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Artículo
7 EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO
"La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen
entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole
natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación
de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad
de sacramento entre bautizados" (CIC, can. 1055,1)
I. EL MATRIMONIO EN EL PLAN DE DIOS
La Sagrada Escritura se abre con el relato de
la creación del hombre y de la mujer a imagen y semejanza de Dios
(Gn 1,26-27) y se cierra con la visión de las "bodas del Cordero"
(Ap 19,7.9). De un extremo a otro la Escritura habla del matrimonio y
de su "misterio", de su institución y del sentido que
Dios le dio, de su origen y de su fin, de sus realizaciones diversas a
lo largo de la historia de la salvación, de sus dificultades nacidas
del pecado y de su renovación "en el Señor" (1
Co 7,39) todo ello en la perspectiva de la Nueva Alianza de Cristo y de
la Iglesia (cf Ef 5,31-32).
El matrimonio en el orden de la creación
"La íntima comunidad de vida y amor conyugal, fundada por
el Creador y provista de leyes propias, se establece sobre la alianza
del matrimonio... un vínculo sagrado... no depende del arbitrio
humano. El mismo Dios es el autor del matrimonio" (GS 48,1). La vocación
al matrimonio se inscribe en la naturaleza misma del hombre y de la mujer,
según salieron de la mano del Creador. El matrimonio no es una
institución puramente humana a pesar de las numerosas variaciones
que ha podido sufrir a lo largo de los siglos en las diferentes culturas,
estructuras sociales y actitudes espirituales. Estas diversidades no deben
hacer olvidar sus rasgos comunes y permanente. A pesar de que la dignidad
de esta institución no se trasluzca siempre con la misma claridad
(cf GS 47,2), existe en todas las culturas un cierto sentido de la grandeza
de la unión matrimonial. "La salvación de la persona
y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligada a
la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar" (GS 47,1).
Dios que ha creado al hombre por amor lo ha llamado también al
amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano. Porque
el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,2), que es Amor
(cf 1 Jn 4,8.16). Habiéndolos creado Dios hombre y mujer, el amor
mutuo entre ellos se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible
con que Dios ama al hombre. Este amor es bueno, muy bueno, a los ojos
del Creador (cf Gn 1,31). Y este amor que Dios bendice es destinado a
ser fecundo y a realizarse en la obra común del cuidado de la creación.
"Y los bendijo Dios y les dijo: "Sed fecundos y multiplicaos,
y llenad la tierra y sometedla'" (Gn 1,28).
La Sagrada escritura afirma que el hombre y la mujer fueron creados el
uno para el otro: "No es bueno que el hombre esté solo".
La mujer, "carne de su carne", su igual, la criatura más
semejante al hombre mismo, le es dada por Dios como una "auxilio",
representando así a Dios que es nuestro "auxilio" (cf
Sal 121,2). "Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se
une a su mujer, y se hacen una sola carne" (cf Gn 2,18-25). Que esto
significa una unión indefectible de sus dos vidas, el Señor
mismo lo muestra recordando cuál fue "en el principio",
el plan del Creador: "De manera que ya no son dos sino una sola carne"
(Mt 19,6).
El matrimonio bajo la esclavitud del pecado
Todo hombre, tanto en su entorno como en su propio corazón, vive
la experiencia del mal. Esta experiencia se hace sentir también
en las relaciones entre el hombre y la mujer. En todo tiempo, la unión
del hombre y la mujer vive amenazada por la discordia, el espíritu
de dominio, la infidelidad, los celos y conflictos que pueden conducir
hasta el odio y la ruptura. Este desorden puede manifestarse de manera
más o menos aguda, y puede ser más o menos superado, según
las culturas, las épocas, los individuos, pero siempre aparece
como algo de carácter universal.
Según la fe, este desorden que constatamos dolorosamente, no se
origina en la naturaleza del hombre y de la mujer, ni en la naturaleza
de sus relaciones, sino en el pecado. El primer pecado, ruptura con Dios,
tiene como consecuencia primera la ruptura de la comunión original
entre el hombre y la mujer. Sus relaciones quedan distorsionadas por agravios
recíprocos (cf Gn 3,12); su atractivo mutuo, don propio del creador
(cf Gn 2,22), se cambia en relaciones de dominio y de concupiscencia (cf
Gn 3,16b); la hermosa vocación del hombre y de la mujer de ser
fecundos, de multiplicarse y someter la tierra (cf Gn 1,28) queda sometida
a los dolores del parto y los esfuerzos de ganar el pan (cf Gn 3,16-19).
Sin embargo, el orden de la Creación subsiste aunque gravemente
perturbado. Para sanar las heridas del pecado, el hombre y la mujer necesitan
la ayuda de la gracia que Dios, en su misericordia infinita, jamás
les ha negado (cf Gn 3,21). Sin esta ayuda, el hombre y la mujer no pueden
llegar a realizar la unión de sus vidas en orden a la cual Dios
los creó "al comienzo".
El matrimonio bajo la pedagogía de la antigua Ley
En su misericordia, Dios no abandonó al hombre pecador. Las penas
que son consecuencia del pecado, "los dolores del parto" (Gn
3,16), el trabajo "con el sudor de tu frente" (Gn 3,19), constituyen
también remedios que limitan los daños del pecado. Tras
la caída, el matrimonio ayuda a vencer el repliegue sobre sí
mismo, el egoísmo, la búsqueda del propio placer, y a abrirse
al otro, a la ayuda mutua, al don de si.
La conciencia moral relativa a la unidad e indisolubilidad del matrimonio
se desarrolló bajo la pedagogía de la Ley antigua. La poligamia
de los patriarcas y de los reyes no es todavía prohibida de una
manera explícita. No obstante, la Ley dada por Moisés se
orienta a proteger a la mujer contra un dominio arbitrario del hombre,
aunque ella lleve también, según la palabra del Señor,
las huellas de "la dureza del corazón" de la persona
humana, razón por la cual Moisés permitió el repudio
de la mujer (cf Mt 19,8; Dt 24,1).
Contemplando la Alianza de Dios con Israel bajo la imagen de un amor conyugal
exclusivo y fiel (cf Os 1-3; Is 54.62; Jr 2-3. 31; Ez 16,62;23), los profetas
fueron preparando la conciencia del Pueblo elegido para una comprensión
más profunda de la unidad y de la indisolubilidad del matrimonio
(cf Mal 2,13-17). Los libros de Rut y de Tobías dan testimonios
conmovedores del sentido hondo del matrimonio, de la fidelidad y de la
ternura de los esposos. La Tradición ha visto siempre en el Cantar
de los Cantares una expresión única del amor humano, en
cuanto que éste es reflejo del amor de Dios, amor "fuerte
como la muerte" que "las grandes aguas no pueden anegar"
(Ct 8,6-7).
El matrimonio en el Señor
La alianza nupcial entre Dios y su pueblo Israel había preparado
la nueva y eterna alianza mediante la que el Hijo de Dios, encarnándose
y dando su vida, se unió en cierta manera con toda la humanidad
salvada por él (cf. GS 22), preparando así "las bodas
del cordero" (Ap 19,7.9).
En el umbral de su vida pública, Jesús realiza su primer
signo -a petición de su Madre- con ocasión de un banquete
de boda (cf Jn 2,1-11). La Iglesia concede una gran importancia a la presencia
de Jesús en las bodas de Caná. Ve en ella la confirmación
de la bondad del matrimonio y el anuncio de que en adelante el matrimonio
será un signo eficaz de la presencia de Cristo.
En su predicación, Jesús enseñó sin ambigüedad
el sentido original de la unión del hombre y la mujer, tal como
el Creador la quiso al comienzo: la autorización, dada por Moisés,
de repudiar a su mujer era una concesión a la dureza del corazón
(cf Mt 19,8); la unión matrimonial del hombre y la mujer es indisoluble:
Dios mismo la estableció: "lo que Dios unió, que no
lo separe el hombre" (Mt 19,6).
Esta insistencia, inequívoca, en la indisolubilidad del vínculo
matrimonial pudo causar perplejidad y aparecer como una exigencia irrealizable
(cf Mt 19,10). Sin embargo, Jesús no impuso a los esposos una carga
imposible de llevar y demasiado pesada (cf Mt 11,29-30), más pesada
que la Ley de Moisés. Viniendo para restablecer el orden inicial
de la creación perturbado por el pecado, da la fuerza y la gracia
para vivir el matrimonio en la dimensión nueva del Reino de Dios.
Siguiendo a Cristo, renunciando a sí mismos, tomando sobre sí
sus cruces (cf Mt 8,34), los esposos podrán "comprender"
(cf Mt 19,11) el sentido original del matrimonio y vivirlo con la ayuda
de Cristo. Esta gracia del Matrimonio cristiano es un fruto de la Cruz
de Cristo, fuente de toda la vida cristiana.
Es lo que el apóstol Pablo da a entender diciendo: "Maridos,
amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó
a sí mismo por ella, para santificarla" (Ef 5,25-26), y añadiendo
enseguida: "`Por es o dejará el hombre a su padre y a su madre
y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne'.
Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y a la Iglesia"
(Ef 5,31-32).
Toda la vida cristiana está marcada por el amor esponsal de Cristo
y de la Iglesia. Ya el Bautismo, entrada en el Pueblo de Dios, es un misterio
nupcial. Es, por así decirlo, como el baño de bodas (cf
Ef 5,26-27) que precede al banquete de bodas, la Eucaristía. El
Matrimonio cristiano viene a ser por su parte signo eficaz, sacramento
de la alianza de Cristo y de la Iglesia. Puesto que es signo y comunicación
de la gracia, el matrimonio entre bautizados es un verdadero sacramento
de la Nueva Alianza (cf DS 1800; CIC, can. 1055,2).
La virginidad por el Reino de Dios
Cristo es el centro de toda vida cristiana. El vínculo con El ocupa
el primer lugar entre todos los demás vínculos, familiares
o sociales (cf Lc 14,26; Mc 10,28-31). Desde los comienzos de la Iglesia
ha habido hombres y mujeres que han renunciado al gran bien del matrimonio
para seguir al Cordero dondequiera que vaya (cf Ap 14,4), para ocuparse
de las cosas del Señor, para tratar de agradarle (cf 1 Co 7,32),
para ir al encuentro del Esposo que viene (cf Mt 25,6). Cristo mismo invitó
a algunos a seguirle en este modo de vida del que El es el modelo:
Hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos hechos
por los hombres, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos
por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda (Mt 19,12).
La virginidad por el Reino de los Cielos es un desarrollo de la gracia
bautismal, un signo poderoso de la preeminencia del vínculo con
Cristo, de la ardiente espera de su retorno, un signo que recuerda también
que el matrimonio es una realidad que manifiesta el carácter pasajero
de este mundo (cf 1 Co 7,31; Mc 12,25).
Estas dos realidades, el sacramento del Matrimonio y la virginidad por
el Reino de Dios, vienen del Señor mismo. Es él quien les
da sentido y les concede la gracia indispensable para vivirlos conforme
a su voluntad (cf Mt 19,3-12). La estima de la virginidad por el Reino
(cf LG 42; PC 12; OT 10) y el sentido cristiano del Matrimonio son inseparables
y se apoyan mutuamente:
Denigrar el matrimonio es reducir a la vez la gloria de la virginidad;
elogiarlo es realzar a la vez la admiración que corresponde a la
virginidad... (S. Juan Crisóstomo, virg. 10,1; cf FC, 16).
II. LA CELEBRACION DEL MATRIMONIO
En el rito latino, la celebración del
matrimonio entre dos fieles católicos tiene lugar ordinariamente
dentro de la Santa Misa, en virtud del vínculo que tienen todos
los sacramentos con el Misterio Pascual de Cristo (cf SC 61). En la Eucaristía
se realiza el memorial de la Nueva Alianza, en la que Cristo se unió
para siempre a la Iglesia, su esposa amada por la que se entregó
(cf LG 6). Es, pues, conveniente que los esposos sellen su consentimiento
en darse el uno al otro mediante la ofrenda de sus propias vidas, uniéndose
a la ofrenda de Cristo por su Iglesia, hecha presente en el sacrificio
eucarístico, y recibiendo la Eucaristía, para que, comulgando
en el mismo Cuerpo y en la misma Sangre de Cristo, "formen un solo
cuerpo" en Cristo (cf 1 Co 10,17).
"En cuanto gesto sacramental de santificación, la celebración
del matrimonio...debe ser por sí misma válida, digna y fructuosa"
(FC 67). Por tanto, conviene que los futuros esposos se dispongan a la
celebración de su matrimonio recibiendo el sacramento de la penitencia.
Según la tradición latina, los esposos, como ministros de
la gracia de Cristo, manifestando su consentimiento ante la Iglesia, se
confieren mutuamente el sacramento del matrimonio. En las tradiciones
de las Iglesias orientales, los sacerdotes -Obispos o presbíteros-
son testigos del recíproco consentimiento expresado por los esposos
(cf. CCEO, can. 817), pero también su bendición es necesaria
para la validez del sacramento (cf CCEO, can. 828).
Las diversas liturgias son ricas en oraciones de bendición y de
epíclesis pidiendo a Dios su gracia y la bendición sobre
la nueva pareja, especialmente sobre la esposa. En la epíclesis
de este sacramento los esposos reciben el Espíritu Santo como Comunión
de amor de Cristo y de la Iglesia (cf. Ef 5,32). El Espíritu Santo
es el sello de la alianza de los esposos, la fuente siempre generosa de
su amor, la fuerza con que se renovará su fidelidad.
III. EL CONSENTIMIENTO MATRIMONIAL
Los protagonistas de la alianza matrimonial
son un hombre y una mujer bautizados, libres para contraer el matrimonio
y que expresan libremente su consentimiento. "Ser libre" quiere
decir:
- no obrar por coacción;
- no estar impedido por una ley natural o eclesiástica.
La Iglesia considera el intercambio de los consentimientos entre los esposos
como el elemento indispensable "que hace el matrimonio" (CIC,
can. 1057,1). Si el consentimiento falta, no hay matrimonio.
El consentimiento consiste en "un acto humano, por el cual los esposos
se dan y se reciben mutuamente" (GS 48,1; cf CIC, can. 1057,2): "Yo
te recibo como esposa" - "Yo te recibo como esposo" (OcM
45). Este consentimiento que une a los esposos entre sí, encuentra
su plenitud en el hecho de que los dos "vienen a ser una sola carne"
(cf Gn 2,24; Mc 10,8; Ef 5,31).
El consentimiento debe ser un acto de la voluntad de cada uno de los contrayentes,
libre de violencia o de temor grave externo (cf CIC, can. 1103). Ningún
poder humano puede reemplazar este consentimiento (CIC, can. 1057, 1).
Si esta libertad falta, el matrimonio es inválido.
Por esta razón (o por otras razones que hacen nulo e inválido
el matrimonio; cf. CIC, can. 1095-1107), la Iglesia, tras examinar la
situación por el tribunal eclesiástico competente, puede
declarar "la nulidad del matrimonio", es decir, que el matrimonio
no ha existido. En este caso, los contrayentes quedan libres para casarse,
aunque deben cumplir las obligaciones naturales nacidas de una unión
precedente precedente (cf CIC, can. 1071).
El sacerdote ( o el diácono) que asiste a la celebraci ón
del matrimonio, recibe el consentimiento de los esposos en nombre de la
Iglesia y da la bendición de la Iglesia. La presencia del ministro
de la Iglesia (y también de los testigos) expresa visiblemente
que el matrimonio es una realidad eclesial.
Por esta razón, la Iglesia exige ordinariamente para sus fieles
la forma eclesiástica de la celebración del matrimonio (cf
Cc. de Trento: DS 1813-1816; CIC, can. 1108). Varias razones concurren
para explicar esta determinación:
- El matrimonio sacramental es un acto litúrgico. Por tanto, es
conveniente que sea celebrado en la liturgia pública de la Iglesia.
- El matrimonio introduce en un ordo eclesial, crea derechos y deberes
en la Iglesia entre los esposos y para con los hijos.
- Por ser el matrimonio un estado de vida en la Iglesia, es preciso que
exista certeza sobre él (de ahí la obligación de
tener testigos).
- El carácter público del consentimiento protege el "Sí"
una vez dado y ayuda a permanecer fiel a él.
Para que el "Sí" de los esposos sea un acto libre y responsable,
y para que la alianza matrimonial tenga fundamentos humanos y cristianos
sólidos y estables, la preparación para el matrimonio es
de primera importancia:
- El ejemplo y la enseñanza dados por los padres y por las familias
son el camino privilegiado de esta preparación.
- El papel de los pastores y de la comunidad cristiana como "familia
de Dios" es indispensable para la transmisión de los valores
humanos y cristianos del matrimonio y de la familia (cf. CIC, can. 1063),
y esto con mayor razón en nuestra época en la que muchos
jóvenes conocen la experiencia de hogares rotos que ya no aseguran
suficientemente esta iniciación:
Los jóvenes deben ser instruidos adecuada y oportunamente sobre
la dignidad, dignidad , tareas y ejercicio del amor conyugal, sobre todo
en el seno de la misma familia, para que, educados en el cultivo de la
castidad, puedan pasar, a la edad conveniente, de un honesto noviazgo
vivido al matrimonio (GS 49,3).
Matrimonios mixtos y disparidad de culto
En numerosos países, la situación del matrimonio mixto (entre
católico y bautizado no católico) se presenta con bastante
frecuencia. Exige una atención particular de los cónyuges
y de los pastores. El caso de matrimonios con disparidad de culto (entre
católico y no bautizado) exige una aún mayor atención.
La diferencia de confesión entre los cónyuges no constituye
un obstáculo insuperable para el matrimonio, cuando llegan a poner
en común lo que cada uno de ellos ha recibido en su comunidad,
y a aprender el uno del otro el modo como cada uno vive su fidelidad a
Cristo. Pero las dificultades de los matrimonios mixtos no deben tampoco
ser subestimadas. Se deben al hecho de que la separación de los
cristianos no se ha superado todavía. Los esposos corren el peligro
de vivir en el seno de su hogar el drama de la desunión de los
cristianos. La disparidad de culto puede agravar aún más
estas dificultades. Divergencias en la fe, en la concepción misma
del matrimonio, pero también mentalidades religiosas distintas
pueden constituir una fuente de tensiones en el matrimonio, principalmente
a propósito de la educación de los hijos. Una tentación
que puede presentarse entonces es la indiferencia religiosa.
Según el derecho vigente en la Iglesia latina, un matrimonio mixto
necesita, para su licitud, el permiso expreso de la autoridad eclesiástica
(cf CIC, can. 1124). En caso de disparidad de culto se requiere una dispensa
expresa del impedimento para la validez del matrimonio (cf CIC, can. 1086).
Este permiso o esta dispensa supone que ambas partes conozcan y no excluyan
los fines y las propiedades esenciales del matrimonio; además,
que la parte católica confirme los compromisos -también
haciéndolos conocer a la parte no católica- de conservar
la propia fe y de asegurar el Bautismo y la educación de los hijos
en la Iglesia Católica (cf CIC, can. 1125).
En muchas regiones, gracias al diálogo ecuménico, las comunidades
cristianas interesadas han podido llevar a cabo una pastoral común
para los matrimonios mixtos. Su objetivo es ayudar a estas parejas a vivir
su situación particular a la luz de la fe. Debe también
ayudarles a superar las tensiones entre las obligaciones de los cónyuges,
el uno con el otro, y con sus comunidades eclesiales. Debe alentar el
desarrollo de lo que les es común en la fe, y el respeto de lo
que los separa.
En los matrimonios con disparidad de culto, el esposo católico
tiene una tarea particular: "Pues el marido no creyente queda santificado
por su mujer, y la mujer no creyente queda santificada por el marido creyente"
( 1 Co 7,14). Es un gran gozo para el cónyuge cristiano y para
la Iglesia el que esta "santificación" conduzca a la
conversión libre del otro cónyuge a la fe cristiana (cf.
1 Co 7,16). El amor conyugal sincero, la práctica humilde y paciente
de las virtudes familiares, y la oración perseverante pueden preparar
al cónyuge no creyente a recibir la gracia de la conversión.
IV. LOS EFECTOS DEL SACRAMENTO
DEL MATRIMONIO
"Del matrimonio válido se origina
entre los cónyuges un vínculo perpetuo y exclusivo por su
misma naturaleza; además, en el matrimonio cristiano los cónyuges
son fortalecidos y quedan como consagrados por un sacramento peculiar
para los deberes y la dignidad de su estado" (CIC, can. 1134).
El vínculo matrimonial
El consentimiento por el que los esposos se dan y se reciben mutuamente
es sellado por el mismo Dios (cf Mc 10,9). De su alianza "nace una
institución estable por ordenación divina, también
ante la sociedad" (GS 48,1). La alianza de los esposos está
integrada en la alianza de Dios con los hombres: "el auténtico
amor conyugal es asumido en el amor divino" (GS 48,2).
Por tanto, el vínculo matrimonial es establecido por Dios mismo,
de modo que el matrimonio celebrado y consumado entre bautizados no puede
ser disuelto jamás. Este vínculo que resulta del acto humano
libre de los esposos y de la consumación del matrimonio es una
realidad ya irrevocable y da origen a una alianza garantizada por la fidelidad
de Dios. La Iglesia no tiene poder para pronunciarse contra esta disposición
de la sabiduría divina (cf CIC, can. 1141).
La gracia del sacramento del matrimonio
"En su modo y estado de vida, (los cónyuges cristianos) tienen
su carisma propio en el Pueblo de Dios" (LG 11). Esta gracia propia
del sacramento del matrimonio está destinada a perfeccionar el
amor de los cónyuges, a fortalecer su unidad indisoluble. Por medio
de esta gracia "se ayudan mutuamente a santificarse con la vida matrimonial
conyugal y en la acogida y educación de los hijos" (LG 11;
cf LG 41).
Cristo es la fuente de esta gracia. "Pues de la misma manera que
Dios en otro tiempo salió al encuentro de su pueblo por una alianza
de amor y fidelidad, ahora el Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia,
mediante el sacramento del matrimonio, sale al encuentro de los esposos
cristianos" (GS 48,2). Permanece con ellos, les da la fuerza de seguirle
tomando su cruz, de levantarse después de sus caídas, de
perdonarse mutuamente, de llevar unos las cargas de los otros (cf Ga 6,2),
de estar "sometidos unos a otros en el temor de Cristo" (Ef
5,21) y de amarse con un amor sobrenatural, delicado y fecundo. En las
alegrías de su amor y de su vida familiar les da, ya aquí,
un gusto anticipado del banquete de las bodas del Cordero:
¿De dónde voy a sacar la fuerza para describir de manera
satisfactoria la dicha del matrimonio que celebra la Iglesia, que confirma
la ofrenda, que sella la bendición? Los ángeles lo proclaman,
el Padre celestial lo ratifica...¡Qué matrimonio el de dos
cristianos, unidos por una sola esperanza, un solo deseo, una sola disciplina,
el mismo servicio! Los dos hijos de un mismo Padre, servidores de un mismo
Señor; nada los separa, ni en el espíritu ni en la carne;
al contrario, son verdaderamente dos en una sola carne. Donde la carne
es una, también es uno el espíritu (Tertuliano, ux. 2,9;
cf. FC 13).
V. LOS BIENES Y LAS EXIGENCIAS
DEL AMOR CONYUGAL
"El amor conyugal comporta una totalidad
en la que entran todos los elementos de la persona -reclamo del cuerpo
y del instinto, fuerza del sentimiento y de la afectividad, aspiración
del espíritu y de la voluntad-; mira una unidad profundamente personal
que, más allá de la unión en una sola carne, conduce
a no tener más que un corazón y un alma; exige la indisolubilidad
y la fidelidad de la donación recíproca definitiva; y se
abre a fecundidad. En una palabra: se trata de características
normales de todo amor conyugal natural, pero con un significado nuevo
que no sólo las purifica y consolida, sino las eleva hasta el punto
de hacer de ellas la expresión de valores propiamente cristianos"
(FC 13).
Unidad e indisolubilidad del matrimonio
El amor de los esposos exige, por su misma naturaleza, la unidad y la
indisolubilidad de la comunidad de personas que abarca la vida entera
de los esposos: "De manera que ya no son dos sino una sola carne"
(Mt 19,6; cf Gn 2,24). "Están llamados a crecer continuamente
en su comunión a través de la fidelidad cotidiana a la promesa
matrimonial de la recíproca donación total" (FC 19).
Esta comunión humana es confirmada, purificada y perfeccionada
por la comunión en Jesucristo dada mediante el sacramento del matrimonio.
Se profundiza por la vida de la fe común y por la Eucaristía
recibida en común.
"La unidad del matrimonio aparece ampliamente confirmada por la igual
dignidad personal que hay que reconocer a la mujer y el varón en
el mutuo y pleno amor" (GS 49,2). La poligamia es contraria a esta
igual dignidad de uno y otro y al amor conyugal que es único y
exclusivo.
La fidelidad del amor conyugal
El amor conyugal exige de los esposos, por su misma naturaleza, una fidelidad
inviolable. Esto es consecuencia del don de sí mismos que se hacen
mutuamente los esposos. El auténtico amor tiende por sí
mismo a ser algo definitivo, no algo pasajero. "Esta íntima
unión, en cuanto donación mutua de dos personas, como el
bien de los hijos exigen la fidelidad de los cónyuges y urgen su
indisoluble unidad" (GS 48,1).
Su motivo más profundo consiste en la fidelidad de Dios a su alianza,
de Cristo a su Iglesia. Por el sacramento del matrimonio los esposos son
capacitados para representar y testimoniar esta fidelidad. Por el sacramento,
la indisolubilidad del matrimonio adquiere un sentido nuevo y más
profundo.
Puede parecer difícil, incluso imposible, atarse para toda la vida
a un ser humano. Por ello es tanto más importante anunciar la buena
nueva de que Dios nos ama con un amor definitivo e irrevocable, de que
los esposos participan de este amor, que les conforta y mantiene, y de
que por su fidelidad se convierten en testigos del amor fiel de Dios.
Los esposos que, con la gracia de Dios, dan este testimonio, con frecuencia
en condiciones muy difíciles, merecen la gratitud y el apoyo de
la comunidad eclesial (cf FC 20).
Existen, sin embargo, situaciones en que la convivencia matrimonial se
hace prácticamente imposible por razones muy diversas. En tales
casos, la Iglesia admite la separación física de los esposos
y el fin de la cohabitación. Los esposos no cesan de ser marido
y mujer delante de Dios; ni son libres para contraer una nueva unión.
En esta situación difícil, la mejor solución sería,
si es posible, la reconciliación. La comunidad cristiana está
llamada a ayudar a estas personas a vivir cristianamente su situación
en la fidelidad al vínculo de su matrimonio que permanece indisoluble
(cf FC; 83; CIC, can. 1151-1155).
Hoy son numerosos en muchos países los católicos que recurren
al divorcio según las leyes civiles y que contraen también
civilmente una nueva unión. La Iglesia mantiene, por fidelidad
a la palabra de Jesucristo ("Quien repudie a su mujer y se case con
otra, comete adulterio contra aquella; y si ella repudia a su marido y
se casa con otro, comete adulterio": Mc 10,11-12), que no puede reconocer
como válida esta nueva unión, si era válido el primer
matrimonio. Si los divorciados se vuelven a casar civilmente, se ponen
en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios.
Por lo cual no pueden acceder a la comunión eucarística
mientras persista esta situación, y por la misma razón no
pueden ejercer ciertas responsabilidades eclesiales. La reconciliación
mediante el sacramento de la penitencia no puede ser concedida más
que aquellos que se arrepientan de haber violado el signo de la Alianza
y de la fidelidad a Cristo y que se comprometan a vivir en total continencia.
Respecto a los cristianos que viven en esta situación y que con
frecuencia conservan la fe y desean educar cristianamente a sus hijos,
los sacerdotes y toda la comunidad deben dar prueba de una atenta solicitud,
a fin de aquellos no se consideren como separados de la Iglesia, de cuya
vida pueden y deben participar en cuanto bautizados:
Se les exhorte a escuchar la Palabra de Dios, a frecuentar el sacrificio
de la misa, a perseverar en la oración, a incrementar las obras
de caridad y las iniciativas de la comunidad en favor de la justicia,
a educar sus hijos en la fe cristiana, a cultivar el espíritu y
las obras de penitencia para implorar de este modo, día a día,
la gracia de Dios (FC 84).
La apertura a la fecundidad
"Por su naturaleza misma, la institución misma del matrimonio
y el amor conyugal están ordenados a la procreación y a
la educación de la prole y con ellas son coronados como su culminación"
(GS 48,1):
Los hijos son el don más excelente del matrimonio y contribuyen
mucho al bien de sus mismos padres. El mismo Dios, que dijo: "No
es bueno que el hombre esté solo (Gn 2,18), y que hizo desde el
principio al hombre, varón y mujer" (Mt 19,4), queriendo comunicarle
cierta participación especial en su propia obra creadora, bendijo
al varón y a la mujer diciendo: "Creced y multiplicaos"
(Gn 1,28). De ahí que el cultivo verdadero del amor conyugal y
todo el sistema de vida familiar que de él procede, sin dejar posponer
los otros fines del matrimonio, tienden a que los esposos estén
dispuestos con fortaleza de ánimo a cooperar con el amor del Creador
y Salvador, que por medio de ellos aumenta y enriquece su propia familia
cada día más (GS 50,1).
La fecundidad del amor conyugal se extiende a los frutos de la vida moral,
espiritual y sobrenatural que los padres transmiten a sus hijos por medio
de la educación. Los padres son los principales y primeros educadores
de sus hijos (cf. GE 3). En este sentido, la tarea fundamental del matrimonio
y de la familia es estar al servicio de la vida (cf FC 28).
Sin embargo, los esposos a los que Dios no ha concedido tener hijos pueden
llevar una vida conyugal plena de sentido, humana y cristianamente. Su
matrimonio puede irradiar una fecundidad de caridad, de acogida y de sacrificio.
VI. LA IGLESIA DOMESTICA
Cristo quiso nacer y crecer en el seno de la
Sagrada Familia de José y de María. La Iglesia no es otra
cosa que la "familia de Dios". Desde sus orígenes, el
núcleo de la Iglesia estaba a menudo constituido por los que, "con
toda su casa", habían llegado a ser creyentes (cf Hch 18,8).
Cuando se convertían deseaban también que se salvase "toda
su casa" (cf Hch 16,31 y 11,14). Estas familias convertidas eran
islotes de vida cristiana en un mundo no creyente.
En nuestros días, en un mundo frecuentemente extraño e incluso
hostil a la fe, las familias creyentes tienen una importancia primordial
en cuanto faros de una fe viva e irradiadora. Por eso el Concilio Vaticano
II llama a la familia, con una antigua expresión, "Ecclesia
domestica" (LG 11; cf. FC 21). En el seno de la familia, "los
padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con
su palabra y con su ejemplo, y han de fomentar la vocación personal
de cada uno y, con especial cuidado, la vocación a la vida consagrada"
(LG 11).
Aquí es donde se ejercita de manera privilegiada el sacerdocio
bautismal del padre de familia, de la madre, de los hijos, de todos los
miembros de la familia, "en la recepción de los sacramentos,
en la oración y en la acción de gracias, con el testimonio
de una vida santa, con la renuncia y el amor que se traduce en obras"
(LG 10). El hogar es así la primera escuela de vida cristiana y
"escuela del más rico humanismo" (GS 52,1). Aquí
se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón
generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de
la oración y la ofrenda de su vida.
Es preciso recordar asimismo a un gran número de personas que permanecen
solteras a causa de las concretas condiciones en que deben vivir, a menudo
sin haberlo querido ellas mismas. Estas personas se encuentran particularmente
cercanas al corazón de Jesús; y, por ello, merecen afecto
y solicitud diligentes de la Iglesia, particularmente de sus pastores.
Muchas de ellas viven sin familia humana, con frecuencia a causa de condiciones
de pobreza. Hay quienes viven su situación según el espíritu
de las bienaventuranzas sirviendo a Dios y al prójimo de manera
ejemplar. A todas ellas es preciso abrirles las puertas de los hogares,
"iglesias domésticas" y las puertas de la gran familia
que es la Iglesia. "Nadie se sienta sin familia en este mundo: la
Iglesia es casa y familia de todos, especialmente para cuantos están
`fatigados y agobiados' (Mt 11,28)" (FC 85).
RESUMEN
S. Pablo dice: "Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó
a la Iglesia...Gran misterio es éste, lo digo con respecto a Cristo
y la Iglesia" (Ef 5,25.32).
La alianza matrimonial, por la que un hombre y una mujer constituyen una
íntima comunidad de vida y de amor, fue fundada y dotada de sus
leyes propias por el Creador. Por su naturaleza está ordenada al
bien de los cónyuges así como a la generación y educación
de los hijos. Entre bautizados, el matrimonio ha sido elevado por Cristo
Señor a la dignidad de sacramento (cf. GS 48,1; CIC, can. 1055,1).
El sacramento del matrimonio significa la unión de Cristo con la
Iglesia. Da a los esposos la gracia de amarse con el amor con que Cristo
amó a su Iglesia; la gracia del sacramento perfecciona así
el amor humano de los esposos, reafirma su unidad indisoluble y los santifica
en el camino de la vida eterna (cf. Cc. de Trento: DS 1799).
El matrimonio se funda en el consentimiento de los contrayentes, es decir,
en la voluntad de darse mutua y definitivamente con el fin de vivir una
alianza de amor fiel y fecundo.
Dado que el matrimonio establece a los cónyuges en un estado público
de vida en la Iglesia, la celebración del mismo se hace ordinariamente
de modo público, en el marco de una celebración litúrgica,
ante el sacerdote (o el testigo cualificado de la Iglesia), los testigos
y la asamblea de los fieles.
La unidad, la indisolubilidad, y la apertura a la fecundidad son esenciales
al matrimonio. La poligamia es incompatible con la unidad del matrimonio;
el divorcio separa lo que Dios ha unido; el rechazo de la fecundidad priva
la vida conyugal de su "don más excelente", el hijo (GS
50,1).
Contraer un nuevo matrimonio por parte de los divorciados mientras viven
sus cónyuges legítimos contradice el plan y la ley de Dios
enseñados por Cristo. Los que viven en esta situación no
están separados de la Iglesia pero no pueden acceder a la comunión
eucarística. Pueden vivir su vida cristiana sobre todo educando
a sus hijos en la fe.
El hogar cristiano es el lugar en que los hijos reciben el primer anuncio
de la fe. Por eso la casa familiar es llamada justamente "Iglesia
doméstica", comunidad de gracia y de oración, escuela
de virtudes humanas y de caridad cristiana.
 
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