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Tercera parte: La vida en Cristo
El
Símbolo de la fe profesa la grandeza de los dones de Dios al hombre
por la obra de su creación, y más aún, por la redención
y la santificación. Lo que confiesa la fe, los sacramentos lo comunican:
por "los sacramentos que les han hecho renacer", los cristianos
han llegado a ser "hijos de Dios" (Jn 1,12; 1 Jn 3,1), "partícipes
de la naturaleza divina" (2 P 1,4). Reconociendo en la fe su nueva
dignidad, los cristianos son llamados a llevar en adelante una "vida
digna del Evangelio de Cristo" (Flp 1,27). Por los sacramentos y
la oración reciben la gracia de Cristo y los dones de su Espíritu
que les capacitan para ello. Cristo
Jesús hizo siempre lo que agradaba al Padre (cf Jn 8,29). Vivió
siempre en perfecta comunión con él. De igual modo sus discípulos
son invitados a vivir bajo la mirada del Padre "que ve en lo secreto"
(cf Mt 6,6) para ser "perfectos como el Padre celestial es perfecto"
(Mt 5,48). Incorporados
a Cristo por el bautismo (cf Rom 6,5), los cristianos están "muertos
al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús" (Rom 6,11), participando
así en la vida del Resucitado (cf Col 2,12). Siguiendo a Cristo
y en unión con él (cf Jn 15,5), los cristianos pueden ser
"imitadores de Dios, como hijos queridos y vivir en el amor"
(Ef 5,1), conformando sus pensamientos, sus palabras y sus acciones con
"los sentimientos que tuvo Cristo" (Flp 2,5) y siguiendo sus
ejemplos (cf Jn 13,12-16).
"Justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu
de nuestro Dios" (1 Co 6,11), "santificados y llamados a ser
santos" (1 Co 1,2), los cristianos se convierten en "el templo
del Espíritu Santo" (cf 1 Co 6,19). Este "Espíritu
del Hijo" les enseña a orar al Padre (cf Gál 4,6) y,
haciéndose vida en ellos, les hace obrar (cf Gal 5,25) para dar
"los frutos del Espíritu" (Gal 5,22) por la caridad operante.
Curando las heridas del pecado, el Espíritu Santo nos renueva interiormente
por una transformación espiritual (cf Ef 4,23), nos ilumina y nos
fortalece para vivir como "hijos de la luz" (Ef 5,8), "por
la bondad, la justicia y la verdad" en todo (Ef 5,9). El
camino de Cristo "lleva a la vida", un camino contrario "lleva
a la perdición" (Mt 7,13; cf Dt 30,15-20). La parábola
evangélica de los dos caminos está siempre presente en la
catequesis de la Iglesia. Significa la importancia de las decisiones morales
para nuestra salvación. "Hay dos caminos, el uno de la vida,
el otro de la muerte; pero entre los dos, una gran diferencia" (Didajé,
1,1). -una
catequesis del Espíritu Santo, Maestro interior de la vida según
Cristo, dulce huésped del alma que inspira, conduce, rectifica
y fortalece esta vida; La referencia primera y última de esta catequesis será siempre Jesucristo que es "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14,6). Contemplándole en la fe, los fieles de Cristo pueden esperar que él realice en ellos sus promesas, y que amándolo con el amor con que él nos ha amado hagan las obras que corresponden a su dignidad. Os
ruego que penséis que Jesucristo, Nuestro Señor, es vuestra
verdadera Cabeza, y que vosotros sois uno de sus miembros. El es con relación
a vosotros lo que la cabeza es con relación a sus miembros; todo
lo que es suyo es vuestro, su espíritu, su Corazón, su cuerpo,
su alma y todas sus facultades, y debéis usar de ellos como de
cosas que son vuestras, para servir, alabar, amar y glorificar a Dios.
Vosotros y él sois como los miembros y su cabeza. Así desea
él ardientemente usar de todo lo que hay en vosotros, para el servicio
y la gloria de su Padre, como de cosas que son de él (S. Juan Eudes,
cord. 1,5).
LA
VOCACION DEL HOMBRE:
LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA
La imagen divina está presente en todo hombre. Resplandece en la comunión de las personas a semejanza de la unidad de las personas divinas entre sí (cf capítulo segundo). Dotada de un alma "espiritual e inmortal" (GS 14), la persona humana es la "única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma" (GS 24,3). Desde su concepción está destinada a la bienaventuranza eterna. La
persona humana participa de la luz y la fuerza del Espíritu divino.
Por la razón es capaz de comprender el orden de las cosas establecido
por el Creador. Por su voluntad es capaz de dirigirse por sí misma
a su bien verdadero. Encuentra su perfección en la búsqueda
y el amor de la verdad y del bien (cf GS 15,2). Mediante su razón, el hombre conoce la voz de Dios que le impulsa "a hacer el bien y a evitar el mal" (GS 16). Todo hombre debe seguir esta ley que resuena en la conciencia y que se realiza en el amor de Dios y del prójimo. El ejercicio de la vida moral proclama la dignidad de la persona humana. "El
hombre, persuadido por el Maligno, abusó de su libertad, desde
el comienzo de la historia" (GS 13,1). Sucumbió a la tentación
y cometió el mal. Conserva el deseo del bien, pero su naturaleza
lleva la herida del pecado original. Quedó inclinado al mal y sujeto
al error. Por su pasión, Cristo nos libró de Satán y del pecado. Nos mereció la vida nueva en el Espíritu Santo. Su gracia restaura lo que el pecado había deteriorado en nosotros. El que cree en Cristo se hace hijo de Dios. Esta adopción filial lo transforma dándole la posibilidad de seguir el ejemplo de Cristo. Le hace capaz de obrar rectamente y de practicar el bien. En la unión con su Salvador el discípulo alcanza la perfección de la caridad, la santidad. La vida moral, madurada en la gracia, culmina en vida eterna, en la gloria del cielo.
Dotada de alma espiritual, de entendimiento y de voluntad, la persona humana está desde su concepción ordenada a Dios y destinada a la bienaventuranza eterna. Camina hacia su perfección en la búsqueda y el amor de la verdad y del bien (cf GS 15,2). La libertad verdadera es en el hombre el "signo eminente de la imagen divina" (GS 17). El hombre debe seguir la ley moral que le impulsa "a hacer el bien y a evitar el mal" (GS 16). Esta ley resuena en su conciencia. El
hombre, herido en su naturaleza por el pecado original, está sujeto
al error e inclinado al mal en el ejercicio de su libertad.
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