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Artículo 2 EL SEGUNDO MANDAMIENTO
2143
Entre todas las palabras de la revelación hay una, singular, que
es la revelación de su Nombre. Dios confía su nombre a los
que creen en él; se revela a ellos en su misterio personal. El
don del Nombre pertenece al orden de la confidencia y la intimidad. "El
nombre del Señor es santo". Por eso el hombre no puede usar
mal de él. Lo debe guardar en la memoria en un silencio de adoración
amorosa (cf Za 2,17). No lo hará intervenir en sus propias palabras
sino para bendecirlo, alabarlo y glorificarlo (cf Sal 29,2; 96,2; 113,
1-2). 2144
La deferencia respecto a su Nombre expresa la que es debida al misterio
de Dios mismo y a toda la realidad sagrada que evoca. El sentido de lo
sagrado pertenece a la virtud de la religión: Los sentimientos
de temor y de "lo sagrado" ¿son sentimientos cristianos
o no? Nadie puede dudar razonablemente de ello. Son los sentimientos que
tend ríamos, y en un grado intenso, si tuviésemos la visión
del Dios soberano. Son los sentimientos que tendríamos si verificásemos
su presencia. En la medida en que creemos que está presente, debemos
tenerlos. No tenerlos es no verificar, no creer que está presente
(Newman, par. 5,2). 2145
El fiel debe dar testimonio del nombre del Señor confesando su
fe sin ceder al temor (cf Mt 10,32; 1 Tm 6,12). La predicación
y la catequesis deben estar penetradas de adoración y de respeto
hacia el nombre de Nuestro Señor Jesucristo. 2146
El segundo mandamiento prohíbe usar mal del nombre de Dios, es
decir, todo uso inconveniente del nombre de Dios, de Jesucristo, de la
Virgen María y de todos los santos. 2147
Las promesas hechas a otro en nombre de Dios comprometen el honor, la
fidelidad, la veracidad y la autoridad divinas. Deben ser respetadas en
justicia. Ser infiel a ellas es usar mal el nombre de Dios y, en cierta
manera, hacer de Dios un mentiroso (cf 1 Jn 1,10). 2148 La blasfemia se opone directamente al segundo mandamiento. Consiste en proferir contra Dios -interior o exteriormente- palabras de odio, de reproche, de desafío; en decir mal de Dios, faltarle al respeto, en las conversaciones, usar mal el nombre de Dios. Santiago reprueba a "los que blasfeman el hermoso Nombre (de Jesús) que ha sido invocado sobre ellos" (St 2,7). La prohibición de la blasfemia se extiende a las palabras contra la Iglesia de Cristo, los santos y las cosas sagradas. Es también blasfemo recurrir al nombre de Dios para justificar prácticas criminales, reducir pueblos a servidumbre, torturar o dar muerte. El abuso del nombre de Dios para cometer un crimen provoca el rechazo de la religión. La blasfemia es contraria al respeto debido a Dios y a su santo nombre. Es de suyo un pecado grave (cf CIC, can 1369). 2149 Los palabras mal sonantes que emplean el nombre de Dios sin intención de blasfemar son una falta de respeto hacia el Señor. El segundo mandamiento prohíbe también el uso mágico del Nombre divino. El Nombre de Dios es grande donde se pronuncia con el respeto debido a su grandeza y a su Majestad. El nombre de Dios es santo donde se le nombra con veneración y el temor de ofenderle (S. Agustín, serm. Dom. 2, 45, 19).
2151
La reprobación del falso juramento es un deber para con Dios. Como
Creador y Señor, Dios es la norma de toda verdad. La palabra humana
está de acuerdo o en oposición con Dios que es la Verdad
misma. El juramento, cuando es veraz y legítimo, pone de relieve
la relación de la palabra humana con la verdad de Dios. El falso
juramento invoca a Dios como testigo de una mentira. 2152
Es perjuro quien, bajo juramento, hace una promesa que no tiene intención
de cumplir, o que, después de haber prometido bajo juramento, no
la mantiene. El perjurio constituye una grave falta de respeto hacia el
Señor de toda palabra. Comprometerse mediante juramento a hacer
una obra mala es contrario a la santidad del Nombre divino. 2153
Jesús expuso el segundo mandamiento en el Sermón de la Montaña:
"Habéis oído que se dijo a los antepasados: `no perjurarás,
sino que cumplirás al Señor tus juramentos'. Pues yo os
digo que no juréis en modo alguno...sea vuestro lenguaje: `sí,
sí'; `no, no': que lo que pasa de aquí viene del Maligno"
(Mt 5,33-34. 37; cf St 5,12). Jesús enseña que todo juramento
implica una referencia a Dios y que la presencia de Dios y de su verdad
debe ser honrada en toda palabra. La discreción del recurso a Dios
al hablar va unida a la atención respetuosa a su presencia, reconocida
o menospreciada en cada una de nuestras afirmaciones. 2154
Siguiendo a San Pablo (cf 2 Co 1,23; Gal 1,20), la tradición de
la Iglesia ha comprendido las palabras de Jesús en el sentido de
que no se oponen al juramento cuando éste se hace por una causa
grave y justa (por ejemplo, ante el tribunal). "El juramento, es
decir, la invocación del Nombre de Dios como testigo de la verdad,
sólo puede prestarse con verdad, con sensatez y con justicia"
(CIC, can. 1199,1). 2155 La santidad del nombre divino exige no recurrir a él para cosas fútiles, y no prestar juramento en circunstancias que pudieran hacerlo interpretar como una aprobación del poder que lo exigiese injustamente. Cuando el juramento es exigido por autoridades civiles ilegítimas, puede ser rechazado. Debe serlo, cuando es impuesto con fines contrarios a la dignidad de las personas o a la comunión de la Iglesia.
2157
El cristiano comienza su jornada, sus oraciones y sus acciones con la
señal de la cruz, "en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo. Amén". El bautizado consagra la jornada
a la gloria de Dios e invoca la gracia del Señor que le permite
actuar en el Espíritu como hijo del Padre. La señal de la
cruz nos fortalece en las tentaciones y en las dificultades. 2158 Dios llama a cada uno por su nombre (cf Is 43,1; Jn 10,3). El nombre de todo hombre es sagrado. El nombre es la imagen de la persona. Exige respeto en señal de la dignidad del que lo lleva. 2159 El nombre recibido es un nombre de eternidad. En el reino, el carácter misterioso y único de cada persona marcada con el nombre de Dios brillará en plena luz. "Al vencedor...le daré una piedrecita blanca, y grabado en la piedrecita, un nombre nuevo que nadie conoce, sino el que lo recibe" (Ap 2,17). "Miré entonces y había un Cordero, que estaba en pie sobre el monte Sión, y con él ciento cuarenta y cuatro mil, que llevaban escrito en la frente el nombre del Cordero y el nombre de su Padre" (Ap 14,1).
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