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Artículo 3 EL TERCER MANDAMIENTO
"El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado. De suerte que el Hijo del hombre también es señor del sábado" (Mc 2,27-28).
La Escritura hace a este propósito memoria de la creación: "Pues en seis días hizo el Señor el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto contienen, y el séptimo descansó; por eso bendijo el Señor el día del sábado y lo hizo sagrado" (Ex 20,11). La Escritura ve también en el día del Señor un memorial de la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto: "Acuérdate de que fuiste esclavo en el país de Egipto y de que el Señor tu Dios te sacó de allí con mano fuerte y tenso brazo; por eso el Señor tu Dios te ha mandado guardar el día del sábado" (Dt 5,15). Dios confió a Israel el Sábado para que lo guardara como signo de la alianza inquebrantable (cf Ex 31,16). El Sábado es para el Señor, santamente reservado a la alabanza de Dios, de su obra de creación y de sus acciones salvíficas en favor de Israel. El obrar de Dios es el modelo del obrar humano. Si Dios "tomó respiro" el día séptimo (Ex 31,17), también el hombre debe "holgar" y hacer que los otros, sobre todo los pobres, "recobren aliento" (Ex 23,12). El Sábado interrumpe los trabajos cotidianos y concede un respiro. Es un día de protesta contra las servidumbres del trabajo y el culto al dinero (cf Ne 13, 15-22; 2 Cro 36,21). El evangelio relata numerosos incidentes en que Jesús es acusado de quebrantar la ley del sábado. Pero Jesús nunca falta a la santidad de este día (cf Mc 1,21; Jn 9,16). Da con autoridad la interpretación auténtica de la misma: "El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado" (Mc 2,27). Con compasión, Cristo proclama que "es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla" (Mc 3,4). El sábado es el día del Señor de las misericordias y del honor de Dios (cf Mt 12,5; Jn 7,23). "El Hijo del hombre es señor del sábado" (Mc 2,28).
El día de la Resurrección: la nueva creación
Jesús resucitó de entre los muertos "el primer día
de la semana" (Mt 28,1; Mc 16,2; Lc 24,1; Jn 20,1). En cuanto "primer
día", el día de la Resurrección de Cristo recuerda
la primera creación. En cuanto "octavo día", que
sigue al sábado (cf Mc 16,1; Mt 28,1), significa la nueva creación
inaugurada con la resurrección de Cristo. Para los cristianos vino
a ser el primero de todos los días, la primera de todas las fiestas,
el día del Señor ("Hè kyriakè hèmera",
"dies dominica"), el "domingo": El domingo, plenitud del sábado
El Domingo se distingue expresamente del sábado, al que sucede
cronológicamente cada semana, y cuya prescripción litúrgica
reemplaza para los cristianos. Realiza plenamente, en la Pascua de Cristo,
la verdad espiritual del sábado judío y anuncia el descanso
eterno del hombre en Dios. Porque el culto de la ley preparaba el misterio
de Cristo, y lo que se practicaba en ella prefiguraba algún rasgo
relativo a Cristo (cf 1 Co 10,11): La celebración del domingo observa la prescripción moral, inscrita en el corazón del hombre, de " dar a Dios un culto exterior, visible, público y regular bajo el signo de su bondad universal hacia los hombres" (S. Tomás de Aquino, s. th. 2-2, 122,4). El culto dominical realiza el precepto moral de la Antigua Alianza, cuyo ritmo y espíritu recoge celebrando cada semana al Creador y Redentor de su pueblo. La eucaristía dominical
La celebración dominical del Día y de la Eucaristía
del Señor tiene un papel principalísimo en la vida de la
Iglesia. "El domingo en el que se celebra el misterio pascual, por
tradición apostólica, ha de observarse en toda la Iglesia
como fiesta primordial de precepto" (CIC, can. 1246,1).
Esta práctica de la asamblea cristiana se remonta a los comienzos
de la edad apostólica (cf Hch 2,42-46; 1 Co 11,17). La carta a
los Hebreos dice: "no abandonéis vuestra asamblea, como algunos
acostumbran hacerlo, antes bien, animaos mutuamente" (Hb 10,25). "La
parroquia es una determinada comunidad de fieles constituida de modo estable
en la Iglesia particular, cuya cura pastoral, bajo la autoridad del Obispo
diocesano, se encomienda a un párroco, como su pastor propio"
(CIC, can. 515,1). Es el lugar donde todos los fieles pueden reunirse
para la celebración dominical de la eucaristía. La parroquia
inicia al pueblo cristiano en la expresión ordinaria de la vida
litúrgica, la congrega en esta celebración; le enseña
la doctrina salvífica de Cristo. Practica la caridad del Señor
en obras buenas y fraternas: La obligación del Domingo El mandamiento de la Iglesia determina y precisa la ley del Señor: "El domingo y las demás fiestas de precepto los fieles tienen obligación de participar en la Misa" (CIC, can. 1247). "Cumple el precepto de participar en la Misa quien asiste a ella, dondequiera que se celebre en un rito católico, tanto el día de la fiesta como el día anterior por la tarde" (CIC, can. 1248,1) La eucaristía del Domingo fundamenta y ratifica toda la práctica cristiana. Por eso los fieles están obligados a participar en la eucaristía los días de precepto, a no ser que estén excusados por una razón seria (por ejemplo, enfermedad, el cuidado de niños pequeños) o dispensados por su pastor propio (cf CIC, can. 1245). Los que deliberadamente faltan a esta obligación cometen un pecado grave. La participación en la celebración común de la eucaristía dominical es un testimonio de pertenencia y de fidelidad a Cristo y a su Iglesia. Los fieles proclaman así su comunión en la fe y la caridad. Testimonian a la vez la santidad de Dios y su esperanza de la salvación. Se reconfortan mutuamente, guiados por el Espíritu Santo. "Cuando falta el ministro sagrado u otra causa grave hace imposible la participación en la celebración eucarística, se recomienda vivamente que los fieles participen en la liturgia de la palabra, si ésta se celebra en la iglesia parroquial o en otro lugar sagrado conforme a lo prescrito por el Obispo diocesano, o permanezcan en oración durante un tiempo conveniente, solos o en familia, o, si es oportuno, en grupos de familias" (CIC, can. 1248,2). Día de gracia y de descanso Así como Dios "cesó el día séptimo de toda la tarea que había hecho" (Gn 2,2), la vida humana sigue un ritmo de trabajo y descanso. La institución del Día del Señor contribuye a que todos disfruten del tiempo de descanso y de solaz suficiente que les permita cultivar su vida familiar, cultural, social y religiosa (cf GS 67,3).
Durante el domingo y las otras fiestas de precepto, los fieles se abstendrán
de entregarse a trabajos o actividades que impidan el culto debido a Dios,
la alegría propia el día del Señor, la práctica
de las obras de misericordia, la distensión necesaria del espíritu
y del cuerpo (cf CIC, can. 1247). Las necesidades familiares o una gran
utilidad social constituyen excusas legítimas respecto al precepto
del descanso dominical. Los fieles deben cuidar que legítimas excusas
no introduzcan hábitos perjudiciales a la religión, a la
vida de familia y a la salud. Los cristianos que disponen de ocio deben acordarse de sus hermanos que tienen las mismas necesidades y los mismos derechos y no pueden descansar a causa de la pobreza y la miseria. El domingo está tradicionalmente consagrado por la piedad cristiana a obras buenas y a servicios humildes con los enfermos, débiles y ancianos. Los cristianos deben santificar también el domingo dedicando a su familia el tiempo y los cuidados difíciles de prestar los otros días de la semana. El domingo es un tiempo de reflexión, de silencio, de cultura y de meditación, que favorecen el crecimiento de la vida interior y cristiana. Santificar los domingos y los días de fiesta exige un esfuerzo común. Cada cristiano debe evitar imponer sin necesidad a otro lo que le impediría guardar el día del Señor. Cuando las costumbres (deportes, restaurantes, etc.) y los compromisos sociales (servicios públicos, etc.) requieren de algunos un trabajo dominical, cada uno tiene la responsabilidad de un tiempo suficiente de descanso. Los fieles cuidarán con moderación y caridad evitar los excesos y las violencias engendrados a veces por espectáculos multitudinarios. A pesar de las presiones económicas, los poderes públicos deben asegurar a los ciudadanos un tiempo destinado al descanso y al culto divino. Los patronos tienen una obligación análoga respecto a sus empleados. En el respeto de la libertad religiosa y del bien común de todos, los cristianos deben reclamar el reconocimiento de los domingos y días de fiesta de la Iglesia como días festivos legales. Deben dar a todos un ejemplo público de oración, de respeto y de alegría, y defender sus tradiciones como una contribución preciosa a la vida espiritual de la sociedad humana. Si la legislación del país u otras razones obligan a trabajar el domingo, este día debe ser al menos vivido como el día de nuestra liberación que nos hace participar en esta "reunión de fiesta", en esta "asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos" (Hb 12,22-23).
"Guardarás el día del sábado para santificarlo" (Dt 5,12). "El día séptimo será día de descanso completo, consagrado al Señor" (Ex 31,15). El sábado, que representaba la coronación de la primera creación, es sustituido por el domingo que recuerda la nueva creación, inaugurada en la resurrección de Cristo. La Iglesia celebra el día de la Resurrección de Cristo el octavo día, que es llamado con pleno derecho día del Señor, o domingo (cf SC 106). "El domingo...ha de observarse en toda la Iglesia como fiesta primordial de precepto" (CIC, can 1246,1). "El domingo y las demás fiestas de precepto, los fieles tienen obligación de participar en la Misa" (CIC, can. 1247). "El domingo y las demás fiestas de precepto...los fieles se abstendrán de aquellos trabajos y actividades que impidan dar culto a Dios, gozar de la alegría propia del día del Señor o disfrutar del debido descanso de la mente y del cuerpo" (CIC, can 1247). La institución del domingo contribuye a que todos disfruten de un "reposo y ocio suficientes para cultivar la vida familiar, cultural, social y religiosa" (GS 67,3).
Todo cristiano debe evitar imponer, sin necesidad, a otro impedimentos
para guardar el Día del Señor.
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