valentía y paciencia(77). 39.
La primera estructura fundamental a favor de la "ecología
humana" es la familia, en cuyo seno el hombre recibe las primeras
nociones sobre la verdad y el bien; aprende qué quiere decir amar
y ser amado, y por consiguiente qué quiere decir en concreto ser
una persona. Se entiende aquí la familia fundada en el matrimonio,
en el que el don recíproco de sí por parte del hombre y
de la mujer crea un ambiente de vida en el cual el niño puede nacer
y desarrollar sus potencialidades, hacerse consciente de su dignidad y
prepararse a afrontar su destino único e irrepetible. En cambio,
sucede con frecuencia que el hombre se siente desanimado a realizar las
condiciones auténticas de la reproducción humana y se ve
inducido a considerar la propia vida y a sí mismo como un conjunto
de sensaciones que hay que experimentar más bien que como una obra
a realizar. De aquí nace una falta de libertad que le hace renunciar
al compromiso de vincularse de manera estable con otra persona y engendrar
hijos, o bien le mueve a considerar a éstos como una de tantas
"cosas" que es posible tener o no tener, según los propios
gustos, y que se presentan como otras opciones. Hay
que volver a considerar la familia como el santuario de la vida. En efecto,
es sagrada: es el ámbito donde la vida, don de Dios, puede ser
acogida y protegida de manera adecuada contra los múltiples ataques
a que está expuesta, y puede desarrollarse según las exigencias
de un auténtico crecimiento humano. Contra la llamada cultura de
la muerte, la familia constituye la sede de la cultura de la vida. El
ingenio del hombre parece orientarse, en este campo, a limitar, suprimir
o anular las fuentes de la vida, recurriendo incluso al aborto, tan extendido
por desgracia en el mundo, más que a defender y abrir las posibilidades
a la vida misma. En la encíclica Sollicitudo rei socialis han sido
denunciadas las campañas sistemáticas contra la natalidad,
que, sobre la base de una concepción deformada del problema demográfico
y en un clima de "absoluta falta de respeto por la libertad de decisión
de las personas interesadas", las someten frecuentemente a "intolerables
presiones... para plegarlas a esta forma nueva de opresión"(78).
Se trata de políticas que con técnicas nuevas extienden
su radio de acción hasta llegar, como en una "guerra química",
a envenenar la vida de millones de seres humanos indefensos. Estas
críticas van dirigidas no tanto contra un sistema económico,
cuanto contra un sistema ético-cultural. En efecto, la economía
es sólo un aspecto y una dimensión de la compleja actividad
humana. Si es absolutizada, si la producción y el consumo de las
mercancías ocupan el centro de la vida social y se convierten en
el único valor de la sociedad, no subordinado a ningún otro,
la causa hay que buscarla no sólo y no tanto en el sistema económico
mismo, cuanto en el hecho de que todo el sistema sociocultural, al ignorar
la dimensión ética y religiosa, se ha debilitado, limitándose
únicamente a la producción de bienes y servicios(79). Todo
esto se puede resumir afirmando una vez más que la libertad económica
es solamente un elemento de la libertad humana. Cuando aquella se vuelve
autónoma, es decir, cuando el hombre es considerado más
como un productor o un consumidor de bienes que como un sujeto que produce
y consume para vivir, entonces pierde su necesaria relación con
la persona humana y termina por alienarla y oprimirla(80). 40.
Es deber del Estado proveer a la defensa y tutela de los bienes colectivos,
como son el ambiente natural y el ambiente humano, cuya salvaguardia no
puede estar asegurada por los simples mecanismos de mercado. Así
como en tiempos del viejo capitalismo el Estado tenía el deber
de defender los derechos fundamentales del trabajo, así ahora con
el nuevo capitalismo el Estado y la sociedad tienen el deber de defender
los bienes colectivos que, entre otras cosas, constituyen el único
marco dentro del cual es posible para cada uno conseguir legítimamente
sus fines individuales. He
ahí un nuevo límite del mercado: existen necesidades colectivas
y cualitativas que no pueden ser satisfechas mediante sus mecanismos;
hay exigencias humanas importantes que escapan a su lógica; hay
bienes que, por su naturaleza, no se pueden ni se deben vender o comprar.
Ciertamente, los mecanismos de mercado ofrecen ventajas seguras; ayudan,
entre otras cosas, a utilizar mejor los recursos; favorecen el intercambio
de los productos y, sobre todo, dan la prima- cía a la voluntad
y a las preferencias de la persona, que, en el contrato, se confrontan
con las de otras personas. No obstante, conllevan el riesgo de una "idolatría"
del mercado, que ignora la existencia de bienes que, por su naturaleza,
no son ni pueden ser simples mercancías. 41.
El marxismo ha criticado las sociedades burguesas y capitalistas, reprochándoles
la mercantilización y la alienación de la existencia humana.
Ciertamente, este reproche está basado sobre una concepción
equivocada e inadecuada de la alienación, según la cual
ésta depende únicamente de la esfera de las relaciones de
producción y propiedad, esto es, atribuyéndole un fundamento
materialista y negando, además, la legitimidad y la positividad
de las relaciones de mercado incluso en su propio ámbito. El marxismo
acaba afirmando así que sólo en una sociedad de tipo colectivista
podría erradicarse la alienación. Ahora bien, la experiencia
histórica de los países socialistas ha demostrado tristemente
que el colectivismo no acaba con la alienación, sino que más
bien la incrementa, al añadirle la penuria de las cosas necesarias
y la ineficacia económica. La
experiencia histórica de Occidente, por su parte, demuestra que,
si bien el análisis y el fundamento marxista de la alienación
son falsas, sin embargo la alienación, junto con la pérdida
del sentido auténtico de la existencia, es una realidad incluso
en las sociedades occidentales. En efecto, la alienación se verifica
en el consumo, cuando el hombre se ve implicado en una red de satisfacciones
falsas y superficiales, en vez de ser ayudado a experimentar su personalidad
auténtica y concreta. La alienación se verifica también
en el trabajo, cuando se organiza de manera tal que "maximaliza"
solamente sus frutos y ganancias y no se preocupa de que el trabajador,
mediante el propio trabajo, se realice como hombre, según que aumente
su participación en una auténtica comunidad solidaria, o
bien su aislamiento en un complejo de relaciones de exacerbada competencia
y de recíproca exclusión, en la cual es considerado sólo
como un medio y no como un fin. Es
necesario iluminar, desde la concepción cristiana, el concepto
de alienación, descubriendo en él la inversión entre
los medios y los fines: el hombre, cuando no reconoce el valor y la grandeza
de la persona en sí mismo y en el otro, se priva de hecho de la
posibilidad de gozar de la propia humanidad y de establecer una relación
de solidaridad y comunión con los demás hombres, para lo
cual fue creado por Dios. En efecto, es mediante la propia donación
libre como el hombre se realiza auténticamente a sí mismo(81),
y esta donación es posible gracias a la esencial "capacidad
de trascendencia" de la persona humana. El hombre no puede darse
a un proyecto solamente humano de la realidad, a un ideal abstracto, ni
a falsas utopías. En cuanto persona, puede darse a otra persona
o a otras personas y, por último, a Dios, que es el autor de su
ser y el único que puede acoger plenamente su donación(82).
Se aliena el hombre que rechaza trascenderse a sí mismo y vivir
la experiencia de la autodonación y de la formación de una
auténtica comunidad humana, orientada a su destino último
que es Dios. Está alienada una sociedad que, en sus formas de organización
social, de producción y consumo, hace más difícil
la realización de esta donación y la formación de
esa solidaridad interhumana. En
la sociedad occidental se ha superado la explotación, al menos
en las formas analizadas y descritas por Marx. No se ha superado, en cambio,
la alienación en las diversas formas de explotación, cuando
los hombres se instrumentalizan mutuamente y, para satisfacer cada vez
más refinadamente sus necesidades particulares y secundarias, se
hacen sordos a las principales y auténticas, que deben regular
incluso el modo de satisfacer otras necesidades(83). El hombre que se
preocupa sólo o prevalentemente de tener y gozar, incapaz de dominar
sus instintos y sus pasiones y de subordinarlas mediante la obediencia
a la verdad, no puede ser libre. La obediencia a la verdad sobre Dios
y sobre el hombre es la primera condición de la libertad, que le
permite ordenar las propias necesidades, los propios deseos y el modo
de satisfacerlos según una justa jerarquía de valores, de
manera que la posesión de las cosas sea para él un medio
de crecimiento. Un obstáculo a esto puede venir de la manipulación
llevada a cabo por los medios de comunicación social, cuando imponen
con la fuerza persuasiva de insistentes campañas, modas y corrientes
de opinión, sin que sea posible someter a un examen crítico
las premisas sobre las que se fundan. 42.
Volviendo ahora a la pregunta inicial, ¿se puede decir quizá
que, después del fracaso del comunismo, el sistema vencedor sea
el capitalismo, y que hacia él estén dirigidos los esfuerzos
de los países que tratan de reconstruir su economía y su
sociedad? ¿Es quizá éste el modelo que es necesario
proponer a los países del Tercer Mundo, que buscan la vía
del verdadero progreso económico y civil? La
respuesta obviamente es compleja. Si por "capitalismo" se entiende
un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo
de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente
responsabilidad para con los medios de producción, de la libre
creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente
es positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar
de "economía de empresa", "economía de mercado",
o simplemente de "economía libre". Pero si por "capitalismo"
se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico,
no está encuadrada en un sólido contexto jurídico
que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere
como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético
y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa. La
solución marxista ha fracasado, pero permanecen en el mundo fenómenos
de marginación y explotación, especialmente en el Tercer
Mundo, así como fenómenos de alienación humana, especialmente
en los países más avanzados; contra tales fenómenos
se alza con firmeza la voz de la Iglesia. Ingentes muchedumbres viven
aún en condiciones de gran miseria material y moral. El fracaso
del sistema comunista en tantos países elimina ciertamente un obstáculo
a la hora de afrontar de manera adecuada y realista estos problemas; pero
eso no basta para resolverlos. Es más, existe el riesgo de que
se difunda una ideología radical de tipo capitalista, que rechaza
incluso el tomarlos en consideración, porque a priori considera
condenado al fracaso todo intento de afrontarlos y, de forma fideísta,
confía su solución al libre desarrollo de las fuerzas de
mercado. El
desarrollo integral de la persona humana en el trabajo no contradice,
sino que favorece más bien la mayor productividad y eficacia del
trabajo mismo, por más que esto puede debilitar centros de poder
ya consolidados. La empresa no puede considerarse única- mente
como una "sociedad de capitales"; es, al mismo tiempo, una "sociedad
de personas", en la que entran a formar parte de manera diversa y
con responsabilidades específicas los que aportan el capital necesario
para su actividad y los que colaboran con su trabajo. Para conseguir estos
fines, sigue siendo necesario todavía un gran movimiento asociativo
de los trabajadores, cuyo objetivo es la liberación y la promoción
integral de la persona. A la luz de las "cosas nuevas" de hoy ha sido considerada nuevamente la relación entre la propiedad individual o privada y el destino universal de los bienes. El hombre se realiza a sí mismo por medio de su inteligencia y su libertad y, obrando así, asume como objeto e instrumento las cosas del mundo, a la vez que se apropia de ellas. En este modo de actuar se encuentra el fundamento del derecho a la iniciativa y a la propiedad individual. Mediante su trabajo el hombre se compromete no sólo en favor suyo, sino también en favor de los demás y con los demás: cada uno colabora en el trabajo y en el bien de los otros. El hombre trabaja para cubrir las necesidades de su familia, de la comunidad de la que forma parte, de la nación y, en definitiva, de toda la humanidad(86). Colabora, asimismo, en la actividad de los que trabajan en la misma empresa e igualmente en el trabajo de los proveedores o en el consumo de los clientes, en una cadena de solidaridad que se extiende progresivamente. La
propiedad de los medios de producción, tanto en el campo industrial
como agrícola, es justa y legítima cuando se emplea para
un trabajo útil; pero resulta ilegítima cuando no es valorada
o sirve para impedir el trabajo de los demás u obtener unas ganancias
que no son fruto de la expansión global del trabajo y de la riqueza
social, sino más bien de su compresión, de la explotación
ilícita, de la especulación y de la ruptura de la solidaridad
en el mundo laboral(87). Este tipo de propiedad no tiene ninguna justificación
y constituye un abuso ante Dios y los hombres. La obligación de ganar el pan con el sudor de la propia frente supone, al mismo tiempo, un derecho. Una sociedad en la que este derecho se niegue sistemáticamente y las medidas de política económica no permitan a los trabajadores alcanzar niveles satisfactorios de ocupación, no puede conseguir su legitimación ética ni la justa paz social(88). Así como la persona se realiza plenamente en la libre donación de sí misma, así también la propiedad se justifica moralmente cuando crea, en los debidos modos y circunstancias, oportunidades de trabajo y crecimiento humano para todos.
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