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III. EL AÑO 1989
Una ayuda importante e incluso decisiva la ha dado la Iglesia, con su compromiso en favor de la defensa y promoción de los derechos del hombre. En ambientes intensamente ideologizados, donde posturas partidistas ofuscaban la conciencia de la común dignidad humana, la Iglesia ha afirmado con sencillez y energía que todo hombre -sean cuales sean sus convicciones personales- lleva dentro de sí la imagen de Dios y, por tanto, merece respeto. En esta afirmación se ha identificado con frecuencia la gran mayoría del pueblo, lo cual ha llevado a buscar formas de lucha y soluciones políticas más respetuosas para con la dignidad de la persona humana. De
este proceso histórico han surgido nuevas formas de democracia,
que ofrecen esperanzas de un cambio en las frágiles estructuras
políticas y sociales, gravadas por la hipoteca de una dolorosa
serie de injusticias y rencores, aparte de una economía arruinada
y de graves conflictos sociales. Mientras en unión con toda la
Iglesia doy gracias a Dios por el testimonio, en ocasiones heroico, que
han dado no pocos pastores, comunidades cristianas enteras, fieles en
particular y hombres de buena voluntad en tan difíciles circunstancias,
le pido que sostenga los esfuerzos de todos para construir un futuro mejor.
Es ésta una responsabilidad no sólo de los ciudadanos de
aquellos países, sino también de todos los cristianos y
de los hombres de buena voluntad. Se trata de mostrar cómo los
complejos problemas de aquellos pueblos se pueden resolver por medio del
diálogo y de la solidaridad, en vez de la lucha para destruir al
adversario y en vez de la guerra. 23.
Entre los numerosos factores de la caída de los regímenes
opresores, algunos merecen ser recordados de modo especial. El factor
decisivo que ha puesto en marcha los cambios es sin duda alguna la violación
de los derechos del trabajador. No se puede olvidar que la crisis fundamental
de los sistemas que pretenden ser expresión del gobierno y, lo
que es más, de la dictadura del proletariado da comienzo con las
grandes revueltas habidas en Polonia en nombre de la solidaridad. Son
las muchedumbres de los trabajadores las que desautorizan la ideología,
que pretende ser su voz; son ellas las que encuentran y como si descubrieran
de nuevo expresiones y principios de la doctrina social de la Iglesia,
partiendo de la experiencia, vivida y difícil, del trabajo y de
la opresión. Merece
ser subrayado también el hecho de que casi en todas partes se haya
llegado a la caída de semejante "bloque" o imperio a
través de una lucha pacífica, que emplea solamente las armas
de la verdad y de la justicia. Mientras el marxismo consideraba que únicamente
llevando hasta el extremo las contradicciones sociales era posible darles
solución por medio del choque violento, las luchas que han conducido
a la caída del marxismo insisten tenazmente en intentar todas las
vías de la negociación, del diálogo, del testimonio
de la verdad, apelando a la conciencia del adversario y tratando de despertar
en éste el sentido de la común dignidad humana. Parecía
como si el orden europeo, surgido de la segunda guerra mundial y consagrado
por los Acuerdos de Yalta, ya no pudiese ser alterado más que por
otra guerra. Y sin embargo, ha sido superado por el compromiso no violento
de hombres que, resistiéndose siempre a ceder al poder de la fuerza,
han sabido encontrar, una y otra vez, formas eficaces para dar testimonio
de la verdad. Esta actitud ha desarmado al adversario, ya que la violencia
tiene siempre necesidad de justificarse con la mentira y de asumir, aunque
sea falsamente, el aspecto de la defensa de un derecho o de respuesta
a una amenaza ajena(54). Doy también gracias a Dios por haber mantenido
firme el corazón de los hombres durante aquella difícil
prueba, pidiéndole que este ejemplo pueda servir en otros lugares
y en otras circunstancias. ¡Ojalá los hombres aprendan a
luchar por la justicia sin violencia, renunciando a la lucha de clases
en las controversias internas, así como a la guerra en las internacionales! 24.
El segundo factor de crisis es, en verdad, la ineficiencia del sistema
económico, lo cual no ha de considerarse como un problema puramente
técnico, sino más bien como consecuencia de la violación
de los derechos humanos a la iniciativa, a la propiedad y a la libertad
en el sector de la economía. A este aspecto hay que asociar en
un segundo momento la dimensión cultural y la nacional. No es posible
comprender al hombre, considerándolo unilateralmente a partir del
sector de la economía, ni es posible definirlo simplemente tomando
como base su pertenencia a una clase social. Al hombre se le comprende
de manera más exhaustiva si es visto en la esfera de la cultura
a través de la lengua, la historia y las actitudes que asume ante
los acontecimientos fundamentales de la existencia, como son nacer, amar,
trabajar, morir. El punto central de toda cultura lo ocupa la actitud
que el hombre asume ante el misterio más grande: el misterio de
Dios. Las culturas de las diversas naciones son, en el fondo, otras tantas
maneras diversas de plantear la pregunta acerca del sentido de la existencia
personal. Cuando esta pregunta es eliminada, se corrompen la cultura y
la vida moral de las naciones. Por esto, la lucha por la defensa del trabajo
se ha unido espontáneamente a la lucha por la cultura y por los
derechos nacionales. La
verdadera causa de las "novedades", sin embargo, es el vacío
espiritual provocado por el ateísmo, el cual ha dejado sin orientación
a las jóvenes generaciones y en no pocos casos las ha inducido,
en la insoslayable búsqueda de la propia identidad y del sentido
de la vida, a descubrir las raíces religiosas de la cultura de
sus naciones y la persona misma de Cristo, como respuesta existencialmente
adecuada al deseo de bien, de verdad y de vida que hay en el corazón
de todo hombre. Esta búsqueda ha sido confortada por el testimonio
de cuantos, en circunstancias difíciles y en medio de la persecución,
han permanecido fieles a Dios. El marxismo había prometido desenraizar
del corazón humano la necesidad de Dios; pero los resultados han
demostrado que no es posible lograrlo sin trastocar ese mismo corazón. 25.
Los acontecimientos del año 1989 ofrecen un ejemplo de éxito
de la voluntad de negociación y del espíritu evangélico
contra un adversario decidido a no dejarse condicionar por principios
morales: son una amonestación para cuantos, en nombre del realismo
político, quieren eliminar del ruedo de la política el derecho
y la moral. Ciertamente la lucha que ha desem- bocado en los cambios del
1989 ha exigido lucidez, moderación, sufrimientos y sacrificios;
en cierto sentido, ha nacido de la oración y hubiera sido impensable
sin una ilimitada confianza en Dios, Señor de la historia, que
tiene en sus manos el corazón de los hombres. Uniendo el propio
sufrimiento por la verdad y por la libertad al de Cristo en la cruz, es
así como el hombre puede hacer el milagro de la paz y ponerse en
condiciones de acertar con el sendero a veces estrecho entre la mezquindad
que cede al mal y la violencia que, creyendo ilusoriamente combatirlo,
lo agrava. Sin
embargo, no se pueden ignorar los innumerables condicionamientos, en medio
de los cuales viene a encontrarse la libertad individual a la hora de
actuar: de hecho la influencian, pero no la determinan; facilitan más
o menos su ejercicio, pero no pueden destruirla. No sólo no es
lícito desatender desde el punto de vista ético la naturaleza
del hombre que ha sido creado para la libertad, sino que esto ni siquiera
es posible en la práctica. Donde la sociedad se organiza reduciendo
de manera arbitraria o incluso eliminando el ámbito en que se ejercita
legítimamente la libertad, el resultado es la desorganización
y la decadencia progresiva de la vida social. Por
otra parte, el hombre creado para la libertad lleva dentro de sí
la herida del pecado original que lo empuja continuamente hacia el mal
y hace que necesite la redención. Esta doctrina no sólo
es parte integrante de la revelación cristiana, sino que tiene
también un gran valor hermenéutico en cuanto ayuda a comprender
la realidad humana. El hombre tiende hacia el bien, pero es también
capaz del mal; puede trascender su interés inmediato y, sin embargo,
permanece vinculado a él. El orden social será tanto más
sólido cuanto más tenga en cuenta este hecho y no oponga
el interés individual al de la sociedad en su conjunto, sino que
busque más bien los modos de su fructuosa coordinación.
De hecho, donde el interés individual es suprimido violentamente,
queda sustituido por un oneroso y opresivo sistema de control burocrático
que esteriliza toda iniciativa y creatividad. Cuando los hombres se creen
en posesión del secreto de una organización social perfecta
que hace imposible el mal, piensan también que pueden usar todos
los medios, incluso la violencia o la mentira, para realizarla. La política
se convierte entonces en una "religión secular", que
cree ilusoriamente que puede construir el paraíso en este mundo.
De ahí que cualquier sociedad política, que tiene su propia
autonomía y sus propias leyes(55), nunca podrá confundirse
con el Reino de Dios. La parábola evangélica de la buena
semilla y la cizaña (cf. Mt 13, 24-30; 36-43) nos enseña
que corresponde solamente a Dios separar a los seguidores del Reino y
a los seguidores del Maligno, y que este juicio tendrá lugar al
final de los tiempos. Pretendiendo anticipar el juicio ya desde ahora,
el hombre trata de suplantar a Dios y se opone a su paciencia. Gracias
al sacrificio de Cristo en la cruz, la victoria del Reino de Dios ha sido
conquistada de una vez para siempre; sin embargo, la condición
cristiana exige la lucha contra las tentaciones y las fuerzas del mal.
Solamente al final de los tiempos, volverá el Señor en su
gloria para el juicio final (cf. Mt 25, 31) instaurando los cielos nuevos
y la tierra nueva (cf. 2 Pe 3, 13; Ap 21, 1), pero, mientras tanto, la
lucha entre el bien y el mal continúa incluso en el corazón
del hombre. Lo
que la Sagrada Escritura nos enseña respecto de los destinos del
Reino de Dios tiene sus consecuencias en la vida de la sociedad temporal,
la cual -como indica la palabra misma- pertenece a la realidad del tiempo
con todo lo que conlleva de imperfecto y provisional. El Reino de Dios,
presente en el mundo sin ser del mundo, ilumina el orden de la sociedad
humana, mientras que las energías de la gracia lo penetran y vivifican.
Así se perciben mejor las exigencias de una sociedad digna del
hombre; se corrigen las desviaciones y se corrobora el ánimo para
obrar el bien. A esta labor de animación evangélica de las
realidades humanas están llamados, junto con todos los hombres
de buena voluntad, todos los cristianos y de manera especial los seglares(56). 26.
Los acontecimientos del año 1989 han tenido lugar principalmente
en los países de Europa oriental y central; sin embargo, revisten
importancia universal, ya que de ellos se desprenden consecuencias positivas
y negativas que afectan a toda la familia humana. Tales consecuencias
no se dan de forma mecánica o fatalista, sino que son más
bien ocasiones que se ofrecen a la libertad humana para colaborar con
el designio misericordioso de Dios que actúa en la historia. La
primera consecuencia ha sido, en algunos países, el encuentro entre
la Iglesia y el Movimiento obrero, nacido como una reacción de
orden ético y concretamente cristiano contra una vasta situación
de injusticia. Durante casi un siglo dicho Movimiento en gran parte había
caído bajo la hegemonía del marxismo, no sin la convicción
de que los proletarios, para luchar eficazmente contra la opresión,
debían asumir las teorías materialistas y economicistas. En
la crisis del marxismo brotan de nuevo las formas espontáneas de
la conciencia obrera, que ponen de manifiesto una exigencia de justicia
y de reconocimiento de la dignidad del trabajo, conforme a la doctrina
social de la Iglesia(57). El Movimiento obrero desemboca en un movimiento
más general de los trabajadores y de los hombres de buena voluntad,
orientado a la liberación de la persona humana y a la consolidación
de sus derechos; hoy día está presente en muchos países
y, lejos de contraponerse a la Iglesia católica, la mira con interés. La
crisis del marxismo no elimina en el mundo las situaciones de injusticia
y de opresión existentes, de las que se alimentaba el marxismo
mismo, instrumentalizándolas. A quienes hoy día buscan una
nueva y auténtica teoría y praxis de liberación,
la Iglesia ofrece no sólo la doctrina social y, en general, sus
enseñanzas sobre la persona redimida por Cristo, sino también
su compromiso concreto de ayuda para combatir la marginación y
el sufrimiento. En
el pasado reciente, el deseo sincero de ponerse de parte de los oprimidos
y de no quedarse fuera del curso de la historia ha inducido a muchos creyentes
a buscar por diversos caminos un compromiso imposible entre marxismo y
cristianismo. El tiempo presente, a la vez que ha superado todo lo que
había de caduco en estos intentos, lleva a reafirmar la positividad
de una auténtica teología de la liberación humana
integral(58). Considerados desde este punto de vista, los acontecimientos
de 1989 vienen a ser importantes incluso para los países del llamado
Tercer Mundo, que están buscando la vía de su desarrollo,
lo mismo que lo han sido para los de Europa central y oriental. 27.
La segunda consecuencia afecta a los pueblos de Europa. En los años
en que dominaba el comunismo, y también antes, se cometieron muchas
injusticias individuales y sociales, regionales y nacionales; se acumularon
muchos odios y rencores. Y sigue siendo real el peligro de que vuelvan
a explotar, después de la caída de la dictadura, provocando
graves conflictos y muertes, si disminuyen a su vez la tensión
moral y la firmeza consciente en dar testimonio de la verdad, que han
animado los esfuerzos del tiempo pasado. Es de esperar que el odio y la
violencia no triunfen en los corazones, sobre todo de quienes luchan en
favor de la justicia, sino que crezca en todos el espíritu de paz
y de perdón. Sin
embargo, es necesario a este respecto que se den pasos concretos para
crear o consolidar estructuras internacionales, capaces de intervenir,
para el conveniente arbitraje, en los conflictos que surjan entre las
naciones, de manera que cada una de ellas pueda hacer valer los propios
derechos, alcanzando el justo acuerdo y la pacífica conciliación
con los derechos de los demás. Todo esto es particularmente necesario
para las naciones europeas, íntimamente unidas entre sí
por los vínculos de una cultura común y de una historia
milenaria. En efecto, hace falta un gran esfuerzo para la reconstrucción
moral y económica en los países que han abandonado el comunismo.
Durante mucho tiempo las relaciones económicas más elementales
han sido distorsionadas y han sido zaheridas virtudes relacionadas con
el sector de la economía, como la veracidad, la fiabilidad, la
laboriosidad. Se siente la necesidad de una paciente reconstrucción
material y moral, mientras los pueblos extenuados por largas privaciones
piden a sus gobernantes logros de bienestar tangibles e inmediatos y una
adecuada satisfacción de sus legítimas aspiraciones. Naturalmente,
la caída del marxismo ha tenido consecuencias de gran alcance por
lo que se refiere a la repartición de la tierra en mundos incomunicados
unos con otros y en recelosa competencia entre sí; por otra parte,
ha puesto más de manifiesto el hecho de la interdependencia, así
como que el trabajo humano está destinado por su naturaleza a unir
a los pueblos y no a dividirlos. Efectivamente, la paz y la prosperidad
son bienes que pertenecen a todo el género humano, de manera que
no es posible gozar de ellos correcta y duraderamente si son obtenidos
y mantenidos en perjuicio de otros pueblos y naciones, violando sus derechos
o excluyéndolos de las fuentes del bienestar. 28.
Para algunos países de Europa comienza ahora, en cierto sentido,
la verdadera postguerra. La radical reestructuración de las economías,
hasta ayer colectivizadas, comporta problemas y sacrificios, comparables
con los que tuvieron que imponerse los países occidentales del
continente para su reconstrucción después del segundo conflicto
mundial. Es justo que en las presentes dificultades los países
excomunistas sean ayudados por el esfuerzo solidario de las otras naciones:
obviamente, han de ser ellos los primeros artífices de su propio
desarrollo; pero se les ha de dar una razonable oportunidad para realizarlo,
y esto no puede lograrse sin la ayuda de los otros países. Por
lo demás, las actuales condiciones de dificultad y penuria son
la consecuencia de un proceso histórico, del que los países
excomunistas han sido a veces objeto y no sujeto; por tanto, si se hallan
en esas condiciones no es por propia elección o a causa de errores
cometidos, sino como consecuencia de trágicos acontecimientos históricos
impuestos por la violencia, que les han impedido proseguir por el camino
del desarrollo económico y civil. La
ayuda de otros países, sobre todo europeos, que han tenido parte
en la misma historia y de la que son responsables, corresponde a una deuda
de justicia. Pero corresponde también al interés y al bien
general de Europa, la cual no podrá vivir en paz, si los conflictos
de diversa índole, que surgen como consecuencia del pasado, se
van agravando a causa de una situación de desorden económico,
de espiritual insatisfacción y desesperación. Esta
exigencia, sin embargo, no debe inducir a frenar los esfuerzos para prestar
apoyo y ayuda a los países del Tercer Mundo, que sufren a veces
condiciones de insuficiencia y de pobreza bastante más graves(59).
Será necesario un esfuerzo extraordinario para movilizar los recursos,
de los que el mundo en su conjunto no carece, hacia objetivos de crecimiento
económico y de desarrollo común, fijando de nuevo las prioridades
y las escalas de valores, sobre cuya base se deciden las opciones económicas
y políticas. Pueden hacerse disponibles ingentes recursos con el
desarme de los enormes aparatos militares, creados para el conflicto entre
Este y Oeste. Éstos podrán resultar aún mayores,
si se logra establecer procedimientos fiables para la solución
de los conflictos, alternativas a la guerra, y extender, por tanto, el
principio del control y de la reducción de los armamentos incluso
en los países del Tercer Mundo, adoptando oportunas medidas contra
su comercio(60). Sobre todo será necesario abandonar una mentalidad
que considera a los pobres -personas y pueblos- como un fardo o como molestos
e importunos, ávidos de consumir lo que otros han producido. Los
pobres exigen el derecho de participar y gozar de los bienes materiales
y de hacer fructificar su capacidad de trabajo, creando así un
mundo más justo y más próspero para todos. La promoción
de los pobres es una gran ocasión para el crecimiento moral, cultural
e incluso económico de la humanidad entera. 29. En fin, el desarrollo no debe ser entendido de manera exclusivamente económica, sino bajo una dimensión humana integral(61). No se trata solamente de elevar a todos los pueblos al nivel del que gozan hoy los países más ricos, sino de fundar sobre el trabajo solidario una vida más digna, hacer crecer efectivamente la dignidad y la creatividad de toda persona, su capacidad de responder a la propia vocación y, por tanto, a la llamada de Dios. El punto culminante del desarrollo conlleva el ejercicio del derecho-deber de buscar a Dios, conocerlo y vivir según tal conocimiento(62). En los regímenes totalitarios y autoritarios se ha extremado el principio de la primacía de la fuerza sobre la razón. El hombre se ha visto obligado a sufrir una concepción de la realidad impuesta por la fuerza, y no conseguida mediante el esfuerzo de la propia razón y el ejercicio de la propia libertad. Hay que invertir los términos de ese principio y reconocer íntegramente los derechos de la conciencia humana, vinculada solamente a la verdad natural y revelada. En el reconocimiento de estos derechos consiste el fundamento primario de todo ordenamiento político auténticamente libre(63). Es importante reafirmar este principio por varios motivos: a)
porque las antiguas formas de totalitarismo y de autoritarismo todavía
no han sido superadas completamente y existe aún el riesgo de que
recobren vigor: esto exige un renovado esfuerzo de colaboración
y de solidaridad entre todos los países; b)
porque en los países desarrollados se hace a veces excesiva propaganda
de los valores puramente utilitarios, al provocar de manera desenfrenada
los instintos y las tendencias al goce inmediato, lo cual hace difícil
el reconocimiento y el respeto de la jerarquía de los verdaderos
valores de la existencia humana; c)
porque en algunos países surgen nuevas formas de fundamentalismo
religioso que, velada o también abiertamente, niegan a los ciudadanos
de credos diversos de los de la mayoría el pleno ejercicio de sus
derechos civiles y religiosos, les impiden participar en el debate cultural,
restringen el derecho de la Iglesia a predicar el Evangelio y el derecho
de los hombres que escuchan tal predicación a acogerla y convertirse
a Cristo. No es posible ningún progreso auténtico sin el
respeto del derecho natural y originario a conocer la verdad y vivir según
la misma. A este derecho va unido, para su ejercicio y profundización,
el derecho a descubrir y acoger libremente a Jesucristo, que es el verdadero
bien del hombre(64).
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