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Artículo
2 LAS EXEQUIAS CRISTIANAS
Todos los sacramentos, principalmente los de la iniciación cristiana,
tienen como fin último la Pascua definitiva del cristiano, es decir,
la que a través de la muerte hace entrar al creyente en la vida
del Reino. Entonces se cumple en él lo que la fe y la esperanza
han confesado: "Espero la resurrección de los muertos y la
vida del mundo futuro" (Símbolo de Nicea-Constantinopla).
I. LA ULTIMA PASCUA DEL CRISTIANO
El sentido cristiano de la muerte es revelado a la luz del Misterio pascual
de la muerte y de la resurrección de Cristo, en quien radica nuestra
única esperanza. El cristiano que muere en Cristo Jesús
"sale de este cuerpo para vivir con el Señor" (2 Co 5,8).
El día de la muerte inaugura para el cristiano, al término
de su vida sacramental, la plenitud de su nuevo nacimiento comenzado en
el Bautismo, la "semejanza" definitiva a "imagen del Hijo",
conferida por la Unción del Espíritu Santo y la participación
en el Banquete del Reino anticipado en la Eucaristía, aunque pueda
todavía necesitar últimas purificaciones para revestirse
de la túnica nupcial.
La Iglesia que, como Madre, ha llevado sacramentalmente en su seno al
cristiano durante su peregrinación terrena, lo acompaña
al término de su caminar para entregarlo "en las manos del
Padre". La Iglesia ofrece al Padre, en Cristo, al hijo de su gracia,
y deposita en la tierra, con esperanza, el germen del cuerpo que resucitará
en la gloria (cf 1 Co 15,42-44). Esta ofrenda es plenamente celebrada
en el Sacrificio eucarístico; las bendiciones que preceden y que
siguen son sacramentales.
II. LA CELEBRACION DE LAS EXEQUIAS
Las exequias cristianas son una celebración litúrgica de
la Iglesia. El ministerio de la Iglesia pretende expresar también
aquí la comunión eficaz con el difunto, hacer participar
en esa comunión a la asamblea reunida para las exequias y anunciarle
la vida eterna.
Los diferentes ritos de las exequias expresan el carácter pascual
de la muerte cristiana y responden a las situaciones y a las tradiciones
de cada región, aun en lo referente al color litúrgico (cf
SC 81).
El Ordo exequiarum (OEx) o Ritual de los funerales de la liturgia romana
propone tres tipos de celebración de las exequias, correspondientes
a tres lugares de su desarrollo (la casa, la iglesia, el cementerio),
y según la importancia que les presten la familia, las costumbres
locales, la cultura y la piedad popular. Por otra parte, este desarrollo
es común a todas las tradiciones litúrgicas y comprende
cuatro momentos principales:
La acogida de la comunidad. El saludo de fe abre la celebración.
Los familiares del difunto son acogidos con una palabra de "consolación"
(en el sentido del Nuevo Testamento: la fuerza del Espíritu Santo
en la esperanza; cf 1 Ts 4,18). La comunidad orante que se reúne
espera también "las palabras de vida eterna". La muerte
de un miembro de la comunidad (o el aniversario, el séptimo o el
trigésimo día) es un acontecimiento que debe hacer superar
las perspectivas de "este mundo" y atraer a los fieles, a las
verdaderas perspectivas de la fe en Cristo resucitado.
La Liturgia de la Palabra. La celebración de la Liturgia de la
Palabra en las exequias exige una preparación, tanto más
atenta cuanto que la asamblea allí presente puede incluir fieles
poco asiduos a la liturgia y amigos del difunto que no son cristianos.
La homilía, en particular, debe "evitar" el género
literario de elogio fúnebre (OE 41) y debe iluminar el misterio
de la muerte cristiana a la luz de Cristo resucitado.
El Sacrificio eucarístico. Cuando la celebración tiene lugar
en la Iglesia, la Eucaristía es el corazón de la realidad
pascual de la muerte cristiana (cf OEx 1). La Iglesia expresa entonces
su comunión eficaz con el difunto: ofreciendo al Padre, en el Espíritu
Santo, el sacrificio de la muerte y resurrección de Cristo, pide
que su hijo sea purificado de sus pecados y de sus consecuencias y que
sea admitido a la plenitud pascual de la mesa del Reino (cf. OEx 57).
Así celebrada la Eucaristía, la comunidad de fieles, especialmente
la familia del difunto, aprende a vivir en comunión con quien "se
durmió en el Señor" , comulgando con el Cuerpo de Cristo,
de quien es miembro vivo, y orando luego por él y con él.
El adiós ("a Dios") al difunto es "su recomendación
a Dios" por la Iglesia. Es el "último adiós por
el que la comunidad cristiana despide a uno de sus miembros antes que
su cuerpo sea llevado a su sepulcro" (OE 10). La tradición
bizantina lo expresa con el beso de adiós al difunto:
Con este saludo final "se canta por su partida de esta vida y por
su separación, pero también porque existe una comunión
y una reunión. En efecto, una vez muertos no estamos en absoluto
separados unos de otros, pues todos recorremos el mismo camino y nos volveremos
a encontrar en un mismo lugar. No nos separaremos jamás, porque
vivimos para Cristo y ahora estamos unidos a Cristo, yendo hacia él...estaremos
todos juntos en Cristo" (S. Simeón de Tesalónica, De
ordine sep).
 
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