| |
CAPITULO
TERCERO
LOS
SACRAMENTOS
AL SERVICIO DE LA COMUNIDAD
El Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía
son los sacramentos de la iniciación cristiana. Fundamentan la
vocación común de todos los discípulos de Cristo,
que es vocación a la santidad y a la misión de evangelizar
el mundo. Confieren las gracias necesarias para vivir según el
Espíritu en esta vida de peregrinos en marcha hacia la patria.
Otros dos sacramentos, el Orden y el Matrimonio, están ordenados
a la salvación de los demás. Contribuyen ciertamente a la
propia salvación, pero esto lo hacen mediante el servicio que prestan
a los demás. Confieren una misión particular en la Iglesia
y sirven a la edificación del Pueblo de Dios.
En estos sacramentos, los que fueron ya consagrados por el Bautismo y
la Confirmación (LG 10) para el sacerdocio común de todos
los fieles, pueden recibir consagraciones particulares. Los que reciben
el sacramento del orden son consagrados para "en el nombre de Cristo
ser los pastores de la Iglesia con la palabra y con la gracia de Dios"
(LG 11). Por su parte, "los cónyuges cristianos, son fortificados
y como consagrados para los deberes y dignidad de su estado por este sacramento
especial" (GS 48,2).
Artículo 6 EL SACRAMENTO DEL ORDEN
El Orden es el sacramento gracias al cual la misión confiada por
Cristo a sus Apóstoles sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta
el fin de los tiempos: es, pues, el sacramento del ministerio apostólico.
Comprende tres grados: el episcopado, el presbiterado y el diaconado.
(Sobre la institución y la misión del ministerio apostólico
por Cristo ya se ha tratado en la primera parte. Aquí sólo
se trata de la realidad sacramental mediante la que se transmite este
ministerio)
I. EL NOMBRE
DE SACRAMENTO DEL ORDEN
La palabra Orden designaba, en la antigüedad
romana, cuerpos constituidos en sentido civil, sobre todo el cuerpo de
los que gobiernan. Ordinatio designa la integración en un ordo.
En la Iglesia hay cuerpos constituidos que la Tradición, no sin
fundamentos en la Sagrada Escritura (cf Hb 5,6; 7,11; Sal 110,4), llama
desde los tiempos antiguos con el nombre de taxeis (en griego), de ordines
(en latín): así la liturgia habla del ordo episcoporum,
del ordo presbyterorum, del ordo diaconorum. También reciben este
nombre de ordo otros grupos: los catecúmenos, las vírgenes,
los esposos, las viudas...
La integración en uno de estos cuerpos de la Iglesia se hacía
por un rito llamado ordinatio, acto religioso y litúrgico que era
una consagración, una bendición o un sacramento. Hoy la
palabra ordinatio está reservada al acto sacramental que incorpora
al orden de los obispos, de los presbíteros y de los diáconos
y que va más allá de una simple elección, designación,
delegación o institución por la comunidad, pues confiere
un don del Espíritu Santo que permite ejercer un "poder sagrado"
(sacra potestas; cf LG 10) que sólo puede venir de Cristo, a través
de su Iglesia. La ordenación también es llamada consecratio
porque es un "poner a parte" y un "investir" por Cristo
mismo para su Iglesia. La imposición de manos del obispo, con la
oración consecratoria, constituye el signo visible de esta consagración.
II. EL SACRAMENTO DEL ORDEN
EN LA ECONOMIA DE LA SALVACION
El sacerdocio de la Antigua Alianza
El pueblo elegido fue constituido por Dios como "un reino de sacerdotes
y una nación consagrada" (Ex 19,6; cf Is 61,6). Pero dentro
del pueblo de Israel, Dios escogió una de las doce tribus, la de
Leví, para el servicio litúrgico (cf. Nm 1,48-53); Dios
mismo es la parte de su herencia (cf. Jos 13,33). Un rito propio consagró
los orígenes del sacerdocio de la Antigua Alianza (cf Ex 29,1-30;
Lv 8). En ella los sacerdotes fueron establecidos "para intervenir
en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones
y sacrificios por los pecados" (Hb 5,1).
Instituido para anunciar la palabra de Dios (cf Ml 2,7-9) y para restablecer
la comunión con Dios mediante los sacrificios y la oración,
este sacerdocio de la Antigua Alianza, sin embargo, era incapaz de realizar
la salvación, por lo cual tenía necesidad de repetir sin
cesar los sacrificios, y no podía alcanzar una santificación
definitiva (cf. Hb 5,3; 7,27; 10,1-4), que sólo podría alcanzada
por el sacrificio de Cristo.
No obstante, la liturgia de la Iglesia ve en el sacerdocio de Aarón
y en el servicio de los levitas, así como en la institución
de los setenta "ancianos" (cf Nm 11,24-25), prefiguraciones
del ministerio ordenado de la Nueva Alianza. Por ello, en el rito latino
la Iglesia se dirige a Dios en la oración consecratoria de la ordenación
de los obispos de la siguiente manera:
Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo...has establecido las
reglas de la Iglesia: elegiste desde el principio un pueblo santo, descendiente
de Abraham , y le diste reyes y sacerdotes que cuidaran del servicio de
tu santuario...
En la ordenación de presbíteros, la Iglesia ora:
Señor, Padre Santo...en la Antigua Alianza se fueron perfeccionando
a través de los signos santos los grados del sacerdocio...cuando
a los sumos sacerdotes, elegidos para regir el pueblo, les diste compañeros
de menor orden y dignidad, para que les ayudaran como colaboradores...multiplicaste
el espíritu de Moisés, comunicándolo a los setenta
varones prudentes con los cuales gobernó fácilmente un pueblo
numeroso. Así también transmitiste a los hijos de Aarón
la abundante plenitud otorgada a su padre.
Y en la oración consecratoria para la ordenación de diáconos,
la Iglesia confiesa:
Dios Todopoderoso...tú haces crecer a la Iglesia...la edificas
como templo de tu gloria...así estableciste que hubiera tres órdenes
de ministros para tu servicio, del mismo modo que en la Antigua Alianza
habías elegido a los hijos de Leví para que sirvieran al
templo, y, como herencia, poseyeran una bendición eterna.
El único sacerdocio de Cristo
Todas las prefiguraciones del sacerdocio de la Antigua Alianza encuentran
su cumplimiento en Cristo Jesús, "único mediador entre
Dios y los hombres" (1 Tm 2,5). Melquisedec, "sacerdote del
Altísimo" (Gn 14,18), es considerado por la Tradición
cristiana como una prefiguración del sacerdocio de Cristo, único
"Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec" (Hb 5,10;
6,20), "santo, inocente, inmaculado" (Hb 7,26), que, "mediante
una sola oblación ha llevado a la perfección para siempre
a los santificados" (Hb 10,14), es decir, mediante el único
sacrificio de su Cruz.
El sacrificio redentor de Cristo es único, realizado una vez por
todas. Y por esto se hace presente en el sacrificio eucarístico
de la Iglesia. Lo mismo acontece con el único sacerdocio de Cristo:
se hace presente por el sacerdocio ministerial sin que con ello se quebrante
la unicidad del sacerdocio de Cristo: "Et ideo solus Christus est
verus sacerdos, alii autem ministri eius" ("Y por eso sólo
Cristo es el verdadero sacerdote; los demás son ministros suyos",
S. Tomás de A. Hebr. VII, 4).
Dos modos de participar en el único sacerdocio de Cristo
Cristo, sumo sacerdote y único mediador, ha hecho de la Iglesia
"un Reino de sacerdotes para su Dios y Padre" (Ap 1,6; cf. Ap
5,9-10; 1 P 2,5.9). Toda la comunidad de los creyentes es, como tal, sacerdotal.
Los fieles ejercen su sacerdocio bautismal a través de su participación,
cada uno según su vocación propia, en la misión de
Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey. Por los sacramentos del Bautismo y de
la Confirmación los fieles son "consagrados para ser...un
sacerdocio santo" (LG 10).
El sacerdocio ministerial o jerárquico de los obispos y de los
presbíteros, y el sacerdocio común de todos los fieles,
"aunque su diferencia es esencial y no sólo en grado, están
ordenados el uno al otro; ambos, en efecto, participan, cada uno a su
manera, del único sacerdocio de Cristo" (LG 10). ¿En
qué sentido? Mientras el sacerdocio común de los fieles
se realiza en el desarrollo de la gracia bautismal (vida de fe, de esperanza
y de caridad, vida según el Espíritu), el sacerdocio ministerial
está al servicio del sacerdocio común, en orden al desarrollo
de la gracia bautismal de todos los cristianos. Es uno de los medios por
los cuales Cristo no cesa de construir y de conducir a su Iglesia. Por
esto es transmitido mediante un sacramento propio, el sacramento del Orden.
In persona Christi Capitis...
En el servicio eclesial del ministro ordenado es Cristo mismo quien está
presente a su Iglesia como Cabeza de su cuerpo, Pastor de su rebaño,
sumo sacerdote del sacrificio redentor, Maestro de la Verdad. Es lo que
la Iglesia expresa al decir que el sacerdote, en virtud del sacramento
del Orden, actúa "in persona Christi Capitis" (cf LG
10; 28; SC 33; CD 11; PO 2,6):
El ministro posee en verdad el papel del mismo Sacerdote, Cristo Jesús.
Si, ciertamente, aquel es asimilado al Sumo Sacerdote, por la consagración
sacerdotal recibida, goza de la facultad de actuar por el poder de Cristo
mismo a quien representa (virtute ac persona ipsius Christi) (Pío
XII, enc. Mediator Dei). "Christus est fons totius sacerdotii; nan
sacerdos legalis erat figura ipsius, sacerdos autem novae legis in persona
ipsius operatur" ("Cristo es la fuente de todo sacerdocio, pues
el sacerdote de la antigua ley era figura de EL, y el sacerdote de la
nueva ley actúa en representación suya" (S. Tomás
de A., s.th. 3, 22, 4).
Por el ministerio ordenado, especialmente por el de los obispos y los
presbíteros, la presencia de Cristo como cabeza de la Iglesia se
hace visible en medio de la comunidad de los creyentes. Según la
bella expresión de San Ignacio de Antioquía, el obispo es
typos tou Patros, es imagen viva de Dios Padre (Trall. 3,1; cf Magn. 6,1).
Esta presencia de Cristo en el ministro no debe ser entendida como si
éste estuviese exento de todas las flaquezas humanas, del afán
de poder, de errores, es decir del pecado. No todos los actos del ministro
son garantizado s de la misma manera por la fuerza del Espíritu
Santo. Mientras que en los sacramentos esta garantía es dada de
modo que ni siquiera el pecado del ministro puede impedir el fruto de
la gracia, existen muchos otros actos en que la condición humana
del ministro deja huellas que no son siempre el signo de la fidelidad
al evangelio y que pueden dañar por consiguiente a la fecundidad
apostólica de la Iglesia.
Este sacerdocio es ministerial. "Esta Función, que el Señor
confió a los pastores de su pueblo, es un verdadero servicio"
(LG 24). Está enteramente referido a Cristo y a los hombres. Depende
totalmente de Cristo y de su sacerdocio único, y fue instituido
en favor de los hombres y de la comunidad de la Iglesia. El sacramento
del Orden comunica "un poder sagrado", que no es otro que el
de Cristo. El ejercicio de esta autoridad debe, por tanto, medirse según
el modelo de Cristo, que por amor se hizo el último y el servidor
de todos (cf. Mc 10,43-45; 1 P 5,3). "El Señor dijo claramente
que la atención prestada a su rebaño era prueba de amor
a él" (S. Juan Crisóstomo, sac. 2,4; cf. Jn 21,15-17)
"En nombre de toda la Iglesia"
El sacerdocio ministerial no tiene solamente por tarea representar a Cristo
-Cabeza de la Iglesia- ante la asamblea de los fieles, actúa también
en nombre de toda la Iglesia cuando presenta a Dios la oración
de la Iglesia (cf SC 33) y sobre todo cuando ofrece el sacrificio eucarístico
(cf LG 10).
"En nombre de toda la Iglesia", expresión que no quiere
decir que los sacerdotes sean los delegados de la comunidad. La oración
y la ofrenda de la Iglesia son inseparables de la oración y la
ofrenda de Cristo, su Cabeza. Se trata siempre del culto de Cristo en
y por su Iglesia. Es toda la Iglesia, cuerpo de Cristo, la que ora y se
ofrece, per ipsum et cum ipso et in ipso, en la unidad del Espíritu
Santo, a Dios Padre. Todo el cuerpo, caput et membra, ora y se ofrece,
y por eso quienes, en este cuerpo, son específicamente sus ministros,
son llamados ministros no sólo de Cristo, sino también de
la Iglesia. El sacerdocio ministerial puede representar a la Iglesia porque
representa a Cristo.
III. LOS TRES GRADOS
DEL SACRAMENTO DEL ORDEN
"El ministerio eclesiástico, instituido
por Dios, está ejercido en diversos órdenes que ya desde
antiguo reciben los nombres de obispos, presbíteros y diáconos"
(LG 28). La doctrina católica, expresada en la liturgia, el magisterio
y la práctica constante de la Iglesia, reconocen que existen dos
grados de participación ministerial en el sacerdocio de Cristo:
el episcopado y el presbiterado. El diaconado está destinado a
ayudarles y a servirles. Por eso, el término "sacerdos"
designa, en el uso actual, a los obispos y a los presbíteros, pero
no a los diáconos. Sin embargo, la doctrina católica enseña
que los grados de participación sacerdotal (episcopado y presbiterado)
y el grado de servicio (diaconado) son los tres conferidos por un acto
sacramental llamado "ordenación", es decir, por el sacramento
del Orden:
Que todos reverencien a los diáconos como a Jesucristo, como también
al obispo, que es imagen del Padre, y a los presbíteros como al
senado de Dios y como a la asamblea de los apóstoles: sin ellos
no se puede hablar de Iglesia (S. Ignacio de Antioquía, Trall.
3,1)
La ordenación episcopal, plenitud del sacramento del Orden
"Entre los diversos ministerios que existen en la Iglesia, ocupa
el primer lugar el ministerio de los obispos que, que a través
de una sucesión que se remonta hasta el principio, son los transmisores
de la semilla apostólica" (LG 20).
"Para realizar estas funciones tan sublimes, los Apóstoles
se vieron enriquecidos por Cristo con la venida especial del Espíritu
Santo que descendió sobre ellos. Ellos mismos comunicaron a sus
colaboradores, mediante la imposición de las manos, el don espiritual
que se ha transmitido hasta nosotros en la consagración de los
obispos" (LG 21).
El Concilio Vaticano II "enseña que por la consagración
episcopal se recibe la plenitud del sacramento del Orden. De hecho se
le llama, tanto en la liturgia de la Iglesia como en los Santos Padres,
`sumo sacerdocio' o `cumbre del ministerio sagrado'" (ibid.).
"La consagración episcopal confiere, junto con la función
de santificar, también las funciones de enseñar y gobernar...
En efecto...por la imposición de las manos y por las palabras de
la consagración se confiere la gracia del Espíritu Santo
y queda marcado con el carácter sagrado. En consecuencia, los obispos,
de manera eminente y visible, hacen las veces del mismo Cristo, Maestro,
Pastor y Sacerdote, y actúan en su nombre (in eius persona agant)"
(ibid.). "El Espíritu Santo que han recibido ha hecho de los
obispos los verdaderos y auténticos maestros de la fe, pontífices
y pastores" (CD 2).
"Uno queda constituido miembro del Colegio episcopal en virtud de
la consagración episcopal y por la comunión jerárquica
con la Cabeza y con los miembros del Colegio" (LG 22). El carácter
y la naturaleza colegial del orden episcopal se manifiestan, entre otras
cosas, en la antigua práctica de la Iglesia que quiere que para
la consagración de un nuevo obispo participen varios obispos (cf
ibid.). Para la ordenación legítima de un obispo se requiere
hoy una intervención especial del Obispo de Roma por razón
de su cualidad de vínculo supremo visible de la comunión
de las Iglesias particulares en la Iglesia una y de garante de libertad
de la misma.
Cada obispo tiene, como vicario de Cristo, el oficio pastoral de la Iglesia
particular que le ha sido confiada, pero al mismo tiempo tiene colegialmente
con todos sus hermanos en el episcopado la solicitud de todas las Iglesias:
"Más si todo obispo es propio solamente de la porción
de grey confiada a sus cuidados, su cualidad de legítimo sucesor
de los apóstoles por institución divina, le hace solidariamente
responsable de la misión apostólica de la Iglesia"
(Pío XII, Enc. Fidei donum, 11; cf LG 23; CD 4,36-37; AG 5.6.38).
Todo lo que se ha dicho explica por qué la Eucaristía celebrada
por el obispo tiene una significación muy especial como expresión
de la Iglesia reunida en torno al altar bajo la presidencia de quien representa
visiblemente a Cristo, Buen Pastor y Cabeza de su Iglesia (cf SC 41; LG
26).
La ordenación de los presbíteros - cooperadores de los obispos
"Cristo, a quien el Padre santificó y envió al mundo,
hizo a los obispos partícipes de su misma consagración y
misión por medio de los Apóstoles de los cuales son sucesores.
Estos han confiado legítimamente la función de su ministerio
en diversos grados a diversos sujetos en la Iglesia" (LG 28). "La
función ministerial de los obispos, en grado subordinado, fue encomendada
a los presbíteros para que, constituidos en el orden del presbiterado,
fueran los colaboradores del Orden episcopal para realizar adecuadamente
la misión apostólica confiada por Cristo" (PO 2).
"El ministerio de los presbíteros, por estar unido al Orden
episcopal, participa de la autoridad con la que el propio Cristo construye,
santifica y gobierna su Cuerpo. Por eso el sacerdocio de los presbíteros
supone ciertamente los sacramentos de la iniciación cristiana.
Se confiere, sin embargo, por aquel sacramento peculiar que, mediante
la unción del Espíritu Santo, marca a los sacerdotes con
un carácter especial. Así quedan identificados con Cristo
Sacerdote, de tal manera que puedan actuar como representantes de Cristo
Cabeza" (PO 2).
"Los presbíteros, aunque no tengan la plenitud del sacerdocio
y dependan de los obispos en el ejercicio de sus poderes, sin embargo
están unidos a éstos en el honor del sacerdocio y, en virtud
del sacramento del Orden, quedan consagrados como verdaderos sacerdotes
de la Nueva Alianza, a imagen de Cristo, sumo y eterno Sacerdote (Hb 5,1-10;
7,24; 9,11-28), para anunciar el Evangelio a los fieles, para dirigirlos
y para celebrar el culto divino" (LG 28).
En virtud del sacramento del Orden, los presbíteros participan
de la universalidad de la misión confiada por Cristo a los apóstoles.
El don espiritual que recibieron en la ordenación los prepara,
no para una misión limitada y restringida, "sino para una
misión amplísima y universal de salvación `hasta
los extremos del mundo'" (PO 10), "dispuestos a predicar el
evangelio por todas partes" (OT 20).
"Su verdadera función sagrada la ejercen sobre todo en el
culto o en la comunión eucarística. En ella, actuando en
la persona de Cristo y proclamando su Misterio, unen la ofrenda de los
fieles al sacrificio de su Cabeza; actualizan y aplican en el sacrificio
de la misa, hasta la venida del Señor, el único Sacrificio
de la Nueva Alianza: el de Cristo, que se ofrece al Padre de una vez para
siempre como hostia inmaculada" (LG 28). De este sacrificio único,
saca su fuerza todo su ministerio sacerdotal (cf PO 2).
"Los presbíteros, como colaboradores diligentes de los obispos
y ayuda e instrumento suyos, llamados para servir al Pueblo de Dios, forman
con su obispo un único presbiterio, dedicado a diversas tareas.
En cada una de las comunidades locales de fieles hacen presente de alguna
manera a su obispo, al que están unidos con confianza y magnanimidad;
participan en sus funciones y preocupaciones y las llevan a la práctica
cada día" (LG 28). Los presbíteros sólo pueden
ejercer su ministerio en dependencia del obispo y en comunión con
él. La promesa de obediencia que hacen al obispo en el momento
de la ordenación y el beso de paz del obispo al fin de la liturgia
de la ordenación significa que el obispo los considera como sus
colaboradores, sus hijos, sus hermanos y sus amigos y que a su vez ellos
le deben amor y obediencia.
"Los presbíteros, instituidos por la ordenación en
el orden del presbiterado, están unidos todos entre sí por
la íntima fraternidad del sacramento. Forman un único presbiterio
especialmente en la diócesis a cuyo servicio se dedican bajo la
dirección de su obispo" (PO 8). La unidad del presbiterio
encuentra una expresión litúrgica en la costumbre de que
los presbíteros impongan a su vez las manos, después del
obispo, durante el rito de la ordenación.
La ordenación de los diáconos, "en orden al ministerio"
"En el grado inferior de la jerarquía están los diácon
os, a los que se les imponen las 'para realizar un servicio y no para
ejercer el sacerdocio'" (LG 29; cf CD 15). En la ordenación
al diaconado, sólo el obispo impone las manos , significando así
que el diácono está especialmente vinculado al obispo en
las tareas de su "diaconía" (cf S. Hipólito, trad.
ap. 8).
Los diáconos participan de una manera especial en la misión
y la gracia de Cristo (cf LG 41; AA 16). El sacramento del Orden los marco
con un sello (carácter) que nadie puede hacer desaparecer y que
los configura con Cristo que se hizo "diácono", es decir,
el servidor de todos (cf Mc 10,45; Lc 22,27; S. Policarpo, Ep 5,2). Corresponde
a los diáconos, entre otras cosas, asistir al obispo y a los presbíteros
en la celebración de los divinos misterios sobre todo de la Eucaristía
y en la distribución de la misma, asistir a la celebración
del matrimonio y bendecirlo, proclamar el evangelio y predicar, presidir
las exequias y entregarse a los diversos servicios de la caridad (cf LG
29; cf. SC 35,4; AG 16).
Desde el Concilio Vaticano II, la Iglesia latina ha restablecido el diaconado
"como un grado particular dentro de la jerarquía" (LG
29), mientras que las Iglesias de Oriente lo habían mantenido siempre.
Este diaconado permanente, que puede ser conferido a hombres casados,
constituye un enriquecimiento importante para la misión de la Iglesia.
En efecto, es apropiado y útil que hombres que realizan en la Iglesia
un ministerio verdaderamente diaconal, ya en la vida litúrgica
y pastoral, ya en las obras sociales y caritativas, "sean fortalezcan
por la imposición de las manos transmitida ya desde los Apóstoles
y se unan más estrechamente al servicio del altar, para que cumplan
con mayor eficacia su ministerio por la gracia sacramental del diaconado"
(AG 16).
IV. LA CELEBRACION
DE ESTE SACRAMENTO
La celebración de la ordenación
de un obispo, de presbíteros o de diáconos, por su importancia
para la vida de la Iglesia particular, exige el mayor concurso posible
de fieles. Tendrá lugar preferentemente el domingo y en la catedral,
con una solemnidad adaptada a las circunstancias. Las tres ordenaciones,
del obispo, del presbítero y del diácono, tienen el mismo
dinamismo. El lugar propio de su celebración es dentro de la Eucaristía.
El rito esencial del sacramento del Orden está constituido, para
los tres grados, por la imposición de manos del obispo sobre la
cabeza del ordenando así como por una oración consecratoria
específica que pide a Dios la efusión del Espíritu
Santo y de sus dones apropiados al ministerio para el cual el candidato
es ordenado (cf Pío XII, const. ap. Sacramentum Ordinis, DS 3858).
Como en todos los sacramentos, ritos complementarios rodean la celebración.
Estos varían notablemente en las distintas tradiciones litúrgicas,
pero tienen en común la expresión de múltiples aspectos
de la gracia sacramental. Así, en el rito latino, los ritos iniciales
- la presentación y elección del ordenando, la alocución
del obispo, el interrogatorio del ordenando, las letanías de los
santos - ponen de relieve que la elección del candidato se hace
conforme al uso de la Iglesia y preparan el acto solemne de la consagración;
después de ésta varios ritos vienen a expresar y completar
de manera simbólica el misterio que se ha realizado: para el obispo
y el presbítero la unción con el santo crisma, signo de
la unción especial del Espíritu Santo que hace fecundo su
ministerio; la entrega del libro de los evangelios, del anillo, de la
mitra y del báculo al obispo en señal de su misión
apostólica de anuncio de la palabra de Dios, de su fidelidad a
la Iglesia, esposa de Cristo, de su cargo de pastor del rebaño
del Señor; entrega al presbítero de la patena y del cáliz,
"la ofrenda del pueblo santo" que es llamado a presentar a Dios;
la entrega del libro de los evangelios al diácono que acaba de
recibir la misión de anunciar el evangelio de Cristo.
V. EL MINISTRO DE ESTE SACRAMENTO
Fue Cristo quien eligió a los apóstoles
y les hizo partícipes de su misión y su autoridad. Elevado
a la derecha del Padre, no abandona a su rebaño, sino que lo guarda
por medio de los apóstoles bajo su constante protección
y lo dirige también mediante estos mismos pastores que continúan
hoy su obra (cf MR, Prefacio de Apóstoles). Por tanto, es Cristo
"quien da" a unos el ser apóstoles, a otros pastores
(cf. Ef 4,11). Sigue actuando por medio de los obispos (cf LG 21).
Dado que el sacramento del Orden es el sacramento del ministerio apostólico,
corresponde a los obispos, en cuanto sucesores de los apóstoles,
transmitir "el don espiritual" (LG 21), "la semilla apostólica"
(LG 20). Los obispos válidamente ordenados, es decir, que están
en la línea de la sucesión apostólica, confieren
válidamente los tres grados del sacramento del Orden (cf DS 794
y 802; CIC, can. 1012; CCEO, can. 744; 747).
VI. QUIEN PUEDE RECIBIR
ESTE SACRAMENTO
"Sólo el varón (vir ) bautizado
recibe válidamente la sagrada ordenación" (CIC, can
1024). El Señor Jesús eligió a hombres (viri) para
formar el colegio de los doce apóstoles (cf Mc 3,14-19; Lc 6,12-16),
y los apóstoles hicieron lo mismo cuando eligieron a sus colaboradores
(1 Tm 3,1-13; 2 Tm 1,6; Tt 1,5-9) que les sucederían en su tarea
(S.Clemente Romano Cor, 42,4; 44,3). El colegio de los obispos, con quienes
los presbíteros están unidos en el sacerdocio, hace presente
y actualiza hasta el retorno de Cristo el colegio de los Doce. La Iglesia
se reconoce vinculada por esta decisión del Señor. Esta
es la razón por la que las mujeres no reciben la ordenación
(cf Juan Pablo II, MD 26-27; CDF decl. "Inter insigniores":
AAs 69 [1977] 98-116).
Nadie tiene derecho a recibir el sacramento del Orden. En efecto, nadie
se arroga para sí mismo este oficio. Al sacramento se es llamado
por Dios (cf Hb 5,4). Quien cree reconocer las señales de la llamada
de Dios al ministerio ordenado, debe someter humildemente su deseo a la
autoridad de la Iglesia a la que corresponde la responsabilidad y el derecho
de llamar a recibir este sacramento. Como toda gracia, el sacramento sólo
puede ser recibido como un don inmerecido.
Todos los ministros ordenados de la Iglesia latina, exceptuados los diáconos
permanentes, son ordinariamente elegidos entre hombres creyentes que viven
como célibes y que tienen la voluntad de guardar el celibato "por
el Reino de los cielos" (Mt 19,12). Llamados a consagrarse totalmente
al Señor y a sus "cosas" (cf 1 Co 7,32), se entregan
enteramente a Dios y a los hombres. El celibato es un signo de esta vida
nueva al servicio de la cual es consagrado el ministro de la Iglesia;
aceptado con un corazón alegre, anuncia de modo radiante el Reino
de Dios (cf PO 16).
En las Iglesias Orientales, desde hace siglos está en vigor una
disciplina distinta: mientras los obispos son elegidos únicamente
entre los célibes, hombres casados pueden ser ordenados diáconos
y presbíteros. Esta práctica es considerada como legítima
desde tiempos remotos; estos presbíteros ejercen un ministerio
fructuoso en el seno de sus comunidades (cf PO 16). Por otra parte, el
celibato de los presbíteros goza de gran honor en las Iglesias
Orientales, y son numerosos los presbíteros que lo escogen libremente
por el Reino de Dios. En Oriente como en Occidente, quien recibe el sacramento
del Orden no puede contraer matrimonio.
VII. LOS EFECTOS
DEL SACRAMENTO DEL ORDEN
El carácter indeleble
Este sacramento configura con Cristo mediante una gracia especial del
Espíritu Santo a fin de servir de instrumento de Cristo en favor
de su Iglesia. Por la ordenación recibe la capacidad de actuar
como representante de Cristo, Cabeza de la Iglesia, en su triple función
de sacerdote, profeta y rey.
Como en el caso del Bautismo y de la Confirmación, esta participación
en la misión de Cristo es concedida de una vez para siempre. El
sacramento del Orden confiere también un carácter espiritual
indeleble y no puede ser reiterado ni ser conferido para un tiempo determinado
(cf Cc. de Trento: DS 1767; LG 21.28.29; PO 2).
Un sujeto válidamente ordenado puede ciertamente, por causas graves,
ser liberado de las obligaciones y las funciones vinculadas a la ordenación,
o se le puede impedir ejercerlas (cf CIC, can. 290-293; 1336,1, nn 3º
y 5º; 1338,2), pero no puede convertirse de nuevo en laico en sentido
estricto (cf. CC. de Trento: DS 1774) porque el carácter impreso
por la ordenación es para siempre. La vocación y la misión
recibidas el día de su ordenación, lo marcan de manera permanente.
Puesto que en último término es Cristo quien actúa
y realiza la salvación a través del ministro ordenado, la
indignidad de éste no impide a Cristo actuar (cf Cc. de Trento:
DS 1612; 1154). S. Agustín lo dice con firmeza:
En cuanto al ministro orgulloso, hay que colocarlo con el diablo. Sin
embargo, el don de Crist o no por ello es profanado: lo que llega a través
de él conserva su pureza, lo que pasa por él permanece limpio
y llega a la tierra fértil...En efecto, la virtud espiritual del
sacramento es semejante a la luz: los que deben ser iluminados la reciben
en su pureza y, si atraviesa seres manchados, no se mancha (Ev. Ioa. 5,
15).
La gracia del Espíritu Santo
La gracia del Espíritu Santo propia de este sacramento es la de
ser configurado con Cristo Sacerdote, Maestro y Pastor, de quien el ordenado
es constituido ministro.
Para el obispo, es en primer lugar una gracia de fortaleza ("El Espíritu
de soberanía": Oración de consagración del obispo
en el rito latino): la de guiar y defender con fuerza y prudencia a su
Iglesia como padre y pastor, con amor gratuito para todos y con predilección
por los pobres, los enfermos y los necesitados (cf CD 13 y 16). Esta gracia
le impulsa a anunciar el evangelio a todos, a ser el modelo de su rebaño,
a precederlo en el camino de la santificación identificándose
en la Eucaristía con Cristo Sacerdote y Víctima, sin miedo
a dar la vida por sus ovejas:
Concede, Padre que conoces los corazones, a tu siervo que has elegido
para el episcopado, que apaciente tu santo rebaño y que ejerza
ante ti el supremo sacerdocio sin reproche sirviéndote noche y
día; que haga sin cesar propicio tu rostro y que ofrezca los dones
de tu santa Iglesia, que en virtud del espíritu del supremo sacerdocio
tenga poder de perdonar los pecados según tu mandamiento, que distribuya
las tareas siguiendo tu orden y que desate de toda atadura en virtud del
poder que tú diste a los apóstoles; que te agrade por su
dulzura y su corazón puro, ofreciéndote un perfume agradable
por tu Hijo Jesucristo... (S. Hipólito, Trad. Ap. 3).
El don espiritual que confiere la ordenación presbiteral está
expresado en esta oración propia del rito bizantino. El obispo,
imponiendo la mano, dice:
Señor, llena del don del Espíritu Santo al que te has dignado
elevar al grado del sacerdocio para que sea digno de presentarse sin reproche
ante tu altar, de anunciar el evangelio de tu Reino, de realizar el ministerio
de tu palabra de verdad, de ofrecerte dones y sacrificios espirituales,
de renovar tu pueblo mediante el baño de la regeneración;
de manera que vaya al encuentro de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo,
tu Hijo único, el día de su segunda venida, y reciba de
tu inmensa bondad la recompensa de una fiel administración de su
orden (Euchologion).
En cuanto a los diáconos, "fortalecidos, en efecto, con la
gracia del sacramento, en comunión con el obispo y sus presbíteros,
están al servicio del Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia,
de la palabra y de la caridad" (LG 29).
Ante la grandeza de la gracia y del oficio sacerdotales, los santos doctores
sintieron la urgente llamada a la conversión con el fin de corresponder
mediante toda su vida a aquel de quien el sacramento los constituye ministros.
Así, S. Gregorio Nazianceno, siendo joven sacerdote, exclama:
Es preciso comenzar por purificarse antes de purificar a los otros; es
preciso ser instruido para poder instruir; es preciso ser luz para iluminar,
acercarse a Dios para acercarle a los demás, ser santificado para
santificar, conducir de la mano y aconsejar con inteligencia (Or. 2, 71).
Sé de quién somos ministros, donde nos encontramos y adonde
nos dirigimos. Conozco la altura de Dios y la flaqueza del hombre, pero
también su fuerza (ibid. 74) (Por tanto, ¿quién es
el sacerdote? Es) el defensor de la verdad, se sitúa junto a los
ángeles, glorifica con los arcángeles, hace subir sobre
el altar de lo alto las víctimas de los sacrificios, comparte el
sacerdocio de Cristo, restaura la criatura, restablece (en ella) la imagen
(de Dios), la recrea para el mundo de lo alto, y, para decir lo más
grande que hay en él, es divinizado y diviniza (ibid. 73).
Y el santo Cura de Ars dice: "El sacerdote continua la obra de redención
en la tierra"..."Si se comprendiese bien al sacerdote en la
tierra se moriría no de pavor sino de amor"..."El sacerdocio
es el amor del corazón de Jesús".
RESUMEN
S. Pablo dice a su discípulo Timoteo: "Te recomiendo que reavives
el carisma de Dios que está en ti por la imposición de mis
manos" (2 Tm 1,6), y "si alguno aspira al cargo de obispo, desea
una noble función" (1 Tm 3,1). A Tito decía: "El
motivo de haberte dejado en Creta, fue para que acabaras de organizar
lo que faltaba y establecieras presbíteros en cada ciudad, como
yo te ordené" (Tt 1,5).La Iglesia entera es un pueblo sacerdotal.
Por el bautismo, todos los fieles participan del sacerdocio de Cristo.
Esta participación se llama "sacerdocio común de los
fieles". A partir de este sacerdocio y al servicio del mismo existe
otra participación en la misión de Cristo: la del ministerio
conferido por el sacramento del Orden, cuya tarea es servir en nombre
y en la representación de Cristo-Cabeza en medio de la comunidad.
El sacerdocio ministerial difiere esencialmente del sacerdocio común
de los fieles porque confiere un poder sagrado para el servicio de los
fieles. Los ministros ordenados ejercen su servicio en el pueblo de Dios
mediante la enseñanza (munus docendi), el culto divino (munus liturgicum)
y por el gobierno pastoral (munus regendi).
Desde los orígenes, el ministerio ordenado fue conferido y ejercido
en tres grados: el de los Obispos, el de los presbíteros y el de
los diáconos. Los ministerios conferidos por la ordenación
son insustituibles para la estructura orgánica de la Iglesia: sin
el obispo, los presbíteros y los diácono s no se puede hablar
de Iglesia (cf. S. Ignacio de Antioquía, Trall. 3,1).
El obispo recibe la plenitud del sacramento del Orden que lo incorpora
al colegio episcopal y hace de él la cabeza visible de la Iglesia
particular que le es confiada. Los Obispos, en cuanto sucesores de los
apóstoles y miembros del colegio, participan en la responsabilidad
apostólica y en la misión de toda la Iglesia bajo la autoridad
del Papa, sucesor de S. Pedro.
Los presbíteros están unidos a los obispos en la dignidad
sacerdotal y al mismo tiempo dependen de ellos en el ejercicio de sus
funciones pastorales; son llamados a ser cooperadores diligentes de los
obispos; forman en torno a su Obispo el presbiterio que asume con él
la responsabilidad de la Iglesia particular. Reciben del obispo el cuidado
de una comunidad parroquial o de una función eclesial determinada.
Los diáconos son ministros ordenados para las tareas de servicio
de la Iglesia; no reciben el sacerdocio ministerial, pero la ordenación
les confiere funciones importantes en el ministerio de la palabra, del
culto divino, del gobierno pastoral y del servicio de la caridad, tareas
que deben cumplir bajo la autoridad pastoral de su Obispo.
El sacramento del Orden es conferido por la imposición de las manos
seguida de una oración consecratoria solemne que pide a Dios para
el ordenando las gracias del Espíritu Santo requeridas para su
ministerio. La ordenación imprime un carácter sacramental
indeleble.
La Iglesia confiere el sacramento del Orden únicamente a varones
(viris) bautizados, cuyas aptitudes para el ejercicio del ministerio han
sido debidamente reconocidas. A la autoridad de la Iglesia corresponde
la responsabilidad y el derecho de llamar a uno a recibir la ordenación.
En la Iglesia latina, el sacramento del Orden para el presbiterado sólo
es conferido ordinariamente a candidatos que están dispuestos a
abrazar libremente el celibato y que manifiestan públicamente su
voluntad de guardarlo por amor del Reino de Dios y el servicio de los
hombres.
Corresponde a los Obispos conferir el sacramento del Orden en los tres
grados.
 
|
|