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CARTA
DEL SANTO PADRE
Queridos hermanos en el sacerdocio:
Doy gloria al Señor que, en el Año Jubilar de la Encarnación de su Hijo, me ha concedido seguir las huellas terrenas de Cristo, pasando por los caminos que él recorrió, desde su nacimiento en Belén hasta la muerte en el Gólgota. Ayer estuve en Belén, en la gruta de la Natividad. Los próximos días pasaré por diversos lugares de la vida y del ministerio del Salvador, desde la casa de la Anunciación, al Monte de las Bienaventuranzas y al Huerto de los Olivos. El domingo estaré en el Gólgota y en el Santo Sepulcro. Hoy, esta visita al Cenáculo me ofrece la oportunidad de contemplar el Misterio de la Redención en su conjunto. Fue aquí donde Él nos dio el don inconmensurable de la Eucaristía. Aquí nació también nuestro sacerdocio.
Sí, os escribo desde el Cenáculo, recordando lo que ocurrió aquella noche cargada de misterio. A los ojos del espíritu se me presenta Jesús, se me presentan los apóstoles sentados a la mesa con Él. Contemplo en especial a Pedro: me parece verlo mientras observa admirado, junto con los otros discípulos, los gestos del Señor, escucha conmovido sus palabras, se abre, aun con el peso de su fragilidad, al misterio que ahí se anuncia y que poco después se cumplirá. Son los instantes en los que se fragua la gran batalla entre el amor que se da sin reservas y el mysterium iniquitatis que se cierra en su hostilidad. La traición de Judas aparece casi como emblema del pecado de la humanidad. " Era de noche ", señala el evangelista Juan (13, 30): la hora de las tinieblas, hora de separación y de infinita tristeza. Pero en las palabras dramáticas de Cristo, destellan ya las luces de la aurora: " pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar " (Jn 16, 22).
Desde este lugar santo me surge espontáneamente pensar en vosotros en las diversas partes del mundo, con vuestro rostro concreto, más jóvenes o más avanzados en años, en vuestros diferentes estados de ánimo: para tantos, gracias a Dios, de alegría y entusiasmo; y para otros, de dolor, cansancio y quizá de desconcierto. En todos quiero venerar la imagen de Cristo que habéis recibido con la consagración, el " carácter " que marca indeleblemente a cada uno de vosotros. Éste es signo del amor de predilección, dirigido a todo sacerdote y con el cual puede siempre contar, para continuar adelante con alegría o volver a empezar con renovado entusiasmo, con la perspectiva de una fidelidad cada vez mayor.
Esta comunión es vivida según la lógica del mandamiento nuevo: " que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros " (Jn 13, 34). No por casualidad la oración sacerdotal corona esta " mistagogia " mostrando a Cristo en su unidad con el Padre, dispuesto a volver a él a través del sacrificio de sí mismo y únicamente deseoso de que sus discípulos participen de su unidad con el Padre: " como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros " (Jn 17,21).
Han pasado casi 2000 años desde aquel momento. ¡Cuántos sacerdotes han repetido aquel gesto! Muchos han sido discípulos ejemplares, santos, mártires. ¿Cómo olvidar, en este Año Jubilar, a tantos sacerdotes que han dado testimonio de Cristo con su vida hasta el derramamiento de su sangre? Su martirio acompaña toda la historia de la Iglesia y marca también el siglo que acabamos de dejar atrás, caracterizado por diversos regímenes dictatoriales y hostiles a la Iglesia. Quiero, desde el Cenáculo, dar gracias al Señor por su valentía. Los miramos para aprender a seguirlos tras las huellas del Buen Pastor que " da su vida por las ovejas " (Jn 10, 11).
Por eso, a pesar de todas las fragilidades de sus sacerdotes, el pueblo de Dios ha seguido creyendo en la fuerza de Cristo, que actúa a través de su ministerio. ¿Cómo no recordar, a este respecto, el testimonio admirable del pobre de Asís? Él que, por humildad, no quiso ser sacerdote, dejó en su testamento la expresión de su fe en el misterio de Cristo presente en los sacerdotes, declarándose dispuesto a recurrir a ellos sin tener en cuenta su pecado, incluso aunque lo hubiesen perseguido. "Y hago esto explicaba porque del Altísimo Hijo de Dios no veo otra cosa corporalmente, en este mundo, que su Santísimo Cuerpo y su Santísima Sangre, que sólo ellos consagran y sólo ellos administran a los otros " (Fuentes Franciscanas, n. 113).
Al sacerdocio de Cristo nos acercamos desde una óptica particular en el contexto del Jubileo de la Encarnación. Este nos invita a contemplar en Cristo la íntima conexión que existe entre su sacerdocio y el misterio de su persona. El sacerdocio de Cristo no es " accidental ", no es una tarea que El habría podido incluso no asumir, sino que está inscrito en su identidad de Hijo encarnado, de Hombre-Dios. Ya todo, en la relación entre la humanidad y Dios, pasa por Cristo: " Nadie va al Padre sino por mí " (Jn 14, 6). Por eso, Cristo es sacerdote de un sacerdocio eterno y universal, del cual el de la primera Alianza era figura y preparación (cí. Hb 9,9). El lo ejerce en plenitud desde que ha sido exaltado como Sumo Sacerdote " a la diestra del trono de la Majestad en los cielos " (Hb 8, 1). Desde entonces ha cambiado el mismo estatuto del sacerdocio en la humanidad: ya no hay más que un único sacerdocio, el de Cristo, que puede ser diversamente participado y ejercido.
Ilumina este misterio la carta a los Hebreos, poniendo en labios de Cristo algunos versos del Salmo 40: " Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo... ¡He aquí que vengo... a hacer, oh Dios, tu voluntad! " (Hb 10, 5-7; cf. Sal 40 [39], 7-9). Según el autor de la carta, estas palabras proféticas fueron pronunciadas por Cristo en el momento de su venida al mundo. Expresan su misterio y su misión. Comienzan a realizarse desde el momento de la Encarnación, si bien alcanzan su culmen en el sacrificio del Gólgota. Desde entonces, toda ofrenda del sacerdote no es más que volver a presentar al Padre la única ofrenda de Cristo, hecha una vez para siempre. Sacerdos et Hostia. Sacerdote y Víctima. Este aspecto sacrificial marca profundamente la Eucaristía y es, al mismo tiempo, dimensión constitutiva del sacerdocio de Cristo y, en consecuencia, de nuestro sacerdocio. Volvamos a leer, desde esta perspectiva, las palabras que pronunciamos cada día, y que resonaron por primera vez precisamente aquí, en el Cenáculo: " Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros... Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la Alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados ". Son las palabras transmitidas, con redacciones sustancialmente convergentes, por los Evangelistas y por Pablo. Fueron pronunciadas en este lugar al anochecer del Jueves Santo. Dando a los apóstoles su Cuerpo como comida y su Sangre como bebida, El expresó la profunda verdad del gesto que iba a ser realizado poco después en el Gólgota. En el Pan eucarístico está el mismo Cuerpo nacido de María y ofrecido en la Cruz:
vere passum, immolatum / in cruce pro homine.
Dejémonos llevar por la inspiración contemplativa, rica de poesía y teología, con la que Santo Tomás de Aquino ha cantado el misterio en las palabras del Pange lingua. El eco de aquellas palabras me llega aquí hoy, en el Cenáculo, como voz de tantas comunidades cristianas dispersas por el mundo, de tantos sacerdotes, personas de vida consagrada y fieles, que cada día se postran en adoración ante el misterio eucarístico: Verbum caro, panem verum / verbo carnem efficit, fitque sanguis Christi merum, / et, si sensus déficit, ad firmandum cor sincerum / sola fides sufficit.
Haced esto en memoria mía
" Haced esto en memoria mía " (Le 22, 19): Las palabras de Cristo, aunque dirigidas a toda la Iglesia, son confiadas, como tarea específica, a los que continuarán el ministerio de los primeros apóstoles. A ellos Jesús entrega la acción, que acaba de realizar, de transformar el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre, la acción con la que El se manifiesta como Sacerdote y Víctima. Cristo quiere que, desde ese momento en adelante, su acción sea sacramentalmente también acción de la Iglesia por las manos de los sacerdotes. Diciendo "haced esto" no sólo señala el acto, sino también el sujeto llamado a actuar, es decir, instituye el sacerdocio ministerial, que pasa a ser, de este modo, uno de los elementos constitutivos de la Iglesia misma.
" Haced esto en memoria mía ". Volviendo a escuchar estas palabras, aquí, entre las paredes del Cenáculo, viene espontáneo imaginarse los sentimientos de Cristo. Eran las horas dramáticas que precedían a la Pasión. El evangelista Juan evoca los momentos de aflicción del Maestro que prepara a los apóstoles para su propia partida. Cuánta tristeza en sus ojos: " por haberos dicho esto vuestros corazones se han llenado de tristeza" (Jn 16,6). Pero Jesús los tranquiliza: "no os dejaré huérfanos, volveré a vosotros " (Jn 14, 18). Si bien el misterio de la Pascua los apartará de su mirada, El estará, más que nunca, presente en su vida, y lo estará " todos los días, hasta el fin del mundo " (Mí 28,20).
Esta presencia eucarística ha recorrido los dos milenios de la historia de la Iglesia y la acompañará hasta el fin de la historia. Para nosotros es una alegría y, al mismo tiempo, fuente de responsabilidad, el estar tan estrechamente vinculados a este misterio. Queremos hoy tomar conciencia de él, con el corazón lleno de admiración y gratitud, y con esos sentimientos entrar en el Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo.
Permanezcamos fieles a esta " entrega " del Cenáculo, al gran don del Jueves Santo. Celebremos siempre con fervor la Santa Eucaristía. Postrémonos con frecuencia y prolongadamente en adoración delante de Cristo Eucaristía. Entremos, de algún modo, " en la escuela " de la Eucaristía. Muchos sacerdotes, a través de los siglos, han encontrado en ella el consuelo prometido por Jesús la noche de la Ultima Cena, el secreto para vencer su soledad, el apoyo para soportar sus sufrimientos, el alimento para retomar el camino después de cada desaliento, la energía interior para confirmar la propia elección de fidelidad. El testimonio que daremos al pueblo de Dios en la celebración eucarística depende mucho de nuestra relación personal con la Eucaristía.
Os envío desde el Cenáculo el abrazo eucarístico. Que la imagen de Cristo, rodeado por los suyos en la Ultima Cena, nos lleve, a cada uno de nosotros, a un dinamismo de fraternidad y comunión. Grandes pintores se han consolidado delineando el rostro de Cristo entre sus apóstoles en la escena de la Última Cena; ¿cómo olvidar la obra maestra de Leonardo? Pero sólo los santos, con la intensidad de su amor, pueden penetrar en la profundidad de este misterio, apoyando como Juan la cabeza en el pecho de Jesús (cf. ]n 13,25). Aquí nos encontramos, en efecto, en la cima del amor: " habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo ".
(Didaché 9, 3-4; 10, 3-4). Desde el
Cenáculo, queridos hermanos en el sacerdocio, os abrazo espiritualmente
a todos y os bendigo con todo mi corazón.
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