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CAPITULO TERCERO LA SALVACION DE DIOS: LA LEY Y LA GRACIA
La
ley es una regla de conducta proclamada por la autoridad competente para
el bien común. La ley moral supone el orden racional establecido
entre las criaturas, para su bien y con miras a su fin, por el poder,
la sabiduría y la bondad del Creador. Toda ley tiene en la ley
eterna su verdad primera y última. La ley es declarada y establecida
por la razón como una participación en la providencia del
Dios vivo, Creador y Redentor de todos. "Esta ordenación de
la razón es lo que se llama la ley" (León XIII, enc.
"Libertas praestantissimum" citando a S. Tomás de Aquino,
s. th. 1-2, 90,1): Las expresiones de la ley moral son diversas, y todas están coordinadas entre sí: La ley eterna, fuente en Dios de todas las leyes; la ley natural; la ley revelada, que comprende la Ley antigua y la Ley nueva o evangélica; finalmente, las leyes civiles y eclesiásticas. La ley moral tiene en Cristo su plenitud y su unidad. Jesucristo es en persona el camino de la perfección. Es el fin de la Ley, porque sólo él enseña y da la justicia de Dios: "Porque el fin de la ley es Cristo para justificación de todo creyente" (Rm 10,4).
La
ley "divina y natural" (GS 89,1), muestra al hombre el camino
que debe seguir para practicar el bien y alcanzar su fin. La ley natural
contiene los preceptos primeros y esenciales que rigen la vida moral.
Tiene por raíz la aspiración y la sumisión a Dios,
fuente y juez de todo bien, así como el sentido del prójimo
como igual a sí mismo. Está expuesta, en sus principales
preceptos, en el Decálogo. Esta ley se llama natural no por referencia
a la naturaleza de los seres irracionales, sino porque la razón
que la proclama pertenece propiamente a la naturaleza humana: La
ley natural, presente en el corazón de todo hombre y establecida
por la razón, es universal en sus preceptos, y su autoridad se
extiende a todos los hombres. Expresa la dignidad de la persona y determina
la base de sus derechos y sus deberes fundamentales: La aplicación de la ley natural varía mucho; puede exigir una reflexión adaptada a la multiplicidad de las condiciones de vida según los lugares, las épocas, y las circunstancias. Sin embargo, en la diversidad de culturas, la ley natural permanece como una norma que une entre sí a los hombres y les impone, por encima de las diferencias inevitables, principios comunes. La
ley natural es inmutable (cf GS 10) y permanente a través de las
variaciones de la historia; subsiste bajo el flujo de ideas y costumbres
y sostiene su progreso. Las normas que la expresan permanecen sustancialmente
valederas. Incluso cuando se llega a rechazar sus principios, no se la
puede destruir ni arrancar del corazón del hombre. Resurge siempre
en la vida de individuos y sociedades: La ley natural, obra maravillosa del Creador, proporciona los fundamentos sólidos sobre los que el hombre puede construir el edificio de las normas morales que guían sus decisiones. Establece también la base moral indispensable para la edificación de la comunidad de los hombres. Finalmente proporciona la base necesaria a la ley civil que se adhiere a ella, bien mediante una reflexión que extrae las conclusiones de sus principios, bien mediante adiciones de naturaleza positiva y jurídica. Los preceptos de la ley natural no son percibidos por todos de una manera clara e inmediata. En la situación actual, la gracia y la revelación son necesarias al hombre pecador para que las verdades religiosas y morales puedan ser conocidas "de todos y sin dificultad, con una firme certeza y sin mezcla de error" (Pío XII, enc. "Humani generis": DS 3876). La ley natural proporciona a la Ley revelada y a la gracia un cimiento preparado por Dios y otorgado a la obra del Espíritu.
La
Ley antigua es el primer estado de la Ley revelada. Sus prescripciones
morales están resumidas en los Diez mandamientos. Los preceptos
del Decálogo establecen los fundamentos de la vocación del
hombre, formado a imagen de Dios. Prohiben lo que es contrario al amor
de Dios y del prójimo, y prescriben lo que le es esencial. El Decálogo
es una luz ofrecida a la conciencia de todo hombre para manifestarle la
llamada y los caminos de Dios, y para protegerle contra el mal: Según la tradición cristiana, la Ley santa (cf. Rm 7,12), espiritual (cf Rm 7,14) y buena (cf Rm 7,16) es todavía imperfecta. Como un pedagogo (cf Gal 3,24) muestra lo que es preciso hacer, pero no da de suyo la fuerza, la gracia del Espíritu para cumplirlo. A causa del pecado, que ella no puede quitar, no deja de ser una ley de servidumbre. Según S. Pablo tiene por función principal denunciar y manifestar el pecado, que forma una "ley de concupiscencia" (cf Rm 7) en el corazón del hombre. No obstante, la Ley constituye la primera etapa en el camino del Reino. Prepara y dispone al pueblo elegido y a cada cristiano a la conversión y a la fe en el Dios Salvador. Proporciona una enseñanza que subsiste para siempre, como la Palabra de Dios. La
Ley antigua es una preparación para el Evangelio. "La ley
es profecía y pedagogía de las realidades venideras"
(S. Ireneo, haer. 4, 15, 1). Profetiza y presagia la obra de liberación
del pecado que se realizará con Cristo; suministra al Nuevo Testamento
las imágenes los "tipos", los símbolos para expresar
la vida según el Espíritu. La Ley se completa mediante la
enseñanza de los libros sapienciales y de los profetas, que la
orientan hacia la Nueva Alianza y el Reino de los Cielos.
La
ley nueva es la gracia del Espíritu Santo dada a los fieles mediante
la fe en Cristo. Obra por la caridad, utiliza el Sermón del Señor
para enseñarnos lo que hay que hacer, y los sacramentos para comunicarnos
la gracia de hacerlo: La Ley evangélica "da cumplimiento" (cf Mt 5,17-19), purifica, supera, y lleva a su perfección la Ley antigua. En las "Bienaventuranzas" da cumplimiento a las promesas divinas elevándolas y ordenándolas al "Reino de los Cielos". Se dirige a los que están dispuestos a acoger con fe esta esperanza nueva: los pobres, los humildes, los afligidos, los limpios de corazón, los perseguidos a causa de Cristo, trazando así los caminos sorprendentes del Reino. La Ley evangélica lleva a plenitud los mandamientos de la Ley. El Sermón del monte, lejos de abolir o devaluar las prescripciones morales de la Ley antigua, extrae de ella las virtualidades ocultas y hace surgir de ella nuevas exigencias: revela toda su verdad divina y humana. No añade preceptos exteriores nuevos, pero llega a reformar la raíz de los actos, el corazón, donde el hombre elige entre lo puro y lo impuro (cf Mt 15,18-19), donde se forman la fe, la esperanza y la caridad, y con ellas las otras virtudes. El Evangelio conduce así la Ley a su plenitud mediante la imitación de la perfección del Padre celestial (cf Mt 5,48), mediante el perdón de los enemigos y la oración por los perseguidores, según el modelo de la generosidad divina (cf Mt 5,44). La Ley nueva practica los actos de la religión: la limosna, la oración y el ayuno, ordenándolos al "Padre que ve en lo secreto" por oposición al deseo "de ser visto por los hombres" (cf Mt 6,1-6. 16-18). Su oración es el Padre Nuestro (Mt 6,9-13). La
Ley evangélica entraña la elección decisiva entre
"los dos caminos" (cf Mt 7,13-14) y la práctica de las
palabras del Señor (cf Mt 7,21-27); está resumida en la
regla de oro: "Todo cuanto queráis que os hagan los hombres,
hacédselo también vosotros; porque esta es la Ley y los
profetas" (Mt 7,12; cf Lc 6,31). Al Sermón del monte conviene añadir la catequesis mora l de las enseñanzas apostólicas, como Rm 12-15; 1 Co 12-13; Col 3-4; Ef 4-5, etc. Esta doctrina trasmite la enseñanza del Señor con la autoridad de los apóstoles, especialmente exponiendo las virtudes que se derivan de la fe en Cristo y que anima la caridad, el principal don del Espíritu Santo. "Vuestra caridad se sin fingimiento...amándoos cordialmente los unos a los otros...con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación; perseverantes en la oración; compartiendo las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad" (Rm 12,9-13). Esta catequesis nos enseña también a tratar los casos de conciencia a la luz de nuestra relación con Cristo y con la Iglesia (cf Rm 14; 1 Co 5-10). La Ley nueva es llamada ley de amor, porque hace obrar por el amor que infunde el Espíritu Santo más que por el temor; ley de gracia, porque confiere la fuerza de la gracia para obrar mediante la fe y los sacramentos; ley de libertad (cf St 1,25; 2,12), porque nos libera de las observancias rituales y jurídicas de la Ley antigua, nos inclina a obrar espontáneamente bajo el impulso de la caridad y nos hace pasar de la condición del siervo "que ignora lo que hace su señor", a la de amigo de Cristo, "porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn 15,15), o también a la condición de hijo heredero (cf Gál 4,1-7. 21-31; Rm 8,15). Más allá de los preceptos, la Ley nueva contiene los consejos evangélicos. La distinción tradicional entre mandamientos de Dios y consejos evangélicos se establece por relación a la caridad, perfección de la vida cristiana. Los preceptos están destinados a apartar loo que es incompatible con la caridad. Los consejos tienen por fin apartar lo que, incluso sin serle contrario, puede constituir un impedimento al desarrollo de la caridad (cf S. Tomás de Aquino, s.th. 2-2, 184,3). Los
consejos evangélicos manifiestan la plenitud viva de una caridad
que nunca se sacia. Atestiguan su fuerza y estimulan nuestra prontitud
espiritual. La perfección de la Ley nueva consiste esencialmente
en los preceptos del amor de Dios y del prójimo. Los consejos indican
vías más directas, medios más apropiados, y han de
practicarse según la vocación de cada uno:
Según la Escritura, la ley es una instrucción paternal de Dios que prescribe al hombre los caminos que llevan a la bienaventuranza prometida y proscribe los caminos del mal. "La
ley es una ordenación de la razón al bien común,
promulgada por el que está a cargo de la comunidad" (S. Tomás
de Aquino, s.th. 1-2, 90, 4). La ley natural es una participación en la sabiduría y la bondad de Dios por parte del hombre, formado a imagen de su Creador. Expresa la dignidad de la persona humana y constituye la base de sus derechos y sus deberes fundamentales. La ley natural es inmutable, permanente a través de la historia. Las normas que la expresan son siempre sustancialmente válidas. Es una base necesaria para la edificación de las normas morales y la ley civil. La Ley antigua es la primera etapa de la Ley revelada. Sus prescripciones morales se resumen en los Diez mandamientos. La Ley de Moisés contiene muchas verdades naturalmente accesibles a la razón. Dios las ha revelado porque los hombres no las leían en su corazón. La Ley antigua es una preparación para el Evangelio. La Ley nueva es la gracia del Espíritu Santo recibida mediante la fe en Cristo, que opera por la caridad. Se expresa especialmente en el Sermón del Señor en la montaña y utiliza los sacramentos para comunicarnos la gracia. La Ley evangélica cumple, supera y lleva a su perfección la Ley antigua: sus promesas mediante las bienaventuranzas del Reino de los cielos, sus mandamientos, reformando la raíz de los actos, el cor azón. La Ley nueva es una ley de amor, una ley de gracia, una ley de libertad. Más
allá de sus preceptos, la Ley nueva comprende los consejos evangélicos.
"La santidad de la Iglesia también se fomenta de manera especial
con los múltiples consejos que el Señor propone en el Evangelio
a sus discípulos para que los practiquen" (LG 42).
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