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CONCLUSION
136.
Haga, pues, el Padre omnipotente, de quien recibe nombre toda paternidad
en el cielo y en la tierra, que robustece a los débiles y da ánimo
a los apocados y a los tímidos; haga Cristo Nuestro Señor
y Redentor, fundador y perfeccionador de los venerables sacramentos, que
quiso e hizo que el matrimonio fuera mística imagen de su inefable
unión con la Iglesia; haga el Espíritu Santo, Dios amor,
luz de los corazones y fortaleza de la mente, que cuanto hemos expuesto
en esta nuestra encíclica sobre el santo sacramento del matrimonio,
sobre la admirable ley y voluntad de Dios acerca del mismo, sobre los
errores y peligros que lo amenazan y sobre los remedios con que éstos
pueden ser combatidos, todos lo guarden en su mente, lo acaten con pronta
voluntad y, con la ayuda de la gracia de Dios, lo lleven a la práctica,
para que así vuelvan a florecer y a tener vigor en los matrimonios
cristianos la fecundidad consagrada a Dios, la inmaculada fidelidad, la
firmeza inquebrantable, la santidad del sacramento y la plenitud de las
gracias. 137.
Y para que Dios, autor de todas las gracias, de quien es propio querer
y perfeccionar todas las cosas, haga según su benignidad y omnipotencia
y se digne concederlo todo, mientras con humilde ánimo elevamos
fervorosas plegarias al trono de su gracia, a vosotros, venerables hermanos,
así como al clero y pueblo cristiano encomendado a los asiduos
desvelos de vuestra vigilancia, como prenda de la copiosa bendición
del mismo omnipotente Dios, os impartimos con todo amor la bendición
apostólica. Dada en Roma, junto a San Pedro, el 31 de diciembre de 1930, año noveno de nuestro pontificado.
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